[1]
"Hace mcho tiempo, hubo una época muy oscura en la que el mundo entero se vio envuelta en una guerra interminable."
"Batallas sin fin devastaban las tierras, las traiciones eran una moneda común y la sangre de soldados y civiles por igual teñían los caminos de rojo. Las ciudades ardían, los reinos caían uno tras otro y la vida se convirtió en una lucha constante por la supervivencia."
"Durante años la gente perdió toda esperanza, muchos creían que la guerra nunca acabaría, que el mundo estaba condenado a un mundo de muerte y destrucción. La fe en un futuro mejor murió y con ello el deseo de luchar por algo mas que la supervivencia. Reinos enteros fueron olvidados, sus nombres borrados por el tiempo, dejando solo ruinas como testigos de lo que alguna vez fueron."
"Pero cuando todo parecía perdido, cuando la idea de vivir unos momentos de paz eran un privilegio para pocos, un reino se alzo en medio del caos. Con inteligencia y determinación, no solo resistió a la tempestad, si no que comenzó a doblegarla. Sus victorias se multiplicaron, sus filas crecían con cada batalla y su estandarte se convirtió en un símbolo para un futuro que creían olvidado.".
La mujer de cabello dorado y ojos vivaces cerró el gran libro de tapas gruesas y lo colocó suavemente sobre su regazo. Sus labios esbozaron una sonrisa al ver a su pequeño hijo mirarla con ojos brillantes de curiosidad.
—Mamá, ¿y qué pasó después?— Preguntó con curiosidad, sus pequeñas manos aferradas a la tela de su vestido. Sentado sobre sus rodillas en el cálido suelo de madera, alzo la mirada con los ojos llenos de emoción. — ¿Ese reino pudo traer paz al mundo?
La mujer dejó escapar una risita dulce al ver lo entusiasmado que estaba su pequeño. Siempre había sido un niño lleno de energía, pero sobre todo, tenía una gran curiosidad por todo lo que lo rodeaba.
Con ternura, llevó una de sus manos a la cabeza del niño y despeinó suavemente su hermoso cabello.
—Así es, Mikey —respondió con dulzura—. Gracias a los esfuerzos de tus antepasados, la paz llegó al reino. Y ahora, tú tendrás que esforzarte para que esa paz siga con nosotros.
Los ojos del niño brillaron de emoción y su sonrisa se ensanchó con determinación.
—¡Entonces yo también protegeré la paz!—Exclamó, inflando el pecho con orgullo —¡Quiero hacer feliz a todos en el reino, mamá!
Antes de que su madre pudiera responder, un movimiento en la puerta captó su atención. Como una pequeña bola esponjosa, un mechón de cabello azabache se asomó tímidamente.
La mujer notó la presencia del pequeño visitante y no pudo evitar soltar una risa baja y melodiosa. Mikey, al escucharla reír, la miró con confusión, hasta que siguió la dirección de su mirada.
Allí, medio escondido detrás del marco de la puerta, estaba un niño de ojos grandes y oscuros, con un ligero sonrojo en sus mejillas. Cuando vio que lo estaban observando, se apresuró a ocultarse del todo detrás de la puerta.
—Mikey — susurró la mujer con ternura y diversión — Creo que Takemichi llegó temprano.
La sonrisa del pequeño príncipe se iluminó aún más al escuchar el nombre de su amigo.
—¡Michi! —gritó emocionado, levantándose de inmediato.
Takemichi apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Mikey corriera hacia él y lo envolviera en un fuerte abrazo. Aunque todavía era un poco tímido, el niño de cabello oscuro no pudo evitar sonreír levemente.
—Mamá me estaba contando historias —dijo Mikey, tirando de su mano con entusiasmo—. ¿Quieres escuchar conmigo?
Takemichi dudó por un momento, pero al ver la mirada brillante de su amigo, terminó asintiendo con timidez.
—S-Sí...
Antes de que pudiera decir algo más, Mikey ya lo estaba arrastrando hacia donde su madre estaba sentada. Takemichi tropezó ligeramente, pero no se quejó. Al contrario, una cálida sensación de comodidad lo envolvió. Siempre que estaba en el castillo, se sentía bienvenido.
Los dos niños se sentaron juntos en el amplio sofá frente a la mujer, quien los miró con ternura.
—Muy bien —dijo, abriendo de nuevo el libro—. Entonces, sigamos con la historia...
