Bestias y Balas [Brain Test - Smith x Joe (Jonás)]

Summary

Joe y Smith se embarcan en una peligrosa aventura juntos. A medida que se enfrentan a desafíos y monstruos, su relación se fortalece y se revela una conexión emocional que trasciende la amistad. Joe, un cazador experimentado, reflexiona sobre su vida y sus sentimientos, especialmente en relación con la capitana Mary, mientras que Smith lidia con sus propias inseguridades amorosas y su relación con Jane. Durante su travesía, ambos comparten momentos de vulnerabilidad y complicidad, lo que les permite abrirse el uno al otro. Joe se da cuenta de que su amistad con Smith es única y valiosa, y a medida que se enfrentan juntos a los peligros, sus sentimientos comienzan a transformarse en algo más profundo. Smith, por su parte, lucha con la idea de ser un agente en un mundo lleno de riesgos y con las posibles consecuencias para las personas a las que ama. PAREJA: Smith × Joe (Smith x Jonás) JUEGO: Brain Test DERECHOS DE AUTOR: Unico Studio

Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo I: Riesgos y relaciones

*Los nombres de los personajes están en inglés.

El grito desgarrador de una joven en apuros resonó en los oídos de Joe, como un llamado urgente a su valentía. La multitud en pánico clamaba que un monstruo acechaba, despertando en él el instinto protector que lo impulsaba a actuar. Se ajustó el sombrero con determinación y se lanzó a la búsqueda de la abominación, consciente de que su misión no sería sencilla. Escaló las escaleras de emergencia de un edificio en busca de una perspectiva elevada, desde donde pudiera vislumbrar el peligro que acechaba en las sombras.

Al saltar de tejado en tejado, contempló con horror a la criatura grotesca que amenazaba a una joven indefensa, con un gato en sus brazos, en un callejón. Observó con desdén la escena y, con la destreza de un cazador experimentado, disparó una flecha certera que impactó en el ojo de la bestia, sorprendiendo a todos los presentes.

Desde lo alto, divisó a los espectadores curiosos en los balcones, quienes seguían los eventos con una mezcla de intriga y temor. Decidió desafiar las leyes de la gravedad y se lanzó al vacío, realizando acrobacias con los balcones para suavizar el impacto y sembrando el desconcierto en aquellos que presenciaban su arriesgada hazaña. Por un instante, se sintió como un héroe legendario, desafiando al destino con su coraje inquebrantable. Por un momento se sintió como Smith, saltando entre balcones.

Al llegar al lado de la monstruosidad, que parecía desafiarlo con su presencia imponente, la joven lo reconoció con asombro: —Joe, el Cazador de Monstruos.

Bien podría regocijarse de su popularidad que no tenía nada que envidiar a la de Smith; sin embargo, él no buscaba el reconocimiento ni la fama, sino cumplir con su deber de proteger a los más vulnerables.

—Vete —con una mirada firme, le ordenó a la joven que huyera, sin apartar la vista del enemigo que desafiaba su valentía.

Pero la joven, junto a su pequeño gato, estaba petrificada, inmovilizada ante la aparición del monstruo. Cuando este se acercó con feroz determinación hacia Joe, una nueva flecha impactó en su otro ojo, obligándolo a retroceder una vez más. Joe se veía en la necesidad de idear una estrategia para acabar con la criatura, dado que sus flechas no surtían el efecto deseado.

—¡El fuego! —exclamó la chica repentinamente, captando la atención de Joe.

El cazador escudriñó el entorno y vio efectivamente los estragos dejados por el monstruo, señales de un fuego devastador. A pesar de la consistencia pegajosa y viscosa del cuerpo de la bestia, quizás el fuego podría ser la clave para su derrota y desaparición.

—Debo tener gasolina en mi vehículo —susurró la valiente joven, indicando un coche amarillo situado detrás del monstruo—. Si puedo conseguirla, podrás acabar con él.

Joe la contempló con admiración. A pesar del temor reflejado en sus ojos frente a la situación, no podía negar la valentía de la joven al ofrecer su ayuda.

—Muy bien —asintió Joe—, yo lo mantengo ocupado.

