Capítulo 1
La noche era espesa y fría, y el aire olía a pólvora. Luca Santoro apenas podía mantenerse en pie, pero su voluntad férrea le impedía caer. Con una mano presionando la herida en su costado, se apoyó contra el muro de un oscuro callejón mientras se esforzaba por calmar su respiración. Había sido un enfrentamiento inesperado; la banda rival los había emboscado, y aunque había salido victorioso, las secuelas eran evidentes.
Aquel dolor lacerante le indicaba que la bala se había alojado profundamente en su carne, y aunque su cuerpo estaba acostumbrado a la violencia, esta herida era diferente. La sangre empapaba su camisa blanca, manchando el fino tejido que llevaba bajo su traje oscuro, perfectamente entallado. Maldijo para sus adentros, la herida le estaba restando velocidad, y cualquier minuto de distracción podía costarle la vida si sus enemigos regresaban para rematar el trabajo.
Consciente de que sus fuerzas flaqueaban, sacó su teléfono y marcó a uno de sus hombres de confianza, pero la señal se cortó antes de poder establecer contacto. Luca sabía que no tenía tiempo que perder. Así que, tomando una decisión impulsiva, se obligó a caminar hasta un hospital cercano, una jugada desesperada pero necesaria.
El hospital estaba sorprendentemente tranquilo a esa hora. Francesca Bianchi finalizaba un turno largo y agotador. Las luces fluorescentes iluminaban su rostro sereno y concentrado mientras revisaba los últimos expedientes. Con una mirada clara y decidida, la chica irradiaba una mezcla de confianza y empatía, virtudes esenciales en su profesión. Desde hacía años, había decidido que salvar vidas era su propósito y, aunque su vida personal fuera complicada, encontraba paz en su trabajo.
Al cruzar el pasillo, notó el movimiento acelerado en la sala de emergencias. Los murmullos entre los enfermeros atrajeron su atención, y pronto uno de ellos se le acercó apresuradamente.
—Doctora Bianchi, necesitamos su ayuda —dijo la joven enfermera, agitada—. Hay un hombre herido… parece grave. Llegó caminando, pero está perdiendo mucha sangre.
Ella suspiró, preparando su mente y sus emociones para lo que estaba por venir. Trabajar en emergencias formaba parte de su trabajo, mas había algo en el tono alarmado de la enfermera que le hizo intuir que este paciente sería distinto.
Cuando la doctora llegó a la sala, lo vio. El hombre estaba recostado en una camilla, intentando incorporarse a pesar del dolor. Su rostro era la imagen de la dureza, aunque una barba incipiente suavizaba en parte su expresión feroz. Su mirada, de un verde casi sobrenatural, estaba fija en el techo, hasta que sus ojos se cruzaron con los de ella. Hubo un momento de reconocimiento silencioso, una chispa de algo indefinible que quedó flotando en el aire.
La joven apartó la mirada rápidamente, profesional y firme. Sabía reconocer a alguien peligroso cuando lo veía y la presencia de aquel hombre irradiaba una mezcla de oscuridad y magnetismo que la incomodaba.
—Soy la doctora Bianchi. Necesito examinar su herida —anunció ella, con un tono controlado.
Luca no dijo nada, solo asintió, sin apartar los ojos de ella. Al acercarse, la chica pudo ver la magnitud de la herida: una bala había atravesado su costado derecho. La herida era profunda y el constante goteo de sangre indicaba que era necesario intervenir de inmediato.
—Esto va a doler —le advirtió ella mientras preparaba los instrumentos para limpiarle la herida. Intentó mantener la voz neutra, mas no pudo evitar un ligero temblor en sus manos al sentir la intensidad de su mirada.
Luca sonrió, una sonrisa cargada de ironía, aunque sus labios se tensaron por el dolor.
—He sentido cosas peores, doctora —respondió con su voz profunda y grave resonando en la habitación.
Francesca ignoró su comentario y empezó a limpiar la herida con precisión. Mientras trabajaba, sintió cómo él la observaba con una mirada penetrante que parecía escudriñarla, buscando algo más allá de su fachada profesional. Ella no iba a permitir que su atención flaqueara; era su paciente y no permitiría que su presencia la intimidara.
—Es una herida profunda, pero parece que la bala no tocó órganos vitales. No va a morir esta noche —le dijo, sin rastro de calidez en su voz.
