prólogo
Hace mucho tiempo, Naruto Uzumaki, el héroe de la Gran Guerra Shinobi y el Niño de la Profecía, vivió atrapado en una existencia solitaria. Su corazón, hambriento de amor y familia, se marchitó bajo el yugo de un poder descomunal y una responsabilidad que lo aplastaba. El Kyubi rugía en sus entrañas, y su legado como salvador lo condenó a una vida sin descanso. Con el tiempo, su fuerza lo elevó a un trono inalcanzable: el ser más poderoso de su mundo, un titán solitario que sostenía la paz con puños ensangrentados y un alma desgarrada. Durante 50 años, su voluntad de acero mantuvo a raya el caos, pero cada victoria era un clavo más en el ataúd de su felicidad. Exhaustos sus huesos y roto su espíritu, renunció a su manto de Hokage y se hundió en la oscuridad, buscando desesperadamente sanar las grietas de su ser.
En su exilio, entre tormentas y picos helados, Naruto desenterró un secreto enterrado en su sangre: sus genes, un crisol de poder humano y divino forjado por el Sabio de los Seis Caminos, lo catapultaron a la divinidad. Su chakra estalló como un supernova, su cuerpo vibrando con una energía que desafiaba la mortalidad. Durante 30 años, vagó como un dios errante, sus pasos resonando en los confines del cosmos, hasta que el universo mismo gritó de terror. Una entidad devoradora de mundos irrumpió en su realidad: una abominación de oscuridad viva, con ojos como agujeros negros y un hambre que devoraba la luz. Su único propósito era consumir su mundo, engullirlo hasta los cimientos para saciar su poder infinito. Naruto, el guerrero eterno, se alzó una vez más, su mirada ardiendo con una furia que podía partir el cielo.
La batalla estalló como el fin del mundo. Sobre la Aldea Oculta de la Hoja, el cielo se desgarró cuando Naruto, envuelto en un manto de chakra dorado que chispeaba como relámpagos, chocó contra la entidad. Sus puños, cargados con la rabia del Kyubi y la furia divina, golpearon con la fuerza de mil volcanes, cada impacto un trueno que hacía temblar la tierra. La entidad rugió, su forma amorfa retorciéndose mientras zarcillos de sombra, afilados como guillotinas, cortaban el aire, buscando arrancarle el alma. Naruto respondió con un alarido primal, desatando un Rasenshuriken colosal que giró como un huracán de fuego, desgarrando la oscuridad en un estallido cegador. Pero la criatura se regeneró, su risa un chillido que helaba la sangre, y contraatacó con una oleada de energía corrupta que pulverizó montañas enteras, forzando a Naruto a esquivar entre escombros voladores mientras el suelo bajo sus pies se desintegraba.
El terror lo golpeó: si seguía así, su mundo sería cenizas. Con un rugido que partió el firmamento, Naruto arrancó la realidad misma, abriendo un portal dimensional con un puño envuelto en llamas de chakra. Arrastró a la entidad al abismo, y la guerra se desató a través de dimensiones. En un reino de hielo eterno, Naruto desató un millar de clones que chocaron contra un enjambre de sombras, cada explosión un relámpago que resquebrajaba glaciares. La entidad respondió con un látigo de oscuridad que cortó el horizonte, y Naruto lo bloqueó con una barrera de chakra que crujió bajo la presión, sus dientes rechinando mientras el sudor le quemaba los ojos. En un mundo de fuego, lanzó un Bijuu-Rasengan que evaporó mares de lava, solo para ver a la criatura surgir de las llamas, su rugido un terremoto que lo lanzó contra una pared de obsidiana. Dimensiones colapsaban bajo sus pies, el caos era absoluto, hasta que irrumpieron en la Brecha Dimensional, un infierno de vacío donde el silencio gritaba.
Allí, la batalla se volvió una pesadilla cósmica. Naruto, flotando en la nada, liberó su forma suprema: un coloso de chakra dorado y carmesí, sus nueve colas azotando como tormentas solares, sus ojos brillando con una furia que desafiaba la muerte. La entidad se alzó, su cuerpo hinchándose hasta tapar el infinito, un titán de sombras con mil rostros retorcidos gritando al unísono. Naruto rugió y lanzó un Bijuu-Rasenshuriken monstruoso, una esfera de energía que rugía como un dios furioso, cortando la oscuridad con un filo que sangraba luz. La explosión hizo temblar la brecha, pero la entidad respondió con un rayo de aniquilación pura, un torrente negro que devoraba la existencia misma. Naruto lo enfrentó con un escudo de chakra dorado, sus músculos temblando, venas marcadas en su frente mientras el impacto lo empujaba hacia atrás, sus pies deslizándose en el vacío. Con un grito desgarrador, desató una lluvia de esferas de la verdad, cada una golpeando como un meteorito, pero la criatura las absorbió, creciendo más, su risa un veneno que le quemaba el alma.