Una nueva flecha fue lanzada, provocando la ira renovada del monstruo, quien se abalanzó nuevamente sobre el cazador. En ese instante, la joven aprovechó la ocasión para sujetar a su gato con firmeza y correr en dirección a su vehículo.

Mientras Joe esquivaba los embistes del monstruo, la ausencia de la chica le parecía una eternidad. De repente, divisó un contenedor arrojado con fuerza desde lo alto. Sin detenerse a investigar si era o no gasolina, aunque no lo pareciera, apuntó con su flecha y lo impactó con precisión. El líquido del contenedor comenzó a desintegrar al monstruo, haciéndolo desaparecer por completo junto con esa extraña sustancia de aquel contenedor.

—Al final, el fuego no fue necesario —rio Joe al escuchar los aplausos de la multitud.

En busca de la joven, la halló junto a un hombre rubio de musculosidad imponente. Se acercó a ellos con una sonrisa en los labios.

—¿Qué fue eso? —preguntó Joe con curiosidad, aludiendo el líquido del contenedor, agradecido por la ayuda recibida.

—No lo sé —respondió ella encogiéndose de hombros—. Fue una creación del Doctor Worry, una especie de ácido inmune para los humanos. Cuando me vi sin gasolina en el coche, me pareció correcto usar ese extraño líquido. Y cuando Gymmy se aproximaba, le pedí que lo lanzara con fuerza.

Al mencionar a Gymmy, señaló al joven a su lado, quien se encontraba ocupado peinando su cabello con evidente dedicación, quizás más preocupado por su apariencia que el mismo Smith.

Joe observó a la chica con más detenimiento: su cabello negro recogido en dos coletas que le daban un aspecto un poco infantil, contrastaba con el tinte púrpura en las puntas y parte del flequillo. Su mirada astuta, emulando la de un felino, como la del gato en sus brazos, revelaba una personalidad rebelde, dispuesta a salirse siempre con la suya. No podía tener más de 18 o 19 años.

—¿Puedo tomarme una foto contigo? —solicitó la joven sacando su móvil—. Quiero presumir ante mi hermano.

Joe sonrió levemente y aceptó la propuesta, permitiendo que la joven se tomara una foto con él. Luego, ella le pidió un autógrafo, un gesto al que no estaba acostumbrado, pero al que accedió sin problemas para complacerla.

—¿Cuál es tu nombre? —inquirió Joe antes de plasmar su firma en el cuaderno.

—Soy Lily —respondió la joven con una sonrisa—, conocida como «Tricky Lily» entre los que me rodean.

—Qué curioso —murmuró Joe, dejando su firma en el cuaderno de Lily—. Por cierto, respecto al Doctor Worry… —se detuvo un instante y la observó fijamente—, ¿es acaso un villano?

—¿El Doctor Worry? —rio Lily al recibir de vuelta su cuaderno firmado por Joe—. El Doctor Worry puede ser interpretado de muchas maneras, pero malévolo no es una de ellas. Confía en mí.

Joe esbozó una sonrisa y ajustó su sombrero. No podía demorarse más en ese lugar. La extrañeza de aquella criatura lo impulsaba a descubrir su origen.

—Confío en tus palabras —aseguró al dar media vuelta—, pero debo partir. ¡Hasta luego!

—¡Adiós! —se despidió Lily agitando la mano rápidamente, contemplando su partida.

Joe se retiró del lugar con gesto pensativo, como si el peso del mundo descansara sobre sus hombros. Sacó su teléfono móvil y buscó el contacto de su amigo agente. Con cada número marcado, una sensación de anticipación y misterio invadió su ser. La voz de Smith al otro lado de la línea resonaba como un eco cansado y tenso, lo cual resultaba sorprendente en un hombre tan frío y calculador como él.

—¿Aló? —la voz de Smith parecía contener cansancio acumulado de varios meses de trabajo.

Joe no pudo contener una sonrisa traviesa antes de responder:

—¿Una misión desafiante, tal vez? ¿O acaso los designios del amor te impiden encontrar la paz?

Smith, con su eterna compostura, no tardó en cortar el juego:

—No molestes, cazador. Ya dime qué es lo que quieres.

