Capítulo 1 La muerte de Tomas García
Capítulo 1: La partida de Tomás García
El viento rugía contra las ventanas del hospital, arrastrando consigo un frío que se colaba en cada rincón de la habitación. En el aire flotaba el olor antiséptico mezclado con el leve aroma de flores marchitas, las mismas que Mariana había traído días antes, esperando que su padre las notara. Pero Tomás García ya no percibía nada. Su respiración era un esfuerzo doloroso, entrecortado, como si el simple acto de llenar sus pulmones se hubiera convertido en una batalla perdida.
Los seis hijos rodeaban la cama, cada uno en su propio rincón emocional. Mariana, la mayor, estaba al lado derecho del lecho, sosteniendo la mano del moribundo con fuerza, como si eso pudiera anclarlo a la vida. A su lado estaba Julia, con la espalda rígida y la mandíbula apretada, evitando a toda costa que las lágrimas traicionaran la fortaleza que intentaba proyectar. Elisa y Sofía, las más jóvenes, permanecían juntas en un rincón, abrazadas, incapaces de enfrentar directamente la agonía de su padre. Roberto y Nicolás, los dos hermanos varones, estaban de pie al pie de la cama, compartiendo el silencio incómodo que durante años había marcado su relación.
Tomás abrió los ojos lentamente, haciendo un esfuerzo sobrehumano por enfocar su mirada en los rostros que lo rodeaban. Cuando habló, su voz era apenas un susurro, más débil que el aullido del viento al otro lado del cristal.
—Prométanme… que no dejarán que esta familia se rompa.
Las palabras, aunque dichas en tono suplicante, cayeron como una sentencia. Mariana asintió de inmediato, aferrándose a la mano de su padre con mayor fuerza.
—Te lo prometemos, papá —dijo con la voz entrecortada.
Julia tardó un segundo en reaccionar. Su asentimiento fue más automático que genuino, como si cumpliera con una formalidad que no tenía intención de cumplir. Elisa y Sofía intercambiaron miradas, pero no dijeron nada. Por su parte, Nicolás soltó un resoplido que resonó en la habitación.
—Eso no depende solo de nosotros, ¿verdad? —comentó con un tono seco que le valió una mirada de reproche por parte de Mariana.
Tomás intentó hablar de nuevo, pero un ataque de tos lo interrumpió. Graciela, su esposa, que hasta entonces había permanecido en silencio, se levantó de la silla que ocupaba junto a la cama y le limpió el rostro con un pañuelo húmedo.
—No te esfuerces más, Tomás. Ellos harán lo que quieran. Tú no puedes controlarlo —dijo con una frialdad que dejó a todos helados.
La máquina que monitoreaba los signos vitales emitió un pitido constante, señalando el final. Mariana rompió en llanto, arrodillándose junto a la cama, mientras Julia le pasaba un brazo por los hombros en un gesto torpe. Elisa y Sofía se abrazaron con más fuerza, llorando en silencio. Roberto permaneció inmóvil, con los labios apretados, mientras Nicolás daba media vuelta y salía de la habitación, empujando la puerta con fuerza.
El silencio que quedó fue tan pesado como el luto que acababa de caer sobre ellos.
El funeral
La lluvia caía con fuerza el día del velorio, golpeando el tejado de la vieja casa familiar, una construcción robusta pero desgastada por el tiempo, como la propia familia García. Los invitados llenaron la sala principal, ofreciendo sus condolencias con murmullos suaves y abrazos breves. Graciela, vestida de negro, se sentó en un sillón al centro, con una expresión que parecía esculpida en piedra. No lloró ni una sola vez durante todo el funeral.
Mariana, que había asumido el papel de anfitriona, caminaba entre los asistentes con una bandeja de café y pan dulce, agradeciendo a cada uno por haber venido. Julia, a su lado, mantenía una sonrisa tensa, más un reflejo de incomodidad que de gratitud. Elisa y Sofía se quedaron cerca de la cocina, sirviendo más por obligación que por interés. Roberto y Nicolás permanecieron apartados, cada uno sumido en sus propios pensamientos.
Cuando los últimos invitados se marcharon, la familia se reunió en la sala. Las luces amarillentas del lugar arrojaban sombras alargadas en las paredes, dándoles un aire sombrío. Mariana fue la primera en hablar, como siempre.
—Tenemos que hablar sobre la casa y las cosas de papá. Hay que decidir qué vamos a hacer con todo.
Su voz era firme, pero se notaba el cansancio detrás de cada palabra. Nicolás soltó una carcajada amarga, cruzándose de brazos.
—¿Qué vamos a hacer? Eso ya está decidido, ¿no? Mamá va a quedarse con todo. Siempre ha sido así.
Graciela levantó la mirada desde su lugar en el sillón. Sus ojos, oscuros e implacables, se clavaron en los de Nicolás.
—Por supuesto que me quedo con la casa. Es mía. Ninguno de ustedes tiene derecho a reclamar nada.
Roberto, que hasta entonces había permanecido callado, frunció el ceño y se inclinó hacia adelante.
—¿Perdón? Esto no es solo tuyo. Papá trabajó toda su vida para esta familia. Todos tenemos derecho a algo.
Graciela se puso de pie, enfrentando a su hijo con la misma energía que había usado para controlar la familia durante años.
—Yo fui quien sostuvo esta casa. Yo sacrifiqué mi vida para que ustedes pudieran salir adelante. Si no les gusta, pueden irse. No los necesito.
El comentario fue la chispa que encendió la discusión. Nicolás se levantó de inmediato, señalándola con el dedo.
—¿Sabes qué? Siempre has sido así. Manipuladora. Todo gira en torno a ti. ¿Sabes qué, mamá? Quédatelo todo. Yo me largo.
Mariana intentó detenerlo, pero Nicolás salió dando un portazo. Roberto lo siguió poco después, lanzando una última mirada de disgusto a su madre antes de irse. Elisa y Sofía, aunque más contenidas, también decidieron marcharse juntas.
Julia, siempre la mediadora, fue la última en hablar.
—Mamá, no entiendo por qué estás haciendo esto. Papá apenas murió y ya estás dividiendo a la familia.
Graciela no respondió. Se limitó a subir las escaleras, dejando a Mariana sola en el salón, rodeada de los ecos de las discusiones y el peso de una promesa que parecía imposible de cumplir…