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Un paso en falso
> "A veces el amor no llega con fuegos artificiales… llega justo a tiempo para evitar que pises caca."
El ronroneo del motor del viejo sedán de la familia Heartfilia era el único sonido que rompía el silencio dentro del habitáculo, un espacio que olía a una mezcla de protector solar usado, brisa marina y el aroma dulce de los melocotones que Layla siempre insistía en llevar para el viaje. Lucy Heartfilia mantenía la frente apoyada contra el cristal frío de la ventanilla, viendo cómo el paisaje de la carretera nacional cedía paso, poco a poco, a las estructuras familiares de Magnolia.
El sol de la tarde empezaba a descender, tiñendo el cielo de un tono ámbar que se reflejaba en los canales que daban nombre a la ciudad. Para muchos, Magnolia era solo un punto en el mapa, pero para Lucy, era un lienzo de recuerdos. Cada esquina, cada tienda de conveniencia con sus letreros de neón parpadeantes y cada parque con sus cerezos ahora desnudos antes de la primavera, le recordaban quién era.
—Ya casi llegamos, cariño —la voz de Layla era suave, una caricia auditiva que sacó a Lucy de sus pensamientos—. ¿En qué piensas tan profundamente? Has estado callada desde que pasamos el peaje.
Lucy se enderezó en el asiento, ajustándose la falda de su vestido. Sus dedos juguetoneaban con el borde de su bolso de mano.
—Solo en el instituto, supongo. Es extraño pensar que mañana es el último primer día. Se supone que tengo que tener un plan, mamá. Se supone que este año debe definir el resto de mi vida, ¿no? —Lucy soltó un suspiro pequeño, uno que cargaba con el peso de la autoexigencia que siempre la había caracterizado—. Quiero que sea perfecto. Pero a la vez, siento que Magnolia se ve... diferente hoy.
Layla manejaba con una calma envidiable, sus manos expertas guiando el vehículo a través del tráfico moderado de la tarde. Miró de reojo a su hija, notando el brillo de determinación y la sombra de melancolía en sus ojos castaños.
—La ciudad no cambia, Lucy. Cambiamos nosotros. Es tu último año, y es natural que busques señales en el cielo, pero recuerda que las mejores cosas suelen suceder cuando dejas de planificar cada segundo —Layla hizo una pausa, doblando en la calle principal que llevaba hacia su bloque de departamentos—. Y respecto a tu padre... sé que estás pensando en él. A Jude le habría encantado verte graduarte.
El nombre de su padre flotó en el aire como una nota suspendida. Lucy apretó los labios y asintió levemente. No quería llorar, no hoy. Había prometido que este regreso sería un renacimiento. Tras la muerte de Jude hacía dos años, el departamento se había sentido como una tumba de libros y silencios hasta que ella y su madre decidieron que debían seguir adelante, por él.
Cuando el auto finalmente entró en la calle del complejo de departamentos, un edificio de tres pisos con balcones de madera y pasillos exteriores que evocaban la arquitectura clásica japonesa mezclada con toques modernos, el panorama de tranquilidad se rompió.
Un camión de mudanza, una mole metálica de color blanco y rojo, estaba estacionado de manera tosca frente a la entrada. Había cajas amontonadas en la acera y el sonido de voces masculinas resonaba con una energía que el vecindario no solía tener.
—Vaya —murmuró Layla, buscando un hueco para estacionar—. Parece que el 3-B finalmente tiene dueños. El señor Makarov me dijo que alguien había alquilado el piso superior hace una semana, pero no esperaba tanto movimiento.
Lucy observó por la ventana mientras su madre maniobraba. Un grupo de hombres con uniformes de mudanza bajaba una estantería de madera oscura, tan pesada que sus venas se marcaban en los brazos. Pero lo que llamó su atención fue una motocicleta negra de estilo deportivo que descansaba a un lado, protegida con una lona. Se veía rebelde, fuera de lugar entre los maceteros con flores de las vecinas.
