Decir Adiós

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Summary

Mauro, un famoso empresario español ha llegado a México con el único propósito de sanar una herida que ha ido cargando toda su vida. Sin embargo, sus planes se ven afectados en cuanto conoce a Nadia, una chica un tanto desequilibrada decidió abandonar todo lo que tenía para poder emprender un viaje extraordinario recorriendo los rincones más hermosos y exóticos de su país. Juntos, descubrirán la belleza escondida en México y comprenderán que hay mucho más que los une que una simple causalidad. Nota del autor: La historia está ambientada en el año 2018, algunos de los lugares descritos, o han sufrido modificaciones, o simplemente ya no existen.

Status
Complete
Chapters
19
Rating
n/a
Age Rating
16+

Prólogo

Ya había pasado más de dos horas recorriendo todo el centro de la Ciudad de México buscando el anillo perfecto para Nadia; sin embargo, ninguno había sido el indicado. No quería algo tan extravagante u ostentoso, pero tampoco quería algo tan simple u ordinario. Quería un anillo que en cuanto lo tuviera en sus manos, pudiera decir: ¡Este es el indicado!

Desilusionado, Javier dio la media vuelta, y antes de tomar rumbo de regreso a su auto, se percató de un pequeño almacén de artículos antiguos que estaba cruzando la calle. Miró con detalle el local por unos instantes, era pequeño y modesto, con estanterías de madera asomándose por los ventanales, y se encontraba en medio de dos grandes edificios que lo hacían verse aún más pequeño. Al principio decidió no darle tanta importancia y seguir con su camino, pero la curiosidad de saber qué tipo de cosas podrían vender en un lugar como ese, lo convenció de cruzar la calle, abrir la puerta y entrar.

El lugar se encontraba vacío, olía a madera, a polvo y a antigüedad; tenía un toque rústico y sencillo, algo que le agradó al instante, y la persona detrás del aparador era un hombre de edad ya madura, con lentes y una actitud muy amable y servicial.

—Lo que le agrade, joven, le puedo dar buen precio.

Él le sonrió cortésmente y se dedicó a observar todo el lugar. Había varias repisas de madera con objetos muy peculiares, como relojes suizos antiguos, figuras de cristal y radios viejos. Se dirigió hacia el aparador de cristal y observó que también había muchos artículos curiosos de menor tamaño, desde figuras de madera talladas a mano, pendientes de cristal, tocados finamente tejidos a mano, entre muchas otras cosas. A simple vista no había nada que le pudiera interesar; hasta que lo vio allí, acomodado en una pequeña caja de terciopelo azul rey. ¡Era perfecto!, todo lo que había estado buscando en un anillo por tanto tiempo; era sencillo pero hermoso a la vez, como ella; una sortija de plata con una única incrustación de diamante azulado. En cuanto lo colocó entre sus manos, supo que ese era el indicado.

—Es una joya realmente divina, nunca había encontrado un anillo tan hermoso como ese, y para un joven enamorado como usted, no me pesará dejárselo a un muy buen precio —el anciano habló con una sonrisa dulce y sincera, tomó el anillo y después de limpiarlo con un paño para que reluciera perfecto, se lo entregó dentro de la caja de terciopelo.

Después de pagar y meter la delicada caja en su bolsillo, salió de la tienda con un semblante lleno de alegría y tranquilidad.


De camino a su coche, se sintió el hombre más dichoso del mundo; le sonreía a toda persona que pasara a su lado, el gentío del centro caminando en todas direcciones y chocando con él le era indiferente, incluso había olvidado cuan exhausto y pesado había sido ese día; es más, si en ese preciso momento le hubiera caído un torrencial, no le hubiese importado en lo absoluto, pues solo pensaba en la dicha y felicidad que le esperaba.

Llegó al lugar donde estacionado su auto y una vez puesto en marcha, conectó su música y condujo directamente a casa. Mientras conducía, no podía dejar de pensar en todos esos recuerdos y momentos que lo llevaron y lo motivaron a llegar hasta allí. Desde cómo una tonta coincidencia hizo que se conocieran en esa linda y afrancesada cafetería, como un desafortunado accidente hizo que se volvieran a encontrar días después y cómo al final, el destino les hizo saber que estaban hechos el uno para el otro.

