Bitter Like Coffee [Terminada]

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Summary

• Novela romántica corta de 2.500 palabras • «Cuando menos te lo esperas la vida te sorprende con un giro inesperado, un amor inexplicable, un momento inolvidable, un recuerdo eterno». -Eduardo Alighieri. Gina encuentra refugio en un pequeño café de la ciudad, donde el aroma del café y el crujir de la madera bajo sus pies le ofrecen la paz que necesita para escribir. Su rutina inmutable se ve interrumpida cuando Benjamin, un fotógrafo con una mirada introspectiva, entra en su vida de manera inesperada. Lo que comienza como un simple cruce de miradas se convierte en una serie de encuentros en los que las palabras fluyen con naturalidad y la conexión entre ambos crece sin esfuerzo. En medio de charlas sobre arte, sueños y momentos efímeros, Gina descubre que, a veces, el destino se esconde en los lugares más cotidianos y en las personas menos esperadas.

Status
Complete
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
16+

01


«El amor debe ser como una buena taza de café.

Hay que acabárselo antes de que se enfríe».

—Daniel Spiegel.




Gina siempre había considerado al café como su refugio. La gente que la conocía bien sabía que, en cuanto tenía un rato libre, la encontrarían en algún rincón apartado de la ciudad, con un cuaderno y una taza humeante entre las manos. El ruido del mundo, las voces y las luces, quedaban fuera de los muros del pequeño café al que acudía todos los días. Aquel lugar, modesto y acogedor, parecía no haberse cambiado en años. Las paredes de ladrillo rojo estaban cubiertas por fotografías antiguas, la madera del suelo crujía bajo los pies, y las mesas de hierro forjado tenían una capa de pintura gastada que solo añadía carácter al ambiente.

A Gina le encantaba ese lugar precisamente porque nunca cambiaba. Podía sentarse en la misma mesa, la del rincón cerca de la ventana, y sentir que todo en el mundo estaba quieto por un momento. Era allí donde sus pensamientos fluían con facilidad, donde las ideas para su próxima novela se tejían con cada sorbo de café.

Era un martes lluvioso cuando todo cambió.

Gina entró como siempre, con su paraguas empapado y su abrigo gris ligeramente mojado. No había mucha gente esa tarde. Un par de personas conversaban en la mesa de al lado, pero el ambiente estaba tranquilo, ideal para la inspiración. Se dirigió a su mesa habitual, sacó su cuaderno de notas y comenzó a escribir, absorta en las palabras que parecían fluir sin esfuerzo. El sonido de la lluvia chocando contra los cristales y el suave murmullo de las conversaciones eran la música perfecta para su mente creativa.

Sin embargo, algo en el aire había cambiado. Gina lo sintió en cuanto entró una nueva persona al café. Un hombre. Dejó su paraguas en la entrada y miró alrededor, como si estuviera buscando un lugar donde sentarse. Gina no prestó mucha atención en un principio, pero al momento en que el hombre comenzó a caminar hacia el área de las mesas, algo en su actitud llamó su atención.

No era un hombre particularmente alto ni demasiado llamativo, pero había algo en su porte que le resultó intrigante. Tal vez fue la forma en que parecía ajeno al bullicio que lo rodeaba, como si estuviera en otro mundo, sumido en sus pensamientos. O tal vez fue la forma en que su mirada recorrió la sala, hasta que se detuvo en Gina, sentada sola en su rincón.

El hombre hizo una pausa, y en ese instante, Gina levantó la vista de su cuaderno. Sus ojos se cruzaron por un segundo, un fugaz momento de conexión. Gina sintió una extraña corriente, una vibración en el aire que no podía explicar. El hombre desvió la mirada rápidamente y se sentó en la mesa justo al lado de la suya, pidiendo un café con leche al camarero.

A Gina no le gustaba que la distrajeran mientras escribía, pero algo en ese hombre la había desconcertado. Durante un par de minutos, intentó concentrarse en su trabajo, pero no podía dejar de preguntarse sobre él. ¿Por qué lo había mirado? ¿Era solo una coincidencia, o había algo más detrás de ese breve intercambio de miradas?

Finalmente, al ver que no podía ignorarlo por más tiempo, Gina decidió dar un paso. Cerró su cuaderno, suspiró y, sin pensarlo demasiado, se giró hacia el hombre.

—¿Es tu primera vez aquí? —preguntó, con una sonrisa nerviosa que no estaba acostumbrada a ofrecer.

