El Arte de domar a un monstruo

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Summary

Nunca hagas un trato con un arcano. Selene lo sabía... pero su desesperación la empujó a la única persona capaz de ayudarla: Kael Voss, el arcano exiliado, un hombre que no conoce límites, ni piedad. Un cazador de almas que solo negocia con lo más oscuro de los deseos humanos. Ella pensó que podría saldar su deuda y liberarse. Pero Kael tiene otro plan: quiere dominarla. Con su mirada fija, su voz profunda y sus juegos de poder, él comienza a deshacerla, capa por capa, hasta que solo quede su esencia más cruda y vulnerable. Kael no solo la quiere a su disposición; quiere que ella lo desee, que lo necesite, que lo sienta como una necesidad tan ardiente que su resistencia se convierta en polvo. Selene luchará. Luchará contra él. Contra ella misma. Contra la atracción peligrosa que está empezando a sentir. Pero sabe que en este juego de poder, de deseo y obsesión, no hay escapatoria. ¿Serás suya, muñeca de porcelana? O, ¿acaso su arte de dominarla terminará por ser su perdición?

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1 EL TRATO

“Nunca hagas un trato con un arcano.”

Esa advertencia resonaba en la mente de Selene como un eco ancestral, una voz lejana que parecía advertirle del peligro que se avecinaba. Y sin embargo, en aquella noche cargada de penumbras y luces difusas, Selene estaba a punto de desafiar ese precepto.

La habitación en la que se encontraba era un santuario de sombras y fuego. La única fuente de luz provenía de una chimenea encendida, cuyos destellos jugaban sobre las paredes de piedra, dibujando figuras efímeras que se desvanecían tan rápido como aparecían. El calor del fuego se mezclaba con una brisa sutil que se colaba a través de la ventana entreabierta, haciendo bailar a los rincones oscuros de la estancia. Sin embargo, no era el calor de las llamas lo que aceleraba el pulso de Selene, sino la presencia ineludible de quien dominaba el ambiente: Kael Voss.

Sentado en un sillón de cuero negro, Kael irradiaba una calma letal, esa seguridad que solo tiene el que conoce los secretos del poder. Sus ojos, profundos y oscuros como la noche sin luna, la observaban con una intensidad que atravesaba cualquier barrera. Cada gesto suyo parecía calculado, medido; cada respiración, un susurro que prometía tanto placer como peligro. Selene, con su mente revuelta y su corazón tamborileando, sintió cómo el tiempo se dilataba en ese instante previo al encuentro.

—Quiero tu ayuda —dijo ella, con voz firme, intentando disfrazar el temblor que amenazaba con delatar sus verdaderos sentimientos. Su mirada se encontró con la de Kael, y en ese cruce silencioso se tejía el destino de una noche que cambiaría ambas vidas para siempre.

Kael ladeó la cabeza, y una sonrisa enigmática asomó en sus labios. No era una sonrisa de bienvenida, sino más bien un gesto que mezclaba burla y posesión.

—¿Mi ayuda muñeca? —repitió en tono casi imperceptible, dejando que la palabra “muñeca” se deslizará en el aire, cargada de una autoridad innegable—. En mi mundo, los favores se cobran con el alma.

El tono de su voz, áspero y seductor a la vez, recorrió la espalda de Selene como el roce de un filo cortante. La habitación pareció cerrarse a su alrededor, mientras cada sombra se hacía testigo de aquella extraña transacción. Selene sabía que estaba cruzando una línea invisible, pero la necesidad de salvar a su hermano y la atracción casi magnética hacia Kael se fusionaban en un impulso irresistible.

Mientras la tensión se espesaba, Selene recordó todas aquellas noches en las que se le había advertido sobre los tratos prohibidos, sobre los pactos sellados con la voluntad de los arcanos. Y sin embargo, allí estaba ella, dispuesta a arriesgarlo todo, a entregarse a una fuerza que parecía prometerle tanto salvación como condena.

Kael se levantó lentamente, dejando que el eco de sus pasos resonara en la estancia. Cada movimiento suyo era una danza de poder, un recordatorio de que en sus manos se encontraba el destino de aquellos que osaban acercarse. Se detuvo frente a ella, tan cerca que el aire caliente de su cuerpo parecía acariciar la piel de Selene. El mundo pareció detenerse; cada segundo se alargó hasta convertirse en una eternidad suspendida entre deseo y temor.

—Dime, linda… —susurró Kael, inclinándose de modo que su aliento cálido rozara la oreja de Selene—. ¿Sabes en lo que te estás metiendo?