—Hoy he derrotado a un monstruo.

—¡Vaya! ¡Qué sorpresa! Nunca hubiera imaginado que, el cazador de monstruos, llegaría a realizar tal hazaña. Felicidades.

La ironía en la voz de Smith no pasó desapercibida para Joe, quien podía percibir el sutil murmullo de Jane, la enamorada de su amigo, intentando captar su atención. Sin embargo, por mucho que le causara gracia, no había tiempo para bromas.

—Este acontecimiento, de alguna manera, parece tener un matiz distinto… —su tono de voz adquirió solemnidad de repente—, sospecho que Eddie podría estar implicado… o incluso BigBrain.

El silencio de Smith le inquietaba; parecía estar reflexionando sobre la información, algo poco común en él. Smith solía ser impasible, tranquilo y analítico; reaccionaba casi de inmediato ante cualquier situación que involucrara a los villanos. Sin embargo, esta vez…

—Amigo, ¿te encuentras bien?

—Estoy bien —respondió finalmente—. Jane, guarda silencio, esto es importante —ordenó, y la voz irritante que se escuchaba de fondo se detuvo—. Envíame tu ubicación.

—¡Smith! ¿En serio te vas a marchar?

Joe frunció el ceño ante la frustración de Jane. La chica no era mala, pero resultaba un tanto complicado lidiar con ella y sus caprichos.

—¡Jane! —replicó Smith.

—Te enviaré mi ubicación —informó Joe—. Ven lo más rápido que puedas.

—No lo dudes.

La llamada se interrumpió bruscamente y Joe aguardó con serenidad la llegada de Smith. Quizás sería bueno intentar teorizar sobre la bestia que acababa de vencer, pero su mente pronto divagó hacia Mary. En su último encuentro, ella le confesó que perseguía un tesoro cuya búsqueda podría extenderse por varios meses.

Por un instante, Joe sintió envidia por la sólida relación de Smith. Este último sabía dónde se encontraba su amada y, al regresar a casa, siempre la hallaba a su lado; en caso contrario, seguramente habría salido con Alyx. Un profundo suspiro escapó de los labios de Joe, sumido en una abrumadora sensación de soledad. En ocasiones, parecía que él y los monstruos que enfrentaba en solitario eran los únicos habitantes de un mundo hostil.

La ensoñación de Joe fue interrumpida por la llegada de un lujoso automóvil oscuro, deteniéndose frente a él. Al bajar la ventanilla, el reflejo de su propio rostro quedó eclipsado por la arrogante mirada de Smith.

—¿Te llevo? —inquirió Smith con una sonrisa.

—¿Acaso tengo alguna voz en la situación? —replicó Joe, con un destello travieso en sus ojos.

—Si lo prefieres, puedes tomar un taxi —manifestó Smith, en tono jocoso.

—Oh, qué amable de tu parte —respondió Joe, abriendo la puerta del vehículo de aspecto imponente y subiéndose al asiento del acompañante con gesto sereno.

Con paciencia, Smith aguardó a que Joe acomodara su ballesta y se abrochara el cinturón de seguridad. Una vez listo, Smith puso en marcha el automóvil y se sumergió en una conversación intrigante con Joe, indagando en los sucesos recientes.

—Me encuentro cara a cara con monstruos a diario —comentó Joe, tras narrar los incidentes—. He combatido a Dracula y su séquito, a hombres lobos, zombis, esqueletos e insectos gigantes. Conozco cuándo es suficiente simplemente deshacerme de ellos sin ahondar en el origen de sus acciones, pero en esta ocasión… —hizo una pausa, exhalando profundamente—. Confío en mi intuición, Smith. Siento que hay alguien tramando en las sombras.

—¿Descartas por completo la posibilidad de que Dracula esté involucrado? Ese vampiro nos ha causado bastantes problemas en el pasado —sugirió Smith, con un atisbo de preocupación en su mirada.

—Es una posibilidad… quizás… —concluyó Joe, sumiéndose en sus pensamientos.

