CAPITULO 1
POV TEHANI
PROVINCIA DE KUNAR, AFGANISTÁN
Tehani Niazi sabía que la bomba atada a su pecho estaba destinada a explotar. El conocimiento estaba justo allí en los ojos de los guerreros dejados para protegerla; la miraban como si ya estuviese muerta. Y tal vez lo estaba. Moría un poco por dentro cada vez que su esposo detenía sus intentos de escapar de él.
Un sudor frío erizó la piel de Tehani y la heló hasta los huesos, pero no se atrevió a temblar, demasiado aterrada de disparar el dispositivo. No quería terminar como Bita. El marido de ellas le había atado una bomba la semana pasada y la había enviado a la embajada estadounidense en Kabul, como castigo por su infertilidad, a pesar de que ninguna de sus esposas había quedado embarazada aún y Tehani estaba empezando a sospechar que el problema venia de su extremo y no del de ellas. Aún así, él había dicho que el único camino para que Bita recuperara su honor era convertirse en una mártir. Y Bita le había creído. Prácticamente le había rogado que le permitiera demostrar su lealtad.
Pobre y estúpida Bita.
Pero Tehani no era Bita y ella no creía que su palabra fuera ley. No era más que un horrible hombre que tomaba esposas cuando eran demasiado jóvenes, y pensaba en ellas como objetos para ser utilizadas hasta que se cansaba de ellas.
Ella no era desechable. No era un objeto. Ella era Tehani Niazi, de dieciséis años de edad. Tenía un hermano, una cuñada, y un sobrino. Quería ir a la escuela y estudiar leyes para asegurarse de que hombres como su marido fueran castigados. Tenía sueños, metas, y ninguna de ellas incluía morir por Jahangir Siddiqui.
Excepto que, ¿Cómo iba a escapar esta vez?
El viento silbaba a través de los pasillos del antiguo recinto militar que Jahangir había reclamado cuando los norteamericanos la abandonaron. Apretó sus dientes, negándose a estremecerse mientras el frio maltrataba su piel expuesta. El delgado vestido rojo no era adecuado para el invierno en las montañas, y había perdido su bufanda para la cabeza mucho antes de que los hombres de su marido la capturaran. Si huía otra vez, el frío la terminaría tan fácilmente; si no igual de rápido, como la bomba.
Además, correr no era una opción esta vez. Dos hombres habían sido dejados para montar guardia en su puerta durante la noche. Ellos fueron quienes la habían despertado hace sus quince minutos y le pusieron un chaleco que llevaba la bomba. Ahora se encontraban en sus puestos una vez más, de espaldas contra sus súplicas de ayuda. Ambos creían en los objetivos de su marido y pronto le cargarían en un auto y la llevarían a un restaurante en Kabul popular entre los extranjeros.
Querían matar a la gente.
Tehani se quedó mirando la maraña de cables y objetos metálicos redondos que componían el chaleco. No podía darle sentido a nada de eso, pero la idea de que pronto sería responsable de la muerte de decenas de personas le llenó su estómago de ácido. Se tragó un sollozo.
Tal vez podría hacerla estallar aquí. Por lo menos entonces sólo mataría a los hombres leales a su marido y no a personas inocentes que sólo esperaban por almorzar en un restaurante.
Sí. Eso es lo que haría.
Si iba a morir de una manera o de otra, prefería fastidiar a su marido en su camino al cielo.
Con mano temblorosa, tocó uno de los cables de color, siguiendo su camino desde un cilindro a una caja pequeña en la parte inferior del chaleco. Si sacaba éste, ¿detonaría la bomba? Agarró el alambre, pero lo soltó sin tirar y miró hacia sus guardias. Tal vez debería esperar hasta que más hombres la rodearan. Dos hombres no harían ningún daño a los planes de su marido. En la mente de él, los guerreros eran tan desechables como las esposas que se portaban mal. ¿Pero si eliminaba a una docena o más? Sus planes no serían arruinados, pero le tomaría tiempo sustituir a los hombres que había perdido.
Más bien le gustaba la idea de retrasarlo.
El movimiento en la puerta llamó su atención y dejó caer su mano del alambre, metiéndola debajo de su muslo no sea que uno de sus guardias se diese cuenta de lo que estaba haciendo. En el pasillo, los dos estaban hablando con alguien. La conversación era amortiguada, pero no tenía duda de que era la orden para llevarla a Kabul.
Una vez más, agarró el alambre cuando sus guardias se alejaron y una sombra llenaba su puerta. Se imaginó a Jahangir allí de pie, cerró los ojos y dio un tirón al cable.
No ocurrió nada.
Las lágrimas ardían en senderos por sus mejillas y agarró otro cable y otro.
Todavía nada.
