Chapter 1
El Demonio del Subsuelo
La arena estaba a oscuras, iluminada solo por un par de luces brillantes que hacían que las sombras parecieran más profundas. El rugir del público se desvanecía en el fondo, una mezcla de ansiedad y emoción en cada golpe que resonaba en el aire. La pelea estaba a punto de comenzar, y todo estaba dispuesto para el enfrentamiento más esperado de la noche.
“Y en esta esquina, con un peso de 97 kilogramos, el hombre que ha derrotado a todos sus oponentes con una ferocidad imparable, el gran Eduardo, o más conocido en el bajo mundo como... El Demonio del Subsuelo.”
El presentador, con voz grave y retumbante, hizo una pausa, mientras el público estallaba en vítores y aplausos.
Eduardo no prestaba atención a las palabras del hombre, ni a los gritos que lo acompañaban. Ya estaba acostumbrado a la fama que había ganado en este oscuro mundo de peleas clandestinas. No importaba cuánto lo aclamaran, su corazón seguía siendo un campo de batalla por sí mismo. El verdadero enemigo no estaba frente a él, sino en el interior de su alma.
Con su camiseta rasgada, ojos penetrantes color miel y cicatrices que recorrían su rostro y cuerpo, Eduardo se preparó para el siguiente combate. Había pasado años subiendo peldaños en este mundo de violencia, no por gloria ni por dinero, sino por un único objetivo: llegar a su verdadero objetivo. El hombre que mató a... a esa persona.
“¡Demonio, demonio, demonio!” gritaba la multitud, su entusiasmo era casi palpable, pero Eduardo no veía más allá que su próximo paso, ganar, siempre ganar.
La campana sonó. El primer intercambio de golpes fue inmediato. Eduardo era rápido, a pesar de su tamaño, sus movimientos eran precisos. Cada golpe que lanzaba era como una descarga eléctrica, impulsado por la furia que había acumulado durante años de lucha. Pero esa furia no venía solo de su vida en el ring. Venía de su pasado, de una vida en la que no había tenido nada, de una niñez marcada por la pobreza y la desesperación.
“¿Cómo fue que acabé aquí, luchando y luchando? ¿Acaso no era para tener dinero...?” pensó, mientras esquivaba un golpe directo al rostro.
“No... eso fue hace mucho. Esa meta quedó en segundo plano hace mucho.” Otro golpe, esta vez en su costado, lo hizo tambalear. La sensación de dolor recorrió su cuerpo, pero algo en él se mantenía firme.
“Me duele el cuerpo...” Su pierna vibró tras un golpe en la rodilla, pero apretó los dientes, ignorando el dolor. “No importa... no importa... solo sigue.”
Un derechazo de su oponente lo sacó de sus pensamientos. Eduardo esquivó, se giró rápidamente y respondió con una combinación de puños que dejó a su rival tambaleando. Los recuerdos llegaron como un torrente. En sus primeros combates, todo lo que quería era salir de ese infierno, dejar de luchar. Pero había algo en ese estilo de vida que lo mantenía atrapado. El dinero fácil, la sensación de ser alguien, el poder que se siente cuando la gente te teme.
“Jajaja... Cielo, por favor, ya deja las peleas...” La voz de una persona resonó en su mente, aquella voz que aún lo perseguía, esa que solía hablarle con ternura.
“No las dejaré, cariño, porque te quiero dar lo mejor.” El pensamiento de Eduardo fue interrumpido por otro golpe de su oponente, y la realidad lo golpeó tan fuerte como los puños que recibía.
“Pero ya tengo lo mejor...” El susurro de esa persona se desvaneció, como si el viento lo llevara, y Eduardo se deshizo de esa idea. No ahora, no mientras no haya justicia.
El combate continuó, y Eduardo se sintió como un animal atrapado en su propia jaula. Cada golpe que daba no solo se dirigía a su oponente, sino también a la rabia que llevaba dentro, a la venganza que lo consumía. La imagen del hombre que mató a... esa persona, la razón de su lucha, era todo lo que dominaba su mente.
“Solo una cosa importa. Vengarla. Ese hijo de puta va a pagar.”
La visión de su oponente frente a él lo volvió a enfocar. El tipo era rápido, pero Eduardo estaba determinado a ganar, su cuerpo y mente ya entrenados para responder con una precisión letal. Un golpe tras otro. Aquel chico lo había desafiado en más de una ocasión, pero no había nada personal en este enfrentamiento. La rabia de Eduardo ya no era solo por el dolor que sentía; era la pura necesidad de hacer justicia.