Joe contempló a través de la ventanilla del vehículo y notó que la oscuridad de la noche ya se cernía sobre ellos. El camino que les esperaba parecía interminable, quizás hasta la llegada del alba. De soslayo, dirigió una mirada a Smith y esbozó una sonrisa.

―¿Por qué tan cansado, hermano? —inquirió Joe.

Smith, tras un breve instante de escrutinio por encima de las sombrías gafas, mantuvo su atención fija en la carretera que recorrían.

―¿A qué te refieres?


―A esto —le arrebató súbitamente las gafas a Smith, dejando al descubierto unos ojos fatigados y somnolientos.

―¡Eh! —protestó él, intentando recobrar sus gafas, pero Joe, aprovechando la distracción ajena por la conducción, las mantuvo fuera de su alcance.

―Ni en las misiones más arriesgadas te he visto así —murmuró Joe—, ¿realmente te encuentras bien?

―Lo estoy —replicó Smith.

Sin embargo, la solidez de sus palabras se desvaneció en el aire, disipándose en la vastedad de la noche a su alrededor. Joe fue testigo del atisbo de incertidumbre que se proyectaba sobre su compañero. Se preguntó qué verdades veladas albergaba Smith tras su fachada imperturbable, ¿cuáles eran los conflictos que lo atenazaban en silencio, mientras avanzaban hacia un destino incierto?

El silencio se convirtió en cómplice de la tensión que saturaba el interior del vehículo en movimiento. Las luces de la ciudad destellaban en la distancia, como destellos efímeros desvaneciéndose en la penumbra. Joe sintió la urgencia de romper la quietud cargada de interrogantes sin respuesta.

—¿Es por Jane? —se atrevió Joe a preguntar, sumergiéndose en la profunda corriente de la conversación.

—¿Te gusta mi novia? ¿O cuál es esa fascinación que tienes por mi vida personal? —respondió Smith, desafiante.

Joe rio con sutileza ante las palabras de su compañero.

—Nuestros gustos difieren como la noche y el día, amigo. Lo único que no podemos negar es que compartimos la valentía de arriesgarlo todo por los demás. Así que no, no me encontrarás planeando escapar con tu novia el día de la boda. Tal vez, lo máximo a lo que aspiro es ser tu fiel padrino en esa ceremonia.

Smith observó a Joe de reojo, mientras este, con fingida despreocupación, jugaba con sus gafas haciéndolas girar.

—Te ruego que tengas delicadeza con ese objeto —mencionó Smith con una amabilidad forzada.

—¿Por qué? —inquirió Joe, intrigado—. ¿Acaso son de edición limitada?

—Tienen cámaras —informó Smith con solemnidad—. Registran cada uno de mis movimientos, mandando los archivos a una nube de acceso exclusivo para mi persona.

Joe detuvo sus travesuras con las gafas y, asombrado, observó a Smith. Tomó las gafas y las examinó minuciosamente, en busca de las cámaras escondidas.

—¿Cada acción que realizas? —preguntó Joe, boquiabierto.

—Las aparto solo en momentos de extrema intimidad. El resto del tiempo, forman parte de mí —explicó Smith.

—Es… inquietante —admitió Joe, colocándose las gafas y observándose en el espejo retrovisor—, aunque debo confesar que me sientan a la perfección.

—Sueña en grande —bromeó Smith.

Joe contempló el mundo exterior a través de la ventanilla del vehículo y dejó escapar un suspiro profundo. Aunque su mente vagaba en recuerdos de Mary, sabía que su prioridad en ese instante era la misión que les aguardaba.

Sin embargo, en medio de la oscuridad de la noche, los pensamientos de Joe se vieron abruptamente interrumpidos por el resonar profundo de un suspiro proveniente de su compañero. Joe lo observó fijamente, como si intentara penetrar en el laberinto de pensamientos que rodeaban a Smith en aquel preciso momento. El cazador comprendió que su amigo luchaba por mantener los ojos abiertos, consciente de que todavía les aguardaba un largo trecho antes de alcanzar su destino. Y la resplandeciente Luna alzándose en el firmamento nocturno no ayudaba en nada.

Murmurando con voz casi imperceptible, Joe rompió el silencio que les envolvía: —¿Por qué te encuentras tan fatigado? —cuestionó nuevamente con curiosidad.