El sol se filtraba por las grandes ventanas de la biblioteca, bañando la estancia con una luz dorada. Afuera, el viento soplaba suavemente, haciendo susurrar las hojas de los árboles. El sonido de las páginas al pasar se mezclaba con las risas de los niños, creando un ambiente de calidez y paz.
Eran momentos como estos los que hacían que la felicidad pareciera eterna. Como si nada pudiera perturbar la armonía del castillo.
Pero el futuro era incierto.
Y aunque ni Mikey ni Takemichi lo sabían aún, el destino tenía muchos caminos por delante.
Por ahora, lo único que importaba era el presente.
Un combate tan sangriento que bien podría haber sido sacado de los relatos más oscuros de la historia, de aquellas guerras antiguas que marcaron el fin de civilizaciones enteras, se desataba en el castillo. Una rebelión había comenzado: espadas alzadas, machetes y cuchillos cortando sin piedad, aniquilando a todo aquel que se interpusiera o se atreviera a desafiar el nuevo orden. La vida se desvanecía en cada golpe, y el eco de la violencia retumbaba en los pasillos como un lamento ancestral. No quedaba ni un rastro de humanidad; solo un mar de cuerpos caídos, una matanza sin honor ni compasión.
El suelo, ahora empapado de sangre, parecía latir con vida propia. Su olor, denso y metálico, lo impregnaba todo, ahogando los sentidos, impregnando la piel con su pesadez. Takemichi, cubierto de sudor y sangre, sentía que el aire se le escapaba con cada respiración.
El cuerpo del rey, Manjiro Sano, yacía inmóvil. Aun en sus últimos momentos, cuando sus miradas se encontraron le dedico esa sonrisa única que siempre lo caracterizó, como si incluso en la muerte se negara a mostrarle un rastro de debilidad.
Takemichi apenas podía respirar. Sus ojos, nublados por las lágrimas, se negaban a aceptar lo que veían. Su mente gritaba que aquello no era real, una cruel pesadilla. Su mejor amigo no podía estar muriendo en sus brazos. Quería aferrarse a la idea de que esto era solo una cruel pesadilla de la que despertaría en cualquier momento.
Pero el calor que se escapaba del cuerpo de Mikey, la sangre que empapaba sus manos, la débil respiración que se apagaba poco a poco... todo le decía la verdad.
—Michi... te estaba esperando...
Susurró Mikey, con una voz apenas audible. Su pecho subía y bajaba con dificultad, cada palabra era un esfuerzo titánico.
— ¿Por qué... tardaste tanto?
Takemichi sintió cómo su corazón se rompía en mil pedazos.
—No... No... Esto no puede estar pasando...— Murmuró, su voz quebrada, incapaz de contener el torrente de lágrimas que caía por su rostro.
Mikey lo miró con ternura, sus ojos reflejaban una paz imposible para alguien en su estado.
—Tonto... ya no llores... Nunca te culparé... Tú solo... confías demasiado en las personas...— Su sonrisa seguía ahí, pero su voz se apagaba. Cada sílaba parecía drenarlo aún más.
—No, no, no...— Takemichi negó con la cabeza, temblando.— ¡Tú no puedes... no puedes dejarme! ¡Mikey, aguanta! ¡Yo... haré algo! ¡Solo espera...!
Pero Mikey no respondió. Solo levantó su mano con la poca fuerza que le quedaba y la apoyó en la mejilla de Takemichi. Sus dedos, fríos y temblorosos, rozaron su piel mientras intentaba secar sus lágrimas con su pulgar.
—Michi... toma el trono... —murmuró, su voz reducida a un susurro débil—. No dejes... que Kisaki... se apodere de él... y... salva al reino...
Su mirada comenzó a perder brillo. Su cuerpo tembló ligeramente... y luego, su mano cayó pesadamente al suelo.
Takemichi sintió cómo todo a su alrededor se volvía insoportablemente silencioso.
—No... no, no, no... ¡Mikey!
Gritó con desesperación, sacudiendo el cuerpo inerte de su amigo.
— ¡Despierta! ¡Por favor, Mikey, no me hagas esto! ¡No me dejes solo! ¡No otra vez!
Pero no hubo respuesta.
El cuerpo de Mikey estaba inmóvil. Su respiración se había detenido. Su sonrisa, la que siempre había visto desde su infancia, permanecía en su rostro... pero ya no era la misma.
Takemichi soltó un grito desgarrador. Un llanto crudo, desbordante de dolor, de impotencia, de rabia. Se aferró al cuerpo sin vida de su amigo, temblando, como si abrazarlo con suficiente fuerza pudiera devolverle el aliento.
