Crónicas del Harem Prohibido: Dimensiones del Deseo

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Summary

Esta obra es una compilación de historias de genero H, que abarcan desde Vanilla hasta el Ntr, protagonizado por Yuki, un chico que vive en diferentes mundos y universos logrando conquistar a las chicas que se encuentra.

Status
Ongoing
Chapters
6
Rating
n/a
Age Rating
18+

Caballera y Maestro: Un Amor Prohibido

Relato Hentai: Vanilla.

Yukki, un joven que se había visto envuelto accidentalmente en la guerra del Santo Grial, había invocado a Mordred Pendragon, el caballero de la traición y el hijo no reconocido de Artoria.

Desde el principio, la relación entre ambos fue difícil. Mordred, orgullosa y rebelde, no seguía órdenes con facilidad, y Yukki, inexperto en la guerra, carecía del carácter de un guerrero. Sin embargo, con cada batalla, el lazo entre ellos se fue estrechando. Yukki maduró con el conflicto, y Mordred comenzó a verlo con otros ojos. Aunque su orgullo la obligaba a ocultarlo, en su interior se sentía cada vez más atraída por su maestro.

Durante los momentos de calma, paseaban juntos. Mordred, a pesar de su dureza, le confió su pasado, el peso de ser llamada traidora. Pero para Yukki, todo eso era historia. Para él, lo único importante era el presente y la lucha que tenían por delante. Sin embargo, había algo más que lo inquietaba: la forma atlética de Mordred, la manera en la que vestía, la fuerza de su presencia. Y aunque intentaba ocultarlo, Mordred notaba su nerviosismo y lo disfrutaba en silencio. En su interior, anhelaba ser vista de esa manera, pero su orgullo no le permitía mostrarse vulnerable.

Todo cambió tras un feroz enfrentamiento contra un Berserker, la temible creación del científico Victor Frankenstein. La batalla dejó a Mordred gravemente herida, y Yukki, en un acto desesperado, usó su magia para protegerla, resultando también herido. En su desesperación, el poder oculto de Mordred despertó, y con un golpe certero, acabó con la bestia.

Ahora, en la intimidad de una cabaña, la tenue luz iluminaba el lugar con un brillo cálido y envolvente. Mordred sostenía con firmeza la mano de Yukki, sus ojos rojos por las lágrimas derramadas. El joven yacía dormido, su torso vendado, su respiración pausada pero constante.

—Por favor, Yukki, resiste... No quiero perderte... —susurró ella con la voz quebrada. Sus lágrimas caían sobre la mano de su maestro mientras su corazón latía con un miedo que nunca antes había sentido.

Mordred, la orgullosa caballera de la traición, había dejado caer su armadura. Ya no era la guerrera implacable de antaño, sino una mujer que temía perder a la única persona que le había mostrado amor.

—Yukki, no me dejes sola... —rogó entre sollozos, apoyando su cabeza en la cama, su cuerpo temblando por la angustia.

Entonces, como si el destino respondiera a su llamado, Yukki abrió los ojos lentamente. Al notar su mirada, Mordred sintió cómo un torrente de emociones la desbordaba. Sin poder contenerse más, se inclinó sobre él y lo abrazó con fuerza, como si con ese gesto pudiera asegurarse de que no lo perdería.

—Espera, Mordred... me lastimas —susurró él con una mueca de dolor.

Ella se separó de inmediato, apenada.

—Lo siento... No era mi intención. Es solo que... me alegra tanto que estés bien... —dijo, llevándose la mano al pecho.

Yukki la observó con ternura, percatándose de las lágrimas que aún brillaban en sus ojos.

—¿Estuviste llorando, Mordred?

Ella apartó la mirada, luchando con su orgullo. Pero finalmente, con una voz temblorosa, confesó:

—Sí... sí estuve llorando, Yukki. Pensé que te perdería, que estaría sola otra vez...

Yukki la miró con incredulidad. Nunca antes la había visto tan vulnerable. Siempre discutían, siempre le regañaba, pero en ese instante, todo era distinto.