Observó detenidamente a Smith, quien permanecía en silencio, sumido en sus pensamientos. En ese instante, Joe casi sintió como si estuviera ante una entidad diferente, ajena al agente Smith. Llegó incluso a fantasear con la posibilidad de que su compañero hubiera sido sustituido por un ser extraterrestre enmascarado, pero sabía que Smith no permitiría tal engaño. Su complicidad era inquebrantable, y el cazador reconocía en cada gesto y palabra la presencia de su amigo. La certeza de que Smith seguía a su lado, en todo su esplendor, proporcionó a Joe un sentimiento de seguridad y complicidad que mitigó las sombras de la noche que les rodeaba.

Sin embargo, Smith seguía en silencio, como si sus palabras estuvieran encerradas en un abismo de desconfianza. Joe percibió en su mutismo un mensaje oculto: «No confío lo suficiente en ti para revelarte mis pensamientos más profundos».

—¿Podrías detener el vehículo? —pidió Joe con la voz apenas susurrante, como si temiera romper el frágil equilibrio en el que se encontraban.

Smith lo observó con una ceja arqueada antes de cumplir con su solicitud, estacionando el coche.

Joe salió del vehículo bajo la penetrante mirada de Smith, quien lo observaba en silencio mientras daba la vuelta al automóvil y se dirigía hacia el asiento del conductor. Al abrir la puerta, se encontró con la mirada desconcertada de Smith, cuyos ojos reflejaban un mar de interrogantes.

—Deja que conduzca yo —suplicó Joe, señalando el asiento del copiloto para que su compañero lo ocupara.

—Déjate de tonterías, cazador, y súbete al auto.

—Por motivos que escapan a mi comprensión, estás agotado y eso amenaza la misión. No hay tiempo para tu ego inalcanzable de «yo todo lo puedo cuando quiero», porque es obvio que necesitas estar al cien por ciento para hacer bien tu trabajo y no lo estás. Así que mueve tu trasero al otro asiento y déjame conducir a mí antes de que terminemos en un accidente de tránsito. No deseo contar con un camarada inepto en una misión de transcendental peligrosidad.

—¿Inepto, dices? —replicó Smith, sintiéndose herido en su orgullo.

—No albergo dudas sobre tu competencia, pero la fatiga que te atormenta está claramente erosionando tu capacidad para desempeñarte al máximo de tus habilidades. Nuestro fracaso es casi inevitable si no tomas un momento de descanso.

Smith, con gesto adusto, observó a Joe y exhaló profundamente, desabotonando su cinturón de seguridad para trasladarse al asiento del copiloto. Joe esbozó una sonrisa de satisfacción mientras subía al auto, ajustó su cinturón de seguridad y tomó las riendas del vehículo, iniciando de nuevo la travesía.

Smith se reclinó solemnemente contra el cristal del vehículo y contempló el sendero con un velo de desasosiego en su mirada, más allá́ del agotamiento físico que lo abrumaba.

—Siempre he sido ducho en la toma de decisiones —inició Smith, cautivando la atención de Joe—, nunca he vacilado en mis pasos y, aun en el caso de errar, he sabido convertir esos errores en oportunidades para seguir avanzando.

Joe guardó silencio mientras Smith se sumergía en una larga reflexión. Esperó pacientemente a que su amigo concluyera sus palabras.

—No logro comprender por qué ahora me encuentro tan abrumado por la incertidumbre, por tantas interrogantes que me acosan. Me siento frustrado.

—Tú… —comenzó́ Joe con parsimonia, como si sopesara cuidadosamente si era el momento adecuado para intervenir—, ¿sientes que has cometido un error al tomar una decisión recientemente?

—Creo que sí —suspiró profundamente—. Y sí, se trata de Jane, para que cese tu inquisitiva.

Joe comprimió́ los labios en un intento por retener cientos de preguntas que prefería dejar en suspenso. Finalmente, planteó la pregunta que consideró menos imprudente: —¿Sientes que no la amas?