Estaba tan absorto en sus pensamientos que había olvidado por completo que se encontraba en medio del tráfico de las seis de la tarde; solo podía pensar que todo había resultado perfecto entre ellos, desde las mil y una discusiones que tuvieron, hasta las mil y una soluciones que encontraron; desde los tiernos y apasionados besos en la cama, hasta los tristes y desgarradores besos bajo lágrimas.

Y después de cuatro años de relación, él siendo un hombre de 28 años y un exitoso gerente en una agencia de autos, se encontraba manejando hacia su casa, con un anillo de compromiso en su bolsillo para su novia de 25 años, que además de ser la mujer más rara y maravillosa que hubiera conocido jamás, era la asistente principal de uno de los mejores chefs de la ciudad.

Al llegar a casa, estacionó el auto en su lugar habitual, y al ver las luces encendidas y el Sentra color azul de Nadia en su lugar, se extrañó que ella ya estuviera en casa, pues sabía que ese día iba a trabajar hasta muy tarde. Entró en silencio y la encontró en la cocina frente a unos papeles que estaban regados por toda la mesa del comedor, cuando ella notó su presencia, esbozó su tierna sonrisa y recogió los papeles apresuradamente para acomodarlos en un folder de papel.

—¡Llegaste! —exclamó agitada mientras lo abrazaba y le daba un pequeño beso en los labios.

—¿Qué haces tan temprano en casa?

—Me sentía un poco cansada y me dijo el chef que me fuera a descansar. —Su tono de voz era diferente, despacio y calculado, como si sus palabras fueran ensayadas, además, era raro que su jefe la dejara salir del trabajo un viernes por la noche y solo por cansancio.

—¿Qué hacías?

—Solo... revisaba unas cosas, ¿qué tal el trabajo? —ella trataba de tener una actitud animada para él y le sonreía como siempre.

Javier sospechaba que algo tenía, pero no la quiso presionar, nunca había sido el típico novio celoso que la interrogaba cuando algo parecía ir mal y decidió esperar a que ella se lo contara cuando se sintiera cómoda. Fue cuando se le ocurrió que era el momento perfecto para entregarle el anillo, eso la animaría y esos ojos de tristeza que tenía, seguramente desaparecerían.

—Me fue muy bien, yo también pedí permiso para salir temprano —dijo mientras la conducía hacia el sillón de la sala.

—¿En serio? Pero si ya es tarde.

—Es que tenía que pasar por algo antes de venir a casa.

Una vez estando los dos sentados, él se tomó su tiempo para buscar las palabras correctas. Ella parecía no entender mucho y no quiso suponer nada, solo esperó a que Javier dijera algo mientras lo veía paciente y sin mostrar alguna emoción.

—Nadia, siempre has sabido que no soy muy bueno con las palabras y tampoco soy una persona muy romántica o detallista, pero siempre trato de dar lo mejor de mí.

Ella sonrió tiernamente y posó una mano en su rostro.

—Sabes que eso nunca me ha importado.

—Lo sé.

Entonces, él se arrodilló frente a ella y tomó sus manos.

—Pero, desde el momento en el que nos conocimos en aquella cafetería hace cuatro años, yo supe que eras el amor de vida y con cada día que ha pasado, solo has llegado a confirmármelo —ahora el rostro de ella se mostraba sorprendido y su respiración empezó a agitarse, él sacó de su bolsillo la pequeña caja de terciopelo azul, la abrió mostrando el hermoso anillo con la pequeña piedra azulada brillando y posándolo frente a ella, continuó—, por eso te pregunto: ¿Quieres casarte conmigo?

Ella posó sus enormes ojos primero en los de él y después en el anillo, y de pronto, grandes lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, una reacción que no se esperaba en lo absoluto. Javier no logró entender qué estaba pasando y por qué, no parecían lágrimas de felicidad, sino más bien de angustia y desesperación.

—Nadia, ¿qué tienes?

Ella no lograba formular ni una palabra, se cubrió su boca con las manos y dejó que las lágrimas empaparan su rostro. Él se sentó a su lado y la abrazó con fuerza tratando de entender lo que estaba pasando, luego la miró a los ojos y trató de sonreír.

