Desertor
—Me duele todo—dijo Ludio mientras contemplaba unas luces danzantes en el horizonte. Bajó la vista a sus pies, donde fluía un riachuelo cristalino. Se quitó la mochila, desenroscó un tapón que tenía cosido en la parte y la depositó en el caudal.
A medida que el agua fluía dentro de la mochila impermeabilizada, analizaba su reflejo a la luz de la tarde. Estaba más delgado de lo que podía recordar. La malnutrición y los numerosos días de caminata le estaban calando en profundidad. Llevaba así tres meses, vagando a la deriva hacia la periferia del país.
¿Cuál es el castigo que recibiría? ¿Sería tan malo? Soy valioso, aunque no comulgue con los ideales de la coalición, no creo que me ejecuten. Mientras tanto, ya estaba llenando una cantimplora. Puede que me manden a la frontera en un puesto peligroso mal pagado, o que llamen a algún enderezador... A las malas, pasaría mi vida siendo una herramienta de conciencia reducida. Sacó una petaca y vertió su contenido en la cantimplora. Es un desperdicio darle este uso al alcohol, pero prefiero no tener diarrea hoy.
Al incorporarse notó el tintineo de dos piezas metálicas en su cadera: dos vainas abrochadas a su cinto. Una de ellas era sencilla y sosa: una espada corta, estándar de la Coalición Central, entregada a todo miliciano. La otra vaina era cilíndrica, finamente ornamentada, poseía un orificio con broche de rosca en el lugar de la guarda, y una especie de engranaje metálico en el pomo. Tras mirar esto Ludio descubrió su manga izquierda y entrecerró los ojos. Tres palmos de longitud, estoy en las últimas, no creo que me queden más de dos usos y siendo generoso. Pensaba esto mientras divisaba un par de líneas rectas de un azul pálido, las cuales, se originaban en la punta de los dos dedos centrales y a duras penas sobrepasaban su muñeca fluyendo por el dorso de la castigada mano. En su muñeca por la otra parte, había una marca oscura con un emblema.
Bueno, tampoco es que esta vida esté tan mal. Kur me hacía trabajar más duro. Se acomodó en un lecho improvisado sobre la negra tierra de la ribera. Por un instante, sentía la abstracción del dolor físico y del entorno. Quien me diría que mi suerte estaría a cargo de ese cretino. Es una persona severa, demasiado según todos los que conozco, y muchos usarían una larga lista de calumnias en vez de decir “severo”. En el internado, a muchos no les agradaba, menos, cuando estaba de un humor terrible, y te escogía como muñeco de trapo en la exhibición de combate. ¡Válgame Dios, me daba más miedo las espadas de prácticas en sus manos, que las hojas de verdad! Espero que aún se acuerde de mí. Y más importante, que al igual que en aquel entonces le genere cierto grado de simpatía sin motivo aparente.
Siempre hablaba de retornar a su villa natal, debe de conocer algún contacto, mínimo un conjurador de agua debe ubicar. No me jodas, sirvió muchos años en el frente antes del accidente. Los pensamientos de ludio se hacían más difusos, el sueño empezaba a embriagar su lucidez, tras acomodarse y mirando el cielo pululante procedió a dormir de nuevo.
Dos días más tarde, ya estaba más cerca de esas luces lejanas. Podía avistar una aldea situada próxima a la frontera sur de la Coalición, al ser una zona tranquila y alejada no tenía que esconder su emblema de plata, al contrario, gran parte del camino lo pasaba jugando con él en las manos, dando vueltas y sintiendo su tacto pulido y resbaladizo. Cuando divisó una casa de posta, procedió a ocultarlo en el bolsillo de su chaleco, junto a unos viales de líquido sellados.
Ya sé el por qué esta zona no es popular en Bénico, carece de costa, sus paisajes son monótonos y no posee recursos que generen riqueza ni interés de algún tipo.
