PRĂLOGO
Miro de nuevo la estrella de cinco puntas que cuelga de mi cuello.
«Valor».
DeberĂa estar pletĂłrico de felicidad, abrazando a mis compañeros y pensando en mi ascenso a teniente, sin embargo, lo Ășnico que siento es una presiĂłn en el pecho que me impide respirar con normalidad.
«Esto no estå bien. No hay culpa ni remordimientos. ¿Por qué?».
âSargento Park âmis pensamientos son interrumpidos. Inspiro hondo antes de cuadrarme y caminar en direcciĂłn al hombre canoso y con pequeñas arrugas en las esquinas de sus ojos al que yo algĂșn dĂa llamĂ© papĂĄ. Hoy no es mĂĄs que mi superior, el general Park. Paso a su despacho y espero a que cierre la puertaâ. Puedes sentarte, sargento.
Lo hago de inmediato.
Permanezco en silencio mientras el general rodea su mesa y se acomoda frente a mĂ.
âTengo que admitir que me has sorprendido. No esperaba que ascendieras tan rĂĄpido, y menos aĂșn que mi propio hijo fuese condecorado por el mismĂsimo presidente de la naciĂłn con la medalla de honor. ÂżEres consciente de lo importante que es?
âSĂ, señor ârespondo de manera mecĂĄnica.
âSĂ© que ya estĂĄn trabajando en tu ascenso a teniente y, como oficial, no tendrĂĄs que regresar al frente si no lo deseas. Con lo que hiciste, ya has cumplido con tu deber en el frente, sargento.
Mi padre, el general, sigue hablando mientras yo me pierdo en mis propios pensamientos.
No tendré que volver a ese infierno, esquivando balas y viendo a mis amigos y compañeros morir.
Mi trabajo consiste en salvar vidas, eso es lo que hace un mĂ©dico de combate, pero yoâŠ
Sacudo la cabeza para borrar la imagen de todos esos cadĂĄveres postrados a mis pies.
«No hay nada».
âÂżOcurre algo, sargento? âinquiere mi padre.
Bajo la mirada a mis manos, unas manos que parecen pulcras, pero estĂĄn manchadas de sangre.
«No volverås a matar», resuena en mi cabeza.
Tomo una bocanada profunda y alzo la cabeza despacio.
âLo dejo âdigo con seguridad.
âÂżCĂłmo dices? âEl general estrecha su mirada sobre mĂ, frunciendo el ceño.
âHe terminado aquĂ, general. Quiero dejar el EjĂ©rcito.
âTienes que estar bromeando âmascullaâ. ÂĄJimin, Âżte has vuelto loco?! Van a ascenderte. Tu carrera militar acaba de empezar de verdad.
Me pongo en pie sin esperar a que me dé permiso, y tras quitarme la medalla, la lanzo sobre su mesa.
âPuedes quedĂĄrtela si tanto te gusta, papĂĄ. TĂș lo has dicho, he cumplido con mi deber con esta naciĂłn y ahora decidirĂ© yo mismo cĂłmo vivir el resto de mis dĂas.
Doy media vuelta y me dirijo a la salida, sin embargo, antes de que pueda abrir la puerta, escucho su voz a mi espalda.
âSi te vas ahora, no volverĂ© a reconocerte como mi hijo. SerĂĄ como si hubieses muerto en esa emboscada.
Me giro a medias y dejo que una de mis comisuras se eleve apenas un par de centĂmetros.
«No hay nada».
âHace mucho que dejĂ© de ser hijo tuyo. AdiĂłs, general. âTiro de la manilla y salgo del despacho con una sonrisa.