La sombra en la puerta maldijo entre dientes y caminó a zancadas en un haz de luz proyectado en el suelo por el sol naciente. Se agachó frente a ella y la agarró de las muñecas.
—“Tehani, no lo hagas. No está activada”.
Ella parpadeó hasta que la sombra de la cara borrosa apareció a la vista.
Zakir.
A diferencia de algunos de los otros hombres, él mantenía su oscura barba bien afeitada y cuidaba su apariencia. Sus ojos eran de un rico, marrón tan oscuro, que parecían negros, pero no estaban sin alma como los de su marido. Siempre le había gustado él y la traición le dejó un sabor amargo en la boca. ¿Cómo pudo haber estado involucrado en este último tormento?
—“No está activada” —dijo en voz baja de nuevo—. “Me aseguré de que no te haría daño”.
Él miró por encima del hombro, y luego se puso de pie, moviéndose tan rápido que le tomó a su cerebro un segundo completo ponerse al día con él. La tomó en sus brazos y la tenía medio cuerpo fuera de la ventana antes de que incluso pensara en luchar contra él. Ella envió volando un puño y él lo esquivó, pero no fue lo suficientemente rápido. Lo golpeó a un lado de su cabeza.
—“¡Maldición!”
Tehani se congeló y lo miró fijamente, desgarrada entre la sorpresa y el terror. No sabía muchas palabras en inglés, pero había oído esa con la suficiente frecuencia. Y la manera en que lo dijo le recordó a los soldados estadounidenses que habían visitado su pueblo. El mismo acento y todo.
—“¿Quién eres tú?” —susurró.
—“Tienes que confiar en mí” —dijo Zakir en impecable pashto, y se preguntó si tal vez lo había oído mal hace un momento. Él nunca había hablado antes en inglés. Por lo que sabía, él no entendía nada más de esa lengua que ella. Tal vez había recogido la palabrota de los soldados, también.
Ante el sonido de voces en el pasillo, él miró hacia la puerta y volvió a maldecir. Esta vez, no había error en la lengua.
Ella arremetió contra él.
—“¡Eres americano!”
Él evitó el golpe y agarró su muñeca antes de que pudiera volver a intentarlo.
—“Tehani, basta. ¿Quieres irte de aquí?”
Ella lo miró fijamente, apenas comprendiendo sus palabras. ¿Irse? Por supuesto que quería irse, pero ya lo había intentado varias veces y era imposible. Tenía que estar jugando una mala pasada.
—“¿Quieres ir a casa?” —preguntó, mirando directamente a sus ojos. No hubo engaño en su mirada y su instinto le dijo que podía confiar en él, incluso antes de que él añadiera—: “Yo puedo ayudarte”.
Ella asintió, su corazón tronando en su garganta ante la posibilidad.
—“Voy a bajarte por la ventana” —dijo—. “Corre por los árboles. Estaré justo detrás de ti”.
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POV SARGENTO ZAK HENDRICKS
El sargento Zak Hendricks bajó a la chica al suelo y saltó tras ella, maldiciendo al aterrizar fuerte en un pie y se torció el tobillo. Tehani patinó hasta detenerse a medio camino entre la zona de muerte del complejo y la línea de árboles. Ella volvió la mirada hacia él con ojos grandes y asustados. Él le hizo señas con la mano para que se adelantara y salió cojeando tras ella, moviéndose malditamente lento.
Tendría suerte si no conseguía un tiro en su culo.
Caray, iba a recibir un buen sermón por poner la misión en riesgo de esta forma. Si no hubiera sentido la necesidad de jugar al caballero de brillante armadura antes de hacer su escape, ya se habría largado a estas alturas. El problema era que a él le gustaba la chica. Y, como las otras esposas de Siddiqui, ella era tan sólo una niña. A los dieciséis años, ella era una de las esposas más viejas, pero todavía demasiado joven para estar casada. Demasiado joven para convertirse en una mártir de una causa que, probablemente, ni siquiera entendía. Pero a diferencia de las otras esposas, ella era inteligente y tenía temple. Afganistán necesitaba más chicas como Tehani si tenía alguna posibilidad de pasar a la era moderna. Así que, temerario como era, había decidido que ella se iba con él. Eso significaba que tenía que elevar sus planes, pero todo eso estaba bien para él. Había terminado de jugar al adorador esbirro del mal genio de Siddiqui. Tenía la información que necesitaba. Era hora de cortar y correr.
Si pudiera correr. Su tobillo enviaba punzadas de dolor a través de la pantorrilla con cada paso y lo sintió hinchándose dentro de su bota. No estaba roto, pero definitivamente era un esguince.
Al menos nadie en el complejo había dado la alarma todavía.
Incluso cuando el pensamiento cruzó su mente, gritos sonaron a su espalda.
Bueno, maldición. Hasta ahí llego eso.
