Capítulo único
La Mamixia es el nombre por el cual se le conocía a Tom, no es que fuera mujer, ni a modo de burla; sino que en su opinión el término “chulo” cafiche, o proxeneta le parecía muy burdo, y joder, Tom podía ser de todo pero menos vulgar y corriente, eso se lo dejaba a sus putas. Se le quedó el mote a modo de cariño, porque en un principio le decían “La mami”, y eso simplemente no le gustaba.
Tiene a sus perras favoritas (Ria y Chantelle), las cuales, no son solo las más bonitas del selecto grupo de prostitutas de la Mamixia, sino también las que le proveían de mayor cantidad de dinero, debido a que tenían mucha más práctica.
En una noche como cualquiera, mientras Ria observaba por el orificio del pomo de una puerta, quizá no era del todo una noche normal si ella estaba cuasi pegada allí; vio a un joven rubio, con barba incipiente, nariz respingona, labios carnosos, más aretes en la cara que parecía faquir y vestido con un terno plomo. Y lo que su mente procesaba era “dinero, dinero, dinero”, era la experiencia lo que hacía que pudiese reconocer cierto tipo de gente, pudiendo casi oler el dinero de sus bolsillos, lo malo de los que llevaban esmoquin eran sus gustos extravagantes: “gajes del oficio”, solía decir la pelirroja.
Chantelle notó que su amiga de tez canela casi salivaba y por poco veía los signos de dólares en sus pupilas, entonces sospechando lo que sucedía, la empujó a un lado provocándole una poco digna caída; tomando el lugar de Ria para mirar al bombón relleno de billetes verdes que estaba tras la puerta. Y demonios, todas veían pero nadie abría.Tom salió de la nada y vio a Ria tirada en el piso sin poder pararse, debido a las plataformas que traía; rodó los ojos y luego bufó al ver que Chantelle tenía la cara unida con la puerta, prácticamente.
—ARRE, PERRAS —bramó en tono autoritario Tom, y ambas se espigaron y formaron. Abrió la puerta. La apariencia del cliente le hizo casi oler el dinero—. Adelante, buen señor. Escoja lo que más le guste. Tenemos pechos —toca los pechos a las chicas de forma obscena y le susurra a una de ellas—. Están flácidas.
Tom puso expresión de asco y Bill lo miró divertido.
—También tenemos culos. —Toca el derrière de una de sus chicas y arisca la nariz, murmurándole con su disimulo característico que si la vecina no se quejó es porque era una anciana sorda—: ¡Aich, las tendré a dieta, tienes piel de naranja y están todas fofas!
Cuando le muestra a las chicas, Bill se ve indeciso e insatisfecho. Así que después le clava la mirada en la Mamixia.
—¿Lo que el cliente pida? —tanteó el terreno el rubio.
—Pues claro, mi buen señor, porque el cliente siempre tiene la razón —cedió Tom sin saber que por la boca muere el pez. Bill lo barrió con la mirada, con evidente lascivia.
—Es bueno saberlo —dice Bill—. Porque ninguna de sus chicas me interesa a pesar de ser tan hermosas —soltó con falsa caballerosidad, consiguiendo que las trabajadoras rieran de forma chillona y molesta, sonrojándose por el halago.
—¿Ah? —Tom estaba confundido, ya empezando a enojarse—. Si no va a gastar, vaya saliendo de aquí.
—Espere, yo dije de las chicas, pero —da otra escaneada descarada a Tom—, usted...
—¿Yo...? —instó Tom impaciente, moviendo su pie sobre el piso insistentemente, emitiendo un ruido molesto.
—Sí, usted —respondió Bill agravando la voz—. Usted no está mal, señor. Dígame, ¿tiene precio también?
Tom arqueó una ceja primera sorprendido y luego sonrió. Las muchachas cuchicheaban escandalizadas, apostando qué tanto tardaría en darle una patada para que se largase del negocio. Pero cuando Tom abrió la boca, soltó un: —No sé si puedas pagar mi precio.
El joven de inmediato sonrió con autosuficiencia por la respuesta; inclinó la cabeza hacia un lado y luego carraspeó.
—Como verá, no soy un hombre pobre —aseveró. Tom hizo un mohín y rodó los ojos.
—Y como verá, no soy una vulgar prostituta. —Las chicas lo miraron ofendidas.
—No malinterprete mis palabras, mis disculpas. No es que piense eso de ti... ¿Puedo hablarte de tú? —Tom hizo un gesto de indiferencia—. Sino que, hay algo en ti que me gusta. No lo sé...
—Pues eso se ve. Tengo todo en su sitio no como estas —señaló a sus prostitutas. Ellas soltaron réplicas indignadas, las cuales Tom pasó olímpicamente. El rubio sonrió y negó.
—No, creo es algo más, aunque no niego que seas muy agradable a la vista —halagó, comiéndoselo con los ojos.