El tono de su voz, tan suave como amenazante, hizo que el corazón de Selene latiera con una fuerza inusitada. Sus manos se aferraron inconscientemente al borde del escritorio, buscando en la fría madera una ancla que la mantuviera en la realidad. Pero la realidad se desvanecía ante la promesa de lo prohibido.

—Puedo pagarte —respondió, aunque en su interior la incertidumbre se mezclaba con un deseo oscuro y primitivo.

La risa de Kael fue un murmullo grave, casi imperceptible, que resonó en la penumbra como un presagio.

—Oh, Selene… Claro que pagarás. Pero recuerda, en mi mundo, el precio no se mide en monedas. Se cobra con el alma, con el fuego interno que consume a quienes se atreven a buscar lo inalcanzable.

Cada palabra que pronunciaba parecía encender una chispa en el interior de Selene, una mezcla de temor y excitación que la hacía vibrar de pies a cabeza. Su mente se inundó de imágenes: besos furtivos en la oscuridad, caricias que dejaban huellas imborrables y el eco de promesas susurradas entre sombras. En ese instante, Selene supo que no había vuelta atrás; había entregado su voluntad al juego de un arcano, y en ese juego, perder o ganar tenía matices que se extendían más allá de la lógica.

La tensión se volvió casi tangible cuando Kael se inclinó para capturar sus labios en un beso que era a la vez un reto y una rendición. El contacto fue electrizante, y en ese instante, Selene sintió cómo el mundo exterior desaparecía, dejando solo el fuego que se encendía en cada fibra de su ser. Los labios de Kael, firmes y exigentes, parecían prometerle secretos oscuros y placeres prohibidos, y cada caricia era una invitación a abandonar las barreras que hasta entonces había conocido.

Mientras se fundían en ese beso, la habitación parecía transformarse en un escenario onírico, donde la luz y la sombra se entrelazaban en una danza eterna. El crepitar del fuego y el murmullo del viento se combinaban con el latido acelerado de sus corazones, componiendo una sinfonía de deseo y peligro. Selene, atrapada en el torbellino de sensaciones, comprendió que Kael no era simplemente un hombre; era una fuerza arrolladora, una entidad que reclamaba con cada toque la esencia misma de quienes se atrevían a cruzar su camino.

Con el beso, el trato quedó sellado. Las palabras de advertencia y las promesas de salvación se fusionaban en un pacto tácito, un lazo invisible que ahora unía a Selene con el arcano. Mientras se separaban apenas unos instantes para retomar el aliento, el silencio que siguió era tan denso que parecía envolverlos en un manto de complicidad y peligro.

Kael la observó detenidamente, como si quisiera grabar cada detalle de su expresión, cada matiz de su rendición.

—Ahora sabes, Selene, que cada deseo tiene un precio. Y el mío es alto —dijo con voz profunda, cargada de una certeza que retumbaba en el alma.

Selene sintió un escalofrío recorrerle la espalda. Sabía que estaba caminando por un sendero del que no habría retorno, que cada caricia, cada suspiro, la arrastraba hacia un destino incierto y peligroso. Pero en ese abismo de emociones, también había una extraña liberación, una sensación de haber encontrado algo que la hacía sentir verdaderamente viva.

La noche se alargó en una serie de instantes que parecían desafiar al tiempo. Mientras la oscuridad envolvía la habitación y el fuego continuaba su danza hipnótica, Selene se dejó llevar por la marea de sensaciones. Cada toque de Kael era una promesa de placer, una invitación a explorar los rincones más oscuros de su ser. Y aunque el eco de las antiguas advertencias resonaba en su mente, ella se encontraba irremediablemente atrapada en el hechizo del arcano.

En los momentos posteriores al beso, mientras Kael se retiraba lentamente, dejando a Selene con la sensación de un fuego inextinguible que ardía en su interior, la joven comprendió que aquella noche marcaría el inicio de una transformación irreversible. No era solo la promesa de un amor prohibido o el precio de un pacto sellado en la penumbra; era el comienzo de un viaje en el que cada latido, cada suspiro, la llevaría a descubrir quién era en realidad, más allá de las sombras y del miedo.

Mientras la chimenea seguía lanzando destellos de luz danzante, Selene se quedó sola en la habitación, rodeada de ecos y secretos. Con cada respiración, la intensidad de lo vivido se afianzaba en su ser, y en lo profundo de su mirada se leía la certeza de que había aceptado un destino que iba a desafiar todo lo que conocía.

Una última mirada hacia la puerta por la que Kael se había marchado, y Selene supo que su vida había cambiado para siempre. Había sellado un trato con el arcano, y ese trato, envuelto en sombras y deseo, la llevaría por caminos donde la pasión y el peligro se entrelazarían en cada paso.