—Parece que los nuevos vecinos no son precisamente una pareja de jubilados —comentó Lucy, bajando del auto. El calor remanente del asfalto subió por sus piernas mientras caminaba hacia el maletero.
—Mientras no tengan fiestas hasta el amanecer, me conformo —respondió Layla, entregándole una de las maletas grandes—. Vamos, Anna debe estar esperándonos con la tetera puesta.
Subir las escaleras fue un ejercicio de esquivar obstáculos. El pasillo del segundo piso estaba parcialmente bloqueado por una enorme caja que decía "FRÁGIL - LIBROS Y DISCOS". Lucy pasó de largo, notando que desde el piso de arriba, el tercero, provenían risas estruendosas y el sonido de muebles siendo arrastrados con poco cuidado.
—¡¡Hijo, ten cuidado con esa caja, es la colección de tu hermano!! —un grito ronco y potente bajó desde el tercer piso, haciendo que Lucy saltara en su lugar.
—¡Tranquilo, viejo! ¡Zeref tiene demasiados libros, un par de esquinas dobladas no son nada! —respondió otra voz, más joven, cargada de una energía eléctrica y una despreocupación que hizo que Lucy frunciera el ceño.
Lucy intercambió una mirada con su madre, quien solo se encogió de hombros con una sonrisa divertida.
Al abrir la puerta del 2-B, el aroma a canela y té recién hecho las recibió de golpe. Anna Heartfilia, la hermana de Layla, salió de la cocina secándose las manos en un delantal con estampado de girasoles. Anna era la versión más vibrante de la familia; donde Layla era calma, Anna era una tormenta de afecto.
—¡Mis viajeras favoritas! —exclamó, envolviendo primero a Layla y luego a Lucy en un abrazo que casi las deja sin aire—. El departamento se sentía como un museo sin ustedes. Entren, entren. He preparado pastel de limón y el té está en su punto.
El interior del hogar de las Heartfilia era el santuario de Lucy. Paredes de tonos crema, estanterías perfectamente ordenadas y una limpieza impecable que contrastaba con el caos que parecía reinar afuera. Lucy dejó su maleta en su habitación, un cuarto decorado con luces suaves, posters y un escritorio que siempre permanecía en completo orden. Se sentó en su cama un momento, dejando que el silencio de su cuarto la envolviera, aunque el "bum-bum" rítmico de los vecinos de arriba golpeando el suelo le recordaba que las cosas ya no serían tan silenciosas.
—¿Escuchas eso? —preguntó Anna cuando Lucy regresó al comedor—. Una familia solo de hombres se mudaron esta mañana. El padre es un hombre imponente. Parece un buen sujeto, algo ruidoso, pero amable. Y tiene dos hijos. El mayor es muy educado, se ve muy inteligente. Pero el menor... bueno, creo que ese chico tiene hormigas en los pies. No ha parado de correr de arriba abajo en todo el día.
—¿Tiene demasiada energía? —preguntó Lucy, tomando un trozo de pastel.
—Así es—asintió Anna—. Me lo encontré en la escalera hace una hora. Me saludó con una sonrisa tan amplia que pensé que me iba a vender algo. Es... pintoresco.
—Pintoresco es una palabra generosa para alguien que no puede quedarse quieto—murmuró Lucy, aunque por alguna razón, la curiosidad empezaba a picar en su mente.
La tarde transcurrió entre risas y el desempaque de los recuerdos del viaje. Layla y Lucy compartieron anécdotas sobre la playa, mientras Anna las ponía al día sobre los chismes del barrio. Fue un momento de conexión profunda, uno de esos que Lucy atesoraba. Layla la miraba con una mezcla de orgullo y nostalgia, dándose cuenta de que su pequeña "Lu" estaba a punto de cerrar una etapa importante.
—Cariño, si vas a ver a tus amigas, deberías empezar a prepararte —dijo Layla suavemente, viendo el reloj de pared—. No querrás que Juvia empiece a escribir poemas trágicos sobre tu ausencia.
