Capítulo único
Amy reajusta su vestido y bebe de su copa de champaña. Hay música, conversaciones variadas y una atmósfera animada, pero ella no puede evitar sentirse irritada. No es una buena noche, pero últimamente no es que esté teniendo muchas de ellas.
Mira la habitación con aburrimiento, una vieja conocida por aquí, dos hombres de negocios por allá. Hay una multitud de gente, pero ella se siente muy sola. Laurie no está por ninguna parte.
A veces Amy no puede evitar pensar que tomó la decisión incorrecta, que tal vez debió haber rechazado la propuesta del hombre y concentrarse en hacer más conexiones, en su arte, en seguir los consejos de la tía March o incluso en pulir sus otros talentos. Es una reflexión que hace muy a menudo, algo con lo que lidia desde que ella y Laurie volvieron a Europa y vio perdidos los rastros de amor que suavizaron su relación cuando estuvieron en Estados Unidos.
A veces Amy piensa que ya no quiere esto, pero no hay nada que pueda hacer, ella está casada para siempre, ahora es Amy Laurence, no March.
Mira su dedo con tristeza, el zafiro y la banda de oro blanco adornando su dedo. Es una joya preciosa, pero Amy no puede evitar sentirla como una cadena, algo que la despojó de sus esperanzas, algo que la hundió en un pozo en el que cada día es más difícil ver la luz.
Esto no es lo que ella pensó que sería el matrimonio ni tampoco lo que Jo describió en las páginas de su libro, suavizando una historia que dejó de brillar y de encantar muy rápido fuera de la ficción.
Amy reconoce que en su relación con Laurie hay pocos, si no es que ningún momento, de genuina conexión; cada vez es más difícil encontrar razones de peso que justifiquen por qué le dijo que sí impulsivamente aquella tarde. Ella sabe que su razonamiento fue hecho en un momento de vulnerabilidad, entre su dolor por la pérdida de Beth y su enojo por haber sido excluida de la vida de su hermana hasta que ya no estuvo más. En ese momento entre el panorama sombrío, Laurie fue familiar, como un vistazo a su infancia, cuando era solo una niña consentida y ruidosa, cuando Beth estaba en la cama del otro lado de la habitación, cuando escuchaba los deseos superficiales de Meg y la diatriba apasionada de Jo.
Esa realidad ya no existe tampoco, ahora todos son adultos inmiscuidos en sus propias vidas, pero Amy siente que una parte de sí misma se odia por haber aceptado la propuesta y otra desprecia a Laurie por convertirlos en esto.
Ella no quiere admitir que es infeliz, pero el sentimiento es como una enfermedad, que, aunque lenta, ha conquistado bastante terreno.
Esto no es lo que quería para sí misma, ella quería explorar el mundo y sobresalir por su talento, ella quería conquistar Europa o Asia o cualquier lugar que pisara, ella solía ser entusiasta y vocal sobre sus ambiciones, pero ahora solo está decepcionada y siente un cansancio muy profundo en sus huesos, algo que una mujer tan joven como ella no debería experimentar.
Amy camina por la habitación sin detenerse a hablar con nadie, sabe que las fiestas son oportunidades para relacionarse con los demás, pero ella no tiene ganas, ahora la fortuna de los Laurence es suya también y ya no hay nada por lo que deba luchar, ella ha cumplido con su propósito: ser el sostén de sus hermanas, tal y como estaba destinado.
Escanea la habitación otra vez, pero Laurie sigue sin aparecer.
Amy decide tomar un poco de aire, así que sale a una de las terrazas con la copa en mano. Afuera no hay nadie más, ya está bien entrada la noche y el aire es muy frío, aunque Amy lo tolera mejor desde que el hielo se rompió bajo sus pies y cayó al agua, cuando la imagen de un Laurie arrastrándola de vuelta a la superficie, de vuelta a la vida, era su definición de un momento dulce, de un momento de valentía.
Ella sacude la cabeza porque es un pensamiento infantil, porque sus conceptos de valentía y de dulzura cambiaron mucho con el tiempo, porque Laurie ya no es la imagen que se le viene a la cabeza.
