Capítulo 1
Sesenta y cuatro líneas perfectas en el techo formaban los cuadrados simétricos de la habitación. Lía las contaba cada día, como un rezo silencioso, como la única certeza en su mundo en ruinas. Lo hacía cuatro veces, desde cada esquina de la habitación, y siempre llegaba al mismo resultado: 64.
Esa rutina le ocupaba una hora, un momento en el que su mente no necesitaba la anestesia de los fármacos. Pero ahora había terminado, y los rayos de sol comenzaban a colarse por la ventana, provocando en su pecho una opresión sofocante.
Unos pasos firmes y rápidos entraron en la habitación, sacándola brevemente de sus pensamientos.
-Buenos días, Lía, ¿cómo has dormido esta noche? – preguntó la joven enfermera mientras le acercaba el tensiómetro.
Lía no respondió, la miró y simplemente le acercó el brazo para proceder a la rutina, cooperando lo justo. Llevaba días sin hablar, encerrada en una resistencia pasiva. Si la obligaban a estar allí, haría que se arrepintieran de haberla ignorado.
-Llevas tres días sin hablar y sin comer, no entiendes que, si colaboras, ¿saldrás antes de aquí? – intentó reflexionar la enfermera.
Lía se giró de espaldas, hundiéndose en la cama. No era cierto. Nadie la escuchaba, Nadie la había escuchado cuando se negó a ser internada, ni cuando exigió otro médico. No quería estar allí, y menos bajo su supervisión.
-¿Comer tampoco? Hoy hay huevos revueltos.
Pensar en comida le revolvió el estómago. La enfermera suspiró y comenzó a asearla con una esponja húmeda. Lía permaneció quieta, con la mirada fija en el techo, hasta que una frase le sacó de su letargo.
-Tienes suerte de estar bajo la supervisión del Dr. Lenoir…
Un estallido de rabia le recorrió el cuerpo. Se zafó del agarre de la enfermera y se metió debajo de las sábanas.
-¡Lía! ¡eres una mujer, no una niña! – intentó tirar de las sábanas, pero Lía forcejeó con más fuerza.
-¡No hagas que te ponga una inyección!, ¡qué venga alguien a ayudarme!
Varias manos la sujetaron de repente, inmovilizándola.
-¿Qué está ocurriendo aquí? – una voz grave resonó en la habitación.
El efecto fue inmediato. Lía se tensó y sintió un escalofrío. Las enfermeras se apartaron, permitiendo que el hombre se acercara,
-Dr. Lenoir, Lía sigue sin colaborar, no habla, ni come…
Él alzó la mano, silenciándola con un gesto firme.
-Dejadnos a solas.
Las enfermeras salieron de inmediato, casi con devoción. Lía se enderezó, despejándose los rizos de la cara, abrochándose la bata. Aquiles Lenoir ojeaba los informes con concentración, sin siquiera mirarla.
-Parece que no has reflexionado nada. No colaboras. Lo estás poniendo difícil.
Por fin la miró directamente. Ojos verdes fríos, inexpresivos. Lía sostuvo su mirada con desafío, pero su silencio era su mejor arma.
-Si crees que así conseguirás el alta, estás equivocada. Pacientes como tú, con antecedentes autolíticos, no tienen autoridad sobre su permanencia aquí. - Hizo una pausa, observándola con calma-. Depende de mí.
Mordió internamente sus mejillas y parpadeó evitando llorar. No quería llorar delante de él, ya era suficiente estar delante en un estado deplorable, sin ducharse desde hace días y sin ingerir ningún alimento, simplemente sosteniéndose con suero intravenoso; mientras que él, reflejaba poder, estabilidad y belleza, en definitiva, un éxito normal para alguien de su edad con formación y procedente de una buena familia. Ella en cambio, representaba la decadencia, tenía su misma edad, igualmente formación universitaria, pero no había logrado nada, sólo sobrevivir, a duras penas.
-Personalmente, no soy el responsable de que estés aquí. Mi padre, es quien ha insistido en traerte, por el cariño que le tiene a tu padre.
