1. El comienzo de todo
En un tiempo olvidado, el mundo estaba dividido entre los cielos infinitos y las tierras vastas, todos estaban unidos por una fuerza primordial: el Cosmos, la estructura invisible que mantenía el equilibrio del universo. En su centro, se encontraba el Núcleo del Aire, una reliquia sagrada que controlaba las tormentas y regulaba el flujo de energía entre los reinos. Solo los Hijos del Aire entendían su poder, pues eran los guardianes de la luz que brillaba sobre el mundo.
Los Hijos de las Estrellas, una raza mística que había nacido entre las estrellas mismas, observaban el Cosmos con reverencia. Su linaje estaba vinculado a este equilibrio celestial. Ellos creían que el bienestar del mundo dependía no solo de las fuerzas elementales, sino también de la armonía del universo. Mientras el Núcleo del Aire se mantenía intacto, las estrellas seguían brillando en el cielo y el Cosmos permanecía estable, un sistema en el que todos los elementos coexistían en un delicado baile de luz y sombra.
Pero una noche sin luna, el equilibrio se rompió. Algo sucedió en los cielos. Algo que ni los más sabios del Reino del Aire podían prever. El Núcleo del Aire fue destruido, y con ello, se abrió una grieta profunda, una herida que se extendió hasta el corazón mismo del Cosmos. Las estrellas comenzaron a apagarse una por una, como si una mano oscura las estuviera arrastrando hacia la nada.
La grieta separó a los Hijos del Aire de su esencia, desterrándolos de su hogar ancestral. En el mismo momento, el Cosmos se fragmentó, llevando consigo la estabilidad de todo lo conocido. Los Hijos de las Estrellas, aquellos que protegían el equilibrio entre las luces y sombras del universo, fueron víctimas de una traición silenciosa. Aunque sus corazones seguían ardiendo por la esperanza, su mundo se desmoronaba frente a sus ojos.
En el caos que siguió, los vientos se tornaron oscuros, la luz de las estrellas desapareció y las criaturas de la oscuridad comenzaron a ascender, alimentadas por el vacío dejado por la destrucción. Alguien o algo había manipulado las fuerzas, causando la caída de todo lo que los Hijos del Aire y los Hijos de las Estrellas habían jurado proteger.
Las criaturas de la oscuridad, aquellos que habitaban en las sombras, comenzaron a moverse por el mundo, sembrando el caos en los reinos que aún quedaban. Aunque el verdadero rostro del enemigo seguía oculto, todos sabían que algo mucho más grande y oscuro estaba detrás de la grieta.
La misión de restaurar el equilibrio del Cosmos, de sanar las heridas del aire y la tierra, ahora depende de él.
Los Hijos de las Estrellas ya no pueden sostener el mundo solo. La grieta y la oscuridad amenazan con tragarse todo lo que queda. Y aunque las estrellas ya no brillan con la misma fuerza, el viento sigue soplando, recordando que la luz y la sombra no pueden existir una sin la otra. Pero, ¿cómo restaurar lo que se ha perdido cuando el Núcleo del Aire ya no puede sanar las heridas del mundo?