—No es eso —exhaló Smith—. Siempre he estado absorbido por mi labor, ¿entiendes? Mi existencia personal ha sido ensombrecida por mi trayectoria profesional; jamás he cultivado amistades o relaciones amorosas debido al riesgo inherente a mi trabajo, pero cuando Alyx me invitó a su boda…

Smith se detuvo, como si le costara adentrarse en aquel tema, como si nunca antes lo hubiera explorado en profundidad.

—Ansiabas una vida convencional —incidió́ Joe.

—Exactamente. Me acerqué a Jane después de atrapar el ramo en la boda y comenzamos a salir antes de formalizar nuestra relación. Todo iba bien, incluso tolero sus caprichos y su insistencia en que la entrene. He sobrellevado las excentricidades de Eddie, por lo que puedo soportar cualquier cosa, pero…

Joe prefirió́ mantenerse en silencio y permitir que Smith se expresara a su propio ritmo. No parecía muy habituado a desvelar su intimidad de esa manera.

—Ella me demanda más… —Smith se detuvo un momento, buscando la palabra precisa—, ¿cursilerías?

—¿Romance? —corrigió Joe levantando una ceja.

—Exacto, pero nunca antes había experimentado el amor, así que me siento perdido en esta relación.

Joe lo observó detenidamente. ¿Era eso lo que atormentaba la mente del gran Smith? Para un agente tan experimentado como él, el peligro era su compañero constante, pero enfrentarse a las complejidades del corazón parecía ser su mayor desafío.

—Siento que… —prosiguió Smith—, ella merece algo mejor.

Joe lo miró con una ceja alzada ante tales pensamientos.

—Smith, ¡tú eres el agente más excepcional que conozco! No puedes menospreciarte de esa manera. Es absurdo.

—Como te he dicho, mi trabajo conlleva bastantes riesgos y por eso siempre me mantuve distante, para proteger a quienes podrían verse arrastrados a mi mundo de peligros. Siento que al acercarme a Jane, la pongo en riesgo, a pesar de mis mejores intenciones. Yo mismo me convierto en una amenaza para ella.

—Bueno… —murmuró Joe—, actualmente cuentas con muchos amigos, ¿no es así?

—Sí… —suspiró Smith—, y ahora temo que al estrechar lazos, ponga en peligro a alguno de ellos. Eres el único con quien he logrado una amistad verdaderamente sólida, porque confío en tu habilidad para solucionar cualquier adversidad y, al igual que yo, el peligro es tu pan de cada día. Por eso eres mi mejor amigo. Pero con los demás…

Joe guardó silencio por unos instantes, luego tragó saliva y habló: —¿Soy tu mejor amigo? —preguntó incrédulo de que Smith lo considerara de esa manera. Su corazón se aceleró de emoción.

Smith lo miró con una ceja alzada.

—¿Qué pensabas que eras?

Joe se quedó en silencio por un momento y luego sonrió: —¿Tu fastidio favorito?

Smith también sonrió.

—Sí, fastidio, pero no favorito.

Ambos rieron, disipando la tensión que las dudas de Smith habían generado.

—¿Quieres que te inicie en el arte del romance? —se ofreció Joe con una sonrisa y ligeramente irónica.

—Tú y Mary, ¿son románticos? —preguntó Smith con curiosidad, arqueando una ceja en señal de interés.

—Ah… No, ella no; yo soy el que lo intenta —respondió Joe entre risas—. Sin embargo, siento la constante amenaza de ser arrojado por la borda de su navío si sigo en esta senda.

Smith sonrió con complicidad y, cerrando los párpados, se recostó contra la ventana con gesto reflexivo.

—En ese caso, lo primero que deberías aprender es a nadar —susurró Smith.

Joe lo observó con una sonrisa cómplice ante esas palabras, pero al fijarse detenidamente, se dio cuenta de que su compañero de viaje se había sumido en un sueño profundo. Fue entonces cuando recordó que aún llevaba puestas las gafas de Smith, lo que le permitía apreciar con mayor nitidez los rasgos de su rostro. Dormido, parecía más tierno y vulnerable que nunca.

Ajustándose las gafas con delicadeza, Joe aceleró el auto, consciente de que aún les aguardaba un largo camino por recorrer hasta alcanzar su destino.