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Izuku estaba sentado, su mirada gacha trataba de desviarse constantemente del hombre frente suyo. De pronto, un folder negro se deslizó sobre la pulida mesa y se posó con claridad ante su visión. Izuku mordió sus labios, la tristeza que sentía en ese momento amenazaba con revelarse, lo sabía, el conocido picor que invadió sus ojos le avisó. Sin embargo, no era el momento.
—Ehm, ¿Kachan? —musitó bajo, casi con miedo.
—¿Estás listo? —el mencionado preguntó en un gruñido.
Izuku no quería responder un sí, probablemente, porque sabía que si lo hacía en ese momento, no habría una próxima vez en el futuro en el que pudiera establecer un intercambio de palabras con la persona mas especial de su vida, aún así, exhaló con pesadez y se forzó a tragar el nudo que se atoraba en su garganta hasta el punto de asfixiarlo por completo. Dio un último vistazo al que alguna vez fue su hogar, y decidido, contestó:
—Lo estoy —dijo con firmeza. —Estoy listo.
Aquellas palabras salieron de sus labios, tan rígidas y tan amargas que le revolvieron el estómago, pero en definitiva, Izuku no tenía el poder de prolongar el tiempo, tampoco la respuesta.
—Entonces lárgate de aquí —Bakugou le contestó. Sus ojos fieros estaban sobre los suyos llenos de un profundo odio. Eso no hizo más que entumecer su cuerpo.
Izuku mordió sus labios y asintió con resignación, tomó la última caja de cartón con sus pertenencias y comenzó a caminar. Cuando llegó hasta la puerta, se detuvo en el umbral, y con el dolor de un corazón herido miró hacía atrás. Allí dejaba al amor de su vida, a la única persona a la que se permitió y se permitiría abrir su corazón.
Le dolía. Quizás como jamás le dolió algo, y vaya que su vida había sido lastimosa.
—Adiós Kacchan... —dijo y se marchó.
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El sonido de la puerta cerrándose lo derrumbó por completo.
Katsuki estaba destrozado, y a estas alturas nada sacaba con fingir que no. Si Izuku lo conocía lo suficiente, seguramente habría notado que estaba devastado. Esa fachada fría y rabiosa, no era más que un esfuerzo espantoso por disimular que permanecía inquebrantable sentado en el sofá.
Katsuki lloró, lloró como jamás antes lo había hecho en la vida. Porque tenía el corazón roto, porque le dolía y porque sabía que jamás iba a dejar de doler.
Izuku Midoriya era su todo.
Su primer amor, su mejor amigo, su héroe número uno.
Se suponía que ambos se amaban, que permanecerían juntos hasta el final de sus vidas, pero el muy maldito no había sabido serle fiel y eso era algo que Katsuki no podía permitirse perdonar.
¿En qué momento todo el amor que Izuku le profesó se volvió una mentira?
"¡Toda mi vida te he amado, ¿de verdad crees que te engañaría?!" Fue lo que le escuchó decir al muy imbécil, aquel día en que lo confrontó.
Katsuki se encabronó con la vida en aquella ocasión, con el destino, porque fue él mismo quien descubrió la traición de la persona que más amaba en el puto universo, y sólo fue por una jodida casualidad.
A Katsuki nadie le contó nada, sino que fueron sus propios ojos los que vieron a su jodido esposo follando con otra persona en el escritorio de su oficina. Así fue como se enteró, y no por las cientas y cientas de muestras anónimas que lo probaban y que habían estado llegando a su puerta seguido en las últimas semanas.
Katsuki limpió sus lágrimas con brusquedad. Llorar era para débiles y no era algo que él acostumbraba hacer, pero las malditas lágrimas caían por sí solas y se deslizaban sin permiso sobre sus estúpidas mejillas. Tomó su celular y fue a su galería, permitiéndose contemplar por última vez las miles de fotografías que mantenía junto a su ex esposo.
Las bellas imágenes ahora lucían crueles a sus ojos. Muchas haciéndolos parecer jodidamente enamorados, imágenes de cuando pasaban el rato, muecas divertidas que los hacían reír como tarados, u otras simplemente comportándose como los putos pegajosos que solían ser.
Abrazos, besos. Katsuki apretó el aparato entre sus dedos, cada buen recuerdo retorcía aún más la daga atorada en su pecho.
¿Podría vivir su vida sin la presencia de Izuku? Katsuki se cuestionaba.
Sin su flojera por las mañanas, sin su locura por las tardes, sin el olor de su perfume amaderado. Sin la calidez de sus caricias.
Estaba completamente seguro de que no, y esa era la razón de que doliera tanto.
