Capítulo único
Bill estaba ansioso, le temblaban las manos y sentía seca la
garganta. Hacia meses que no consumía, y no planeaba hacerlo; su
vuelo aún no aterrizaba y el síndrome de abstinencia lo tenía así, lo
atacaba cuando menos se lo esperaba. Sudaba, y se concentraba
en la música que salía de sus audífonos.
Estaba hecho una mierda, pero la idea de ver a su hermano lo
animaba. Sonrió y cerró los ojos, perdiéndose en la melodía. Un
arcoíris se vislumbraba a través de la ventanilla.
…
Tom sacó su celular de su bolsillo y vio la hora, Bill llevaba una hora
de retraso, y no podía evitar preocuparse.
Vio una cabellera rubia alborotada y un brazo agitarse en su
dirección. La sonrisa del menor era inconfundible, por más que
había cambiado de look e incluso poseía más tatuajes… pero a
pesar de todo, seguía siendo su gemelo, al cual amaba y quien
seguía provocándole que bichitos se removieran en su bajo vientre.
Aún recordaba la noche en que, como siempre, Tom se encargaba
de llevar a Bill a buen resguardo para que no se enterase su madre
de que estaba drogado. Lo diferente fue que en aquella
oportunidad Tom estaba ebrio, y no podía conducir, así que decidió
quedarse en casa y hablar con Bill, sobre todo lo que sucedía, el
cómo las drogas arruinarían su vida, en cómo debía decirle a Verina
que dejase de dárselas porque lo estaba hundiendo en el mismo
hoyo que ella.
—Debes entender que es por tu bien, Bill. No… no quiero verte así
—pidió Tom, sintiendo que le oprimían el pecho.
—Eres un aburrido, Tom. Extraño cuando solíamos hablar de todo y
nada a la vez. Cuando nos tirábamos en el piso a escuchar música y
fumábamos cigarrillos a escondidas creyéndonos los más malotes
del salón. Eh, ¿te acuerdas? —preguntó Bill con las pupilas
dilatadas y la mirada perdida.
—Sí, las cosas eran así antes de que conocieras a Verina y te
enamoraras perdidamente de ella, ¿cuánto tiempo van? ¿Tres
años? —cada palabra que salía de sus labios le dolía en el alma—.
Sabes… yo te amo y me jode que estés con ella.
—Yo también te amo, hermanito. —Bill extendió los brazos en su
dirección y Tom se tambaleó, no podía ser cierto lo que le estaba
diciendo. Se lo decía porque lo amaba de forma fraternal, y no es
que él no lo amase así, sino que… no podía ni conectar bien sus
ideas.
De pronto sintió furia, furia porque Bill se drogaba, furia porque
estaba con Verina, furia porque jugaba con sus sentimientos sin
notarlo y lo empujó, hasta hacerlo chocar contra la pared y quiso
golpearlo, pero Bill le metió las uñas en el rostro y lo besó.
¿Por qué? No lo sabía exactamente, porque el “te amo” en sus
labios no sonaba sincero.
Fue cuando Tom sintió los labios de Bill en su cuello es que se supo
perdido.
Tenían dieciocho años, ninguno de los dos era virgen, pero se sintió
como la primera vez.
Aquella vez fue la primera ocasión que se acostó con un hombre,
pero no era cualquiera, porque él no lo haría con cualquiera, era la
persona a la que más amaba en el mundo. Para que al siguiente
día… Bill volviera a los brazos de Verina.
Recordaba la sensación en su piel y cómo todo se sentía amargo,
como día con día tenía que lidiar vivir con la misma persona que
había hecho añicos con un solo acto, todo lo que le había dado.
Tom decidió tomar su propio camino, viajar a Estados Unidos y
trabajar ahí. Y ahí estaban, abrazándose como si nada hubiera
pasado, tratándose como hermanos, con el dejo de incomodidad y
la tensión sexual que dejaba rezagos.
Había pasado mucho tiempo, Bill había terminado con Verina, y
había dejado las drogas.
—Te dejaste crecer la barba —mencionó Bill, señalando lo obvio,
mientras que Tom le ayudaba con sus maletas.
—Y tú estás rubio.
—Nací rubio, es natural.