Lucy rió, sabiendo que su madre tenía razón. Juvia Lockser y Levy McGarden eran su ancla en Magnolia. Sin ellas, los últimos dos años habrían sido un desierto de tristeza.
Se dirigió a su habitación y comenzó el ritual de preparación. Para Lucy, la moda no era solo vanidad; era su armadura. Eligió un vestido de color azul cielo que resaltaba sus ojos y unos botines cómodos pero elegantes. Se cepilló el cabello rubio hasta que brilló bajo la luz de la lámpara y se aplicó un poco de perfume con notas de vainilla. Se miró al espejo, dándose un último toque de confianza.
—Último año, Lucy. Haz que valga la pena—. Se dijo a sí misma.
Salió de la habitación, despidiéndose de su madre y de su tía con un beso en la mejilla. Al abrir la puerta del departamento, el aire exterior ya era más fresco.
Bajó las escaleras con paso firme, sintiendo el repique de sus saldalias contra el metal. Estaba emocionada. Iba a ver a sus mejores amigas, a planear el año, a reírse de tonterías. Su corazón latía con una anticipación dulce. Caminó por el pasillo común, pasando junto al camión de mudanzas que ya empezaba a cerrar sus puertas traseras.
Mientras caminaba por la acera en dirección a la cafetería "8 Island", su mente voló hacia las posibilidades del mañana. Imaginó el salón de clases, el caos de la cafetería, los exámenes y las caras conocidas. Estaba tan absorta en su monólogo interno sobre el crecimiento personal y las metas académicas que sus ojos estaban fijos en el horizonte, ignorando por completo lo que sucedía a pocos centímetros de sus pies.
Sintió una mano firme pero cálida posarse sobre su hombro derecho, deteniendo su avance de golpe. Antes de que pudiera reaccionar o mirar quién era, Lucy se sobresaltó, un pequeño grito ahogado escapando de sus labios mientras se giraba con brusquedad, lista para reprender a quienquiera que se hubiera atrevido a interrumpir su paso.
—¡Oye! ¿Qué te pa...?
Las palabras murieron en su garganta. Frente a ella, a escasos centímetros, se encontraba un chico que parecía haber salido de un sueño extraño o de una portada de revista de moda urbana. Era alto, con el cabello de un rosa encendido y rebelde que desafiaba la gravedad. Llevaba una bufanda blanca, a pesar de que la temperatura no era tan baja como para usarla, y una sonrisa que era mitad amable y mitad traviesa.
Pero lo que detuvo el mundo de Lucy no fue su ropa, sino sus ojos. Eran ámbar, intensos, y en ese momento la miraban con una calma absoluta que contrastaba con su apariencia caótica.
Lucy sintió un vuelco en el estómago, un chispazo eléctrico que le recorrió la columna vertebral. El tiempo pareció dilatarse. El ruido del tráfico desapareció, el olor de la ciudad se esfumó y solo quedó el aroma de él: algo parecido a la leña quemada. Fue un flechazo instantáneo, violento y ridículamente poético.
Ella abrió la boca para decir algo, cualquier cosa que sonara inteligente o femenina, pero el chico se le adelantó.
Natsu la miró a los ojos, su expresión sin cambiar un ápice, y soltó una sola palabra con una naturalidad pasmosa:
—Caca.
Lucy parpadeó, completamente descolocada. El hechizo romántico en su cabeza se hizo añicos con el sonido de un cristal roto.
—¿...Qué? —logró articular, procesando la palabra más anticlímax de la historia de la humanidad.
Natsu no se inmutó. Con la misma calma con la que la había detenido, bajó la mirada y señaló con su dedo índice el suelo, justo a unos milímetros de la punta de la sandalia de Lucy.
—Si das un paso más, vas a pisar caca —dijo él, con una voz clara y simpática, como si le estuviera dando la hora.
Lucy bajó la mirada, siguiendo la dirección de su dedo. Efectivamente, un regalo canino bastante generoso y fresco se interponía en su camino glorioso hacia el futuro. De no haber sido por el desconocido, su zapato favorito habría tenido un final trágico en ese mismo instante.