La arquitectura es simplona, además de vulgar, sobre todo comparada a los intrincados diseños de los eslices, los cuales, habitan las capitales de la Coalición, pero pensando en frio, la verdad que le pega a Kur. Me pregunto si habrá encontrado una mujer que lo aguante estando lisiado, con su agria personalidad... Bueno, con el reconocimiento militar y el dinero que acabó amasando, seguro que alguna cazafortunas lo asistirá a regañadientes, al fin y al cabo, todos tenemos que llevarnos platos a la boca. Ludio acomodó la petaca de alcohol en su cinto, estaba vacía, hoy la atacó más que de costumbre, sabiendo que pronto tendría oportunidad de verla rebosante de nuevo. Tras todo esto, se incorporó a la vía de tierra gruesa que llevaba a la aldea.
Prefería llegar de noche a las urbes. Al principio, el miedo a ser descubierto lo mantuvo viviendo en la naturaleza, prácticamente autosuficiente, durante el primer mes, apenas con fuerzas para continuar. Eso le costó erosionarse las marcas, más de lo que le hubiera gustado.
Se detuvo justo antes de entrar a la humilde aldea, no tenía un cronario pero podía suponer que ya eran pasadas las dos por la posición de la luna en el cielo. Procedió a sacarse una capa desgastada de la mochila. Antes esa tela lucía el blanco de la Coalición central, con unos bordados finos y lineales de organza amarillos como el sol en la parte izquierda, y en la derecha resaltaba el emblema de la Coalición Central, marcado en un broche de plata. Ahora era un harapo ocre y cenizo sin ningún bordado o marca, en su lugar, rutas de hilos descosidos bailaban al aire, pero, aun así, servía para ocultar sus espadas y evitar preguntas. Acarició su rostro, tenía una barba descuidada cosa poco común en él. —Aún no parezco un mendigo—. Murmuraba eso mientras su atención estaba en el frío silencio nocturno, ante la calma era fácil reconocer, aunque fuera por poco, el barullo de las tabernas. Siempre hay alguien dando la nota en esos lugares por lo general. Ludio prosiguió a adentrarse en la aldea, no le fue difícil divisar el edificio, una vieja casa de pueblo, grande y azotada por el clima, se ubicaba a la vera del camino para abandonar la aldea hacia el sur, la taberna albergaba un pequeño patio, repleto de bancas sucias y cuarteadas, miró al interior, donde asomaban las dóciles luces de las velas, y se oía una conversación amistosa.
Abrió la puerta con cierta duda, tras cruzar la jamba todos lo miraron por un instante, los huéspedes de aquella taberna en el quinto pino escudriñaron la vista en su esbelta figura, buscando indicios de algo inusual, algo por lo que poder fascinarse, pero poco después, los cuatro hombres de avanzada edad prosiguieron su charla como si no hubiera entrado nadie. Se acercó a la barra, la cual estaba servida por un muchacho joven, apenas rozaría la mayoría de edad de donde Ludio provenía.
El crio se quedó mirándolo sin mediar palabra, había perdido facultad social, cada mes le costaba más fingir serenidad. Que solo estaba de paso y se había perdido, que quería indicaciones por ser de otras zonas. Muchas excusas ya, reflexionó hace ya sobre esto, cuando acechaba personas en los caminos, teniendo que mantener la distancia por seguridad. Desde que él tenía memoria, siempre fue bueno para notar a los que tramaban, tenía olfato para distinguir a un simple recluido social de un ente misterioso albergador de secretos, y, de manera un tanto paranoica, pensaba que podía darse el caso de ser descubierto por alguien con sus mismos talentos.
—Mu... Muchacho, —Se aclara la voz— ¿sabes dónde queda Judca? — dijo mientras aclaraba su desafinada voz.
El muchacho negó con la cabeza, somnoliento relamió sus labios.
—Sé que queda al Este tomando la dirección contraria a la posada, pero no estoy del todo seguro. — El adormecido joven hizo un gesto de indagar en las memorias y después frunció el ceño.
—Oye, Dumo —gritó mirando la mesa de los bebedores —tú sabes dónde está Judca, ¿verdad?
El más bajo y alimentado de los 4 se volteó.