La pelea se intensificaba. Los dos hombres ya estaban al borde de su resistencia. Cada uno respiraba pesadamente, el sudor cayendo por sus rostros. Eduardo sentía como si su cuerpo fuera a colapsar, pero no se detendría, no podía.
El cuerpo de su oponente cayó al suelo finalmente, con el rostro ensangrentado y los ojos desenfocados. La multitud rugió con entusiasmo, pero Eduardo no compartía la euforia. Solo había silencio en su mente, el eco de un dolor mucho mayor. El rostro de esa persona seguía presente en su memoria, aunque no la viera allí.
En la parte posterior de su mente, el odio hacia el responsable crecía. “Esto no acaba aquí. Esto no acaba hasta que encuentre a ese maldito.”
No le importaba que el público lo aclamara, ni el reconocimiento. El único reconocimiento que buscaba era el de la justicia. La lucha lo había hecho tan insensible a los sentimientos ajenos, que todo lo que quedaba dentro de él era un abismo de furia y tristeza.
El sudor caía por el rostro de Eduardo mientras su respiración pesada llenaba el vacío en su mente. La multitud lo aclamaba, gritando su apodo con fervor: “¡Demonio! ¡Demonio! ¡Demonio!”
Pero él no escuchaba nada. La sangre que goteaba de sus nudillos se mezclaba con la suciedad de la arena bajo sus pies. Su mirada permanecía fija en el cuerpo inconsciente de su oponente, como si no pudiera alejarse del campo de batalla que acababa de dejar atrás.
“Esto es todo por ti,” pensó, apretando los puños hasta que sus propias uñas dejaron marcas en la piel.
El árbitro levantó su brazo, declarando su victoria, pero Eduardo no se quedó para recibir la ovación. Se dio media vuelta y salió del ring sin decir una palabra, dejando atrás el rugido de la multitud.
En los vestidores, el ambiente era completamente diferente. Silencio. Solo el eco de sus pasos y el zumbido lejano de las luces fluorescentes lo acompañaban. Se dejó caer en un banco, apoyando los codos sobre las rodillas mientras trataba de recuperar el aliento.
La puerta chirrió, y un hombre trajeado entró, sosteniendo un sobre abultado en una mano.
Buen trabajo ahí afuera, Demonio - dijo el organizador, su sonrisa tan afilada como un cuchillo.- Aquí está tu parte. Hoy rompimos récords con las apuestas. El público te adora.
Eduardo tomó el sobre sin mirarlo, sintiendo el peso del dinero entre sus dedos. No respondió.
¿No te interesa saber cuánto hay aquí? Vamos, es más de lo que ganas en un mes de trabajo honesto.
No me importa- murmuró Eduardo, guardando el sobre en su chaqueta. Se levantó y caminó hacia la salida, dejando al hombre hablando solo.
Fuera del edificio, Emilio lo esperaba, apoyado contra su vieja moto. Cuando vio a Eduardo, levantó una mano en señal de saludo, pero su sonrisa desapareció al ver el rostro de su amigo.
¿Te dieron duro esta vez? preguntó, señalando las marcas de golpes en su rostro.
Eduardo sacudió la cabeza, sin molestarse en responder.
Vamos, te llevo a comer. Yo invito -dijo Emilio, subiendo a la moto. Hace tiempo que no te relajas, y creo que te vendría bien.
No necesito relajarme - respondió Eduardo, pero se subió detrás de él de todos modos.
El restaurante era pequeño y modesto, un lugar que ambos frecuentaban desde que eran adolescentes. Emilio pidió dos platos del especial del día, y mientras esperaban, rompió el silencio.
Eduardo, sé que todo esto lo haces por ella - dijo con cautela, jugando con su vaso de agua. -Pero... ¿no crees que esto no es lo que ella quería?
Eduardo alzó la vista, su expresión endurecida. - No quiero hablar de eso.
Siempre dices lo mismo- replicó Emilio, suspirando. - Mira, no digo que no tengas tus razones. Solo creo que deberías pensar en lo que realmente querría para ti. Esto, las peleas... no me parece que sea lo que ella soñaba para ti.
Eduardo no respondió. Bajó la mirada al plato frente a él, perdiéndose en sus pensamientos. Las palabras de Emilio resonaron en su mente, pero se negó a dejar que calaran demasiado profundo.
No lo entiendes- murmuró finalmente. - Esto no se trata de lo que ella quería. Se trata de lo que yo tengo que hacer.
