El primer hombre.
1. El primer hombre.
Adam
“¿Saben por qué Alejandro Magno era tan genial? ¡Porque no cualquiera tiene tiempo para ser una eminencia militar y al mismo tiempo no descuidar la verga de su amado Hefestión!”
¡TÚ, JOVENCITO, A LA DIRECCIÓN!
Oh, maldita sea, otra vez. No sé callarme.
Espera... ¿Por qué estoy recordando esto?
Estoy caminando ahora. No debo pensar. No, no, no. Me esperan en casa, mis hermanos e incluso el bastardo de Lovecraft, mi gato negro, ese cabroncete seguro me dejó una serpiente muerta abajo de la cama. Muévete, imbécil,
...
Ah, qué irónico. Había caminado muchas veces en estas calles de mierda, con el calor de este desierto urbano en mi cabeza, el sudor resbalando por mi cuello. No me bronceaba, no. A mí el sol no me doraba como a los chicos hispanos del barrio, ni me daba ese tono tostado que hacía que parecieran parte de la tierra misma. No, a mí el calor solo me volvía un puto camarón puesto en un caldero con aceite hirviendo. Rojo y humeante.
Mi hogar siempre era caliente. No importaba la estación. El asfalto era un maldito horno, la humedad pegajosa se te metía en la ropa y se quedaba ahí como una puta garrapata en un perro moribundo. Era el tipo de calor que te hacía querer arrancarte la piel a tiras. Pero a la gente le gustaba. Decían que era “el calor de Dios”. Que nos recordaba que el infierno estaba más cerca de lo que creíamos.
Aquí los pecadores ardían dos veces.
Mi mamá decía que el calor era una prueba. Una advertencia divina para los que caminaban con las manos sucias.
—Dios nos está mirando, hijo —me decía con su voz de sermón, esa que usaba cuando no se tomaba sus pastillas —. Dios ve lo que escondes en tu corazón.
Y yo quería decirle: No me jodas, mamá, si Dios me estuviera viendo, habría dejado que me tragara la tierra hace años.
Pero no lo hacía. Porque eso solo la haría rezar más fuerte. Y ya había suficiente ruido en casa.
Mi papá también creía en Dios. Pero su Dios era más hijo de puta, probablemente el bastardo del antiguo testamento, ese que si le faltabas el respeto te hundía en un diluvio. No el del nuevo. No el de las iglesias con vitrales y estatuas, no el viejito barbudo que mandaba a su hijo para sacrificarse por los pecados de la humanidad; aunque probablemente mi padre haría lo mismo conmigo con mucho gusto, pero nah, su Dios vivía en la parte trasera de un Chevy, entre botellas de cerveza y colillas de cigarro. Su Dios llevaba cinturón de cuero y se llamaba “Disciplina”. Su Dios tenía puños grandes y sabía exactamente dónde golpear para que la marca no se viera, porque mi puta piel clara delataba todo, no solo el sol ardiente.
Decía que me haría un hombre.
—Los maricones no sobreviven aquí, chico. No quiero que mi hijo ande por ahí caminando como una mujercita. Recuerda quién eres, Adam.
Adam. Ese era el puto nombre que me pusieron.
Judeocristiano, bíblico, sagrado, como si eso me fuera a salvar de algo. Mi madre decía que era un nombre fuerte, que significaba “Tierra roja” “Primer hombre”. El primer hombre, hecho a imagen de Dios. Qué estupidez. Si yo era la imagen de Dios, entonces Dios era un pobre diablo atrapado en la casa equivocada, en la piel equivocada, con la familia equivocada. No tenía la fe de mi madre ni la rabia de mi padre. Solo tenía un nombre irónico que me pesaba en la espalda como una cruz.
Pero ¿qué mierda de hombre era yo? Un saco de huesos, blanco como un cadáver antes de que lo entierren, con un apellido que me hacía querer arrancarme la piel. Basura blanca. Ni más ni menos, con un apellido común.
Taylor.
Decían que sonaba “fuerte” también.
Adam Taylor, por dios.
Mi madre se llenaba la boca con esa mierda de “nombre de buen cristiano”, como si eso me hiciera diferente a todos los otros niños con nombres igual de jodidos. Decía que Dios tenía un plan para mí, que yo era especial, que tenía “ojos de ángel”.
Dios, qué jodida estupidez.
Mis ojos no tenían una mierda de angelical, a menos que mi madre estuviese insinuando que era Lucifer por mis malas mañas, porque de angelical ni una mierda, lo único angelical que tenía mi cuerpo, era cuando me metía el polvo de ángel para sentir que vuelo.
Pero mis ojos, solo eran de un azul deslavado que reflejaba la luz de maneras raras. De pequeño, la gente decía que parecían el cielo en verano. En la secundaria, un par de chicas los llamaban “hipnotizantes”.
A mí me parecían ojos de pez muerto. Fríos, sin vida, como si no pertenecieran a mi cara.
