CAPÍTULO UNO
Capítulo uno: La salvadora.
—Yo estoy que me abro un Only. —bromeó Sofía.
—Tan ridícula. —respondió Estefanía—. Te meterían presa, eres menor de edad.
—Pequeños detalles. —dijo Matilda.
—Mejor vamos a comprar algo al kiosco, yo invito. —cambió de tema Estefanía.
Las chicas se bajaron de los escritorios donde se encontraban sentadas y caminaron entre risas. Cuando iban por el segundo piso del edificio comenzaron a escuchar ruidos, muchos de ellos gritos.
Ellas solo se miraron y supieron qué hacer. Caminaron, por curiosidad, hacia donde se originaba todo el bullicio. Había un montón de gente que les dificultaba ver lo que sucedía.
Se hicieron paso entre las personas para observar el "show". Matilda, mientras se abría camino, escuchó los gritos de un chico diciendo:
—Hacete hombre, maricón.
Mientras tanto, los que rodeaban la escena animaban al matón.
—¿Por qué se pelean? —preguntó Matilda a una chica a su lado.
—¿Pelea? —respondió la chica de cabello azabache—. Le está enseñando por qué no debe responder.
—¿Responder?
—Sí. Le dijo a José que qué le importaba si era o no gay, que si quería que se la metiera o por qué tanto interés.
—¿Solo por eso?
—Sí.
—Mierda. —susurró para sí misma—. Los hombres son tan básicos.
Matilda, por un segundo, notó al chico que estaban golpeando. Era alguien que había visto antes y que siempre molestaban por ser gay. Su instinto le decía que debía ayudarlo, pero no recordaba ni siquiera su nombre.
—¡Amor!
Unas horas antes
—Ya muévete, Dante —ordenó su mamá por quinta vez—. Ya van a ser las ocho de la mañana, vas a llegar tarde.
Él no tenía ni que mirar el teléfono; sabía que era una mentira que decía su mamá para que se levantara, pero lo había repetido tantas veces que el efecto se había perdido.
Hace tiempo que había dejado de importarle el colegio. Siempre llegaba tarde, vestía un uniforme dos tallas más grande y nunca se quitaba un gorro negro, incluso cuando hacía cuarenta grados.
Cada mañana era lo mismo: se sentaba al borde de la cama y pensaba si tomar o no una ducha. Los que conocían a Dante estaban seguros de que, si no apestaba lo suficiente, la segunda opción siempre sería la primera.
Su aspecto descuidado podía confundirse con lo común en la adolescencia, pero todo era por algo diferente. Frente a sus padres, Dante trataba de mostrar una sonrisa, de responder con humor y sarcasmo a lo que le decían para que no se preocuparan por él. Desde niño, en los pasillos del colegio, siempre había escuchado insultos como: "maricón", "enfermo" o "desviado".
El único momento en que no se sintió así fue cuando su mejor amigo estaba con él. Desde que se conocieron, se hicieron muy cercanos, y más de una vez Manuel lo defendió. Pero desde que Manuel tuvo que cambiarse de colegio, porque su nueva casa estaba mucho más lejos, todo volvió a ser triste.
No se veían tanto como antes. Aunque hablaban por mensajes, cada respuesta de Manuel tardaba horas en llegar. Era de suponerse: siempre había sido un chico muy sociable, a diferencia de Dante.
Los recuerdos de su infancia estaban marcados por los chicos acosándolo. Sus gestos femeninos lo convertían en el blanco principal de sus compañeros, y a él solo le quedaba soportar.
Recordaba muy bien el día en que decidió dejar de llorar y mostrar sus sentimientos. Fue en un recreo, al fondo del salón, cuando los chicos se juntaron para molestarlo e incluso empujarlo. Intentó defenderse, pero lo único que consiguió fue más risas. Su mirada reflejaba impotencia y ganas de llorar, lo que dio aún más razones para que lo molestaran.
Con la cabeza gacha caminaba a diario, siguiendo su camino sin importar que le gritaran: gay, maricón o desviado, como si fueran insultos.
Por eso había perdido la motivación para ir al colegio. No encontraba una razón válida para estar ahí. Si no fuera legalmente obligatorio, se habría salido hace tiempo. Se lo pidió a sus padres, pero estudiar desde casa era un gasto que no podían afrontar.
Siempre llegaba tarde para evitar las miradas y gritos de sus compañeros. Era su forma de escapar de los empujones en los pasillos.