Lía le miró directamente a esos ojos verdes que mostraban indiferencia, las palabras que salían de la boca del hombre eran perfectamente neutras y profesionales. Ella se preguntó si igualmente estaba ante un verdadero psicópata, como su padre, ¿cómo podía soltar esa mentira tan sucia y quedarse tan tranquilo sabiendo que parte de su sufrimiento era por la mala praxis de su padre?
-No te he hecho nada para que me mires de esa manera, mi trabajo es ayudar a pacientes como tú, podrías tomártelo como una oportunidad para recuperarte.
-No creo en la recuperación, y no creo que seas el más indicado para “ayudarme” – le respondió por primera vez la mujer, sorprendiéndose de lo clara que salió su voz tras varios días sin utilizarla-.
-Por el momento, he conseguido que hables.
-No quiero absolutamente nada de la familia Lenoir.
-Es curioso que digas eso, cuando habéis estado viviendo como okupas en nuestra finca durante un par de años sin pagar ni un euro.
Ella le miró con odio.
-Te refieres a la casa de 80 metros cuadrados, donde vivía el empleado de vuestra finca. Una finca solitaria, en plena nada, donde hemos soportado humillaciones y vejaciones por parte de tus padres y de ese empleado.
-No voy a entrar en temas personales Lía, me limito a la realidad de los hechos.
-Es curioso que seas tan brillante, conociendo a tu padre, sabes que no da nada gratis- le respondió mordaz- tal vez no quieras saberlo, porque te avergonzaría demasiado, ¿verdad?, prefieres vivir en una ignorancia.
Por primera vez él la observó con una mirada diferente, pero cambió rápidamente por su porte profesional y neutral.
-Repito, soy tu doctor aquí, no mezclo temas personales, y mi objetivo es ayudarte en lo que pueda, para que cuanto antes salgas de aquí.
-Que buen profesional.
-Lo soy, por eso soy feliz, y no sólo a nivel profesional – hizo una pausa para enseñarle su alianza en el dedo- tengo la suerte de tener a mi lado una mujer maravillosa y una familia que me respeta, creo que es algo que a ti te preocupa por las declaraciones que hiciste tras despertar del coma.
Digno hijo de Francisco Lenoir, tras esa facha de médico brillante y serio, se escondía la ironía mordaz que había utilizado para hacerle daño en sus inseguridades personales. Era lo malo de tener todo su historial clínico, estaba totalmente desnuda ante él, y él la ganaba por goleada.
-No quiero que me trates, quiero irme de aquí.
-No es una opción.
-Tú no me quieres aquí.
-Puede que tengas razón – respondió con seriedad- a nivel personal, no quiero que estés aquí, pero mi deber profesional, es querer ayudarte. Además, creo que ambas posturas pueden confluir.
Ella le observó esperando que continuara.
-Cuanto antes hagamos las sesiones individuales y participes en las actividades del centro, podrás salir de aquí lo antes posible. Saldrás de mi vista y yo de la tuya. Si sigues así, esto se va a alargar mucho tiempo.
-No creo que tu padre asuma los gastos si se alarga, me echaríais antes.
-Cuando el paciente tiene un comportamiento crónico como el tuyo, el Estado asume el coste. Simplemente basta un informe mío y puedes quedarte mínimo 6 meses aquí.
-Te odio.
Lenoir esbozó una sonrisa lenta, casi burlona.
-Algo en lo que coincidimos, entonces- terminó saliendo de la habitación sin dedicarle ni un segundo más de su tiempo-.
Lía se tumbó en la cama, permitiéndose el lujo de llorar todo lo que su cuerpo necesitaba. El llanto era desgarrador, y las lágrimas abundantes, inundaron su cara; lo peor de todo, es que su estado no era por culpa de Aquiles Lenoir, sino de toda la mierda que había en su vida y en ella misma.
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El pinchazo en la vena dolió, Lía supuso que la falta de cuidado de la enfermera era una venganza por el número que había montado por la mañana. La miró, era mucho más joven que ella, pelo liso, rubio, perfectamente cuidado, con unos rasgos faciales y equilibrados, pero lo que más le llamó la atención fue la serenidad que transmitía, parecía que no había ni un ápice de sufrimiento en su rostro.