—Claro que lo sé—. Dijo con cierta grandilocuencia mientras los demás miraban. Verás es fácil: coges el camino que lleva al este. Saliendo veras una granja, tiene un gran granero, es de los Merr. A dos horas a pie verás una montaña. No tomes la vía que la rodeaL; la gente de por aquí atajamos atravesándola, aunque el primer tramo es una tortura. Conforme subas verás que se allana y te evitarás más de uno o dos problemas chaval— Tras su charla, y visiblemente cansado, se sentó y dio un largo sorbo de su vaso.
El hombre de baja estatura espetó al hablar, tenía las mejillas coloradas por la ingesta de cerveza, gesticuló ampliamente para hacerse notar, no obstante, su indicación fue de buena calidad y se mostró amable.
Otro se giró. —¿Qué motivo tienes para ir hasta allí? —balbuceaba embriagado.
Su compañero, un hombre largo y visiblemente mayor que los demás le dio un codazo.
—Hernes... Eres un cotilla, un cotilla pedante, no interrogues al joven, luego te quejas de que te hacen la cruz.
Hernes se dio la vuelta mirándolo fijamente. —Mierda Fanes— soltó, mientras daba un golpe en la mesa con la jarra. — De verdad que eres un mamón, al igual que yo sabes, que nunca pasa nada por aquí, maldita hiena, aprovechas cada ocasión para insultarme. Quieres saberlo tanto como yo, no te hagas el listo. Vale, no parece un comerciante eso está claro, pero podía tener cuentos o posesiones curiosas… de vez en cuando esas cosas me alegran las semanas sabes...— Hernes hablaba con cierto repudio, se sentía como ver a un hijo que se justificaba ante su madre, tenía la mirada perdida en la cerveza.
—Lo siento mucho, no tengo nada curioso —. Articuló Ludio intentando apaciguar el ambiente, arrojando su mejor cara de reconciliación.
—Solo, voy a ver a un amigo, es todo.
Hernes mostró una mueca de decepción sutil mientras el brillo de su mirada desvanecía. — Pues vaya montón de mierda, siempre que alguien interesante viene, me pilla cuidando a la cría o trabajando. ¿Para qué me casé? Cuando no bebo siempre ocurren cosas. ¡Me cago en todo!, llevo viniendo aquí a diario tres semanas y no pasa nada de nada— Hernes se reclina de un golpe en la silla, y se limita a volver a beber con cara mustia.
—Te ves cansado, ¿al final quieres algo? — Dijo el crio, de manera más despierto que hace unos minutos.
Déjame adivinar qué tienen en este sitio... Cerveza, vino seco y con suerte alguna sidra, como en todos los lugares del último mes. La misma decisión amarga de siempre. El vino me da dolor de cabeza y, para colmo, ni me gusta, menos aún el vino seco de las zonas rurales, que no tiene ni ápice de dulzor, pero, la cerveza y sidra no me sirven para las heridas ni el agua, de hecho, el vino ni siquiera es bueno para eso, pero es lo mejor que puedo encontrar... A menos que dé con algún mercader que lleve orujo o anís esto es lo que hay. ¡Benditos destilados!, de haberlo sabido hubiera echado menos comida, y más licores, que rabia.
—Vino seco, lléname esto por favor—. Ludio sacó una petaca y una bota grande de cuero, el crio las llenó en silencio poniéndolas bajo un grifo de barrica.
— ¿Cuánto debo?
— Tres tallados de cobre, señor.
Señor... Ludio hizo el ademán de una muestra de molestia, pero se limitó a meter la mano en un bolsillo de su chaleco, sacó tres rectángulos delgados de cobre acuñados, tras esto agradeció al joven y los cuatro hombres nuevamente, pasados escasos minutos retomó el camino hacia la reunión con Kur en Judca.
Poco después cuando en la taberna yacía el silencio, el aprendiz de tabernero se encontraba haciendo la caja de la noche, en eso, observó los tallados y cuando fue a guardarlos fijó la vista en uno. ¿De dónde leches es este? Nunca había visto un tallado que no fuera neutral, o de su mismo país, así qué, lo cambió por uno propio y lo guardó en su bolsillo con cierta felicidad.