LA MACETA, EL TELÉFONO Y EL CUADRO

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Summary

Esta historia trata del mal comportamiento de Jelzer, un chico de mediana edad que tiene problemas de ira y en la cual se desarrollan las posibles consecuencias de la misma.

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1
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n/a
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13+

IRACUNDO

Entró con una rabia endemoniada. Tiró la puerta y también las llaves que cayeron sobre su cenicero de metal haciendo un ruido espantoso.

«Maldita sea» pensó.

Dejó caer su cuerpo sobre el acolchado mueble de cuero negro que chilló al sentir el pesado cuerpo del joven.

Miraba el techo poniendo su mano en la barbilla. Con la otra, tamborileaba sus dedos sobre el brazo del sillón.

Se levantó con desespero. Tomó el teléfono que estaba en la mesita que su abuelo carpintero le hizo.

—¿Aló?

—¿Quién es? —se escuchó al otro lado de la línea—.

—Soy Jelzer, ¿acaso no me reconoces la voz?

—Jelzer, eres mi hermano, pero no por ello tengo la memoria para recordar tu voz ya que hace años no hablamos. Dime qué ocurre.

—Necesito hablar con alguien y tú me sales con eso.

—Tranquilo, te escucho, dime, ¿qué ocurre?

—Creo que me despedirán del trabajo y voy a necesitar tu apoyo. Ese jefe hijo de puta que tengo me está haciendo la vida de cuadritos y tú que me conoces, sabes que no tolero a gente así.

—Hablando se entienden las personas, Jelzer. Pero hablando tranquilamente. ¿Qué fue lo que te hizo?

—Mejor pregunta qué fue lo que no me ha hecho. Ese tipo es un obseso del control. Desea que conteste el teléfono aún si me llama a las doce de la noche. ¿Puedes creerlo?

—Comprendo. Sabes que siempre estaré de tu parte, Jelzer. ¿Pero acaso no has pensado que debido a tu trabajo es necesario o importante que te llamen aún cuando no estás en la oficina?

Jelzer no contestó, en cambio, tiró el teléfono de una forma feroz y fue al refrigerador a tomar unos pedazos de pizza del día anterior y se la comió sin calentarla para después tomarse una fría cerveza que viendo un partido de beisbol hicieron mella para que se quedara dormido en su habitación.

En la sala, una voz se escuchó desde la pared:

—Lo siento.


El Teléfono abrió sus ojos y los movió intentando adivinar de dónde venía la voz.

—Estoy aquí, arriba. En la pared.

—Ya te vi —susurró el Teléfono—.

—Ese tipo está demente.

—Sí, pero es el dueño que nos tocó.

—A mi ni siquiera me limpia. Tengo telarañas y mis colores se han desvanecido. Ni siquiera me ha cuidado porque soy un regalo de su padre.

—Que mal.

En ese momento se escuchaban los ronquidos de Jelzer que había dejado la puerta medio abierta.

—Quejarse no les servirá de nada.

El Cuadro frunció el ceño, al igual que lo hizo el Teléfono. Ambos buscaban de donde provenía aquella sabia voz.

—Soy yo, la Maceta. ¿O qué esperaban, un gato angora?

—Hola —dijo el Cuadro al unísono con el Teléfono.

—Dinos, Maceta, ¿a qué te refieres con que no nos sirve de nada quejarnos?

—Me refiero a que eso no cambia las cosas.

—Sigo sin entender —dijo el Teléfono.

—Yo tampoco —dijo el Cuadro.

—Hay que darle una lección. Yo estoy harta de su comportamiento. En mi, se han muerto

3 plantitas porque el muy desdichado no las riega. Eso causa dolor en mi porque fui creada para sostener la vida de las plantas y relacionarme con ellas. No para ser su ataúd.

La tristeza del Cuadro se hizo evidente porque sus colores se tornaron grisáceos.

Sniff, sniff se escuchaba desde el micrófono del Teléfono.