Cada día, frente al espejo, Dante se quedaba de pie, pensando: ¿Por qué no les respondí? ¿Qué podría haberles dicho? Durante años practicó y pensó, en la ducha o al dormir, en qué responderles a esos bullies.
Su vida siguió igual hasta los 16, cuando un día, sin explicación, su mente y su cuerpo decidieron enfrentarse al matón que lo acosaba desde que tenía 9 años. Ya estaba cansado. Solo quería respirar tranquilo, sin pensar en lo que los demás dirían de él ni en cómo buscarían insultarlo.
Esa mañana, gracias a la insistencia de su mamá, llegó temprano, tan temprano como nunca antes. Su mamá incluso esperó a que entrara al colegio antes de irse. El cuerpo y el corazón de Dante se sentían pesados, y cada vez que tragaba saliva, sentía como si le cortara la garganta.
A primera hora, recibió constantes insultos por su físico, su apariencia y su supuesta homosexualidad. Dante deseaba poder estar seguro de su sexualidad y no sentir que era una vergüenza, como le habían hecho creer todos esos años.
Se refugió en la sala con María, una compañera con la que siempre se sentaba. Ella intentó abrazarlo, pero él le pidió espacio; necesitaba respirar. Durante toda la clase, las palabras que escuchó esa mañana pesaban en su mente, como si las llevara en una mochila que no podía soltar.
Al finalizar la clase, el profesor los obligó a salir, diciendo que los jóvenes debían compartir y disfrutar su adolescencia. Dante trató de esquivar cada camino posible donde pudiera encontrarse con José, pero al llegar al segundo piso, el bully lo vio y se acercó, acompañado de sus amigos, solo por el placer de molestarlo.
—Hasta que apareció el maricón —dijo José apenas lo vio—. ¿No me vas a responder?
Dante sabía que cualquier respuesta podía empeorar las cosas, así que intentó seguir su camino.
—Con permiso, por favor —fue lo único que dijo, en voz baja.
—Si no tienes amigos, maricón —añadió uno de los chicos que acompañaba a José—. ¿A dónde piensas ir?
—No importa, quiero seguir caminando —murmuró Dante, intentando pasar.
—Nos estamos divirtiendo —dijo José, con sarcasmo—. A ver, dime, ¿a quién vas a ir a mirar?
—Déjame, José.
—Vamos, pequeño Dante, nunca sales de tu cueva. Debe haber una razón muy importante para que lo hagas ahora.
—Ir al baño. ¿Me dejas pasar, por favor? —insistió Dante.
—Estoy seguro de que vas a ver a algún chico jugando fútbol en la cancha —se rió José.
—O quizás vas a pintarte las uñas con tus amigas —añadió otro de los chicos.
—Este maricón no tiene solución.
—A ver, dime, ¿cuántos son los que te han metido el dedito por el culo? —Dante trataba de resistir, pero sentía que estaba a punto de explotar.
—¿Qué te importa? —respondió, de repente, causando extrañeza y rabia en José.
—¿Cómo me estás hablando, maricón?
—¿De verdad no tienes otra palabra? O sea, ¿tan básico eres? —Dante ya había perdido la racionalidad y actuaba por impulso.
—Cuidadito con las palabras, enfermo —amenazó José.
—Qué creativo. Se me olvidaba que eres el tipo más inteligente del colegio.
José no respondió. Estaba esperando la próxima palabra para partirle la cara.
—¿Por qué te importa tanto si me gustan los hombres o las mujeres? ¿Acaso quieres que yo te la meta?
El pasillo entero se volvió para escuchar. Era la primera vez que alguien se atrevía a responderle así a José, pero esas palabras bastaron para que la agresión verbal se transformara en física.
José se acercó rápidamente, tomándolo del cuello y empujándolo contra la pared.
—¡Suéltame, mierda! —pidió Dante con dificultad para respirar.
—Hacete hombre, maricón —dijo José, desafiándolo.
Con esfuerzo, Dante logró darle una patada en el abdomen, haciendo que José lo soltara, pero esto solo provocó más furia. José comenzó a golpearlo.
Mientras estaba en el suelo, José se subió sobre él para continuar golpeándolo. Entonces, se escuchó una voz femenina gritar:
—¡Amor!
Dante trató de ver quién gritaba y, sorprendido, vio a Matilda Gómez, una chica de su edad, llamándolo así.