Emilio lo observó en silencio por un momento antes de asentir lentamente. - Está bien, hermano. Pero cuando decidas hablar, aquí estaré.
El resto de la comida pasó en un silencio incómodo. Eduardo sabía que Emilio solo quería ayudar, pero había cosas que no podía compartir con él, ni con nadie, saliendo del restaurante.
Emilio encendió la moto, y el rugido del motor rompió el silencio de la noche. Eduardo se acomodó en el asiento trasero, mirando al vacío mientras avanzaban por las calles de Ciudad de México. Las luces de los postes pasaban intermitentes, iluminando brevemente los grafitis en las paredes, los anuncios descoloridos y los rostros de las personas que aún deambulaban por la ciudad a esas horas.
El viento nocturno era frío, y aunque llevaba su chaqueta, Eduardo apenas lo sentía. Su mente estaba en otro lugar, en un recuerdo que se negaba a desaparecer.
“Si sigues así, un día no vas a volver a casa.” Esa voz, tan familiar, resonaba en su cabeza, y con ella, la imagen de alguien que ya no estaba. Apretó los puños sobre sus rodillas.
-¿Todo bien? -preguntó Emilio por encima del ruido del motor.
Eduardo apenas asintió. No tenía ganas de hablar, pero sabía que Emilio notaba su tensión.
El trayecto los llevó desde el bullicio del centro hacia zonas más tranquilas, pero no menos llenas de vida. Pasaron por la colonia Roma, con sus edificios antiguos y cafeterías que aún tenían luces encendidas, antes de girar hacia las calles que llevaban hacia Polanco. La diferencia era palpable: las fachadas se volvían más pulcras, los árboles mejor cuidados, pero también más vacías. Un contraste que Eduardo siempre notaba, aunque nunca le importó demasiado.
“Esto no es vida,” pensó mientras observaba las casas pasar. “Pero, ¿qué otra opción tengo?”
Finalmente, Emilio detuvo la moto frente a un edificio antiguo, de esos que habían resistido el paso del tiempo y los sismos. Eduardo bajó de la moto sin decir nada, pero Emilio no se movió. Sacó un paquete de cigarros de su chaqueta y le ofreció uno a su amigo.
-Ándale, agarra uno -dijo Emilio, sonriendo de lado. - Sé que no te gusta hablar, pero a veces un cigarro ayuda.
Eduardo negó con la cabeza, aunque tomó el cigarro. No lo encendió, solo lo sostuvo entre los dedos, observando cómo Emilio prendía el suyo.
- Mira, sé que no te voy a sacar de esa idea loca de venganza -continuó Emilio, exhalando una nube de humo- pero al menos no estés jugando con tu vida, ¿sí? Hoy te enfrentaste a ‘El Loco’ Saldívar, y aunque le diste en la madre, el tipo tiene conexiones. Si sigues con esto, tarde o temprano te van a empezar a reconocer, y eso te acerca a lo que quieres.
Eduardo levantó la mirada, observándolo en silencio mientras Emilio daba otra calada.
- Eso sí -agregó Emilio, apuntándolo con el cigarro- también te acerca al maldito de Garmendia. Y ese cabrón no juega. Si planeas seguir con esto, más te vale estar listo.
Eduardo dejó escapar un suspiro, dejando caer la cabeza hacia atrás.
- Siempre estoy listo -respondió con voz grave. - Garmendia no es más que un obstáculo. Y si tengo que enfrentarme a toda su gente para llegar a él, lo haré.
Emilio negó con la cabeza, tirando la colilla de su cigarro al suelo y aplastándola con el pie.
- Eso dices, hermano. Pero no eres invencible. Solo... ten cuidado. No quiero tener que cargar tu cuerpo algún día.
Eduardo no respondió. Solo guardó el cigarro en su bolsillo y caminó hacia la puerta del edificio. Antes de entrar, se detuvo un momento, girándose hacia Emilio.
- Gracias por el aventón. Y por preocuparte.
Emilio sonrió de lado.
- Ya sabes, güey. Aquí estoy si necesitas algo.
Eduardo asintió una vez más y desapareció en la oscuridad del pasillo. Dentro, las luces parpadeantes del edificio lo recibieron, y con ellas, el peso de otra noche más en su interminable lucha.
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Es corto lo se jajaja solo quiero saber si les interesa y poder seguir trayendo a ustedes, esto es una idea para un Webtoon, solo quiero dejarla en algún lugar como guión :D