El silencio que siguió fue sepulcral, solo roto por el sonido de los grillos a lo lejos. Lucy sintió que el calor subía por su cuello hasta teñir sus orejas de un rojo furioso. Su primer encuentro con el chico más guapo que había visto en su vida se resumía en una advertencia sobre excremento.
—Yo... ah... —Lucy tartamudeó, intentando recuperar su dignidad mientras se apartaba del peligro con un salto poco elegante—. Gracias. Supongo.
Natsu soltó una pequeña risa, una que no era burlona, sino genuinamente divertida. Metió las manos en los bolsillos de su chaqueta oscura y se encogió de hombros.
—No hay de qué, rubia.
Y sin decir nada más, ni preguntar su nombre, ni pedirle el número, el chico se dio la vuelta y comenzó a caminar en dirección contraria, tarareando una melodía que Lucy no reconoció.
Ella se quedó allí, de pie en medio de la acera, mirando su espalda. Su corazón seguía latiendo con fuerza, pero ahora no sabía si era por el flechazo o por la vergüenza más absoluta que había sentido en sus diecisiete años de vida.
—"Caca" —susurró para sí misma, cerrando los ojos con fuerza—. De todas las palabras en el diccionario... eligió esa.
Suspiró, intentando recomponerse, y siguió su camino hacia la cafetería. Pero mientras caminaba, ya no pensaba en sus metas académicas. Solo podía pensar en el chico del cabello rosa y en cómo, por alguna razón, sentía que este último año no iba a ser para nada lo que ella había planeado.
El trayecto desde la entrada del edificio hasta la cafetería "8 Island" fue, para Lucy Heartfilia, un ejercicio de absoluta desconexión con la realidad física. Sus pies se movían por inercia sobre las baldosas de la acera, sorteando farolas y transeúntes con la precisión de un autómata, mientras su mente seguía atrapada en un bucle temporal de diez segundos. En ese bucle, un par de ojos ámbar la miraban con una calma exasperante y una voz masculina, extrañamente aterciopelada para el contenido de su mensaje, pronunciaba la palabra "caca" con la solemnidad de un filósofo griego.
Lucy sentía el rostro arder cada vez que el recuerdo se proyectaba en el lienzo de sus pensamientos. ¿Cómo era posible que una situación tan burda coexistiera con una atracción tan visceral? El chico era, objetivamente, un desastre visual: el cabello rosa chicle despeinado, esa bufanda que no pegaba con nada y una actitud de "el mundo es mi patio de juegos" que debería haberle resultado irritante. Sin embargo, había algo. Una chispa de magnetismo que la había dejado desarmada.
—Céntrate, Lucy. Probablemente era alguien que pasaba por ahí—se reprendió a sí misma en voz baja, ajustándose la correa del bolso—. Un encuentro de una sola vez. Una anécdota ridícula para contar en las cenas de Navidad.
Al llegar a la puerta de la cafetería, el aroma a grano tostado la recibió como un abrazo familiar. El tintineo de la campana sobre la puerta anunció su llegada y, casi al instante, un chillido agudo eclipsó el ruido de las máquinas de espresso.
—¡¡Luuu-chan!!
Una masa de energía con cabello azul corto y una diadema amarilla se lanzó sobre ella. Levy McGarden, con su metro y medio de pura inteligencia y entusiasmo, rodeó la cintura de Lucy con una fuerza sorprendente. Tras ella, caminando con una elegancia dramática y una expresión que oscilaba entre la melancolía y el éxtasis, aparecía Juvia Lockser.
—¡Levy! ¡Juvia! —Lucy respondió al abrazo, sintiendo que finalmente estaba de vuelta en su elemento.
—He extrañado profundamente tu presencia de Lucy-san —declaró la peliazul, uniendo sus manos frente a su pecho—. El verano sin nuestras reuniones ha sido como un cielo perpetuamente nublado, carente de la lluvia del chisme y la luz de la amistad.
