Capítulo 1: Caído.
⸻ Corre y que no te atrape... ⸻ Las palabras rebotaban como un eco en el silencio profundo de la noche, Astaroth huía pero no sabía de qué, pero huía, solo con el fin de evitar manchar sus alas doradas; alas de uno de los serafines mas hermosos, una criatura de luz y pureza, al servicio directo del creador, mano derecha del mismísimo supremo que lo había creado a él y a sus 8 hermanos, todos al servicio del mísmo. Había llegado, a un lugar tan brillante que no entendía ni concretaba de qué se trataba, la presión en el pecho se hacía intensa, pero allí estaba, se encontraba regocijándose rodeado por otros ángeles, sus alas brillaban con una intensidad que solo el cielo podía contener.
La luz enceguecía sus ojos, sus hermanos reboloteaban entre la magia y la música de las arpas, pero esa imagen de gloria se desvanecía rápidamente, arrastrada por las olas de su traición y desobediencia, como si todo tuviera un final... el ambiente se oscurecía viendo como el mismo creador lo acusaba convirtiendo los cielos en un retumbar con la furia divina. La voz de Dios, omnipotente y severa, resonaba en cada rincón del cosmos, declarando su condena. No había lugar para la piedad ni el perdón; su traición había sido demasiado grande.
⸻ “¡𝐴𝑠𝑡𝑎𝑟𝑜𝑡ℎ, 𝑝𝑜𝑟 𝑡𝑢 𝑝𝑒𝑐𝑎𝑑𝑜 𝑑𝑒 𝑜𝑟𝑔𝑢𝑙𝑙𝑜 𝑦 𝑟𝑒𝑏𝑒𝑙𝑖𝑜́𝑛, 𝑠𝑒𝑟𝑎́𝑠 𝑑𝑒𝑠𝑡𝑒𝑟𝑟𝑎𝑑𝑜 𝑑𝑒𝑙 𝐶𝑖𝑒𝑙𝑜 𝑝𝑎𝑟𝑎 𝑠𝑖𝑒𝑚𝑝𝑟𝑒!” ⸻ tronó la voz divina.
Astaroth, aún envuelto en su arrogancia, apenas podía comprender la magnitud de su castigo. Pero entonces vino el verdadero horror. Frente a todos los ángeles, Dios alzó un fierro candente, una cruz ardiente forjada en las llamas del juicio divino. El aire chisporroteaba alrededor de ella, y el resplandor cegador llenaba los ojos de todos los presentes. Lloraba de dolor, de sufrimiento ¿era este el peso de su pecado? Por solo un segundo, un mísero segundo... deseaba que todo se detuviera, matarlo sería lo mejor, sería lo suficiente para acabar con su sufrimiento, pero para desgracia suya la precisión y frialdad eran implacables, Dios presionó la cruz contra la espalda de Astaroth. El dolor fue inmediato, intenso, indescriptible. Cada fibra de su ser gritaba en agonía mientras el metal candente se hundía en su carne, dejando una marca indeleble. La piel se chamuscó, y el olor a carne quemada llenó el aire. Astaroth cayó de rodillas con un grito de dolor inhumano escapando de sus labios.
Esa cruz, ese símbolo de su traición, estaba destinada a ser un recordatorio perpetuo de su caída. Cada vez que intentara usar sus poderes, cada vez que intentara aferrarse a los vestigios de su antigua gloria e inclusive, cuando se enfrentara a un ángel, la cruz ardería, reavivando el recuerdo de su pecado y su castigo. Desterrado del Cielo, Astaroth cayó. Su caída fue un torbellino de oscuridad y fuego, una caída interminable hacia las profundidades del Abismo. Los otros ángeles, sus hermanos, lo observaban con miradas de piedad y horror, hasta que finalmente fue tragado por las sombras, todo parecía envolverlo como si la misma tragedia se hubiera vuelto su miseria, estaba cansado, agotado, sin vida... Como si le hubiesen quitado “eso” que le hacía sentir vivo. Y todo se oscureció, cegado por la misma nada, se dejó caer...
⸻ ¡BASTA! ⸻ despertó con un grito ahogado, su cuerpo empapado en sudor, su corazón latiendo con furia desenfrenada. Podía sentir el ardor de la cruz en su espalda, como si el fierro candente acabara de ser retirado. La rabia y el dolor, tan vívidos en su sueño, aún latían dentro de él. Respirando pesadamente, miró a su alrededor, tratando de recordar dónde estaba. El calor sofocante del infierno y los murmullos de las almas condenadas le devolvieron a la realidad. Pero el sueño, ese maldito sueño, no era más que un recordatorio de su eterno tormento, lo tenía constantemente, cada noche sin parar, era como si recordara la agonía a la que había llegado a aquel infierno, como si recordara que era realmente moriri y vivir al mismo tiempo, odiaba su vida, no lo podía negar, pero más allá de eso... sus alas, sus hermosas alas convertidas en un vestigio completamente negro, las observaba con desdén, con rabia... con arrepentimiento.
