El Colegio de los Raros. (Un fanfic de CdN)

Summary

¿Qué pasaría si los personajes de las canciones de El Cuarteto de Nos fuesen alumnos en un instituto, junto a sus padres? ¿Y si cada una de las canciones predijera el futuro de estos personajes? ¡Quédate en El Colegio de los Raros y descúbrelo por ti mismo!

Genre
Other/Humor
Author
Dylan
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Nuevamente, nueva escuela.


"Voy por la ruta en mi camioneta blanca..." —cantaba en voz baja un hombre cansado, Mario Neta, padre de dos hijos: Martín y Antonio Neta, gemelos de 16 años con personalidades completamente opuestas. Como de costumbre, los chicos iban peleando en la parte trasera de la camioneta, un vehículo viejo cuyo "blanco" había adquirido un tono amarillento con los años. Su destino era el Colegio de Nos o simplemente Cdn, para abreviar, el nuevo instituto al que asistirían sus hijos.


—¡Cállate! ¡Siempre quieres llamar la atención! Caminas como si tu cara gritara: "¡Mírenme, aquí estoy! ¡Soy el mejor!" Pero ni siquiera tus mascotas te hacen caso —exclamó Antonio, harto de su hermano Martín y de su constante necesidad de ser el centro de todo, sin importarle los sentimientos de los demás.


—¡Cállate tú! —replicó Martín con tono desafiante—. ¡No sabes nada! ¡Eres un tonto rarito que solo quiere esconderse! ¡No sabes figurar!


La discusión subía de tono hasta que su padre los interrumpió con voz autoritaria:


—¡Cállense los dos! —exclamó, deteniendo la camioneta frente al colegio—. ¡Bájense ahora mismo!


Presionó el botón para desbloquear las puertas. Los gemelos se lanzaron una última mirada llena de desdén antes de salir del vehículo.


Martín avanzó con paso rápido y la frente en alto, recorriendo el lugar con la mirada. Quería asegurarse de que todos lo notaran; había llegado para triunfar.


Antonio, en cambio, caminaba con lentitud, con la vista fija en el suelo, esperando pasar desapercibido. Antes de entrar, miró una última vez a su padre y le dedicó una leve sonrisa antes de soltar un suspiro.


Mientras tanto, en otro salón, donde los estudiantes rondaban entre los 14 y 15 años, un nuevo alumno entraba a clase.


Era la primera clase de filosofía. La maestra, Shirley N., dio la bienvenida de vuelta a sus alumnos y se dispuso a comenzar la lección.


De pronto, se escucharon unos golpes en la puerta del salón. Al abrirla, apareció un chico pelirrojo con el uniforme mal colocado, el rostro cubierto de pecas, ojos verde oscuro y una mueca que mezclaba disgusto con desinterés.


—Oh… bue… buen día… —La maestra se detuvo, esperando a que el chico se presentara.


—Benito —contestó él sin mucho interés, encogiéndose de hombros.


La maestra le dirigió una cálida sonrisa.


—Buen día, Benito.


Luego, echó un vistazo al aula en busca de un asiento libre para el nuevo alumno.


—Eh… siéntate… Ah, junto a Vladimir.


Señaló a un chico de aspecto cansado, con el cabello largo y enredado, ojos marrones y grandes ojeras. Estaba concentrado en su celular, que sostenía con una mano, mientras que con la otra jugueteaba nerviosamente con el cuello de su camisa, como si le resultara incómodo.


Benito arqueó una ceja al notar el aspecto descuidado del chico y soltó un leve bufido, aburrido. Caminó con paso pesado hasta su asiento, dejó caer su mochila junto a la silla y se dejó caer en el asiento con un suspiro. Miró de reojo a Vladimir, luego abrió un cuaderno y comenzó a escribir.


Mientras tanto, Martín y Antonio se adaptaban a su nuevo salón. Para Martín, acercarse a los demás no fue un problema. Rápidamente entabló conversación con un chico llamado Christian, o Chris, como todos lo conocían.


Chris era muy parecido a Martín en varios aspectos, pero tenía algo especial: llamaba la atención sin esfuerzo. Su forma de vestir, actuar y expresarse parecían completamente naturales, nada forzado. En cambio, Martín hacía todo lo posible por destacar, pero, por más que se esforzara, no lo lograba. La gente lo rechazaba por su actitud, y eso lo frustraba. En el fondo, envidiaba a Chris, aunque nunca lo admitiría. Sin embargo, su habilidad para fingir lo ayudó a ganarse la confianza de Chris rápidamente, hasta el punto de volverse buenos amigos.