Katsuki gritó de ira, porque de ahora en adelante, todo sería una tortura para él, una maldita tortura repleta de hermosos y cálidos recuerdos.
¿Qué pasaría ahora al llegar a casa?
¿A quien abrazaría hasta el cansancio? ¿A quién haría enojar para mantener sus batallas en la cama?; Esas batallas tan llenas de la forma más hermosa posible, donde jadeantes, cansados, unidos, rebosantes de sentimientos, sus cuerpos sudorosos y satisfechos, luchaban con el otro.
Hacía apenas unos minutos en los que Izuku se había marchado, y Katsuki ya sentía que se estaba volviendo loco.
¿Era siquiera justo este desenlace, o solo era el karma castigándolo por sus acciones del pasado?
Katsuki cerró la galería y bloqueó su celular, los pedazos del aparato cayeron hechos cenizas hasta regarse por el suelo. Derrotado, cerró los ojos con pesar, porque quería morir, quería despertar de esta horrible pesadilla, aunque las jodidas lágrimas fluían con más intensidad al saberse en la absoluta realidad.
Katsuki aborrecía a la vida por obligarlo a continuar cuando no quería. Lo detestaba y jamás lo hubiese considerado si no tuviera una deuda tan inmensa que pagar. Porque aunque no quisiera, debía continuar con el legado que le fue encomendado.
Todo se veía tan desfavorable en ese momento.
Entonces sí, aunque Katsuki quisiera morir, no podía hacerlo. No tenía a su alma gemela consigo y el corazón que con tanto esfuerzo le habían reparado en aquellas batallas de antaño, se sentía lacerado, pero aún así, no podía permitírselo.
No podía ser tan cobarde y malagradecido.
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Los meses pasaban. Terriblemente dolorosos.
Unas temblorosas y sudadas manos se aferraron con fuerza a su espalda y comenzaron a arañar la piel.
"Aahg, Kacchan, amor. No creo que pueda aguantar por tanto tiempo".
"Yo tampoco, joder".
El movimiento de ambas caderas era fuerte, agresivo. Los llevaba hasta el mismo cielo y los traía de vuelta. No les quedaba mucho por resistir. El orgasmo los estremeció, los dejó sin aliento, y los hizo caer abrazados y agitados sobre la cama.
Una risa tierna y extremadamente alegre resonó por toda la habitación.
"Me haces muy feliz Kacchan, te amo".
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Katsuki despertó inestable, agitado y la sensación de amargura taladró en su pecho de inmediato. El pensamiento de explotar todo a su alrededor se convertía en una tentación poderosa.
Otra vez lo invadían los mismos sueños molestos de mierda. Aquellos que lo hacían tan putamente feliz e infeliz al mismo tiempo. Gruñó fastidiado, sus sienes punzaban y el aroma en el aire le resultaba nauseabundo.
¿Hasta cuándo seguiría viviendo de este modo?
Katsuki gritó; un grito fuerte, desgarrador, uno que transmitía todo su dolor. Algo se removió a su lado. No tanto, solo lo suficiente para hacerse notar.
Al girar su cabeza y enfocar su vista, se encontró con una espalda sin pecas, una cabellera azabache y un sutil aroma a cigarrillo, repugnante.
Frunció el ceño con disgusto.
¿Otra vez se había llevado a un extra de mierda a la cama? Se preguntó. Sintió nauseas y el amargor subió como la hiel por su garganta.
Que pregunta tan estúpida era esa, pues era jodidamente evidente que lo había hecho, pero lo más estúpido aún, es que ni siquiera entendía la razón de por qué lo hacía.
Katsuki sabía que una persona cualquiera jamás podría satisfacerle. Jamás podría hacerle sentir placer. Hacía cinco meses que ya no lo experimentaba y eso era algo tan, tan frustrante. Porque Katsuki sabía que la única persona que podría calentarlo hasta el punto de querer follar como una bestia salvaje, no era otro que aquel que había enfriado su vida.
Qué ironía.
Lamentablemente, tenía clarísimo que necesitaba al idiota de su ex esposo para eso. Izuku era el único que podía hacerlo sentir el extasis del sexo.
Frotó sus ojos sin ningún cuidado, los malditos empezaron a picar ante la resolución que ya conocía. Enojado, apretó sus párpados con fuerza, cansado de que la humedad se escapara de ellos sin ninguna clase de permiso. ¿Cómo mierda había llegado a ser tan jodidamente débil y llorón?
—Joder. —Estaba frustrado. Ni siquiera era capaz de controlar sus propias emociones.
Katsuki aborrecía el saber que después de meses aún dolía como el primer puto día. Nunca volvería a estabilizar su vida.