Y mi cabello, ese maldito pelo de paja, me jodía la existencia. Era amarillo, sí, pero no de ese amarillo dorado que salía en las revistas, sino más bien un amarillo cenizo, un color sucio que ni siquiera era bonito cuando estaba limpio. Cuando sudaba, se pegaba a mi cabeza y me hacía parecer un idiota. Y cuando crecía demasiado, me hacía ver como un seguidor de Peter Pan en drogas; pero tenerlo ordenado en exceso era una mierda, porque temía que un austriaco demente me adoptase para sus ideales genocidas, o una estupidez así de supremacía racial, como si no todos estuviésemos destinados a la mierda.
Noticia: Todos vamos a morir, te veas como te veas, de la mierda salimos, a la mierda regresaremos. Sí, quizá por eso soy Adam, el jodido Adam, la primera mierda de todas.
Quizá morirme hubiese sido más fácil, mi padre tenía una colección vasta de armas, imagínate elegir cuál de todas sería la afortunada para volarte los sesos; supongo que visto desde un ángulo perverso sería la envidia de cualquier condenado a muerte de la antigüedad: Yo podía elegir a mi verdugo, qué emocionante. Wiii.
Pero estaban ellos:
Maggie y Andy.
Mis hermanitos. Pequeños, frágiles, con ojos grandes y sucios, con rodillas raspadas y sueños estúpidos sobre el futuro. Los únicos en esa casa que no merecían estar ahí.
Yo tenía que protegerlos.
¿Dónde estaban?
Ugh. era tarde, tenía que ir por ellos, no quería dejarlos solos con el viejo. Maggie era pequeña, inocente y ruidosa. Y Andy... Andy era especial, aprendió a hablar después, le iba mal en la escuela, a veces no podía formular una frase sin balbucear, y papá no le tenía piedad, lo había visto golpearlo cuando se desconcentraba y babeaba llamándolo “retrasado de mierda”. Pero se la cobré al viejo, le robé quince grandes con descaro, porque prefería mil veces que me dijera todo a mí, que ya estaba blindado para su mierda que a Andy, él no merecía romperse, porque cuando me abrazaba triste o lloraba con esos grandes y oscuros ojos, yo sentía algo peor que el infierno, sentía el abismo. Y en el infierno todo arde, todos gritan, en el abismo solo hay silencio y oscuridad, eso sí me aterraba.
Caminé más rápido. Tenía que llegar antes de que oscureciera.
La carretera estaba polvorienta como siempre, esta tierra tan cristiana bien podría llamarse: los olvidados de Dios.
Sentía que mis botas se hundían en la tierra seca dejando marcas, levantando pequeños montones de polvo y mugre a cada paso. Me ardía la garganta como si hubiese ingerido algo en mal estado. El cielo estaba teñido de naranja, y el sol se estaba ocultando detrás de los cables eléctricos.
Un zumbido se instaló en mi cabeza. Algo no encajaba. Algo se sentía... distinto.
Parpadeé.
El polvo bajo mis botas ya no era polvo.
Era barro.
El camino ya no era una carretera. Era tierra húmeda, hojas podridas, raíces expuestas como venas abiertas de un organismo más grande, más brutal, como si hubiese sido devorado por un gigante y viera sus venas por dentro.
La tierra no es seca. Está húmeda, como si fuese una langosta en una olla, preparada para morir y ser devorada. Y el sol no está ardiendo en mi nuca.
¿Dónde estoy?
Mi mente me traiciona. Me da imágenes confusas, parpadeantes como una mala película grabada en una cinta echada a perder. Mis pies se hunden en algo blando, lodoso.
Esto no es mi hogar.
No, sí lo es.
Porque ahí están:
Pequeños, torpes, con el cabello revuelto y la misma mirada de siempre. Mis hermanos.
Maggie y Andy están frente a mí, mirándome con esos ojos grandes y oscuros, sosteniendo algo en sus manitas. Algo envuelto en hojas. Algo que huele a comida.
Comida.
Mi estómago se retuerce, gruñe con un sonido animal. Tengo hambre. Dios, tengo tanta hambre.
—Maggie... Andy...
No me responden. Me miran con confusión.
Ah...
Ah...
¿Qué está pasando?¿Cómo llegué aquí?
Mis recuerdos, tengo que buscar en ellos... Ah... ¡Ahí está!
Mi padre pasaba las noches en la sala, viendo partidos de fútbol con la lata de cerveza apoyada en su barriga, gritando cada vez que alguien en la pantalla hacía algo que él consideraba estúpido.
—¡Maldito idiota, lanza la pelota! —su voz retumbaba en las paredes descascaradas, la casa siempre apestó a humedad.
La primera vez que me partió la cara fue porque me reí de él.
Tendría catorce, tal vez quince. No lo recuerdo. Solo sé que le dije que si tan bueno era para el fútbol, ¿por qué nunca jugó ni en la liga de borrachos de sus amigos cowboys igual de jodidos que él?
El golpe llegó antes de que pudiera terminar la frase.
Los nudillos desgastados de un hombre que había trabajado con las manos toda su vida tienen otro peso cuando te impactan en la mandíbula. No lloré. Nunca lloré frente a él.