Pero el calor de Mikey ya se desvanecía.
El peso de la realidad lo golpeó con tanta brutalidad que su pecho pareció romperse desde dentro. El mundo a su alrededor se desdibujó, reducido a un torbellino de angustia y vacío.
Su rey. Su mejor amigo. Su hermano.
Se había ido.
Y con él, una parte de Takemichi murió junto a el esa noche.
Jamás lo iba a perdonar.
Jamás iba a perdonar toda la mierda que hizo Kisaki.
Lo acabaría.
Lo destruiría.
Takemichi apretó los puños con tanta fuerza que sus uñas se clavaron en la piel, pero no le importó. La sangre en sus manos ya no era solo la de Mikey... ahora también era la suya. El dolor físico era insignificante comparado con el abismo que se había abierto en su pecho.
Porque Kisaki no solo le había arrebatado a su mejor amigo. No... su crueldad iba mucho más allá.
Lo había convirtió en su maldito títere. Solo un peón mas de su juego.
Desde el principio, lo envolvió con sus palabras suaves, con esa voz tranquila y esa sonrisa que, en su momento, Takemichi creyó sincera.
Se ganó su confianza, le hizo creer que podía contar con él. Que eran amigos.
Y Takemichi, ingenuo, desesperado por apoyo, por alguien que compartiera su lucha, confió en él.
No solo confió...
Le creyó.
Le abrió su corazón.
Incluso llegó a sentir algo más allá de la amistad, algo que nunca se atrevió a nombrar. Kisaki siempre estaba ahí, siempre sabía qué decir, cómo sostenerlo cuando sentía que todo se desmoronaba. En más de una ocasión, Takemichi se permitió pensar que, quizás, Kisaki era alguien en quien realmente podía apoyarse.
Pero todo era una mentira.
Un cruel, retorcido juego de ajedrez donde él solo era una pieza más en la estrategia de Kisaki.
Lo había utilizado.
Lo había hecho depender de él, lo había hecho creer que importaba. Y cuando Takemichi estuvo lo suficientemente atado a esa ilusión, cuando ya no quedaban dudas en su corazón, Kisaki lo destruyó todo.
El peso de la verdad cayó sobre él con brutalidad.
No solo había perdido a Mikey.
Había perdido su confianza. Había perdido su propio juicio.
Había sido engañado, usado... y lo peor de todo, es que había bajado la guardia por alguien a quien, en algún momento, llegó a querer.
Y en medio de todo eso, Takemichi sentía una herida aún más profunda.
A pesar del tiempo y de cómo, con los años, se habían distanciado, Mikey siempre había sido su hermano. El lazo que compartieron desde pequeños no se rompía con facilidad, aunque sus caminos hubieran tomado rumbos diferentes.
Mikey era su compañero, su amigo, la persona con la que había soñado cambiar el destino. Incluso en sus momentos más oscuros, su cariño por él nunca desapareció, y aunque las palabras se fueron haciendo menos frecuentes, ese cariño seguía allí, intacto.
Y ahora, Mikey... Mikey ya no estaba.
La muerte de Mikey no solo lo destrozó, sino que lo dejó vacío, como si el único faro que le quedaba se hubiera apagado de golpe. El chico que había creído en él, que había compartido su dolor y su lucha, ahora yacía en sus brazos, sin vida.
El llanto se apagó.
Ya no quedaban lágrimas. Solo un odio puro y abrasador que crecía dentro de él, quemándolo por dentro. La furia, la desesperación, el dolor de la traición y la pérdida se apoderaron en su corazón, haciendo que el mundo entero se redujera a un único objetivo: destruir a Kisaki.
La risa de Kisaki aún resonaba en su cabeza, burlona, cruel. Su voz, tan dulce cuando quería, ahora se sentía como veneno, como un eco maldito que lo atormentaría para siempre.
La venganza ardía en su pecho como fuego vivo.
Él no sería como Kisaki. No mataría por placer. No destruiría sin razón. Pero juró, con cada fibra de su ser, que Kisaki no viviría para ver el amanecer.
Tomó una bocanada de aire, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros. Había perdido demasiado. Había fallado una vez más.
Pero esta vez, él se aseguraría de que no hubiera otra oportunidad para su enemigo.
Kisaki Tetta moriría por lo que había hecho.
Y Takemichi se encargaría de que sintiera cada segundo de su sufrimiento antes de su final.
Antes de irse, no podía dejar a su amigo allí, tirado.