—¡Exagerada! —rio Lucy, dejándose arrastrar por Levy hacia la mesa del rincón, la que siempre ocupaban cerca de la ventana—. Pero yo también las extrañé. Mi vida no es lo mismo sin ustedes.
Se sentaron y, durante los primeros quince minutos, el aire se llenó de un torbellino de palabras. Levy, emocionada, les contó sobre su voluntariado en la biblioteca central y cómo había descubierto una sección de romance que casi la hacen llorar de felicidad. Había pasado sus tardes enteras leyendo y organizando los libros, sintiéndose como una exploradora de mundos perdidos. Juvia, por su parte, relató con lujo de detalles su viaje a la costa, donde —según ella— el mar le hablaba en susurros sobre amores destinados, aunque terminó admitiendo que pasó la mayor parte del tiempo diseñando nuevos modelos de ropa y suspirando por un chico que se transformó en su "Loco amor de Verano".
Un camarero joven se acercó a la mesa, interrumpiendo la narrativa de Juvia sobre el "chico de la playa". Pidieron tres frapuccinos de caramelo y una torre de panqueques con fresas para compartir. Mientras esperaban la orden, Levy apoyó los codos en la mesa y fijó su mirada analítica en Lucy.
—Muy bien, Lu-chan. Ya hablamos de nuestras vacaciones. Ahora cuéntanos tú. ¿Cómo fue ese retiro espiritual con Layla-san? ¿Conociste a algún surfista de ojos azules?
Lucy jugueteó con la servilleta de papel, sintiendo que la risa le burbujeaba en la garganta.
—Bueno... las vacaciones fueron tranquilas. Mucho sol, mucha lectura y tiempo de calidad con mamá. Pero —hizo una pausa dramática, bajando la voz—, lo más interesante me pasó hace exactamente quince minutos, justo antes de llegar aquí.
Levy se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando tras sus gafas. Juvia dejó de retorcerse un mechón de pelo y prestó atención absoluta.
—Estaba caminando, pensando en el inicio de clases y en cómo sería nuestro último año —comenzó Lucy, tratando de mantener la compostura—. De repente, alguien me toca el hombro. Me giro y me encuentro con un chico... chicas, era realmente guapo. Tenía el cabello de un color rosa muy extraño, pero le quedaba increíble. Y una mirada... bueno, me quedé sin aliento. Por un segundo, sentí que era un momento de película. El viento soplaba, nuestras miradas se cruzaron y...
—¿Y qué? —preguntó Juvia, casi sin respirar—. ¿Te pidió tu número? ¿Te recitó un poema sobre lo hermosa que eres?
Lucy soltó una carcajada seca.
—Me miró muy serio y me dijo: "Caca".
El silencio que siguió en la mesa fue roto por el sonido del camarero dejando los vasos de frapuccino. Levy parpadeó un par de veces, procesando la información, mientras Juvia ladeaba la cabeza como si no entendiera el idioma.
—¿Caca? —repitió Levy—. ¿Esa fue su gran frase de apertura?
—No fue una frase de apertura —explicó Lucy, cubriéndose la cara con las manos mientras sus amigas empezaban a soltar las primeras risitas—. ¡Me estaba avisando de que casi piso un excremento de perro! Estaba a milímetros de arruinar mis sandalias favoritas. Me salvó de una tragedia asquerosa, pero de la forma más anti-romántica posible.
En ese momento, Levy y Juvia estallaron. Levy tuvo que sujetarse del borde de la mesa para no caerse de la silla de la risa, mientras Juvia intentaba ocultar sus carcajadas tras su mano, aunque sus hombros se sacudían violentamente.
—¡Oh, Lu-chan! —logró decir Levy entre jadeos—. ¡Solo a ti te pasa algo así! Los chicos son lo menos delicados del mundo. Cualquier otro habría dicho "cuidado" o "fíjate por dónde caminas", ¡pero él fue directo al grano! ¡Un pragmático total!
—¡Es horrible! —rio Lucy también, contagiada por la alegría de sus amigas—. Pero lo peor es que, a pesar de lo ridículo de la palabra, sentí un flechazo. Fue instantáneo. Fue como si mi corazón decidiera ignorar a mi cerebro.