Me encerré en mi cuarto, pateé la pared, grité en la almohada hasta quedarme sin voz y luego me quedé tirado en la cama con las pupilas fijas en el techo, escuchando cómo en la otra habitación mi padre celebraba un maldito touchdown.
—No crío maricas en mi casa —había dicho una vez.
Sí, yo era un marica. Uno que actuaba muy bien.
Lo supe porque tenía un amigo en la escuela, un tipo alto con pecas y pelirrojo siempre lleno de moretones.
Jugaba en el equipo de fútbol, pero también fumaba detrás del gimnasio y vendía pastillas a los idiotas que querían drogarse antes de clase. A veces me hablaba. A veces me miraba más de lo necesario.
Y yo lo miraba de vuelta.
Lo supe porque una vez, en una fiesta, cuando todos estaban demasiado borrachos para preocuparse, él me empujó contra una pared y me besó.
Y yo lo dejé.
Y me gustó. No. No pienses en eso.
No pienses en lo qué significa.
No pienses en lo que sentiste cuando te diste cuenta de que te gustaba. Porque no puede gustarte. Porque si te gusta, entonces eres una de esas cosas de las que papá hablaba con asco. Si te gusta, entonces papá tiene razón. Así que lo borras. Lo ahogas en alcohol, en polvo, en noches de peleas callejeras, en golpes que te parten el labio y te dejan las manos en carne viva.
Odiaba ser eso, puta madre, ¿por qué yo? ¿Por qué tenía que ser esa mierda? Sólo quería llorar. ¿Y lo peor?
Mi viejo decía que los hombres de verdad no lloran. Pero yo sí lloraba, pero no frente a él. Lloraba cuando estaba solo en la camioneta vieja, escuchando música con el volumen al máximo. Lloraba en el granero abandonado donde a veces me escondía para fumar a solas, Lovecraft me hacía compañía, o quizá sólo se burlaba de mi miseria, porque yo era un llorón.
Lloraba cuando veía a Andy, mi hermano, con su carita sucia y las rodillas raspadas, con los ojos grandes y asustados porque había aprendido demasiado pronto a no hacer ruido cuando papá estaba en casa.
Soy una mala persona, sino puedo cuidarlo. Soy asqueroso, soy repugnante, no creo que haya algo más que esto, por eso cuando veo a los hippies con los que fumo hierba venderme esas mierdas de paz y amor, solo río. La paz no existe, y el amor se gana con sacrificio, no abrazando árboles. La paz es violenta, disruptiva y jodida. Así funciona.
Por eso... yo había decidido... ¿Qué había decidido?
No importa, estaba frente a mis hermanos, me acerqué. ¡Andy! ¡Maggie! ¡Estoy de vuelta! ¡Estoy en casa!
Pero Andy me observaba desconcertado. Dios, estaba tan flaco. Como si llevara días sin comer. Como si hubiera estado buscándome, como si estuviera a punto de romperse.
—Andy...
Quise hablar, pero mi voz salió como si hubiese comido clavos. Soy un idiota, no, no lo asustes. No llores. No llores, carajo. Respiré hondo. Quería decirle que estaba bien. Que ya había llegado a casa. Que nunca más iba a irme.
Pero no pude.
Porque algo en sus ojos me miraba como si no me conociera. Como si no creyera que yo estaba ahí. Con asco.
Y eso...
Eso dolió más que todo.
Pero Maggie no, Maggie me observaba, siempre feliz y esperanzada, solo Andy me odiaba. ¿Papá lo golpeó mientras no estuve? ¿Era eso? Me acerqué a él, lo vi temblar.
—Andy— susurré
Y caí de rodilla y le sostuve los hombros.
—Andy, are you listenin’? (Andy, ¿me estás escuchando?)— Mi voz se rompió con una mezcla de desesperación y dulzura extraña. Mi respiración era irregular, caliente y febril.
—You’re my little man,okay? My little trooper... (Eres mi hombrecito, ¿okay? Mi pequeño soldado)—mi voz se redujo a un murmullo, apenas audible—. I’ll keep you safe, you hear me? No matter what (Te voy a mantener a salvo, ¿me escuchas? No importa qué)
Lo abracé, no quería queme odiase, no él, lo quería, a él, a Maggie.
—I’m not letting you go, Andy (No te dejaré, Andy)—repetí, con un sollozo ahogado—. I swear. I’ll be a good big brother this time. (Te prometo que seré un buen hermano mayor esta vez)
Vi que Andy me observó. Miró hacia abajo, como si sus ojos oscuros hubiesen detectado algo y le mencionó algo a Maggie.
—Taylor.
Lo escuché, nuestro apellido, el apellido del viejo, oh fucking no.
—Ugh, no, no, no—farfullé, negando con la cabeza—. Adam.
—¡Adam! —Dijeron ambos y asentí, orgulloso.
Y así... recuperé a mis hermanos, ellos nunca me dejarían solo. Y yo no me volvería a ir.