—Pensé que me detestabas... por ser débil, por no estar preparado para esto... —murmuró él.

Mordred negó con la cabeza.

—Lo sé... pero yo... comencé a sentir algo más. Tú viste más allá de mi armadura, más allá de mi furia. Siempre estuviste ahí, aunque yo intentara alejarte.

Su casco apareció por un momento en sus manos, como un reflejo de su alma. En sus ojos se veía su lucha interna, el dolor de su pasado. Pero ahora, miraba a Yukki y se daba cuenta de que ya no estaba sola.

—Nunca olvidaré el día en que nuestros caminos se cruzaron. Me hiciste sentir viva... Me hiciste sentir que todo esto valía la pena, Yukki... —susurró con una sonrisa genuina. Ya no había ira en su mirada, solo amor.

—Mordred... ¿acaso tú...? —murmuró Yukki, sintiendo su corazón acelerarse.

Ella no respondió con palabras. En cambio, acercó su rostro al suyo, dejando que sus sentimientos hablaran por ella. Por primera vez, la caballera no temía mostrar su verdadero ser.

Yukki sonrió con ternura al ver a Mordred soltar una pequeña risa mientras dejaba su casco sobre la mesa. Sus ojos reflejaban una calidez poco habitual en ella.

—Así es, tonto. Te amo. Te amo como no tienes idea —susurró, posando su mano en el rostro de su maestro.

El joven llevó su propia mano al rostro de Mordred, acariciando su mejilla con dulzura mientras enredaba los dedos en su cabello dorado. Sus frentes se juntaron, el calor de sus respiraciones se mezclaba en el aire, y poco a poco, sus labios se encontraron en un beso profundo y sincero.

Sus caricias se volvieron más intensas, más apasionadas. Mordred deslizó las manos sobre los hombros desnudos de Yukki, mientras él deslizaba con suavidad su chaqueta por sus brazos. Un leve suspiro escapó de los labios de la joven cuando sintió los besos de su amado recorrer su cuello, enviando escalofríos por su espalda.

—Yuki… no pares, por favor… —murmuró con voz temblorosa.

El deseo latía en sus cuerpos con fuerza, pero no había prisa. Cada movimiento era lento, cada caricia era sentida. Yukki la miró con intensidad mientras retiraba sus últimas prendas, apreciando cada detalle de su figura bajo la tenue luz que iluminaba la habitación.

—Estoy listo, Mordred. Listo para ser uno contigo, en cuerpo y alma —susurró con emoción.

La joven le dedicó una sonrisa sincera antes de unir sus labios con los suyos una vez más. El momento fue íntimo, marcado por suspiros y miradas cómplices. Sus cuerpos se entrelazaron en un ritmo suave y armonioso, explorándose con amor y devoción.

Las sombras danzaban en las paredes, testigos de su entrega. Mordred deslizó sus manos por la espalda de Yukki, aferrándose a él con fervor mientras sentía cada movimiento, cada latido acompasado con el suyo. Sus jadeos se mezclaban en el aire, y con cada instante, la intensidad crecía, hasta que finalmente alcanzaron juntos el punto más alto de su unión.

Ambos quedaron abrazados, sus cuerpos aún temblorosos por el éxtasis compartido. La paz los envolvió, y poco a poco, el sueño los reclamó, entrelazados el uno con el otro, como si el mundo entero dejara de importar.

A la mañana siguiente, Yukki despertó al notar la ausencia del calor de Mordred a su lado. La encontró sentada al borde de la cama, con la mirada perdida en su casco de batalla.

—¿Sigues pensando en la guerra? —preguntó él con voz serena.

—Sí… temo que nos separen —confesó en un susurro.

Yukki se acercó y la envolvió en un abrazo por detrás, apoyando su mentón en su hombro en un gesto de amor y protección.

—No pienses en eso. Solo piensa en el presente. Juntos saldremos adelante… cariño.

Mordred cerró los ojos y sonrió con ternura antes de girarse para depositar un beso en sus labios. En ese instante, el futuro dejó de importar. Lo único real era el amor que los unía, un amor que ahora los hacía inseparables.