Capítulo 1: Los Rumores
—Sabemos lo que pasa… —dijo un militante de la UP, bajando la voz—. En las Fuerzas Armadas se están moviendo. Va a haber un levantamiento contra el gobierno.
La noticia ya era un secreto a voces. Nadie sabía cuándo, pero era cuestión de tiempo.
—Tengo un amigo empresario —intervino un hombre, pensativo—. Su hermano es oficial del Ejército. Si lo convencemos de apoyar la democracia, tal vez un grupo de militares haga lo mismo.
—Eduardo… —una voz preocupada rompió el silencio—. Es peligroso. El presidente Allende ya dijo que la revolución será pacífica. Si nos movemos mal, esto termina en guerra civil.
A treinta minutos de distancia, un hombre despertó en su habitación. La luz tenue de la calle se filtraba por la ventana. Se frotó los ojos y suspiró.
—Me pregunto si Camila está aquí... hace tiempo que no la veo —murmuró.
En ese momento, la puerta principal se abrió. Se escucharon pasos rápidos en la entrada.
—Papá, llegué —anunció la voz de una joven.
Camila entró a la sala con su brazalete de Patria y Libertad en el brazo. Traía en la mano unos folletos y periódicos con titulares sobre la crisis del país.
—Camila… —Javier frunció el ceño—. Son las cuatro y media de la mañana. ¿Dónde estabas? Me tenías preocupado. Tu madre salió temprano a hacer la cola para el octavo de aceite.
—Papá, estoy bien. Escuché rumores… Las Fuerzas Armadas se están moviendo. Es nuestra oportunidad para sabotear al gobierno y allanar el camino.
Javier sintió un escalofrío. No había escuchado nada de un levantamiento. Ni Ignacio ni su padre le habían mencionado algo así.
—Hija, no especules. Estar en ese movimiento te está afectando…
—¿Papá, escuchas lo que dices? —Camila frunció el ceño—. ¿O acaso te lavaron el cerebro como a muchos?
Javier la miró con seriedad. No apoyaba que su hija se metiera en política. Solo tenía dieciséis años. Pero tampoco quería que la situación se saliera de control.
—Camila, solo quiero protegerte. Sabes que ni tu madre ni yo queremos que te involucres en esto. Recuerda lo que pasó aquella vez…
—Sí, papá. La marcha de las cacerolas vacías —respondió, impaciente—. Pero esta vez será diferente. Ahora las Fuerzas Armadas están con nosotros.
—No te emociones tanto. Ignacio no me ha confirmado nada, y tu abuelo tampoco.
En ese momento, el teléfono sonó.
—Espera un momento —dijo Javier, caminando hacia el aparato. Levantó el auricular.
—¿Aló? ¿Quién habla?
—Javier, soy yo. Eduardo. Quiero hablar contigo. Te espero en el bar.
No hubo más palabras. La llamada terminó abruptamente. Javier suspiró. Sabía que tenía que ir.
—¿Quién era, papá? —preguntó Camila, convencida de que era su tío.
—Eduardo —dijo él con voz tensa—. Quiere hablar conmigo en el bar.
—Mmm… Qué raro. No dejes que te haga dudar. Recuerda que es parte de la UP y del MIR.
—Lo sé —respondió Javier, poniéndose la chaqueta y el sombrero—, pero tengo que ir.







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