⸻ ¿Está bien señor? ⸻ Preguntó uno de sus esbirros preocupado por la forma brusca en la que despertó el duque, Astaroth solo asentía sin decir una palabra. ¿Cuantas veces tenía que soñar con ese suceso? ¿Acaso era un castigo del mismo creador para atormentarlo toda su eternidad? apretaba los puños, la rabia burbujeando dentro de él. Su castigo era eterno, su condena ineludible. Y mientras la cruz ardiera en su espalda, jamás podría olvidar la traición que lo convirtió en lo que era.
Se vistió, colocándose sus prendas, una simple camisa y un pantalón. Debía ponerse en orden, había aprendido a aceptar su vida poco a poco, a reconocer en quién se había convertido desde su caída: siendo este, Astaroth es el Gran Duque del Infierno, parte de la trinidad maligna, demonio de la primera jerarquía convirtiendose en el tercero más fuerte de todo el inframundo, y aunque su poder y títulos estremecerían a cualquiera con solo escucharlos Astaroth sólo cumplía un rol, un papel en el juego de fichas que tenía Lucifer desde que se había hecho cargo del infierno. Pensaba en todo aquello mientras caminaba hacia su oficina cerrando la puerta de un solo movimiento, tomando asiento en su trono de obsidiana, cruzando las piernas con la elegancia de un monarca antiguo, acomodándose para revisar los papeles y organizar sus tareas, colocaba su viejo tocadiscos dejando que sonarasummer (l’estate) Op.8 No.2 G Minor: presto (Tempo Impettuoso d’Estate) de Baroque Festival Orchestra,una de las joyas de la música clásica creada por los humanos, que, hacía de sus tareas algo mucho más fácil de hacer y de sobrellevar.
Por lo general solía ser alguien muy diligente, no le gustaba perder el tiempo con trivialidades así que se enfrascaba en sus obligaciones y con ello el tiempo se pasaba rápido, haciendo de ésta su rutina constante. Su oficina, era una vasta estancia de mármol negro y columnas góticas, siendo iluminada únicamente por la incandescencia de antiguas runas grabadas en el suelo. A su alrededor, pilas de pergaminos y grimorios flotaban en el aire, sostenidos por fuerzas invisibles que aguardaban sus órdenes, llevado a su concentración absoluta y tranquilidad.
Con un suspiro que agitaba el tranquilo lugar, el duque firmaba otro contrato demoníaco, sellando el destino de otra alma condenada; luego, con un leve gesto de su mano enguantada, hizo que el pergamino desapareciera en una llamarada púrpura, archivándose en su estante, era ese su trabajo del día a día, aburrido, constante pero le mantenía distraído de su trágica existencia. Observaba su agenda, donde se hallaban los nombres de mortales y demonios, esbirros que se entrelazaban en un caótico vivir de deudas, favores y promesas. Uno de sus trabajos era crear todo tipo de situaciones donde el infierno ganara y con ello mantenía la precisión de un estratega, comenzando a reorganizar alianzas y a planear los movimientos futuros convirtiendose en una especie de ajedrez donde el infierno sería el único ganador.
Justo cuando se disponía a convocar a uno de sus subordinados para discutir la próxima campaña de tentaciones, la puerta de su despacho se abrió con un estruendo. Un esbirro había interrumpido su concentración, levantando la mirada.
⸻ Mi señor ⸻ farfulló la criatura, inclinándose torpemente ⸻ . Sus hermanos lo han convocado a una reunión en la mesa de antenora.
Astaroth alzó una ceja, su expresión oscilando entre la irritación y la curiosidad. No era frecuente que los príncipes del Infierno fueran llamados a deliberar sin previo aviso. Cerrando su libro de cuentas con un chasquido, se puso de pie de inmediato, se colocó su chaqueta sobre los hombros, esa que siempre debía tener cuando ese tipo de reuniones eran citadas, no sabía que esperar pero debía atender al llamado.
⸻ ¿Y han mencionado el motivo? ⸻ preguntó con voz grave acercandose a la puerta, sin embargo el esbirro tragó saliva y negó con la cabeza. ⸻ Eso pensé.
Astaroth exhaló, dejando escapar un susurro inaudible entre sus labios. Con un último vistazo a su oficina, giró sobre sus talones y avanzó hacia la salida. Fuera lo que fuera, no tenía intención de ser el último en llegar.