Capítulo único
Era el día de la sesión de fotos. Había llovido bastante y más bien, habían avanzado poco, pero ahí estaban, cambiándose de ropas y con Pumba paseándose por todo lado, hasta que fue atrapado por su papá Bill para darle su dosis de cariño que era más necesaria para Bill, que para el perro, que no se quejaba de ser el consentido de la banda y todo el staff.
Pronto su papi Tom lo separó de su papá Bill para sujetarlo, llamándolo “sobrinito” en lugar de “hijo”. Bill se ganó el pase y su expresión cambió. Lo sabía, sabía que Tom no podría llamarlo “hijo”, porque Pumba era suyo y era su hijo de las puertas para fuera, aunque de las puertas para adentro fuera de ambos, su retoño, el regalo que le había dado Tom por San Valentín.
“Pero lo cargó como a un bebé, céntrate en eso Bill”, se dijo a sí mismo.
Sin embargo, un tío cariñoso también puede tratar así a su ‘sobrinito’.
“Cállate”, silenció Bill a su insoportable voz.
Eran gajes del oficio, de aquella insoportable realidad, de que eran hermanos y no podían ser más que eso para el mundo. Como si el estúpido mundo le hubiera importado una mierda alguna vez. Bufó. Tenía que importarle en esta ocasión, porque estaban en el ojo público y si bien hacían de todo a puertas cerradas, los demás no debían enterarse.
—Tom haz tu jodido trabajo, conoces las reglas, si mi asistente no está, te toca ser mi asistente —soltó Bill con mirada desafiante. Le retaba a decir que no. No podía negarle esto, ya le negaba besos, le negaba abrazos, no llamaba a Pumba “hijo”, no podía negarle más, así pareciera una estúpida diva, lo cual admitía que en ocasiones lo era (cuando las ocasiones lo ameritaban, según su opinión), lo que en realidad estaba haciendo era… un berrinche, uno al cual no planeaba renunciar porque estaba en su maldito derecho.
La cámara filmó a Georg y Gustav porque pensaban que se armaría una pelea monumental, no obstante, Tom se agachó y con suavidad y leves caricias a sus tobillos y pies, le quitó los ostentosos zapatos.
—¿Contento? —preguntó Tom con una sonrisa ladeada, de esas que le derretían el vientre y hacían que sintiera un tirón en su entrepierna.
Pumba ladró y Bill correspondió a la sonrisa.
—Con que sobrinito, eh. —Bill habló medio en broma, medio en serio, pero se notó el dejo de resentimiento en sus palabras.
—Bill… sabes que…
—Sí, sí, lo sé. Pero eso no evita que me afecte y eso también lo sabes —respondió Bill en voz baja mirando a los costados. Odiaba mostrarse sensible frente al resto—. Me desquitaré en la cama —terminó por decir en un susurro, para no quedar como un debilucho, sin comprender que el amor era así.
El amor era estar a carne viva, era que la otra persona conozca tus puntos débiles y sepa cómo darte soporte en lugar de aprovecharse de ello, era dolor y ya que era en carne viva se trataba de uno que te llegaba hasta los huesos, y era ceder, alguno de los dos siempre tenía que ceder.
Y Tom era el que casi siempre cedía.
—Eso veremos —murmuró Tom mientras le guiñaba un ojo de forma coqueta.
Bueno, casi.