Se acercó a su cuerpo, las manos temblorosas por el dolor, pero con la determinación de alguien que ya no tenía nada que perder. Lo acomodó con el mayor cuidado que pudo, aunque nada podía devolverle la vida. Le susurró al oído, promesa tras promesa, que volvería por él, que haría justicia. Al menos, esa era la única certeza que le quedaba.
Takemichi caminaba con paso firme, su mente nublada por una mezcla de emociones que chocaban entre sí. El aire estaba pesado, cargado de una tensión que ni él mismo podía comprender del todo. Iba al palacio, hacia el trono que le pertenecía a Mikey, un lugar que de alguna manera sentía vacío ahora.
Cuando dejó el lugar, algo lo llamó la atención. En el suelo, cerca de la entrada del palacio, yacía un cuerpo sin vida de un caballero, su armadura arrugada por el peso de la muerte. Takemichi, sin pensarlo dos veces, se acercó y, con un gesto solemne, pidió permiso al cadáver antes de tomar su espada. No era el mejor espadachín, nunca lo había sido, pero la determinación que sentía ahora le daba una resistencia que le bastaba para enfrentarse al destino, aunque fuera a través de la fuerza bruta.
La espada se sentía extraña en su mano, pero su corazón latía con furia, con el deseo de venganza. Estaba tan absorto en ese sentimiento, que casi no percibió cuando se acercó al lugar donde todo cambiaría. La puerta estaba allí, frente a él, su destino sellado al otro lado. En su interior, una ira creciente lo empujaba. Ya no pensaba en otra cosa. Solo quería acabar con Kisaki.
Sin pensarlo, dio una parada, cruzando el umbral de la puerta. Y allí, en el centro de la sala, estaba él. Kisaki.
La puerta se cerró con un pesado crujido detrás de él. Takemichi permaneció allí, de pie, observando a Kisaki, que lo miraba con esa sonrisa arrogante que tan bien le conocía. En ese momento, el palacio se sintió vacío.
— Ya has llegado
Comenzó Kisaki, su tono suave, casi desinteresado, como si lo esperara, como si todo esto fuera parte de algún juego que solo él entendía.
Takemichi apretó la espada con fuerza, la ira surgiendo como un volcán dentro de su pecho. Ya no quedaba ni rastro del niño ingenuo que alguna vez había sido. La tristeza, la decepción, la traición lo habían moldeado en algo diferente. Ahora solo quedaba un hombre dispuesto a vengar todo lo que había perdido.
— ¿Sabes por qué estoy aquí?
Takemichi habló con voz temblorosa, pero con una furia que se hacía palpable. No había nada más que dolor en su interior, pero aún así, sus palabras salieron como un eco cargado de determinación.
— Te voy a destruir, Kisaki. Todo esto que has hecho... todo lo que me hiciste creer... lo vas a pagar.
Kisaki no contestó de inmediato, su rostro se mantuvo impasible, su mirada fría y calculadora. Dio un paso adelante, haciendo que Takemichi se tensara, preparado para lo que viniera.
— ¿Vas a matarme?
Kisaki dijo con una sonrisa aún más amplia, burlona.
— Estás demasiado herido, Takemichi. No te engañes, tú y yo sabemos cómo va a terminar esto.
La espada en las manos de Takemichi temblaba ligeramente. Nunca había sido un gran espadachín. Su habilidad con la espada nunca fue su fuerte, pero la furia y la desesperación lo impulsaban más allá de sus limitaciones. Cada golpe que intentaba asestar a Kisaki era impreciso, pero cargado de todo el dolor que llevaba dentro.
Kisaki, como siempre, esquivaba con facilidad. Su gracia en el combate era casi despectiva, cada movimiento era tan fluido, tan calculado. Takemichi podía sentir la burla de su presencia, como si no estuviera peleando contra un hombre, sino contra una sombra, contra un espectro de su propio sufrimiento.
— Vamos, Takemichi... eres un niño, siempre lo has sido —
Dijo Kisaki con voz baja, burlándose mientras esquivaba otro de sus ataques.
— Creíste que todo esto iba a cambiar, que con el tiempo, las cosas serían diferentes, ¿verdad? Pero no lo fueron. Tú sigues siendo el mismo tonto que me sigue mirando con ojos de lealtad, incluso después de todo lo que hice, así que sígueme viendo solo a mi.
Takemichi apretó los dientes. La desesperación se filtró en sus ojos. Quiso gritar, pero sus palabras no salían, lo único que podía hacer era seguir luchando, aferrarse a esa única idea: venganza.