-Lamento lo de esta mañana – las palabras salieron de la boca de Lía sin control – no estoy en mi mejor momento.
-Lo sé, por eso estás aquí – respondió mientras terminaba de extraerle la sangre- ahora depende de ti si quieres salir de aquí o no.
Lía optó por no responder a esa especie de chantaje moralista, donde parecía que las cosas se limitaban a tu manera de comportarte y que, de esa manera, todo se podría arreglar. Pero no era así. Nadie sabía el verdadero sufrimiento que padecía a todas horas, siendo la única alternativa disponible la ingesta de fármacos que controlaban su constante ansiedad y su propia voz, que era su peor enemigo.
Una risotada maligna retumbó en su mente, ¿cómo iba a querer salir si ella misma había intentado acabar con su vida por segunda vez?, el caso es que el deseo era morir, de cualquiera de las maneras, o durmiendo para siempre, o quedándose entre 4 paredes hasta que llegase el final, pero no quería volver ahí fuera. No quería vivir su vida, ni sentir lo que sentía, ni sufrir el desprecio continuo de los demás, no había nada bueno, por lo que, ¿por qué alguien querría continuar si todo era un desastre? En verdad, por muy poco idealista que fuera, la vida era una oportunidad para algunos, y una pesadilla para otros, en el caso de ella, no recordaba si en algún momento de su vida, su cuerpo y mente hubieran estado tranquilos y no en un permanente estado de alerta y supervivencia.
-Lía, ¿me escuchas? – la voz de la enfermera la sacó de sus pensamientos – te estaba diciendo que te tomes una ducha, puedes empezar por ahí, te hace falta.
Lía miró a la enfermera impoluta delante de ella, desprendiendo un olor femenino y agradable, sin evitar compararse con ella misma. Se sintió pequeña y acabada, por lo que tal vez la poca dignidad que le quedaba, la impulsó a asentir y a meterse en la ducha.
El agua caliente caía con fuerza por su cara y cuerpo desnudo, Lía no pudo soltar un gemido de satisfacción, pareciera que sus músculos y huesos hubieran estado sellados durante mucho tiempo, y el agua estuviera teniendo un poder balsámico y de regeneración. Se frotó con la poca energía que tenía, sus rizos castaños, y pasó al poco tiempo por el resto de su cuerpo. Había únicamente un jabón para cabello y cuerpo, no había acondicionador ni aceites, era puramente cuestión de higiene y además no demasiado abundante, seguramente para evitar que algún paciente optase por ingerirlo.
Salió con cuidado y se miró al reflejo que le devolvía una pequeña lámina de vidrio incrustada en la pared, irrompible, igualmente por seguridad. Estaba hecha un desastre, aunque llevaba así mucho tiempo. Su cuerpo que alguna vez, ya hace mucho, fuera curvilíneo y firme gracias a las horas de natación, estaba ligeramente flácido y feo, su cara, mostraba ciertas líneas de expresión debajo de sus ojos y alguna cerca de la boca, dada la falta de hidratación por el último mes que había sido una caída a los infiernos en toda regla. Su pelo, rizado, estaba encrespado, aunque parecía que era de lo poco que quedaba con vida en aquel espectro humano que le devolvía la mirada. Lo que sí se salvaba era el único rasgo que le gustaba de ella, su boca, gordita y siempre ligeramente rojiza, seguía ahí, aunque ella dedujo que no le quedaba mucho tiempo, que esos pequeños destellos se iban a ir apagando como el resto. Era curioso, cuando hace años su físico y salud estaban en buen estado, como ella misma había sido cruel y despiadada contra ella, y ahora que lo había perdido casi todo, daría lo que fuera porque el reflejo en el espejo fuera el de esa época. El ser humano era un animal estúpido e inconformista, que no era consciente de que conforme el tiempo pasa, todo se complica y empeora.