Por otro lado, Antonio buscó un asiento libre, pero el único disponible estaba junto a un chico con cara de fastidio. Soltó un pequeño suspiro de resignación y caminó hasta el asiento, sentándose con la vista baja.


Miguel, el chico a su lado, lo miró de reojo mientras murmuraba quejas sobre la clase en voz baja, lo que desanimó aún más a Antonio.


—¿Mhm? —Miguel notó su expresión preocupada y, tras una breve pausa, aclaró—: Ah, perdón si te ofendí. No me estaba quejando por sentarme contigo, eso realmente no me importa.


Quería asegurarse de que Antonio no lo tomara a mal; sus quejas eran sobre cosas más generales o triviales. Después de esa aclaración, comenzó a hablar con más confianza, esta vez quejándose en voz alta sobre la escuela. Antonio lo escuchaba en silencio, sin saber muy bien cómo reaccionar. Y así, de manera inesperada, comenzó una amistad entre alguien que quería mantenerse anónimo y alguien que no podía dejar de gritar.


Mientras tanto, Mario Neta conducía de regreso a casa cuando, a lo lejos, vio a Ernesto Hernández, un buen amigo suyo. Sin pensarlo demasiado, decidió ir a saludarlo.


Hernández se encontraba sentado fuera de un taller mecánico, tomando de una botella de bebida mientras esperaba que arreglaran su auto, al ver a Mario, se levantó sin dudar, acercándose a su amigo.


—¿Mario? ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo has estado, compadre? —lo saludó cálidamente con un abrazo corto y una palmada en la espalda.


—Bien, bien, ya sabes… ahí vamos. ¿Y tú? ¿Qué tal tus hijos? —preguntó con curiosidad.


—Bien, bien… Miguel está en su etapa rebelde y Benito… bueno, es Benito —respondió Ernesto, restándole importancia, tomando un sorbo de cerveza—. Ah, por cierto… lo de tu exesposa… ¿conseguiste la custodia de los niños?


Se dio cuenta de lo delicado del tema y enseguida se retractó:


—Oh, sí… perdón, no debí preguntar.


—No, no, tranquilo, no te preocupes. Sí, conseguí la custodia compartida. Ella los tendrá los fines de semana. Hoy es su primer día en la nueva escuela, la que queda más cerca de mi apartamento… y… ah, no lo sé, cosas de un divorcio —respondió Mario con una risa apagada.


Ernesto asintió y, tras una breve pausa, preguntó:


—¿Y los niños? ¿Cómo se lo han tomado?


Le ofreció su cerveza, pero Mario la rechazó. Luego sacó un cigarro y se lo ofreció también, pero Mario negó con la cabeza. No bebía ni fumaba desde su divorcio, ocurrido seis meses atrás.


—Oh, pues ya sabes… Martín siempre fue el favorito de su madre, lo cual es gracioso, porque son gemelos idénticos —comentó con una sonrisa amarga—. Pero eso hizo que él se volviera… arrogante. Y Antonio, bueno… terminó siendo su sombra, porque Mabel nunca le dio la atención suficiente. Para ella, siempre fue poca cosa en comparación con su hermano.


Suspiró, mirando primero al cielo y luego al suelo.


—Entiendo… pero gracias a ti, Antonio podrá recuperar su confianza, ¿no? Al fin y al cabo, tú los amas por igual —dijo Ernesto, comprensivo.


—Lo sé, lo sé… pero un divorcio no es fácil, menos para unos niños. Hay que darles tiempo. Como dicen: "A lo hecho, pecho" —respondió Mario, encogiéndose de hombros.


Ernesto soltó una risa.


—Siempre tú y tus dichos, Bueno, puede que tengas razón.


Le dio una última calada a su cigarro, luego lo tiró al suelo y lo apagó con el pie antes de volver a sentarse. Mario se despidió con un gesto, subió a su camioneta y, antes de arrancar, sacó su celular. Miró una foto de sus hijos cuando eran niños, suspiró y la guardó. Luego, encendió el motor y condujo de regreso a casa.