En un momento, Kisaki desvió un golpe que Takemichi había lanzado con todo su peso. La espada de Kisaki chocó contra la suya con una fuerza tan impresionante que Takemichi perdió el equilibrio. Aprovechando su caída, Kisaki le dio un golpe directo en el costado, cortándole la piel, una herida profunda.
La sangre comenzó a manar de su torso, pero Takemichi se levantó, sin siquiera pensar en el dolor. Su respiración era pesada, pero sus ojos brillaban con un fuego que Kisaki no había visto nunca antes.
— Esto no va a terminar así, Kisaki... ¡Voy a acabar contigo!
Takemichi rugió, aunque sus palabras estaban llenas de rabia y desesperación.
Kisaki se adelantó, esta vez con un golpe preciso, su espada atravesando el aire con velocidad mortal. Takemichi esquivó por poco, pero el filo de la espada rasgó su brazo, un corte limpio que le dejó una marca que ardía como el infierno. Kisaki, al ver su pequeño momento de ventaja, no esperó.
Con rapidez y destreza, Kisaki aprovechó el momento de debilidad y empujó su espada contra la de Takemichi, bloqueándola. Ambos luchaban por un control que parecía estar más allá de su alcance.
— ¿Por qué haces todo esto?
Takemichi preguntó, su voz tensa, su respiración agitada.
— ¿Por qué me manipulaste? ¿Por qué me hiciste creer que... que todo esto tenía un propósito?
Kisaki se detuvo por un instante. Sus ojos se clavaron en los de Takemichi, y por un breve momento, la calma volvió a la habitación.
— Porque siempre fuiste fácil de manipular.
Kisaki se acercó, su voz llena de veneno.
—Cada paso que diste, cada palabra que dijiste, todo era una oportunidad para mí. Y cuando te diste cuenta de lo que sentías por mí, fue mucho más sencillo... A pesar de todo el asco que me daba cada vez que me mirabas o me tocabas, sabía que podrías ser útil para mí. Solo que ahora, ya no lo serás más.
Takemichi se quedó congelado. Las palabras de Kisaki atravesaron su corazón como una daga, desgarrándolo, pero la ira no lo dejó rendirse. No ahora, no en este momento.
Con una fuerza renovada, se lanzó hacia él, su espada chocando contra la de Kisaki una vez más. Los dos combatían como si el mundo entero dependiera de su lucha. Takemichi sabía que no podía detenerse. No podía permitir que Kisaki siguiera causando daño.
Y aunque su cuerpo estuviera al límite, su alma seguía ardiendo con el deseo de justicia.
La batalla se alargaba, pero el peso del cansancio era insoportable. La sangre manchaba el suelo, y la respiración de Takemichi se hacía cada vez más entrecortada. Sus movimientos eran más lentos, más torpes, mientras que Kisaki permanecía, como siempre, preciso, calculador, sin un ápice de desgaste.
Takemichi, en sus últimos intentos de resistir, se lanzó una vez más hacia Kisaki, su espada cortando el aire con furia, pero ya no tenía la misma velocidad. Kisaki, como si lo hubiera estado esperando, desvió el golpe con una mano, su rostro impasible.
— ¿No te das cuenta, Takemichi?
Kisaki habló en un tono casi filosófico, mientras se acercaba, con la espada en la mano, lista para acabar con la lucha.
— Has sido un peón todo este tiempo. Y, como todo peón, tu función ha llegado a su fin.
La espada de Kisaki atravesó el aire con rapidez, y, aunque Takemichi intentó esquivar, la herida que le dejó fue fatal. La hoja cortó su abdomen, una herida profunda que rápidamente comenzó a manar sangre. Takemichi jadeó, cayendo de rodillas, incapaz de mantenerse en pie. La espada de Kisaki lo observaba como una serpiente acechando a su presa.
— No... no...
Murmuró Takemichi, con los ojos nublados por la oscuridad que comenzaba a envolver su mente. Su respiración se volvía más lenta, más pesada. La visión se desvanecía, y el frío comenzó a calar en sus huesos.
— Mikey... lo siento tanto...
Las palabras de Kisaki lo cortaron como un látigo, y aunque se acercaba para darle el golpe final, él se detuvo por un momento, mirándolo con desdén.
— ¿Lo sientes, Takemichi?
Kisaki se agachó frente a él, mirando su rostro con una sonrisa torcida.