Al salir del pequeño baño, se dirigió a su cama y vio que la enfermera le había dejado un coletero y un secador, por lo que procedió a secarse el pelo como buenamente pudo, y se hizo una trenza baja para controlar los rizos encrespados y rebeldes que no tenían ningún remedio. Después, hizo lo que llevaba haciendo los últimos tiempos, se metió en la cama.
-Vamos a ver, ¿esta señorita ya se ha duchado? – le preguntó Rossi con cariño- pero mírala si es otra persona, mira que guapa estás.
Lía le respondió con una sonrisa delicada. Rossi era una mujer que superaba los 50 años, y era la enfermera que mejor se había comportado con ella desde que ingresó, la más paciente y la que en ningún momento la había tratado con compasión o como una enferma. No daba ninguna importancia a las palabras que le dirigía puesto que personas como Rossi, veían belleza en cualquier persona, eran aquellos seres que habían nacido con una capacidad única de amabilidad y de cuidar a los demás, era feliz con su trabajo y eso se le notaba, trataba a todos los pacientes por igual.
-Te he traído una cosa – le dijo susurrando – hoy era el cumpleaños de Natalia y ha traído bombones – sacó su mano del bolsillo y le dio 3 bombones a Lía – no se lo digas a nadie, no debería dártelo, pero creo que necesitas un poco de ánimo, y el chocolate siempre ayuda.
Lía le dedicó una sonrisa genuina y aceptó los bombones con agradecimiento. Esos pequeños gestos sin esperar nada a cambio por su parte, hacían que le doliera el corazón, no estaba acostumbrada. No estaba acostumbrada a que alguien se preocupase por ella sin esperar nada a cambio o a utilizarla para algún fin. Una mueca de dolor emergió de su rostro cuando pensó en él, y después, en su propia familia, haciendo que los ojos se le llenaran rápidamente de lágrimas.
-¿Estás bien cielo? – preguntó Rossi preocupada cuando vio que las lágrimas corrían por las mejillas de la castaña-.
Lía asintió limpiándose rápidamente la cara y metiéndose en la boca el primer bombón. Es verdad que el chocolate tenía un efecto calmante, se permitió saborearlo y transmitirle a la enferma con la mirada que todo estaba bien. Ella lo captó y asintió sonriendo.
-Cuando termines, es hora de que camines un poco por el pasillo, tenemos que arreglar la habitación.
Lía asintió y cuando terminó de comerse los bombones, salió de la habitación para caminar no muy lejos en el largo pasillo blanco del centro. Observó a los pacientes, de todas las edades, interactuando unos con otros, como si del recreo de un colegio se tratase. Era curioso, como cuando uno no estaba bien, volvías sin querer a un estado de vulnerabilidad, pareciendo mucho más joven, como si te volvieras a convertir en el niño o niña que alguna vez fuiste, o que verdaderamente nunca habías dejado de ser.
Siguió recorriendo el pasillo con paso lento. Su mente seguía atrapada en su propio tormento hasta que una voz familiar la interrumpió.
-Buenos días, Lili. ¿Decidiste salir de tu jaula?
Suspiró al reconocer a Paris Lenoir. Rubia cabellera despeinada, sonrisa despreocupada. Siempre con esa actitud de quien no tiene nada que perder.
-Voy a seguir mi rutina tranquila, si no te importa – respondió sin mirarle.
-Me encantaría acompañarte. De hecho, voy a hacer el pasillo contigo.
No detectó burla en su voz. Paris siempre había sido así, incluso cuando eran niños. Lo recordaba perfectamente: un chico solitario que cargaba con el peso de un apellido, alguien que no encajaba. Tal vez, por ello, tenía la misma bata que ella.
-No deberías querer juntarte conmigo – dijo con frialdad – nuestras familias no se entienden y yo no me llamo Lili.
-Para mí siempre serás Lili.
Lía tragó saliva, y prefirió no responder. Se apresuró a su habitación comprobando que ya estaba limpia para meterse nuevamente en la cama, pero él la detuvo con un toque suave en el brazo.
-Aún recuerdo tus ojos y tu sonrisa aquel verano en Galicia – susurró-. Y es una gran putada que hayan conseguido arrebatártelos – le dijo soltándola y dirigiéndose a su habitación, la 302.