La epidemia del tiempo

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Summary

En un mundo donde el tiempo se ha detenido, la humanidad vive atrapada en cuerpos que nunca envejecen. Nadie sabe cuántos años tienen, ni por qué la vida se ha congelado. ¿Es esto un regalo o una maldición? A medida que los días se repiten sin fin, los recuerdos se desvanecen y las relaciones se vuelven vacías. El protagonista, atrapado en esta eterna juventud, busca respuestas en un mundo donde la muerte ya no existe, pero tampoco el verdadero vivir. En "La epidemia del tiempo", una epidemia invisible altera el curso de la vida, dejando a la humanidad suspendida en una realidad sin futuro. ¿Podrán encontrar una salida antes de perder por completo su humanidad?

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Prólogo

Así me lo dijo la doctora Martínez, con esa sonrisa helada y tranquila que siempre ponía cuando todo empezaba a desmoronarse. Lo dijo como si fuera una verdad absoluta, algo que teníamos que aceptar sin cuestionarlo. Como si el simple hecho de vivir hubiera dejado de ser importante.

Pero lo peor no es que nadie envejezca. Lo peor es no saber cuántos años tienes. Los días se repiten, las estaciones siguen su curso, pero tu cuerpo, tu mente, permanecen atrapados en un mismo punto. Un punto que se va tornando borroso con el tiempo. Los niños dejan de crecer después de cierta edad, los adultos se quedan con el mismo rostro, la misma piel, los mismos ojos. Pero nadie sabe realmente cuántos años tiene, y mucho menos cuántas veces hemos vivido lo mismo sin saberlo.

Y es que la epidemia no tiene un nombre, o tal vez tiene tantos nombres que ya hemos olvidado el primero. Se esparció tan rápido que nadie pudo hacer nada al respecto, y ahora estamos condenados a vivir en una eternidad que no avanza. Algunos lo llaman un regalo. Otros, como yo, lo llamamos una maldición.

No recuerdo cuándo pasó todo. Sólo sé que un día, mientras las noticias hablaban sobre “casos extraños de jóvenes que no envejecen”, el mundo cambió. Nadie envejece, pero tampoco muere. El mundo está lleno de promesas vacías: el tiempo se detuvo, pero todo lo demás siguió su curso, como si el reloj de la vida hubiera dejado de marcar el paso de los días.

El sol sale todos los días, y yo me miro al espejo, buscando alguna señal de que tal vez hoy sí veré algo diferente. Pero nunca pasa. Mis amigos, mis compañeros, todos se ven iguales, y yo también. Ningún pelo gris, ninguna arruga, ni siquiera una cicatriz que me recuerde lo que fui. Todo se ha detenido, atrapado en este ciclo interminable de lo mismo.

A veces, me encuentro pensando que en algún lugar, tal vez, hay personas que sí envejecen. Tal vez estén escondidas, viviendo en un rincón olvidado del mundo, sintiendo el peso de los años. Pero nosotros no. Nosotros estamos atrapados en un reloj que ya no marca las horas, sin rumbo.

Hoy decidí escribir. No sé si servirá de algo, si alguien lo leerá algún día. No sé si tengo algo importante que decir. Sólo sé que no puedo seguir mirando cómo mi vida se desvanece entre las mismas caras, los mismos días, sin avanzar ni un solo paso.

Mañana tal vez comience a buscar una salida, una respuesta. Pero por ahora, esto es todo lo que sé: no hay edad para morir, y no hay manera de recordar cuántos años tengo.

La vida en esta ciudad es un ciclo sin fin. Las mañanas transcurren en calma, pero las noches traen incertidumbre y peligro. Cada jornada es una rutina agotadora, donde las horas se desvanecen como sombras, sin que nadie pueda evitarlo. Vivir así se ha vuelto cada vez más difícil. La búsqueda de comida ya no es solo una necesidad, sino una tarea desesperante. Es un juego cruel de supervivencia donde el hambre acecha en cada esquina, en cada calle vacía, y la desesperación crece con cada día que pasa.

La escasez es palpable. En las calles, los rastros de la falta de recursos son visibles en cada rostro. El hambre se refleja en los ojos hundidos de los niños, aquellos que, atrapados en la eternidad de la juventud, no pueden crecer ni desarrollarse. Y en los adultos, cuya piel, aún fresca y juvenil, muestra las huellas de años de lucha, de desgaste mental, de un cuerpo que resiste la miseria pero que no puede ocultar el sufrimiento. La eterna juventud se ha convertido en una maldición, porque no hay crecimiento, ni cambio, ni esperanza de un futuro. El tiempo se ha detenido para todos nosotros, y en ese congelamiento, la vida ha dejado de tener propósito.

Para sobrevivir, hemos tenido que formar clanes. Nos hemos convertido en depredadores, y la única forma de encontrar algo de alimento es saqueando casas, invadiendo lo que queda de los hogares que alguna vez fueron normales. Enfrentarnos a otros grupos por lo que queda de comida es una lucha constante, una guerra fría de supervivencia. Durante el día, trabajamos en fábricas, buscando algo de sustento, pero es cada vez más difícil. Las fábricas ya no producen lo que una vez lo hicieron, y los recursos escasean. La ciudad está dividida, fragmentada en pequeños reinos de desesperación, y todos conocemos a los miembros de nuestros bandos, los grupos a los que pertenecemos. Aquí ya no se trata de lealtades o alianzas, sino de sobrevivir a la siguiente noche, del último resquicio de esperanza que podamos aferrarnos.

Ya no queda otra opción. Nos aferramos a la vida, pero sin valentía, sin el coraje de cuestionar lo que nos han impuesto. Nadie tiene el valor de tomar la única decisión que el gobierno nos dejó: aceptar esta maldición eterna de juventud, o tal vez, perderlo todo, sumirse en el olvido. El gobierno, que alguna vez nos prometió que la inmortalidad era un regalo, ahora controla nuestras vidas con el miedo y la desesperación. Ellos saben que los cuerpos jóvenes son más fuertes para resistir la miseria y la precariedad, pero también son frágiles frente a las enfermedades que acechan. La solución, según ellos, está en mantenernos en una especie de estasis, en este limbo donde nuestros cuerpos no envejecen, pero tampoco nos permiten vivir plenamente.

Vivimos atrapados en un ciclo interminable: cuerpos fuertes, mentes débiles. Decisiones tomadas apresuradamente, sin reflexión, porque la vida ya no tiene espacio para la reflexión. La evasión de responsabilidades es nuestra constante, nuestro escape diario. Es un mundo donde el propósito de la vida se ha esfumado, donde la juventud, que alguna vez fue sinónimo de esperanza y energía, ahora se ha convertido en un símbolo de estancamiento. Ya no crecemos, ya no avanzamos. Estamos atrapados en un tiempo que nunca avanza, en una vida que no se mueve.