Amy recarga los codos en el borde de la barda baja y bebe un sorbo más de champaña, pero el licor no difumina el regusto amargo y viscoso en su lengua, el sabor a arrepentimiento que se hace más fuerte a cada día que pasa. La copa está vacía y ella pone la cara entre sus manos, sobrepasada y sofocada. Esto no es lo que quería, no es ese amor idílico que se le prometió, no es ese enamoramiento tonto que siempre estuvo en su estómago, pendiente y dispuesto a que llegara aquel momento en el que Laurie decidiera que la quería a ella.
Para un niño, es una ilusión tonta, ¿pero qué excusa tiene Amy, la misma Amy adulta que se convenció de que había viajado con la tía March porque quería su oportunidad en el arte, la misma Amy que era consciente del rechazo de Jo hacia Laurie, la misma Amy que sospechó que los sentimientos de Laurie hacia su hermana nunca desaparecieron? Esto es culpa de Laurie por quererla como una segunda opción, por verla como la única manera viable de seguir siendo parte de los March, pero Amy sabe que la responsabilidad también es suya por haber sido débil y decir que sí, por haberse negado la propuesta de Fred cuando sabía que lo quería y que era una mejor opción.
Ambos, ella y Laurie, son infelices ahora, solo se toleran y a veces fingen que están bien.
Amy puede ver la suavidad en Laurie cuando menciona a Jo, ese cariño abrasador y vivo que la hace sentir que ella se estableció de manera tonta con alguien que nunca la querrá por completo ni de la misma manera que a su hermana.
Quiere llorar, pero no lo va a hacer porque no es el lugar ni el momento adecuado, aunque duda que alguna vez haya alguno.
Inhala. Exhala. La ventisca revuelve sus cabellos sueltos y, cuando está relajada, la hace sentir un poco más tranquila.
Hay mucho movimiento en el salón, desde su lugar en la terraza puede ver a la gente bailar y otras tantas personas reunidas en pequeños círculos, charlando y desvelando los últimos chismes de individuos como ella y Laurie. Su esposo todavía no está por ninguna parte.
Alguien se une a ella a la quietud del exterior. La luz amarilla delinea la figura de Fred, de pie frente a la puerta, con las manos metidas en los bolsillos y su espalda erguida. No se han visto desde que ella le dijo que no podía casarse con él, unos tres años si es que Amy no ha perdido la cuenta. Él se ve igual que aquella ocasión, seguro y decidido, con la frente en alto y una sonrisa ligera mientras la reconoce y hace su camino hacia ella.
—Amy… no pensé encontrarte por aquí.
Amy mira a Fred con atención mientras conversan y empuja la melancolía muy profundo en su pecho. Él le habla de sus hermanos, del trabajo y de un pintor que a ambos les gusta. Fred es tan familiar y agradable, es como una ventana a una versión más joven y vivaz de sí misma, cuando ella trató desesperadamente de encajar en el papel de una dama que su tía le impuso solo para descubrir que no necesitaba nada de eso con él.
Fred sonríe ante los comentarios ingeniosos de Amy una vez que la sorpresa inicial se esfuma. Ellos bromean y tienen una conversación adecuada, como esas tantas veces en las que pasaron sus tardes juntos y rieron, pasearon y eran ingeniosos, esa versión de sí misma que extraña, que no había aparecido desde que Fred se fue y ellos dejaron de verse.
—Oh, por cierto, ¿dónde está Laurie? —pregunta él con tono casual y algo cambia en el ambiente. La sonrisa de Amy ya no es tan sincera, ahora es tensa, y sus ojos evitan la mirada gentil de Fred.
—Debe estar con algún amigo suyo —Amy mira hacia el interior, Laurie todavía no aparece.
Siente que sus mejillas arden, pero no es por cariño o emoción, este gesto demostrativo se trata de algo honesto, de vergüenza, de desesperanza. Amy es inteligente y sabe que su relación con Laurie nunca va a cambiar porque estaban condenados a esto desde el principio, pero nunca lo ha dicho en voz alta, nunca ha podido decírselo a nadie porque todos intentarán convencerla de lo contrario. Pero es Fred quien está frente a ella, el primer amigo que tuvo en tierras europeas, cuando exploró la adultez y a sí misma, es Fred, con quien puede ser sincera, con quién puede dejar la máscara por una noche.
—Escuché que llegaron de Roma —dice tratando de sonar casual.