El hombre la miró, como si hubiera sido sacado de un trance. Sonrió, una sonrisa tímida pero genuina.

—Sí, acabo de mudarme a la ciudad. No sé si este es el mejor lugar para tomar café, pero algo me llamó la atención. —Miró alrededor—. Es... acogedor.

Gina asintió, sintiendo una curiosa mezcla de alivio y fascinación al descubrir que el hombre no era completamente ajeno a ese lugar como ella lo era.

—Es uno de esos lugares que te atrapan. Nunca cambia. —Hizo una pausa y luego añadió—. ¿Te gusta el café?

—Aún no he probado el suyo, pero diría que es bueno si está en este sitio. —Él se rió suavemente—. Yo soy más de té, pero hoy decidí probar algo nuevo.

Gina lo observó un momento. Su tono era calmado, casi relajado, y su mirada parecía profunda, como si estuviera pensando en algo más allá de la conversación. Gina no pudo evitar sentir una especie de conexión inmediata con él, como si, aunque se acabaran de conocer, ya se entendieran de alguna forma. Esa sensación la desconcertó. No era como ella, que generalmente mantenía las conversaciones superficiales, limitadas a lo necesario.

—Soy Gina —dijo, decidida a ir más allá del intercambio básico de palabras—. ¿Y tú?

—Benjamin —respondió, dejando que su nombre flotara en el aire por un momento—. Soy fotógrafo, aunque, por alguna razón, no llevo mi cámara hoy.

La mención de la fotografía hizo que Gina se sintiera aún más intrigada. La pasión por el arte y la creatividad, aunque diferente, resonaba en ella de alguna manera. Lo miró con curiosidad.

—¿Qué tipo de fotos tomas?

—De todo un poco —respondió Benjamin, encogiéndose de hombros—. Pero me gusta capturar momentos que suelen pasar desapercibidos. El instante justo antes de que algo suceda, o el reflejo de la luz sobre un charco en la calle. Cosas pequeñas, pero significativas.

Gina sonrió. Ella entendía esa forma de ver el mundo. Su propio trabajo, aunque distinto, estaba lleno de momentos efímeros, de instantes que quedaban atrapados en las palabras, en las historias que ella construía. Era fascinante, esa forma en que el arte podía encontrar belleza en lo cotidiano.

—Me parece increíble. Siempre he pensado que el arte está en esos momentos que nadie nota —dijo Gina, con una sonrisa tímida, pero sincera.

Benjamin la miró fijamente durante un par de segundos, como si estuviera apreciando cada palabra que ella decía. Luego, su mirada se desvió hacia la ventana, donde la lluvia seguía cayendo con fuerza.

—A veces, lo único que necesitas es un lugar tranquilo para encontrar lo que buscas. —Él levantó su taza de café, como si estuviera brindando por algo.

Gina lo observó, sintiendo una ligera corriente de complicidad en el aire. En ese momento, el café no parecía solo un lugar para tomar una bebida, sino un refugio para dos personas que, sin saberlo, se habían encontrado.

A lo largo de las siguientes semanas, Benjamin y Gina comenzaron a verse con regularidad en ese mismo café. Las conversaciones se fueron alargando, pasando de lo superficial a lo más profundo. Hablaban sobre libros, películas, sueños perdidos y momentos que los habían marcado. Gina, por primera vez en mucho tiempo, sentía que alguien la entendía sin necesidad de explicaciones largas. Con Benjamin, las palabras parecían fluir sin esfuerzo.

Un día, después de semanas de encuentros casuales, Benjamin invitó a Gina a tomar algo fuera del café. Fue en ese momento cuando ambos comprendieron que lo que había comenzado como una simple amistad estaba tomando una dirección inesperada. El café, ese lugar que tanto había significado para Gina, se había convertido en el escenario de un amor que crecía entre conversaciones, risas y miradas furtivas.

Gina nunca imaginó que, en un simple café de la ciudad, encontraría algo más que una taza de café. Encontró a Benjamin. Encontró el tipo de conexión que nunca había creído posible, pero que ahora le hacía sentir que cada momento amargo del pasado había valido la pena, porque la dulzura de este encuentro lo compensaba todo.

Y mientras la lluvia seguía cayendo fuera del café, Gina comprendió algo importante. A veces, lo mejor de la vida ocurre en los momentos más simples, en las tazas de café compartidas y en los silencios que hablan más que mil palabras.