Chapter 1
Aiko sentía la presencia del viento, que acariciaba delicadamente su piel clara, suave y radiante, mientras las olas se rompían una y otra vez en la costa, produciendo un eco que resonaba a lo lejos, y que ella disfrutaba.
Ese día, el cielo azul parecía imitar al mar, o quizás era el mar quien reflejaba ese cielo sin fin.
Aiko, vestida con un camisón blanco, paseaba por la orilla. Al detenerse en el lugar donde la espuma blanca se disipaba silenciosamente bajo sus pies, sentía el frescor del agua en las puntas de sus dedos.
Siempre había sentido una atracción inexplicable hacia algo en el mar. Desde que empezó a dar sus primeros pasos, sus pies comenzaron a explorar y siempre los llevaba al mismo destino:
El mar.
Durante años, había sentido una atracción hacia él que no podía comprender.
A veces se sentía confusa, otras contenta y otras sola o no querida, pero siempre el mar había estado para ella, escuchándola y recogiendo sus sollozos con tranquilidad y compañía.
Sentía una extraña conexión con el océano que la impulsaba a volver una y otra vez, incluso en este momento, donde experimentaba esa sensación de estar aislada pero completa.
No solo le fascinaba el agua, sino también todo lo que el mar ocultaba: esos misterios temidos por la gente y anhelados por Aiko.
En su mente había un laberinto de pensamientos, donde se mezclaban con recuerdos borrosos de su niñez que no podía recordar del todo.
Aiko solo podía recordar las pesadillas aterradoras que la perseguían cada noche durante aquellos momentos, así como el sudor frío y una sensación constante de ser atrapada por algo desconocido desde lo más profundo.
Para ella, las historias que tanto habían influido, no solo en sus pensamientos sino en todo lo que abarcaba su vida habían sido las de su madre, que le contaba cuentos de mujeres que se enamoraban del mar y desaparecían en sus aguas, dejando solo una sombra misteriosa. Ella quedaba impresionada al contemplar el cabello rizado y oscuro como la noche de su joven madre y su tez pálida como porcelana.
Su madre, vestía siempre de un rosa muy pálido, que le hacía parecer una muñequita conjuntando su rubor del mismo tono.
Y ese mismo encanto lo heredó la niña que tuvo: Aiko
Aiko decidió no pensar en esos recuerdos que le formaban ese nudo incómodo en la garganta y prefirió dirigir su mirada hacia el mar que se extendía ante ella.
Aiko caminó hacia el agua, hasta que las olas acariciaron sus tobillos. La corriente distorsionaba su reflejo en el agua, como solía hacerlo muchas veces.
Se inclinó hacia delante observando sus ojos negros cambiar de color por el clima, su cabello negro como el de su madre caía como una bonita cascada, absorbiendo la luz del sol, el mismo sol que podía observar durante horas sin tener que parpadear, sin sentir el ardor que muchos otros experimentaban.
Ella sabía de su rareza, de sus cualidades, sus peligros y del daño que podía llegar a causar a los demás.
Aquella tarde, había ido a la playa a esperar a Haru. Era una costumbre entre ellos, desde hacía mucho tiempo. Haru llegaba un poco después, pedaleando su bicicleta hasta la arena, con su expresión tranquila y sus ojos llenos de curiosidad.
Él era la única persona que Aiko había dejado entrar a su mundo peculiar, un mundo enredado de obsesiones poco sanas.
Y aunque él creía saber todo sobre ella por su fuerte amistad, no resultaba ser así del todo.
Pero sí era él el que conocía su pasado y sus cualidades, y le encantaban.
De repente, algo oscuro se deslizó bajo la superficie del agua, tan rápido que Aiko apenas lo percibió. No era la primera vez que veía algo así.
Trató de agarrarlo con sus delicadas manos, al menos tocarlo o volverlo a ver pero aquella sombra oscura fue más ágil que sus reflejos.
Pero esa tarde, había algo diferente, algo en la forma en la que la corriente parecía llevarla hacia el agua, en cómo su corazón latía al ritmo de las olas.
-¿Aiko?- La voz de Haru la sacó de sus curiosos pensamientos.
Ella se giró, sonriendo suavemente al verlo acercarse.
Haru, con su cabello castaño alborotado por el viento y su chaqueta desabrochada, era la imagen misma de despreocupación. Pero Aiko sabía que él también tenía sus propios demonios, ocultos tras esa sonrisa que a veces no llegaba a sus bonitas mejillas.
-Aquí estás- dijo él, dejando la bicicleta a un lado y caminando hacia ella- pensé que hoy no vendrías.
-El mar siempre me llama-respondió Aiko, su voz tan suave como el murmullo de las olas. Tan delicada como si el viento pudiera transmitir su mensaje a Haru.
Haru se detuvo a su lado, mirando hacia el mar. Por un momento, ambos permanecieron en silencio, compartiendo una calma que no necesitaba palabras, un silencio que no era incómodo.
-¿Has vuelto a tener esos sueños?-preguntó él finalmente, su voz apenas oíble sobre el sonido del mar.
Aiko asintió sin apartar la vista del agua.
-Sí...y cada vez son más intensos, más...vívidos-dijo suspirando.
Haru la observó con una preocupación notable en sus ojos.
-Deberías hablarlo con alguien más, Aiko, esto no es normal, y yo no puedo ayudarte con esto.
Aiko se rió suavemente, una risa que no iluminaba su mirada.
-Nada en mí es normal, Haru. Ya lo sabes.
Él suspiró, pero no insistió. Conocía a Aiko lo suficiente como para saber que no podía cambiar su forma de ser. En lugar de eso, tomó su mano con delicadeza , entrelazando sus dedos con los de ella, dándole un consuelo tranquilo, haciéndole saber que estaría siempre ahí por si lo necesitaba, y que escuchar sus problemas era una forma de entender su alma.
-Vamos a caminar-dijo él, tirando de ella suavemente.- El sol se está poniendo, y la playa es más hermosa ahora.
Aiko lo siguió, dejando que Haru le guiara por la orilla, mientras sus pies se hundían a cada paso lentamente en la orilla. Mientras caminaban, Aiko pensó en la extraña oscuridad que había visto antes debajo del agua. Sabía que no era una simple sombra, sino algo más profundo, algo que la hacía pensar y pensar, pero que decidió dejar de lado por un momento.
Y mientras el sol se hundía en el horizonte, tiñendo el cielo de rojo y dorado, Aiko sintió que la oscuridad también se acercaba, lenta pero inevitable, como la marea que la obsesionaba.