—Sigue hablando, cariño, eso no te dará nada de mí —respondió Tom con desdén.
—Pero puedo pagar su precio, sea cual fuese —tentó Bill de nuevo.
—Está bien, pero te diré mi precio después —acotó mientras lo jalaba por la corbata y lo dirigía a su oficina.
Tom podía darse el lujo de perder clientes, pero igual y no sólo era hablador este joven, y no le convenía perder un pez gordo, por más caprichoso que fuera y quisiese follar al jefe y no a las putas. …
Tom le plantó un beso en la boca al joven, que le sonrió y luego posó su mano delicadamente sobre sus labios. —Quisiera que sepas mi nombre…
—Ah no, no me vengas con formalidades —bramó Tom ofuscado. Una de las reglas de Tom era que el sexo era sexo, solo eso, ni más ni menos, si lo volvía algo personal, todo se arruinaba.
—Es sólo que quiero oírlo de tu boca cuando te la meta hasta que olvides tu propio nombre —farfulló el joven haciendo que el moreno se quedase boquiabierto—. Es Bill. —Bill empotró al muchacho contra el escritorio y lo comenzó a desvestir—. Eres hermoso...
—Sí, no como esas puercas que cogen y comen todo el día, ya no deben sentir ni el clítoris, pfff —se quejó Tom mientras se quedaba sin nada de la cintura para abajo. Bill rió por las ocurrencias que soltaba en plena faena.
Tom iba a seguir con su perorata cuando sintió que tomaban su miembro y lo metían a una cavidad caliente se sintió lo mejor del mundo hasta que...
—¡LOS PUTOS DIENTES, NO! ¿Quién te enseñó a hacer mamadas? ¿El Marqués de Sade? —preguntaba Tom, con el rictus descompuesto.
—Preferible eso a que sea Hannibal Lecter —respondió Bill levantándose y mirándolo acusador acotó—. Aparte te estoy pagando.
—¿Me vas a recordar a cada minuto que me estás pagando? Porque si es así, tú quietecito en el sillón y yo hago todo el trabajo —musitó Tom y empujó al rubio en el mueble. Lo desvistió y se encontró con un ¿sexy bóxer de Spiderman?—. ¿Qué edad tienes? —interrogó burlón. Bill bufó, mas su rostro estaba rojo.
—Pues ocúpate de las arañitas y buen provecho —dijo Bill, intentando recuperar su seguridad. Tom rodó los ojos y le bajó los calzoncillos.
—Vaya, parece que me encontré con una araña más grande que la viuda negra —chanceó Tom.
—Quiérela, se llama Lola y te va a picar —le siguió la broma.
El rostro de Tom fue todo un poema por la declaración. Tomó a Lola entre sus manos y comenzó a masajearlo. Bill prontamente comenzó con las muecas.
—Tienes una mano experta, ¿o me equivoco? —dijo Bill intentando sonar seductor.
—No por nada soy el jefe, ¿no? —soltó Tom cortante.
—¿Algún pasado digno de contar? —insistió Bill, demasiado concentrado en las sensaciones, en lugar de fijarse que iba por terreno fangoso.
—¿Me pagas para contarte de mi vida o para follar? Porque también puedo usar mi lengua para algo que no sea dar una mamada —farfulló Tom deteniendo sus movimientos, haciendo que Bill se arquearse en búsqueda de más contacto.
—Sigue, por favor...
—Y mira quién ruega como una puta.
Bill echó su cabeza para atrás. Tom sacó con presteza el lubricante, que lo tenía cerca (en caso de emergencias), y se preparó frente a la mirada atenta de su cliente. Le guiñó un ojo y jadeó ruidosamente mientras se preparaba solo. Bill no aguantó y lo hizo sentarse sobre él.
—¡PERO QUÉ BRUTO DE MIERDA ERES! —gritó Tom controlando su rictus de dolor.
—¿Con esa boquita besas a tu madre? —preguntó Bill ya casi sin voz, maravillándose por el calor de las entrañas del moreno.
—No, me beso a la tuya.
Y el vaivén comenzó frenético, con fuerza, casi como una agresión, pero Tom no se quejaba más, una vez que su cuerpo se habituaba podía seguirle el ritmo. No se trataba de amor, no había cuidado, era sexo crudo y duro, de tener necesidad y pagar un servicio, donde Tom no se quedaba quieto, pero le daba lo que Bill necesitara. No habían besos, ni caricias dulces, mucho menos habría un momento de cariños después, solo era saciar ese hambre.
Podía sentirse el ambiente pesado, escucharse la humedad, la fricción, cuando Tom se penetraba a sí mismo, haciendo chocar sus bolas y pene contra el vientre de Bill, espigándose al sentir cómo tocaban su próstata, y en efecto, repetía el nombre de Bill, tal y como quiso.
