Bajo Los Cuidados de la Sacerdotisa Kitsune
El sonido de la lluvia golpeaba suavemente el techo del Gran Santuario Narukami. Afuera, la bruma de la montaña cubría los árboles con un velo plateado, mientras el aroma de las flores de cerezo flotaba en el aire. En el interior de una de las habitaciones más privadas del santuario, Ei se removía en su futón, intentando ignorar la incomodidad que la invadía.
Había pasado siglos en meditación dentro del Plano de la Eutimia, separada del mundo físico, sin preocuparse por necesidades terrenales. Pero al regresar, su cuerpo ya no respondía como antes. Sus piernas temblaban con cada paso, su equilibrio era inestable y, para su mayor vergüenza, había perdido completamente el control sobre ciertas funciones básicas. Lo había notado la primera noche en que despertó en la realidad, cuando se encontró con las sábanas empapadas y su orgullo hecho trizas.
—No tiene sentido mortificarse por ello —murmuró para sí misma, cerrando los ojos con fuerza. Sin embargo, la vergüenza seguía ahí, aferrándose a su pecho como una garra invisible.
La puerta corrediza se deslizó con suavidad, y el sonido de pasos ligeros llenó la habitación. Ei no necesitaba abrir los ojos para saber quién era.
—Buenos días, mi querida Shogun —entonó Yae Miko con su característico tono burlón. Ei pudo sentir su sonrisa incluso sin mirarla—. ¿Cómo amaneció nuestra pequeña hoy?
Ei se cubrió el rostro con una mano, suspirando con frustración. —No me llames así.
—Pero si te queda tan bien —respondió Yae, acercándose a su lado y sentándose sobre sus rodillas—. Además, considerando la situación, diría que es más que apropiado.
Ei apretó los labios. No necesitaba que Yae le recordara lo obvio. La kitsune había sido la primera en enterarse de su problema y, en lugar de reírse cruelmente, había tomado la situación con una extraña mezcla de diversión y ternura. No tardó en asumir la responsabilidad de cuidarla, sin darle espacio para protestar.
—He traído lo que necesitas —anunció Yae con un deje de satisfacción en su voz.
Ei finalmente abrió los ojos, solo para ver lo que su amiga sostenía en sus manos: un pañal cuidadosamente doblado. Su rostro se encendió en un segundo.
—No… no es necesario. Puedo manejar esto por mi cuenta.
—Oh, ¿de verdad? —preguntó Yae, ladeando la cabeza con fingida inocencia—. ¿Como la última vez? Cuando insististe en dormir sin él y terminaste llamándome en mitad de la noche, casi al borde del llanto.
Ei sintió que el suelo se abría bajo sus pies. No quería admitirlo, pero la verdad era que su orgullo solo la estaba haciendo sufrir más. Se mordió el labio, evitando la mirada de Yae, quien la observaba con paciencia.
—No tienes que pelear contra esto sola, Ei —susurró Yae con un tono más suave—. Déjame cuidar de ti.
Las palabras tocaron algo profundo en Ei. Toda su vida había cargado con el peso de la eternidad, sin permitir que nadie viera sus debilidades. Pero ahora, aquí, en la calidez del santuario y bajo la atenta mirada de su amiga… quizás, solo quizás, podía permitirse bajar la guardia.
Con un suspiro resignado, Ei asintió lentamente.
La sonrisa de Yae se suavizó. —Así me gusta. Ahora, recuéstate y déjame hacerme cargo.
Mientras Ei obedecía con timidez, sintió cómo una extraña sensación de alivio reemplazaba su vergüenza. Por primera vez en siglos, no tenía que ser la todopoderosa Shogun. Solo tenía que dejarse cuidar.
Los días pasaron, y lo que al principio era una rutina vergonzosa, poco a poco se convirtió en algo natural. Ei comenzó a aceptar la ayuda de Yae sin protestar tanto, e incluso empezó a encontrar cierto consuelo en la suavidad de los cuidados de la sacerdotisa kitsune.
—Eres sorprendentemente dócil cuando te relajas —comentó Yae una tarde mientras acomodaba a Ei en su regazo para peinar su largo cabello.
Ei frunció el ceño. —No lo digas así.
—¿Así cómo? —preguntó Yae con una sonrisa juguetona—. Después de todo, mi pequeña Shogun ya no se resiste cuando la cuido. Incluso diría que le gusta.
El rubor en el rostro de Ei fue suficiente para que Yae soltara una risita divertida.
Al principio, Ei intentó convencerse de que solo estaba permitiendo todo esto por necesidad. Pero cada vez que Yae la abrazaba con ternura o la elogiaba por “portarse bien”, sentía algo cálido crecer en su pecho. No era solo aceptación… era algo más profundo. Algo que nunca había experimentado antes.
Yae, por su parte, no dejó de notar estos cambios. Ei ya no apartaba la mirada avergonzada cuando la cuidaba. Al contrario, buscaba activamente su atención. A veces, incluso se acurrucaba contra ella sin darse cuenta.
Con el tiempo, Ei dejó de luchar por completo. Con el cariño y los mimos de Yae, se fue sumergiendo cada vez más en su nuevo rol, hasta el punto en que un día, con timidez y las mejillas ardiendo, la llamó “mami”.
Desde ese momento, Yae no dejó de reforzar ese vínculo. La rodeó de juguetes, la vistió con ropa más infantil y la trató con aún más dulzura. Ei, lejos de resistirse, se entregó por completo a su nueva vida.
Una tarde, Ei jugaba en el tatami con algunos de sus nuevos juguetes cuando, de repente, sintió un calor familiar extenderse bajo ella. Su respiración se entrecortó y, con un pequeño puchero, miró en dirección a Yae.
—M-mami…
Yae, quien la observaba con cariño, se acercó de inmediato y la tomó en brazos.
—¿Qué pasa, mi bebita? —preguntó con dulzura.
Ei se escondió contra su pecho, abrazándola con fuerza.
—Tuve un accidente… —susurró con voz temblorosa.
La sacerdotisa sonrió y besó su frente. —No pasa nada, mi amor. Para eso está tu mami aquí.
Con suavidad, la llevó a la habitación y la cambió con la misma ternura de siempre. Ei, relajada en su regazo, dejó escapar un suspiro de satisfacción mientras Yae le ponía un nuevo pañal y acariciaba su cabello.
—Eres la bebé más adorable del mundo —susurró Yae, abrazándola con amor.
Y en ese momento, Ei supo que no quería estar en ningún otro lugar. Con una sonrisa adormilada, se acurrucó más contra su mami, sintiendo cómo la calidez de su amor la envolvía por completo.
