Capítulo único
Una de las sensaciones más agradables que le embargaban a Bill, era cuando Tom actuaba como una madre, reía mentalmente frente a la imagen de Tom con barba, usando un delantal y ruleros de colores al medirle la temperatura con un termómetro.
Quizá sólo desvariaba, en realidad, no actuaba como madre, simplemente era Tom, como él solo, cuidándole porque estaba con fiebre y tumbado en cama.
-No comprendo cómo es que tu lógica te dice que te curarás de una amigdalitis con caramelos para la tos. Eres increíble, Bill -reprochó Tom, quitando la toalla húmeda, que le había puesto en la frente para bajarle la calentura, y luego dejándola en el recipiente con agua que estaba en la mesa.
De regreso, le trajo un antibiótico junto con agua tibia en un vaso.
-Al menos cinco días tomando esto y tres con inyecciones. Así que más tarde vendrá la enfermera a ponértela. Y cada tres horas voy a ayudarte a cambiarte de ropa, que sudarás pero no debes quedarte con la ropa mojada -explicó Tom, en tono imperante.
Bill sonrió. -Me gusta cuando me cuidas.
Tom rodó los ojos. -Eres todo un caso, hermanito, como si de por sí no te cuidara. Sabes que la cosa se vendría abajo sin mí.
-Es cierto, no sería nada sin mi ama de casa, ¿o era mamá? -preguntó Bill con la voz ronca.
-Ahora deliras hablando de complejo de Edipo -bromeó Tom, besándole la frente-. Iré a hacerte un caldo, cualquier cosa me hablas por el móvil, ¿ok? Muévete para lo estrictamente necesario, y trata de descansar.
Bill amaba cuando Tom lo cuidaba, y sabía que siempre lo hacía, pero cuando enfermaba notaba lo mucho que él lo amaba, y cómo sería nada sin Tom. Amaba la sensación de protección, de entrega y dedicación. Amaba a Tom.