—Sí, claro, oxigenado —chanceó Tom, encantándole ver a Bill
sonreír, perdonándole todo con tal de no perderlo.
Bill le sacó la lengua y se subieron al carro de Tom.
…
—Tom, tengo que hablar contigo —le dijo mientras pasaban por
una curva.
—Dime.
—Yo… quiero pedirte disculpas por lo que pasó, ya sabes, yo fui un
patán. Estuvimos juntos y no supe valorarlo, pero…
—Eso ya no importa —rebatió Tom, interrumpiéndolo, no quería
hablar de ello, no podía.
—No, sí importa, a mí me importa. Quiero decirte que prometo no
decepcionarte de ahora en adelante. Prometo ser mejor, en todos
los sentidos que pueda. Quiero todo contigo —soltó Bill, mirando
fijamente a Tom, reuniendo todo su valor para decírselo.
—Tú siempre viniste a mí, ¿sabes? Para que te cuidara, y yo lo hice
cada vez que pude, cuando ella te dejó de lado también estuve para
ti y no entiendo cómo esperas que yo acceda a esto después de lo
que hiciste. Una cosa es dejarlo en el pasado y otra es ahondar en
ello —explotó Tom, sintiéndose confundido. Un parte suya
anhelaba decirle que sí y tomarlo entre sus brazos, pero su otra
parte le decía que tenía que mantenerse digno y no como cualquier
pañuelo que recoge y vuelve a desechar cuando quiere.
—Pero Tom… yo no te decepcionaré, no de nuevo —repitió Bill,
sintiéndose desesperado.
—Tengo una oferta de trabajo y para eso debo viajar, pensaba no
aceptarla, pero estoy planteándomela ahora mismo —mencionó
Tom.
—Quiero… quiero irme contigo hasta el final, no importa así tenga
que viajar de nuevo, no quiero perderte, no quiero que huyas.
—Si viniste desde Alemania para esto, puedes irte comprando tu
pasaje de regreso —concluyó Tom—. Y ni te molestes en
desempacar, porque al menos conmigo ya no estarás.
—Pero Tom…
—No. —Era su última palabra, y Bill sentía que también su
oportunidad de tenerlo se desvanecía, por lo que, sin pensarlo bien,
intentó besarlo, provocando que casi choquen con otro vehículo.
Tom se detuvo y lo empujó, con los recuerdos acumulándose en su
mente, pasando como una película por ella. Luego Bill arremetió de
nuevo y esta vez no se lo impidió, terminando por colisionar sus
labios con los del contrario. No sabía en qué lío se estaba metiendo
pero lo único que sabía es que le encantaba el gusto de la boca de
su gemelo, la sensación de que ahora Bill era el desesperado y no
él…
Después de un momento se separaron y Bill sonreía de nuevo.
—Esto no significa nada, solo fue un momento de debilidad. Te voy
a llevar de regreso al aeropuerto —sentenció Tom con el ceño
fruncido y eludiendo la mirada de Bill.
La sonrisa de Bill se congeló en sus labios.
…
Tom llegó a Nueva York y suspiró, su intención era no perder a Bill y
ya lo había perdido. Pero es que no podía simplemente acceder a
algo después de lo que había pasado entre ambos, después de la
manera en que lo traicionó…
Estaba desempacando cuando tocaron el timbre.
—Qué raro, no espero a nadie, y el único que tiene mi nueva
dirección es Andi —dijo en voz alta para dirigirse a la puerta de su
apartamento.
—Hola —saludó Bill del otro lado.
El corazón de Tom latió acelerado y sintió que se le iba a salir del
pecho. ¿Qué hacía Bill ahí?
—¿Qué haces…?
—Te dije que te iba a seguir hasta donde vayas, al fin del mundo si
es necesario.
Se había tomado la molestia de averiguar a dónde iba y luego
seguirlo, era… aterradoramente lindo.
Lo jaló de la camiseta hacia dentro del apartamento y le dejó un
beso que cargaba todos los años de sufrimiento en silencio, uno
que al principio fue torpe pero luego encajó de forma natural.
—Terminemos lo que empezamos —dijo Bill, y Tom no sabía si se
refería al beso, o a lo que pasó años atrás, sin embargo, no le
importó y cerró la puerta.