—¿Les parece si hacemos equipo? —les consultó la Maceta.

—Claro, cuenta conmigo —dijo el Teléfono con voz grave.

—Y conmigo —dijo el Cuadro más animado.

—Díganme, ¿cuál es su poder?

—Pues yo, yo puedo cambiar el tono de mis colores y dibujar letras —dijo tímidamente el Cuadro—.

—Yo puedo susurrar, gritar, hacer efectos de sonido y marcar números automáticamente. También puedo imitar voces de muchas personas.

La maceta se quedó un momento en silencio y expreso:

—Tienen poderes interesantes que creo...pueden servir de mucha ayuda con la lección a ese fastidioso individuo.

—¿Y cuál es tu poder, Maceta? —consultó el Cuadro esta vez de forma osada—.

—¿Observan la planta que tengo sobre mi? , pues mi poder es que puedo interactuar con las características de las plantas por medio de sus raíces.

—Cuando díces interactuar, ¿a qué se refiere exactamente? —preguntó el Cuadro—.

—Me refiero a que puedo manipular las características de la planta. En este caso la planta que tengo es la sábila y puedo hacer que sus ramas se encojan o extiendan, entre otras cosas.

—Eso es bastante curioso —expresó el Teléfono—.

—¿Y qué tiene usted en mente, Maceta? —consultó el Cuadro—.

—Ya se los explico.

Jelzer daba vueltas en su alcoba y al sentir ganas de ir al baño se levantó. Antes de entrar al mismo, notó que la luz de la sala se apagaba y se encendía.

Fue a revisar con cuidado. Sacó su llavero para encender la linterna que estaba sujeta a él y así, revisar el interruptor.

Nada extraño aparentemente. Presionó el interruptor y la luz se encendió con normalidad.

La apagó y encendió nuevamente. Y cuando la dejó apagada para dirigirse al baño, se sobresaltó.

Unas grandes letras de neón estaban presentes en el cuadro:

¡Eres un maldito y la pagarás!

se leía en el mismo.

Al mismo tiempo desde el teléfono se escuchó a una tenebrosa voz leyendo la frase.

Su corazón empezó a latir con intensidad. La sudoración asomaba en su frente. El teléfono

sonó e hizo que él casi cayera pero puso su palma sobre la pared para sostenerse.

El teléfono seguía sonando y cuando lo agarró, un susurró gélido escuchó.

—¿Aló?, ¿aló? , ¿quién es?

colgó.

La decoración de los focos del techo se movían.

—¿Pero qué rayos...?

Levantó el teléfono para llamar a su hermana pero la línea parecía cortada, muerta.

Revisó el cable detrás de la mesita. Lo hizo con mucha dificultad apenas alumbrando más o menos en busca de alguna falla. Sin embargo, no hubo ningún atisbo de problema.

El cable estaba bien conectado. Pero incluso sabiendo eso lo desconectó y volvió a conectar.

Levantó el teléfono nuevamente pero fue en vano, simplemente ya no funcionaba.

Los adornos se movieron otra vez y cuando decidió salir de la casa, resbaló golpeando su cabeza con la esquina de uno de los sillones.

El golpe no fue algo grave pero sí lo suficiente como hacerlo desmayar.

La Maceta encendió la luz alargando una rama de la sábila para presionar el interruptor.

—Ahí tienes tu lección señor Enojo.

—Ja,ja,ja —una risa maliciosa soltó el Teléfono—.

—Ha caído —dijo el Cuadro que ya había vuelto sus colores a la normalidad.

—Eso fue porque escurrí líquido de sábila mientras estaba revisando el cable.

—Pero mírenlo, después de sentirse con el derecho de maltratar las cosas, ahora se ve como un disminuido hombrecillo.

—Es un cobarde …dijo el Teléfono.

—Es un insolente —secundó el Cuadro.

—Es un simple hombrecillo al que le faltan modales. —finalizó la Maceta.

FIN