Naruto entendió que no podía matarla. Con sangre corriendo por su rostro, tejió sellos con manos temblorosas, invocando cadenas de chakra que brillaban como soles, intentando aprisionarla en la brecha. La entidad luchó, sus zarcillos arrancando las cadenas con un estallido que lo lanzó contra el borde del vacío, su cuerpo chocando con un crujido enfermo. Antes de que pudiera sellarla, la abominación desgarró el espacio y huyó, su risa resonando mientras se precipitaba hacia la Tierra del universo de High School DxD. Naruto, jadeando, su visión nublada por la sangre, atravesó el portal tras ella, su voluntad ardiendo como una supernova.
En esta nueva dimensión, la batalla alcanzó un pico de locura. La entidad aterrizó en un valle, sus zarcillos arrancando la vida del suelo, tejiendo un ejército de sombras que chillaban con voces robadas. Naruto cayó como un cometa, su chakra incendiando el cielo, y desató un millar de clones que chocaron contra las criaturas en una danza de muerte. Cada golpe era un estallido, cada Rasengan un torbellino que destrozaba filas enemigas, pero la entidad lo enfrentó directamente, lanzando un rayo de oscuridad que lo obligó a rodar entre explosiones, el suelo bajo él explotando en pedazos. Los seres sobrenaturales —demonios, ángeles, dragones— temblaron al sentir el choque: el aire ardía, el cielo sangraba rojo, y las auras titánicas hacían temblar la realidad. Naruto, con un rugido que parecía romper su garganta, alzó una barrera colosal, un domo de chakra palpitante que contenía la masacre, sus manos temblando mientras la energía lo consumía.
La entidad, furiosa, ascendió a la Luna, y Naruto la persiguió, su silueta dorada cortando la atmósfera. En la superficie lunar, la batalla fue un apocalipsis. Naruto desató su Modo Sabio de los Seis Caminos al límite, su cuerpo envuelto en un aura que rugía como un infierno vivo, esferas de la verdad girando como soles enloquecidos. Golpeó con puños que abrían cráteres que podían tragar ciudades, el polvo lunar explotando en nubes cegadoras. La entidad contraatacó con una onda de energía que partió la Luna en fisuras, y Naruto respondió con un Rasengan Planetario, una esfera tan densa que el espacio se curvó a su alrededor, chocando contra un vórtice negro que la criatura escupió desde su núcleo. La colisión fue una supernova que destrozó el silencio del espacio, la luz y la oscuridad desgarrándose mutuamente mientras fragmentos de la Luna llovían como meteoritos.
Con su cuerpo al borde del colapso, Naruto canalizó todo lo que le quedaba. Su voz, rota pero firme, resonó: "¡No dejaré que acabes con nada más!". Invocó un sello divino, runas de chakra brillando como constelaciones, y con un último empujón encerró a la entidad en la superficie lunar, su forma oscura petrificada en una prisión de luz. Pero el代价 fue mortal. Cayó de rodillas, sangre goteando de su boca, su respiración un jadeo agónico. Sabía que el sello era frágil, que la criatura podría liberarse. Con un grito final, desató su esencia divina, su cuerpo deshaciéndose en luz pura para rehacerse, dispuesto a seguir luchando. Pero el cosmos lo traicionó: renació como un bebé, su poder sellado, sus recuerdos destrozados, en un mundo repleto de seres sobrenaturales.
Ahora, este niño, heredero de un linaje divino, crece en el universo de DxD. ¿Cómo enfrentará este pequeño Naruto, con un poder que podría partir mundos y una voluntad forjada en el fuego, un entorno de caos eterno? ¿Qué ocurrirá cuando despierte y recuerde la batalla que lo llevó al borde de la existencia? El destino decidirá si hallará paz… o desencadenará una guerra más allá de toda imaginación.