Amaba a Izuku, lo amaba tanto que probablemente nunca dejaría de hacerlo y era justo eso lo que le quemaba las entrañas.
La vida no podía ser más mierda.
(…)
Unos toscos golpes en la puerta lo sacaron de sus cavilaciones.
El cuerpo a su lado gruñó, seguro molesto por el alboroto que ese imbécil tras su puerta estaba haciendo, pero a Katsuki no podía importarle menos el descontento de ese desconocido.
Los toques no cesaron, haciéndolo bufar con molestia.
—¿Qué mierda? —Se levantó con hartazgo de la cama y con torpeza cubrió su desnudez. Sus pies se movieron a arrastras hasta dar con la puerta.
Los golpes esta vez eran estridentes.
—¡Ya va, joder! —gritó.
Del otro lado de la puerta se encontraba Shouto Todoroki, con el ceño fruncido y un brillo inusual en sus impares ojos.
Katsuki ni siquiera alcanzó a saludarle cuando un puñetazo frió impactó contra su quijada.
Le dolió, más no por el impacto en sí mismo, sino más bien, por la actitud del que se suponía también era su amigo. No dijo nada, simplemente se quejó de descontento, y esa fue su manera de pedir una explicación.
—Eres un maldito desastre, Bakugou —Shouto escupió frío, desdeñoso, arrugando la nariz con repulsión.
Katsuki sabía que apestaba a alcohol y probablemente también a sexo, pero eso le importaba una real y soberana mierda.
—¿Qué jodidos quieres, imbecil? No tengo turno hasta la tarde —gruñó sobando su quijada.
Shouto lo miraba con molestia, pero su rostro, más que verse enojado, se notaba ensombrecido.
—¿Has visto tu maldito teléfono? —preguntó.
—No.
—¿Has visto las noticias?
—Que no, joder, ¿qué mierda quieres? —Shouto le miró desconcertado y su gesto cabreado titubeó un poco.
—Kirishima te ha estado llamando toda la mañana.
Katsuki se encogió de hombros, no le interesaba.
—No me importa —gruñó, y Shouto volvió a apretar su puño.
—Tal parece que has estado muy ocupado con tu vida —comentó con ironía.
Katsuki afiló su oscura mirada sobre él. Su gesto se endureció. Shouto no podía juzgarlo. No tenía ningún maldito derecho.
—¿Qué mierda buscas aquí, mitad y mitad?
Shouto mordió sus labios y lo miró a los ojos.
—Sé que quizás ya no te importa, pero Izuku...
—No me interesa esa escoria —Katsuki interrumpió entre dientes. Su cuerpo se puso tenso y la ira se arremolinó en la base de su estómago—. Por mi que el bastardo se muera.
Shouto escuchó aquello y sus ojos se abrieron con impresión. Los puños a sus costados se apretaron tanto que sus nudillos se tornaron blancos. Suspiró y con un dejo de resignación miró hacía otro lado. Sus párpados se movieron rápido, tratando a toda costa, ocultar su conmoción.
—Tal vez lo haga —susurró. Sus ojos estaban repletos de lágrimas.
Katsuki afianzó su mirada sobre él, una genuina curiosidad le punzó en el centro del pecho ¿Qué carajos?
—Kirishima te ha estado llamando toda la mañana.
—¡Ya dijiste esa mierda! —Katsuki escupió harto. Empezaba en serio a desesperarse por la actitud tan enigmática y deprimente del bastardo bicolor.
Shouto suspiró pesado. Era evidente que estaba haciendo todo lo humanamente posible por no desmoronarse allí mismo.
—Izuku está grave en el hospital, Katsuki —Shouto soltó por fin. Su rostro húmedo y entristecido—. Sé que ya no te importa, pero... al menos deberías ir a despedirte.
Y ese fue el momento exacto en el que Katsuki sintió como su corazón terminaba de hacerse pedazos.
—¡Q-qué! —gimió. Las palabras casi no salieron de su boca. Sentía que se atoraba.
—Lo que escuchaste —Shouto dijo, y sus dedos limpiaron con torpeza sus párpados mojados—. Estoy muy consciente de que lo odias y no quieres saber nada de él, pero... —se interrumpió, la tristeza le imposibilitaba el habla. —Sabes dónde se encuentra —terminó de decir y se marchó.
Katsuki cayó de rodillas en el suelo. Sentía que había perdido toda la fuerza de su cuerpo.
"Eres mi amigo, eres mi amor, eres mi vida... Prometo cuidarte y estar a tu lado siempre que lo necesites. Eres y serás siempre mi prioridad. Te amo Kacchan, eso ni la muerte podrá cambiarlo".
—Joder, no puede ser.

Kbesto








