El Cantar del Viento

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Summary

Un joven príncipe, nacido sin magia, es elegido por seres divinos para descubrir su verdadero poder en un mundo plagado de secretos. En su viaje, se cruza con un caballero humano de otra nación, y juntos se embarcan en una aventura que no solo pondrá a prueba sus habilidades, sino que también determinará el destino de todo el mundo. Mientras Aelion descubre la misteriosa magia arcana, los dos lucharán contra enemigos y fuerzas oscuras, enfrentándose a pruebas que cambiarán el rumbo de sus vidas y el de todos aquellos que habitan su tierra

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prologo: El nacimiento del Príncipe

El aire en la habitación era denso, impregnado con el aroma metálico de la sangre y el incienso que ardía en un cuenco de plata. La luz de las velas oscilaba sobre los muros de piedra, proyectando sombras alargadas que se retorcían como criaturas expectantes. En la cama, la madre yacía con la respiración entrecortada, el cabello pegado a su frente por el sudor. El niño había nacido en silencio. Sus hermanos lo observaban con la misma expresión con la que un depredador mide a su presa. La niña, la menor de los tres, se inclinó sobre el borde del colchón y alargó una mano, con la curiosidad de quien contempla algo frágil.

—No deberia verse asi...— Dijo la madre al ver su peculiar apariencia, el bebe era de un color de piel canela con el cabello rojo como la sangre la piel podria ser gracias a un posible ancestro, y tenia el mismo color de cabello que la madre, pero lo unico que no estaba bien eran unos pequeños cuernos recien nacidos de un color carmeci, era raro y ningun elfo de la familia los habia presentado jamas.

—Es pequeño— murmuró, con una nota de decepción.

—Es débil— corrigió el mayor, los ojos entrecerrados.

La madre no dijo nada. Sus labios estaban tensos en una línea de disgusto. Había parido herederos antes, pero este... este era distinto. Lo sabía incluso antes de que las sombras se retiraran de la habitación. El padre se mantuvo en pie al lado del lecho, la mirada fija en la criatura envuelta en paños. No dijo nada mientras los demás hablaban, pero cuando extendió la mano y rozó la frente del niño con la yema de los dedos, su expresión se tornó inescrutable. Había algo en él. Algo que aún no se había formado del todo, como la luna antes de ser plena.

El niño no lloraba. Solo observaba.

—Deséchalo— Dijo el hermano mayor, el cual tenia una daga afilada en su mano, era obvio lo que planeaba hacer

La daga resplandeció bajo la luz temblorosa de las velas. La habitación entera pareció contener el aliento cuando el filo descendió unos centímetros, dirigido hacia el bulto envuelto en paños. El niño no lloraba. El mayor lo miraba con el desprecio que se reserva a los errores. Sus dedos se cerraban con firmeza sobre el mango de la daga, los nudillos tensos, la hoja inclinada con precisión. Una sola presión y acabaría con el problema antes de que se convirtiera en un lastre. La madre no dijo nada. No apartó la mirada, ni mostró objeción alguna. Solo esperaba. Pero antes de que la hoja encontrara carne, una mano se alzó, atrapando la muñeca del joven con una firmeza fría.

—No— Dijo el hombre con una voz fría. La voz del padre era tranquila, pero no permitía discusión. Entonces el mayor alzó el rostro con los ojos entrecerrados.

—No tiene magia— dijo, como si eso fuera razón suficiente —No tiene nada.

El padre no respondió de inmediato. Bajó la mano de su hijo con lentitud, obligándolo a soltar la daga con un leve movimiento. El metal cayó sobre las sábanas con un susurro apagado. Sus ojos, oscuros y profundos, se clavaron en el recién nacido. En su quietud antinatural. En esa mirada silenciosa que lo observaba desde un rostro aún marcado por la fragilidad del nacimiento. Algo latía en el niño. No magia. No poder. Algo más profundo, más insondable.

—Está vivo— dijo al fin, y con esas palabras selló su destino.