Juvia, recuperando un poco la compostura, cruzó las manos sobre su corazón y cerró los ojos, entrando en su modo soñador habitual.
—El destino trabaja de formas misteriosas, Lucy-san. Quizás el "chico de la caca" es tu caballero de armadura brillante enviado para protegerte de las impurezas del mundo —declaró con tono solemne—. Puedo verlo ahora mismo: él la salva de la suciedad, y luego, en un baile de gala, él le confiesa que desde aquel día en la acera, su alma quedó encadenada a la de ella. ¡Es tan trágico y hermoso! El chico que cuida tus pasos para que nada malo te pase.
—Juvia, no creo que haya nada trágico en no pisar suciedad de perro —apuntó Levy, pinchando un panqueque con el tenedor—. Pero hey, si te gustó tanto, quizás lo vuelvas a ver. Magnolia no es tan grande.
Lucy suspiró, removiendo la crema batida de su café con la pajita.
—Lo dudo. Iba en dirección contraria y parecía tener prisa. Además, después de lo que pasó, probablemente piense que soy una rubia distraída que no sabe caminar por la calle. Se quedará ahí, como un recuerdo gracioso y un rostro bonito que jamás volveré a ver. Es mejor así, no quiero que mi historia de amor empiece con el recuerdo de un perro con mala digestión.
Las tres rieron y el tema derivó hacia las expectativas del instituto. Hablaron sobre los nuevos profesores, los clubes y el miedo a los exámenes finales. Pasaron dos horas que se sintieron como minutos, disfrutando de la comida y de la seguridad que brindaba la amistad de años. Finalmente, tras pagar la cuenta y prometer encontrarse temprano al día siguiente para el primer día de clases, se despidieron con abrazos y buenos deseos en la esquina de la cafetería.
Lucy comenzó el camino de regreso a casa. El cielo ya era un manto oscuro salpicado de estrellas tímidas. Mientras caminaba, su teléfono vibró en su bolsillo. Era un mensaje de Layla:
> Cariño, Anna olvidó que no quedaba leche para el desayuno de mañana. ¿Podrías pasar por la tienda de conveniencia antes de subir? Te quiero.
Lucy suspiró, desviando su camino hacia una pequeña tienda de conveniencia abierta las 24 horas que quedaba a solo una calle de su edificio. Era un lugar iluminado con luces fluorescentes blancas, con pasillos estrechos y el sonido constante del aire acondicionado.
Entró en la tienda, saludando con un leve movimiento de cabeza al cajero que parecía medio dormido detrás del mostrador. Fue directamente al fondo, donde se encontraban las neveras de lácteos. Sus pensamientos volvieron a divagar, regresando inevitablemente al chico del cabello rosa. Se preguntó qué estaría haciendo en ese momento. Probablemente cenando o con sus amigos, riéndose de la chica que casi pisa...
Se detuvo frente a la nevera y abrió la puerta de cristal, sintiendo el aire frío golpear su rostro. Extendió la mano para tomar un cartón de leche entera cuando, de reojo, notó que alguien más estaba parado justo al lado de ella, buscando también en la sección de bebidas.
Lucy giró levemente la cabeza y, por poco, deja caer el cartón de leche al suelo.
Era él.
Ahí estaba, a menos de medio metro de distancia. Llevaba la misma bufanda y la misma chaqueta, pero ahora, bajo la luz cruda de la tienda, su cabello rosa se veía aún más vibrante. Estaba concentrado leyendo las etiquetas de unas bebidas energéticas, con el ceño ligeramente fruncido en un gesto de concentración que Lucy encontró peligrosamente adorable.
El corazón de la rubia empezó a martillear contra sus costillas con tal fuerza que temió que él pudiera escucharlo.
—¿Se acordará de mí?— pensó con pánico. —¿Debería saludar? ¿O debería fingir que soy una desconocida?