—Llegamos la semana pasada —Amy frunce sus labios y suspira—. La ciudad no es tan bonita como recordaba —confiesa, pero no solo se trata del lugar, esto es acerca de ella, de cómo han cambiado las cosas.
—Estoy seguro de que podrías cambiar de opinión si le das otra oportunidad.
—No lo sé, Fred, creo que tal vez quien cambió fui yo.
—Si me lo preguntas, tú sigues siendo tan hermosa como siempre.
Amy sonríe, este es el Fred que ella extrañaba, quien trata de aligerar el ambiente para hacerla sentir mejor. Es un poco dulce y ella lo expresa dando una palmada ligera a su brazo, como hacía cada vez que Fred la hacía sonreír con sus comentarios cariñosos.
A medida que se encuentran más cómodos entre sí y aprecian lo único de esta interacción tan poco convencional, la honestidad se aferra a la pequeña burbuja que crearon.
Y lo ve, Fred está listo para lo que sea que Amy tenga que decir.
Esto es el inicio de algo que no puede explicar. Esta es la noche en que va a hacer las cosas bien… o mal.
—Fred, yo lamento mucho haberte rechazado.
—Era lo que pensabas correcto en ese momento. Está bien.
—No, no lo está —ella niega profusamente porque tiene que defender su argumento, porque esto no va a cambiar nada ni va a servir de algo, pero lo necesita, por ella, por Fred, porque sospecha que Fred podría albergar sentimientos residuales por ella, y la perspectiva de eso la hace sentir más emocionada que en años, aunque no puedan actuar en consecuencia—. Déjame decirlo y después podremos fingir que todo sigue igual que antes.
—¿Decir qué?
—Decir que me arrepiento de no haberme casado contigo, decir que aceptar la propuesta de Laurie fue una equivocación y que, si Beth no hubiera muerto, habría sabido que era a ti a quien quería antes de cometer el peor error de mi vida. Yo estaba vulnerable y solo quería volver a casa, y Laurie había sido una parte de eso toda mi vida.
—Amy…
Fred está de pie frente a ella, mirándola con sorpresa, como si esta confesión fuera lo último que esperara. Sin embargo, hay algo en él, algo en la manera en que la mira, en la intensidad con la que parece analizarla y leerla y comprenderla. Esta es una nueva sensación, la clase de complicidad, de conocimiento que siempre anheló. Y todavía lo quiere.
—No tienes que responder nada ni estar de acuerdo, Fred, pero sentía que ya no podía ocultarlo, necesitaba decírtelo a ti para estar en paz.
—Oh, Amy, no sabes lo mucho que me habría gustado escuchar esto antes. Estaba tan enamorado de ti. —Y hay algo en su tono que sugiere que quizá todavía está enamorado de ella. Y la perspectiva de ello hace que la emoción pique en su estómago y corazón. Es cálido y Amy se aferra a ello.
Fred toma sus manos con suavidad, un contacto ligero, pero lleno de significado, esto es la promesa de algo que Amy ya no puede tener, y le duele, le duele muchísimo.
—Lo sé. Yo también, Fred, pero no sabía lo que era estar enamorada de verdad, no sabía cómo se sentía ni cómo reconocer las señales.
El ruido de unas mujeres ruidosas interrumpe el ritmo de su conversación. Ambos se callan y aprovechan la quietud para pensar. Reflexionan las confesiones hechas, lo mucho que se están abriendo a pesar de que es un caso perdido.
—Ya no podemos hacer nada.
—No, no podemos.
Ambos están en posiciones muy incómodas, no es el comportamiento que se esperaría de la esposa de un hombre apreciado ni del heredero de una fortuna considerable y un legado todavía más grande. Es incorrecto, pero nadie está ahí con ellos, nadie puede juzgar las acciones de dos personas que están siendo honestas por primera vez en años. En ese pequeño rincón de una mansión que quizá nunca vuelvan a visitar, encuentran un lugar donde la moral y lo correcto son meros conceptos banales, donde pueden confesar lo que sea y tener la certeza de que quedará como una verdad de solo dos, una capa de conocimiento que puede unirlos incluso más.
—Si tuviéramos otra oportunidad, no dudaría en hacer las cosas bien y elegirnos.
Fred sonríe.
—Si tuviéramos otra oportunidad, no me atrevería a dudar que eres la indicada para mí, Amy March.