El mayor frunció el ceño, pero no replicó. Se limitó a recoger la daga con un resoplido y girarse sobre sus talones, saliendo de la habitación sin molestarse en disimular su disgusto. La niña, aún junto a la cama, ladeó la cabeza. Había algo curioso en su mirada, como si estuviera observando el inicio de un juego cuyo desenlace aún no comprendía. Sonrió apenas, con un gesto sutil, y luego se deslizó fuera de la habitación sin hacer ruido. La madre exhaló lentamente, pero no miró a su esposo. Su juicio ya estaba hecho. Su indiferencia era sentencia suficiente. El padre tampoco le dedicó más tiempo. Se inclinó sobre el recién nacido y, con dedos cuidadosos, apartó un mechón de cabello rojizo de su frente.

—Aelion —murmuró.

Fue entonces el unico momento donde el niño hizo un ruido, este fue cálido y juguetón, una risita que derritió el corazon del padre, y como si hubiera sido la primera vez en tantos años, el padre sonrió de forma sincera. Sostuvo su mirada por un instante más, luego se enderezó y ordenó con voz firme:

—Llamen a las sirvientas, el heredero nacido

Nadie protestó. Y en la penumbra temblorosa de la habitación, Aelion respiró, sin saber aún que esa simple existencia sería suficiente para cambiar el destino de todos. Un juramento de redención según el padre, el unico ser con corazon noble de la familia Rimora, el unico Elfo Crepuscular gentil. El silencio se rompió con el eco lejano de pasos apresurados. Las sirvientas entraron en la habitación con gestos cuidadosos, moviéndose con la precisión de quienes han servido a la familia durante generaciones. Traían consigo paños limpios, agua caliente y un puñado de hierbas perfumadas para disipar el olor acre de la sangre. La luz de las velas seguía temblando en las paredes, pero su resplandor ya no parecía tan afilado, tan frío.

El padre sostuvo a Aelion con una suavidad inesperada, como si temiera que el niño se deshiciera en sus manos. Lo observó en la penumbra, el tenue fulgor del incienso tiñendo su cabello de reflejos cobrizos. Sus pequeños dedos se movieron en el aire, buscando algo en un mundo que acababa de conocer. Fue entonces cuando Aelion volvió a reír, un sonido diminuto pero lleno de vida.

El gesto del padre se suavizó apenas. Había algo puro en ese sonido, algo que no pertenecía a la oscuridad de aquella casa. Mientras el resto de la familia se sumía en el silencio, indiferente o disgustado, él permitió que esa risa se enredara en sus pensamientos, llenando las grietas de su alma con un calor que no había sentido en mucho tiempo.

—Limpien la habitación— ordenó con calma, hasta con gentileza, algo que perturbo a las sirvientas puesto que el nunca se había portado así con ellas antes —Y traigan ropa apropiada. El heredero no dormirá entre la suciedad. Las sirvientas se apresuraron a obedecer. La madre, aún pálida sobre la cama, no dijo nada. Su mirada seguía fija en el techo, como si con solo ignorar al niño pudiera hacerlo desaparecer. Pero Aelion no desaparecería. Estaba allí, respirando, vivo, sin que nadie pudiera cambiarlo. El padre lo sostuvo con más firmeza, sintiendo el peso de su destino en los brazos.

Por la ventana entreabierta, una brisa ligera se deslizó en la habitación. El incienso comenzó a disiparse y, con él, la sensación sofocante que había dominado el nacimiento. Afuera, más allá de las torres de piedra y los muros fríos, la noche avanzaba, pero el horizonte ya mostraba el tenue resplandor de la madrugada. Un nuevo día estaba por comenzar, y con él, una posibilidad que nadie en esa habitación podía prever. Aelion bostezó, ajeno a todo, y se acomodó contra el pecho de su padre. En ese instante, con la primera luz del alba filtrándose entre las cortinas el niño vio por primera vez el cielo estrellado, y se quedo maravillado, el padre que aun lo tenia cargado sonrio nuevamente, beso a su hijo en la frente y se lo dejo al cuidado de las nanas.

—Todo estará bien, lo puedo sentir.