—¡Tranquila, mi amor! —dijo mientras le secaba las lágrimas —. Sé que es una decisión muy difícil e importante, pero creo que ambos estamos listos para este gran paso, y no creo que pueda existir otra mujer en este mundo que se merezca este anillo más que tú.

Sacó el anillo de la caja y lo puso en el dedo anular de la mano izquierda de Nadia, ella lo miró confundida y asustada, después posó sus ojos en los de él aún sin poder hablar. Él volvió a besarla, pero esta vez desesperadamente, pues trataba de entender qué era lo que la tenía tan mortificada, él solo quería verla sonreír y que pudiera disfrutar del momento tanto como él imaginaba.

La siguió besando, pero más delicadamente; y aunque ella respondía a sus besos y caricias, las lágrimas no dejaban de brotar de sus ojos. Un beso tras otro, una caricia tras otra, y el calor del momento se fue acumulando entre ellos.

La colocó entre sus brazos y sosteniéndola en el aire, la llevó a su habitación; la desnudó con delicadeza besando con dulzura cada centímetro de su cuerpo y se desnudó a sí mismo, la colocó en la cama y le hizo el amor con ternura y pasión. Y aunque ella respondía a sus movimientos, él la sentía diferente, no era juguetona ni traviesa como siempre solía hacerlo, ahora solo se dejaba llevar por los movimientos de él sin tener alguna iniciativa, algo andaba muy mal y él ya no sabía qué hacer.

Cuando ambos terminaron, él se tendió a su lado y la abrazó acercando el rostro de ella a su pecho.

—No sé qué te preocupa o qué es lo que te está atormentando, pero quiero decirte que lo solucionaremos juntos, te amo y sin importar lo que sea, siempre estaré a tu lado.

La besó con ternura y esperó a que ella dijera algo, pero no recibió respuesta; suspiró y trató de relajarse hundiendo su rostro en el pelo de ella para que su aroma lo hipnotizara. Después, el cansancio empezó apoderarse de él y poco a poco dejó que el sueño terminara por vencerlo, pero antes de quedar profundamente dormido, escuchó un pequeño susurro.

—Te amo.

Él sonrió al escuchar su hermosa voz y un hilo de tranquilidad lo inundó.

—Yo también te amo.


Al abrir los ojos al día siguiente esperaba encontrar a su prometida durmiendo tranquilamente entre sus brazos, esperaba poder despertarla con un beso en la frente y empezar a vivir esa nueva etapa de vida que les esperaba. Pero en vez de eso, encontró una cama vacía, sin su prometida, y el anillo junto a una nota encima de las sábanas.

Frenético, se levantó y empezó a llamarla por toda la casa, sin escuchar otro ruido más que el sonido de sus pisadas golpeando el suelo mientras la buscaba en cada rincón. Al no escuchar ninguna respuesta, corrió a su habitación espantado, y al abrir el clóset, descubrió que toda su ropa y sus zapatos habían desaparecido; bajó corriendo a la sala y notó que se veía algo extraña, los cuadros donde solían estar todas las fotos que se habían tomado juntos durante los cuatro años de relación se encontraban en blanco; buscó algo de ella por toda la casa, pero parecía como si nunca hubiera estado allí, como si ella no hubiera vivido más que en sus recuerdos.

Cubrió su cara con las manos en un intento desesperado por no echarse a llorar y a gritar, no entendía nada de lo que estaba pasando, solo sabía que ella se había ido y no sabía la razón. Corrió de nuevo al cuarto, tomó su celular e intentó marcarle, pero no daba tono, estaba apagado; fue entonces cuando volvió a mirar el anillo y la nota que estaban encima de la cama. Dudoso, tomó la joya entre sus dedos y la contempló mientras que las lágrimas empezaban a brotar de sus ojos.

—¿Por qué... por qué te fuiste si éramos tan felices? —dijo entre sollozos mientras observaba el pequeño y frágil anillo.

Miró fijamente la nota que había sobre la cama, allí estaría la razón por la que ella se había ido, pero no se atrevía a leerla, no quería comprobar que en verdad se había ido para siempre.

Después de varios minutos de indecisión, tomó la nota y la leyó tratando de tranquilizarse; pero su contenido no le dio ningún consuelo, solo un mar de confusión y desesperación. Dejó la nota a un lado, se recostó en su cama y echó a llorar todo el día, esperando que esa pesadilla por fin acabara.