Su mente se convirtió en un campo de batalla de indecisiones. Quería decirle algo, agradecerle de nuevo o quizás hacer una broma para borrar la imagen de la tarde, pero su garganta se sentía como si hubiera tragado arena.
Natsu estiró la mano y tomó una lata de energética de color rosa. Al cerrar la puerta de la nevera, el movimiento hizo que sus miradas se cruzaran inevitablemente.
Lucy contuvo el aliento. Sus ojos castaños se encontraron con los de él. Ella forzó una pequeña y tímida sonrisa, esperando un gesto de reconocimiento, una chispa que dijera "ah, eres la chica de hace rato".
Natsu la miró fijamente durante un segundo que se sintió eterno. Su mirada recorrió el rostro de Lucy con una neutralidad absoluta, casi fría. Luego, soltó un resoplido nasal, algo que pareció un suspiro de aburrimiento o cansancio, y sin decir una sola palabra, se dio la vuelta y caminó hacia la caja con paso pesado.
Lucy se quedó congelada, con la mano aún sujetando el cartón de leche frío. Sintió un pinchazo de decepción que la dejó vacía.
—No me reconoció ni un poquito—susurró, sintiendo un nudo en el estómago.
Se quedó un minuto entero frente a la nevera, fingiendo que examinaba la fecha de caducidad, solo para dar tiempo a que él pagara y se fuera. No quería encontrárselo en la puerta y arriesgarse a recibir otra mirada de indiferencia. Cuando finalmente escuchó el sonido de la puerta de la tienda abriéndose y cerrándose, Lucy se acercó a la caja, pagó lo suyo mecánicamente y salió a la calle.
Miró hacia ambos lados, pero el chico ya se había esfumado entre las sombras de los callejones y las luces de los edificios.
Caminó el último tramo hacia su departamento con los hombros caídos. La emoción que había sentido en la cafetería con sus amigas se había transformado en una pequeña nube gris sobre su cabeza. Al entrar a casa, dejó la leche en la cocina, donde Layla y Anna estaban terminando de ver un programa en la televisión.
—¡Ya estoy aquí! —anunció Lucy, tratando de recuperar su tono animado.
Se sentó con ellas en el sofá y les contó cómo le había ido con Levy y Juvia. Les relató las aventuras de sus amigas y, finalmente, no pudo evitar contarles el suceso del desconocido.
—...y cuando me detuvo, pensé que me iba a decir algo romántico, pero solo dijo "caca" —dijo Lucy, haciendo que Anna soltara una carcajada sonora—. Lo gracioso es que me lo volví a encontrar hace cinco minutos en la tienda. Estaba justo a mi lado.
—¿Y qué pasó? —preguntó Layla con curiosidad, acariciando el cabello de su hija.
—Nada —suspiró Lucy, apoyando la cabeza en el hombro de su madre—. Me miró como si fuera una pared de ladrillos. Ni un saludo, ni una señal de recordarme. Supongo que su amabilidad de la tarde fue solo un acto reflejo. Es un chico guapo más de Magnolia con memoria de corto plazo.
—Bueno, cariño, no te desanimes —dijo Anna, guiñándole un ojo—. A veces los chicos se hacen los interesantes. Además, mañana empieza el instituto, conocerás a cientos de personas nuevas. Ese chico solo será una anécdota del final de las vacaciones.
Lucy asintió, aunque en el fondo de su mente, la imagen de aquel chico resoplando y dándose la vuelta se repetía una y otra vez. Se despidió de ellas y se fue a su habitación, lista para dormir y dejar atrás ese día de emociones encontradas.
Mientras se ponía el pijama, escuchó un golpe sordo proveniente del piso de arriba, seguido del sonido de algo pesado siendo arrastrado.
—Esos vecinos nuevos no descansan nunca —murmuró, apagando la luz.
Se metió bajo las sábanas, sin imaginar que el chico que la había ignorado en la tienda estaba en ese preciso momento un piso por encima de ella, lanzando su mochila sobre una cama aún sin armar, ignorando por completo que la "chica de la caca" dormía justo debajo de sus pies.