La equivocación en su nombre no es un accidente, nada lo es en este momento cuidadosamente orquestado. Esta es la admisión de que Fred siempre vio más allá de su carente estatus, de que la sigue viendo a ella.
—Si pudiéramos vivir otra vida, me gustaría pasarla contigo.
—A mí también.
—¿Crees que eso sea posible?
—No puedo concebir la idea de otra oportunidad en la que cometamos el mismo error.
Fred acaricia su mejilla con cariño, un gesto tan inocente y gentil que cumple el propósito de suavizar los instantes antes de una despedida que dolerá. El toque quema, pero la emoción la hace sentir viva, quiere que este ardor, que esta carga de electricidad se quede para siempre, y lo hará, esto se aferrará a la memoria de Amy, ahí donde guarda todo lo preciado. Pero no es de la manera en que lo quiere, no es lo que debería tener, ella no quiere un recuerdo, ella quiere a Fred, y de pie frente a ella, ya lo ve perdido.
—En otra vida, Amy —promete Fred.
Él se inclina hacia ella, Amy siente el aliento de Fred en rostro, y la sola proximidad del hombre le eriza la piel. Puede oler la colonia varonil, el mismo olor familiar que inundó sus tardes en París, ella escucha la cadencia de su respiración acompasada, y toca los hombros del hombre porque necesita aferrarse a algo. Fred le besa la frente con cariño y Amy cierra los ojos porque necesita memorizar cómo se siente esto antes de que sean arrastrados a sus vidas de siempre.
Y cuando se apartan, Fred entrelaza sus brazos y después la lleva con él adentro. El bullicio sigue igual a pesar de haber pasado un buen rato. Todavía hay mucha comida y bebida, y las mismas risas y conversaciones del principio, pero Amy no puede evitar sentir que algo ha cambiado, quizá ella.
Laurie ya está de vuelta en la habitación, cabizbajo, con el cabello hecho un desastre y sin su chaqueta. Su esposo permanece desparramado en la silla de una mesa desocupada, con las mangas enrolladas hasta los codos y el chaleco a medio desabotonar. Esta vista hace que su corazón punce, pero no porque sea entrañable, sino porque Amy sabe que está volviendo a una realidad en la que no es feliz, en la que ninguno de ellos lo es.
Fred suelta su brazo a unos metros de la mesa y la mira una vez más.
—En otra vida —promete ella y ve a Fred sonreír antes de asentir y darse vuelta.
Amy camina hasta Laurie y se deja caer junto a él, pero no hace el intento de conversar, solo se queda ahí, inmóvil e impasible.
Se da el lujo de ser indulgente. Lo ve una última vez, la figura de Fred se pierde entre la gente y un vacío se apodera de ella. Él es el soplo de energía que necesitaba para aguantar más tiempo. Y lo odia. Odia que esta situación tenga que ser así. ¿Será siempre así?
Laurie se remueve a su lado, está inquieto y con aliento a alcohol, un paralelismo con aquella ocasión en la que la dejó plantada y sembró su primera decepción. El hombre la observa de reojo, pero Amy se niega a mirarlo, a apartar la vista del camino por el que Fred se marchó. Es el remanente que tiene de una oportunidad que ya no existe y ella se aferra a él. Hay muchas cosas que no se puede enmascarar, no esa noche en la que su vacío y soledad se asientan, en la que ve perdido al amor de su vida.
Y hay algo trágico ahí, Laurie pone su mano sobre la suya como siempre lo hace, y, a pesar de estar ebrio, hay un momento de reconocimiento, un rayo de lucidez que lo hace darse cuenta de lo que sucede, Amy supone que las decepciones por amor son fáciles de notar bajo un ojo experto, y quizá Laurie es uno de ellos, viviendo con el rechazo de su alma gemela y una esposa que no encuentra la manera o la voluntad de amarlo.
Ellos no dicen nada y se hunden en un espeso silencio a pesar de que la atmósfera está en su auge y es ruidosa y jovial.
Hay una discordancia de ánimos entre su pequeña burbuja de dos y el resto de la multitud, celebrando y vitoreando sin razón aparente.
En este rincón solitario y olvidado, Amy siente que por fin tiene algo en común con Laurie. Y es irónico, pero es la manera retorcida en que funciona la vida.
Y desde su asiento junto a su esposo lo sabe: ella no amará otra vez.