Tehani esperó por él justo dentro del límite de los árboles, temblando y con el rostro blanco. Eso tiró de sus fibras sensibles, pero no podía tomarse el tiempo para consolarla. Tampoco podía cargarla. La agarró del brazo y la arrastró detrás de él hasta que llegó al lugar en un camino frondoso dónde había escondido un vehículo anoche.
Ignorando el latido en su tobillo, arrastró a Tehani al interior, luego saltó al asiento del conductor. Tan pronto como se fueron dando tumbos por la ladera de la montaña a buen ritmo, agarró la caja de guantes y su teléfono satelital. Cuando marcó, lo único que consiguió fue un oído lleno de estática. Esperó hasta que despejaron los árboles y volvió a intentarlo.
—“Habla Zak. Necesito una extracción ahora”.
Más estática, pero le pareció oír una voz por debajo de ella.
—“Repito, habla el sargento Zak Hendricks. He terminado. Sáquenme de aquí”.
—“Sargento” —dijo la voz deformada—. “Necesi… coordenadas…”
Él recitó su posición, pero no creyó que hubiese pasado porque ahora ni siquiera escuchaba la estática. Golpeó el pedazo de teléfono de mierda contra el volante.
Tehani hizo un sonido de angustia y volvió la mirada. Ella se acurrucaba contra la puerta, mirándolo como si fuera una serpiente en la hierba.
—“¿Eres americano?”
—“Sí, lo soy”.
Sus hombros se relajaron un poco.
—“¿Vas a detener a mi marido?”
Ese era el plan, pero no iba a pasar si no lograba volver en una sola pieza.
—“Sí. Él es un hombre malo. No puede estar en el poder”.
—“Lo sé. Él debe ser detenido”.
Él le sonrió.
—“Chica valiente” —Pero la sonrisa se desvaneció cuando se fijó en lo que les esperaba por la montaña. El segundo al mando de Siddiqui ya había establecido hombres para un punto de control de carretera.
Maldita sea.
Zak detuvo el vehículo y tamborileó los dedos sobre el volante. No podía ir allí. No con Tehani en el auto. Siddiqui lo mataría y la usaría para matar a civiles.
El problema era, que Zak no podría irse a pie tampoco. Con la forma en que su tobillo latía al ritmo de su corazón, no llegaría lejos, y si no aparecía por ese puesto de control, los hombres comenzarían a peinar la montaña. A pesar de que el pueblo de Tehani estaba a sólo unos kilómetros de distancia, nunca lo lograrían.
A menos que…
Él pudiera comprarle a ella algo de tiempo.
Supuso que iba a hacer la rutina del caballero de brillante armadura de nuevo. Metió la mano bajo la túnica y sacó lo archivos y la memoria flash que había atado a su pecho.
—“¿Sabes dónde estás?”
Echó un vistazo a su entorno. Asintió. Señaló hacia el sureste.
—“Mi pueblo está por ese camino”.
—“¿Puedes llegar a casa?”
—“¿Por mí cuenta?” —Preguntó ella, con un temblor en su voz—. “Creo que sí, pero ¿Qué hay de ti?”
—“Yo voy a distraer a estos hombres, voy a asegurarme de que tienes tiempo para escapar” —Empujó los archivos en sus manos—. “Lleva esto contigo y dáselo al primer soldado estadounidense que veas. Es muy importante. ¿Puedes hacer eso?”
Asintiendo, se escondió bien la memoria USB en su vestido, luego metió los archivos por su vientre. Él se inclinó sobre el asiento para empujar la puerta y abrirla.
—“Vete. Cuídate”.
—“Zakir” —Ella vaciló—. “¿Esto es por la bomba nuclear?”
La sorpresa lo atravesó.
—“¿Cómo sabes de eso?”
—“No sé lo que es” —admitió—. “He escuchado a los hombres hablando y están entusiasmados con eso. Creo que va a hacerle daño a mucha gente”.
—“Será si Siddiqui logra poner sus manos en ella. Es por eso que es tan importante darles esos archivos a los soldados estadounidenses, ¿de acuerdo? Serán capaces de detenerlo”.
Ella se mordió el labio inferior.
—“No voy a verte de nuevo, ¿verdad?”
—“No” —Zak tragó el repentino bulto bloqueando su garganta—. “No lo harás”.
—“¿Vas a morir?”
—“Probablemente”.
Sus hombros se enderezaron.
—“No voy a defraudarte”.
—“Lo sé. Vete ahora” —Zak la vio salir gateando del vehículo y zambullirse detrás de una roca al lado del camino. Cerró la puerta, tomó aire, lo dejó salir lentamente, y cambió la marcha. Le había dicho a Tehani la verdad; había una muy buena probabilidad de que no sobreviviera los próximos minutos.
E incluso si lo hacía, iba a desear como el infierno no haberlo hecho.
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