— Es demasiado tarde. Nunca pudiste proteger lo que querías. No ahora, no nunca. Todo lo que hiciste fue en vano.
Las palabras de Kisaki golpearon como una tormenta. Takemichi apenas podía mantener los ojos abiertos. Sintió una profunda amargura recorrer su ser, la sensación de haber fallado de la manera más rotunda. No había podido detener a Kisaki. No había podido cumplir la promesa que le había hecho a Mikey.
En su mente, una imagen de Mikey apareció, como un último suspiro de esperanza.
"Perdóname, Mikey..."
Pensó, sintiendo el peso de la traición y la desesperación.
"Te prometí que lo detendría. Que salvaría el reino. Pero... no pude."
La luz de la vida comenzaba a apagarse lentamente, pero Takemichi todavía mantenía una última súplica en su corazón, a pesar de todo lo que Kisaki había hecho, a pesar de lo que había perdido.
"Si de alguna forma me estás escuchando, Mikey... por favor... perdóname. No pude detenerlo. No pude salvarte. Lo siento... lo siento tanto."
Con esos últimos pensamientos, el mundo de Takemichi se desvaneció. Sus ojos se cerraron, y la espada de Kisaki, finalmente, lo atravesó por completo, acabando con la lucha.
Kisaki observó el cuerpo inerte de Takemichi con indiferencia. La victoria era suya, una sensación de satisfacción pura se instalo en su cuerpo.
Ahora el controlaba todo, el era el dueño de todo, ya nada seria capaz de detenerlo.
Takemichi ya no estaba. Mikey ya no estaba. Y con ellos, se desvanecía toda la lucha por la paz, por el reino, por el futuro.
Como si el destino se burlara de él, Takemichi abrió los ojos lentamente, con la sensación de haber sido arrancado de un sueño profundo. No sentía el dolor punzante que esperaba, ni la pesadez de las heridas que deberían haberlo marcado. Todo estaba en silencio. Un silencio tan abrumador que parecía consumirlo por completo.
Su mente, aún embriagada por la neblina del desconcierto, trataba de procesar lo que acababa de ocurrir. ¿Había muerto? La última imagen que había tenido fue la de Mikey, su amigo, muerto en sus brazos. El rostro de Sano, aquella sonrisa final... ¿Era un sueño? ¿O tal vez una pesadilla?
El entorno parecía extraño, pero familiar. No entendía. ¿Dónde estaba? ¿Dónde está Mikey? ¿Por qué no sentía las heridas, el agotamiento, el peso de la muerte sobre él?
Las preguntas se agrupaban en su cabeza sin respuesta, pero lo que más lo desconcertaba era lo que miraba frente a el. El techo de su habitación: un dosel de seda negra con bordados plateados se extendía sobre su lujosa cama, con cortinas gruesas que caían a los lados, otorgándole un aire de realeza y exclusividad. El colchón era tan suave que parecía tragárselo, cubierto con sábanas de la más fina tela y una manta aterciopelada con el escudo familiar bordado en hilo de plateado.
Los rayos de sol entraban con suavidad por las enormes ventanas de vidrio tallado, proyectando destellos sobre los muebles de madera oscura, pulidos hasta brillar. Un gran espejo de cuerpo completo con un marco de plata se encontraba junto a un armario tallado con emblemas de la familia Hanagaki. Candelabros de cristal colgaban del techo y daban la sensación de que estaba en un lugar sacado de un sueño... pero no era un sueño. Era su habitación.
Un golpe en la puerta lo sacó de su ensimismamiento. Antes de que pudiera responder, la puerta se abrió y una figura familiar apareció ante él.
— Buenos días, joven amo.
La voz dulce y respetuosa de la joven sirvienta llenó la habitación.
Takemichi se quedó inmóvil, su corazón se detuvo por un segundo. Cabello rosado y ojos cálidos y brillantes. Hinata. Su sirvienta personal.
Claro que la reconocía. Pero... ¿cómo podía ser posible?
Su respiración se aceleró. Su mente no lograba entender lo que estaba ocurriendo. Recordaba el filo de la espada de Kisaki atravesando su cuerpo, la sangre empapando sus manos, el dolor insoportable y la culpa de no haber podido cumplir su promesa a Mikey.
Pero ahora estaba aquí. Vivo. Sin heridas. En su habitación de hace cinco años.
Hinata ladeó la cabeza al notar su expresión aturdida.
— ¿Se siente bien, joven amo?
Takemichi tragó saliva. No sabía qué responder.
Había vuelto al pasado.
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