Bill no soltaba sus caderas y casi bizqueaba al sentirse apretado dentro de Tom; cuando sintió que se acercaba al final, recordó que lo que daba botes contra su estómago era el sexo del de rastas, por lo que intentó no se egoísta al jalárselo, fuerte pero no lo suficiente como para provocar dolor, jugando con la punta, y consiguiendo un orgasmo sincronizado.
—Esto estuvo genial —alabó Bill. Tom acezado le respondió.
—Es que soy la mejor perra de aquí, novato.
—¿La mejor perra de la perrera? —preguntó Bill acariciando la espalda sudada y formada de Tom.
—La mejor que vas a conocer en tu puta vida.
—Bueno...—Bill empezó a vestirse, mientras Tom se disponía a recoger su pantalón y calzoncillos del suelo—, concuerdo contigo.—Entonces de su saco, mientras se lo ponía, extrajo un pequeño sobre blanco—. No me dijiste tu precio —la Mamixia abrió los ojos de repente, acordándose—, pero no te preocupes, yo te haré un cheque de lo que no podrás creer y querrás gritar. Tom, ya vestido completamente, aceptó aquel sobre casi arrebatándolo de las manos del otro, debía ser buena cantidad—. Pero no lo abras hasta que me vaya —pidió Bill. Por lo que Bill le dio un último beso, casi fugaz y sorpresivo—. Adiós —se despidió, yéndose por la puerta—. Acuérdate, que no lo abras hasta que me vaya.
—Sí, sí, Arañita, largo.
El rubio sonrió y decidió abandonar el lugar.
Tom abrió el sobre con cierto apuro e impaciencia, rasgándolo y rompiéndolo. Dentro estaba un pedazo de papel que decía: “Lo siento, no tengo plata. Te la debo para la próxima”. El grito que salió de los labios del de rastas negras se oyó por todo el vecindario, al menos en eso Bill no mintió, porque Tom no se creía lo que veía y hasta chilló.
…
A la semana siguiente, Tom no podía creer a quién tenía frente a sus ojos.
—Oye...
Tom con el repelús a flor de piel al ver a aquel sujeto estafador; por el cual había caído tan bajo, por el cual su trasero había dolido durante dos días.
Estaba frente a él, con un cigarro en la mano a medias, y con un enorme abrigo de contextura muy peluda. Tom hizo un mohín a modo de ofensa, cruzando los brazos y dando la espalda. Le tenía ganas, ganas de romperle el culo, y no de forma sexual.
—No te enojes. No venía con dinero aquel día pero hoy sí traje...y es mucho —aseguró sonriente.
El moreno se mostró incrédulo al voltearse de forma media hacia el rubio, mientras enarcaba una ceja. ¿Sería verdad? No quería pecar de ingenuo de nuevo.
Las chicas, obviamente, estaban cerca, presenciando la escena. Una de ella se asomó por la ventana y gritó con éxtasis, cuando vio un hermoso auto deportivo estacionado afuera.
—¡Y es rojo! —exclamó la trabajadora.
—Ven —dijo Bill a Tom—, el dinero lo tengo acá. No puedo sacarlo así como así, es demasiado.
Tom tenía interés (que vamos, más no podían humillarlo) y tomó la mano que Bill le ofrecía, con cierto asco, claro. En sus aires de diva, algo escasos, escaneó aquel auto deportivo atrayente y brillante sin ninguna raya, parecía nuevo.
—Apúrate, Arañita, que debo volver a azotar a mis perras con billetes grandes —dijo al ver que el otro no se movía.
—Ya pues —masculló Bill, abriendo la cajuela de su auto, tardando un poco. Después sacó tres maletones grandes, bolsas negras y robustas que parecías pesadas. Tom abrió la boca por completo.
Para evitar que fuese otro chistecito de su “Arañita”, abrió las maletas, notando que efectivamente, estaban llenas de dinero, no falso, sino dinero real.
—¿De dónde lo sacaste, Arañita? —preguntó Tom aún sin salirse de su asombro.
—Si te lo dijera tendría que matarte —respondió Bill y luego se rió. Tom acompañó esa risa pero algo le decía que no estaba bromeando.
—¿Así me pagarás cada vez que te deje follarme?
—Te pagaré el doble por tu exclusividad —confesó Bill y sonrió mostrándole los dientes—, soy hijo único, no me gusta compartir.
Las muchachas de Tom estaban escuchando atentas la conversación y no se creían lo que oían.
—¿Pero qué tiene ese hombre en el culo? ¿Droga? ¡Mira que lograr que un narco se fijase en él y quisiera ser su pareja! —soltó Ria.
—Igual y usó brujería —acotó la rubia incrédula.
—¡Arre, perras, hasta acá las oigo! —gritó Tom mirando con desdén a las chicas de la vida alegre. Volvió a ver a Bill.
—Entonces, ¿qué dices? —cuestionó.
Pasados dos meses de aquella situación, en una hermosa mansión lejos del burdel, unos cuerpos se movían alocados por corrientes de placer.