Capítulo único
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Si bien era cierto que Tom ayudaba a Bill a escribir ciertas letras de las canciones, por lo general el hacer poemas no era lo suyo, escribir tampoco. Entonces al momento de expresar sus sentimientos le costaba, y bastante, Bill solía completar las ideas que quería decir. Solían comunicarse por medio de miradas, al sujetarse la mano, con diferente clase de besos, Tom era muy habilidoso con las manos, especialmente con los dedos, y de esa forma, dejando a un Bill muy agradecido, le decía cuánto lo quería o qué es lo que deseaba hacer.
El problema era cuando estaban lejos. En Skype definitivamente no podía ser lo mismo, en especial cuando intentaban tener sexo por webcam, Tom necesitaba el contacto para hacer sentir bien a Bill, para coquetearle, para el juego previo, se sentía por demás estúpido diciendo palabras casi aprendidas por micrófono mientras se tocaba frente a la cámara.
Otro punto en contra que tenía Tom, es que no era romántico, el romántico era Bill, Tom podía tener pequeños detalles sí, pero quien tomaba su mano cuando intercambiaban papeles en la cama y le besaba dulcemente la nuca era Bill.
Suspiró y se apretó el puente de la nariz con los dedos, cerrando los ojos con fuerza y sintiéndose cansado.
Luego bostezó y estiró los dedos de sus pies. Extrañaba a Bill, extrañaba su piel, su almizcle entremezclado con su perfume de hombre, cómo sus músculos se movían bajo suyo, sus sonrisas con sus ojos achinados, la paciencia que tenía al quitarse todos sus piercings al momento de estar en la cama junto a sus perros para ver alguna película o simplemente estar en su laptop, cómo llenaba los espacios con su verborrea infinita o cómo sabía cuándo callarse, sus actitudes infantiles, cómo dejaba desastre a su paso, tanto en la cocina, como en su cuarto, extrañaba bastante tener que llamarle la atención como a un niño por ello.
Suspiró de nuevo, y vio su celular, ya había dejado en “visto” por suficiente tiempo a su gemelo.
Bill estaba en Nueva York y él en Los Ángeles, y le sugería por un mensaje que practicaran “sexting”, y al principio no sabía qué responder, aunque sabía que siempre acabaría cediendo, así que suspiró por tercera vez comenzando a escribir.
“Sep, hagámoslo”.
“¿Por qué te demoraste tanto? ¿Empezaste sin mí?”.
Tom rodó los ojos y volvió a textear.
“No, idiota. Estaba pensando en otras cosas”.
“¿Sí, en lo lindo que soy quizá?”.
Tom soltó una risilla y negó con la cabeza.
“No”.
“Para que esto funcione, debes decirme cosas bonitas”.
“¿Te caíste del cielo? Porque… folla conmigo”.
Y ahí iba de nuevo, tan elocuente como siempre, quiso darse golpes en la cabeza, pero prefirió esperar la respuesta de Bill.
“Buen intento, muchacho, ahora qué tal si me dices qué ropa interior estás usando”.
Tom sonrió, así era su Bill, lo sacaba de apuros, incluso cuando se trataba de algo entre ellos, era una de las miles de razones por la cual lo quería tanto.
“De hecho, no estoy usando nada”, escribió con picardía, teniendo a un Bill ansioso del otro lado de la línea, uno que agradecería que su gemelo novio fuera más específico, más romántico, más poético, pero que no lo cambiaría por nada del mundo.