—Menos mal —respondió Luca, con un leve tono de sarcasmo—. No me gustaría arruinar su guardia nocturna.
La doctora reprimió una sonrisa ante su comentario, mas no iba a darle la satisfacción de mostrar simpatía. Se concentró en su tarea, colocando la anestesia local y procediendo a extraer la bala con rapidez y eficiencia. Cuando al fin terminó, le aplicó vendajes y preparó un suero para estabilizarlo.
—Va a necesitar reposo y antibióticos para evitar una infección —le indicó, sin mirarlo directamente.
—¿Reposo? No tengo tiempo para eso —respondió él, con una mezcla de burla y desafío.
Ella finalmente lo miró a los ojos, con una firmeza que igualaba la de él, y aconsejó:
—Se lo recomiendo si no quiere volver aquí peor que esta vez. Si se infecta, la próxima vez tal vez no tenga tanta suerte.
Por un momento, el silencio llenó la habitación. Luca la observó detenidamente, como si intentara entender qué clase de mujer tenía frente a él. Ella sostenía su mirada, decidida a no ceder ante la intensidad de sus ojos verdes. Sin embargo, una chispa de curiosidad crecía en su interior. Había algo en él que la desconcertaba, una mezcla de peligro y carisma que amenazaba con desmoronar la coraza profesional que siempre había mantenido.
Finalmente, él desvió la mirada y asintió lentamente:
—Lo tendré en cuenta, doctora.
Francesca se retiró para lavarse las manos, tratando de sacudirse el extraño magnetismo que emanaba de su paciente. Él no era como los demás; lo sabía en su fuero interno. Había algo oscuro y enigmático en él que parecía impregnar el aire, como un veneno lento y peligroso.
Al regresar, ella intentó mantener la distancia emocional mientras revisaba su expediente médico.
—¿Alguna otra condición médica que deba saber? —preguntó la joven.
—Nada que pueda documentarse —contestó él al mirarla con una media sonrisa.
—No estoy aquí para cuestionarlo. Solo para asegurarme de que salga de este hospital vivo.
Una risa baja y gutural surgió de Luca, y ella notó una cierta admiración en su mirada, como si valorara su dureza.
—No muchas personas tienen el valor de hablarme así, doctora.
Francesca sostuvo la mirada, con su rostro imperturbable y añadió:
—Es mi trabajo. Y mientras esté bajo mi cuidado, mis reglas son las que importan. ¿Entendido?
Por un instante, la tensión en la habitación se volvió casi palpable. Él inclinó la cabeza levemente, como si reconociera su autoridad en ese contexto, pero también con una expresión que sugería que no estaba acostumbrado a recibir órdenes.
—Entendido.
La doctora terminó de registrar sus datos en silencio y le indicó que una enfermera vendría a administrarle el antibiótico y a verificar su condición en las próximas horas. Antes de retirarse, sin embargo, una extraña sensación de inquietud la embargó. Aquel hombre no era un paciente común y no podía ignorar que algo en él la atraía y la repelía al mismo tiempo.
—Descanse, señor Santoro. Le hará bien —dijo, con su voz lo más fría y controlada posible.
Luca la observó mientras ella se retiraba, con sus ojos verdes iluminados por una curiosidad calculada. Por primera vez en mucho tiempo, alguien había captado su atención, y no solo por su destreza profesional. Había algo en la frialdad y profesionalismo de ella que lo intrigaba. No estaba acostumbrado a ser tratado con indiferencia, y eso solo hacía que la doctora Bianchi le resultara aún más interesante.
Mientras las puertas de la sala de emergencias se cerraban detrás de ella, Francesca sentía cómo el latido de su propio corazón se aceleraba sin razón aparente. Algo en el misterio de aquel hombre, en su presencia cargada de oscuridad y peligro, comenzaba a romper su habitual calma.
No se permitió pensar más en ello. Aquello era absurdo. Él era solo otro paciente. Un hombre herido que había llegado en circunstancias cuestionables y que, sin duda, desaparecería en cuanto estuviera recuperado.
Pero al caminar hacia la salida, no pudo evitar una última mirada hacia la puerta que acababa de dejar atrás. Y una pequeña voz en su interior le susurró que aquel encuentro inesperado no sería el último.