Prólogo.
Narrado por Jhon:
Y ahí estaba yo, viendo cómo los bomberos trataban de apagar aquel fuego que consumía cada pequeña área de lo que un día fue el hogar de Leandro, esperando que estuviera bien, aun teniendo la evidencia de que probablemente no lo estuviera. Observando la situación de la casa, veo movimiento en el patio trasero: es una chica intentando mover un cuerpo, al parecer femenino. Mi mente empezó a maquinar y me di cuenta de que esto no era un incendio accidental, sino que era algo planeado, intencional. No era posible que por accidente se hiciera una hoguera, y esa pelirroja quería deshacerse de los cuerpos, que seguramente eran Emily (la novia de mi mejor amigo) y Leandro. Pero no se lo permitiría, no la dejaría huir, y si lograba escaparse, la seguiría. Un error que cometen los asesinos es no usar algo que cubra su rostro o que no cambie su contextura física para poder realizar sus delitos, y desde el fondo de mi cerebro (el cual estudia criminales), sabía que esta no usaba nada para no ser reconocida.
—¡Joven! ¿Puede permitirme abrir las puertas? Este muchacho se nos irá si no nos deja avanzar —me gritó un paramédico.
Cuando observé, vi a Leandro. Parecerá gracioso, pero se veía como un pollo chamuscado con ropa deportiva, y supe que era él por el brazalete de amistad que teníamos (que yo no quería aceptar, ya que parecía algo mucho más de chicas o parejas; al final, lo acepté porque después podría enojarse, y ese hombre con rabia dentro de sí era un peligro para la sociedad... o tal vez ya no lo era).
Cinco minutos después de pensar todas esas idioteces, abrí paso para que lo subieran y dirigí mi vista a donde estaba aquella chica, pero ya no seguía allí; era como si la tierra se la hubiera tragado o si ella perteneciese a esas llamas candentes.
—¿Joven, usted es algún familiar? —me preguntó el mismo paramédico que pidió paso anteriormente.
—Soy su mejor amigo —menciono cabizbajo—. Iré yo, ya que sus padres están de viaje y no tiene ningún pariente cercano.
—De acuerdo, suba rápido.
Subí a la ambulancia rápidamente y vi a Leandro, tan débil y callado como nunca se había mostrado, ni siquiera cuando se molestaba; él era un parlanchín nato, siempre había algo que mencionar, algo de qué reírse o de qué comentar, aun si eran cosas de la vida de alguien más que fuesen irrelevantes para ambos.
Noté que los paramédicos le quitaron el brazalete y empezaron a reanimarlo. Yo solo mantenía un rostro sin ningún rastro de emoción. Si no fuera por las lágrimas cayendo al costado de mis mejillas, dirían que no sentía nada. Pero por dentro, mi pecho dolía y ardía como la misma casa de Leandro dentro de esas llamas. En ese momento volví a recordar a la chica y empecé a sentir enojo y sed de venganza, imaginarla llorar y su cuerpo ardiendo... Aun así, traté de calmarme. Ella no era lo que importaba en este instante, y como Leandro decía:“No puedes esperar que aquellos de quienes no conoces sus sentimientos ni sus intenciones deban ser algo que te afecte”.
La venganza no me llevaría más que a un sufrimiento mayor. Por más que, desde mi punto de vista, sería justicia, desde el punto de vista judicial seguiría siendo asesinato, sin importar el porqué, seguiría siendo feminicidio. La venganza, cuando apunta a quitarle la vida a alguien, debía ser tratada por psiquiatras. No quería nada de eso. Lo único que quería era que esa mujer misteriosa no llegara tan lejos y poder llevarla ante la justicia.
Llegamos al hospital y abrieron la ambulancia de manera brusca. Sacaron la camilla con rapidez y solicitaron por radio la ayuda de algún doctor. Salí corriendo detrás de la camilla, esperando que me dijeran que tenía pulso, aunque fuera débil, pero que lo tuviera. Me detuvo una enfermera. Sabía que no podía pasar a donde lo llevarían, pero realmente quería escuchar que tenía pulso.
Pasaron unas horas, y una enfermera me pidió los datos de Leandro. Desde entonces, nadie más vino a decirme o pedirme información. Entonces, levanté la vista y vi a un doctor caminando hacia mí. Me daría un“está estable”o un“lo lamento, falleció”. Pero esperaba con ansias que no fuera lo último.
—Doctor, ¿usted es quien trata a Leandro Corday?
—Sí, el paciente está estable por el momento, pero no hay muchas esperanzas. El 55% de su cuerpo tiene quemaduras de tercer grado, que afectan la epidermis y la dermis, es decir, la piel externa e interna. Sé que sonará duro, pero lo mejor sería que se despidiera del paciente. No creo que le sea posible aguantar más; en este momento, él está de alguna manera estable, solo por milagro.
Lo último me quebró el alma. Mi mejor amigo, el idiota más genial del mundo, estaba desfalleciendo lentamente.
—Gracias por la información y por tratar de hacer algo por la vida de Leandro.
El doctor se alejó y simplemente quedé allí... con ese dolor.
Lo que realmente duele es la memoria, los recuerdos; esos que se vienen cuando menos lo deseas. Y el saber que ya no habrá más que esos recuerdos del pasado duele aún más. No quería saber qué vendría después: la investigación, los padres, mis padres y mil cosas más... como la sepultura.