El Diario de Yerik

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Summary

"Mi nombres es Yerik Ivanov Santoro, tengo dieciséis años. Hijo de padre ruso y madre mexicana. No hablo ruso, solo unas cuantas palabras y no conozco Rusia. Soy el último de cuatro hijos. Me encanta la música, practico tenis desde los 6 años, amo viajar. Y soy GAY". 

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
4.3 3 reviews
Age Rating
16+

BORN THIS WAY



Hay quien dice que las casualidades no existen. Que extrañamente, todo lo que ocurre en esta vida tiene una razón. Que los mejores momentos no son aquellos que planeaste sino los que surgieron de la nada para convertirse en extraordinarios. Que no necesitas preguntarte quién eres, sino descubrirlo...

Sonó el reloj despertador: 5:50 am.

Casi puedo asegurar que nunca había despertado tan temprano,  y menos para asistir  al colegio.  Mi primer día en el bachillerato "Moliere"; los nervios me tenían preso, y al mismo tiempo emocionado. Finalmente  había dejado atrás la cruda etapa donde todo mundo te llama niño, púber,  o cualquier adjetivo calificativo aplicado a lo más extraño y amorfo que puedan imaginar. 

Como rastros de mi pasado: un año de retraso en la primaria,  reprobado y expuesto como lo peor. Tengo que alegar en mi defensa que de esto último no era responsable. Pero esa es otra historia. 

Dieciséis años de edad. Dieciséis que ya eran pasado; en un par  de meses más por fin estaría cumpliendo mis flamantes diecisiete años. 

Los acordes de  Big jet plane de Angus & Julia Stone inundaban el ambiente matutino. Era una de mis canciones favoritas. Sintiendo como el agua recorría mi cuerpo, lentamente disfruté la melodía, casi hipnotizado en ese instante  irrepetible. Vi mi rostro en el espejo y,  por primera vez me sentí diferente: una nueva etapa, nuevos amigos, nueva vida. Los elementos ideales para poder sobrevivir en este mundo desequilibrado. No me demoré frente al espejo, no esa mañana; después de todo no pretendía llegar tarde. Elegí la camiseta roja, jeans negros algo desgastados pero modernos, mi cabello alborotado: siempre será el mejor peinado para un adolescente en plena efervescencia, y como toque final calzado deportivo negro. Tenía en mi poder todo lo necesario para defenderme en la vida: el mundo entero a mi disposición a través de mi dispositivo móvil, no hay nada mejor que eso para ignorar a la gente indeseable.

Mi padre gritó desde la parte baja de la casa que me apresurara o llegaríamos tarde. Tomé mi mochila y me encaminé hacia el auto, el cadillac color azul  ‘51 orgullo y reliquia familiar; él ya me esperaba arrellanado en el asiento del conductor,  perfectamente vestido con un traje color chocolate y una corbata que juzgué demasiado juvenil para sus casi 65 años. Anticipé lo que seguía: el viejo disco de éxitos de Tom Jones, y no me equivoqué. Comenzamos el trayecto con las baladas, siempre las melodías lentas para el inicio y las rítmicas para despertar. Así lo afirmaba el jefe de familia siempre que llevaba a uno de mis tres hermanos o a mí al colegio. 

Tom Jones hacía gala de su cadencia interpretando  “Sex bomb"  cuando tuvimos a la vista el edificio de la escuela.  Al llegar a la puerta descendí del cadillac clásico y me sentí en una  película de “Santo  el enmascarado de plata"; todos llegando en autos modernos y yo en el vestigio de otra época, un tesoro que exhibía por todos lados mi peculiar familia. Con apuro me despedí  de papá,  que me sonreía como si dejara a un niño indefenso en su primer día del jardín de niños; poco faltó para que me proporcionara un refrigerio e invocara todos los santos y vírgenes de cielos e infiernos para que me protegieran. 

6:46 am. Maldita sea.

Demasiado temprano. Siempre me he preguntado por qué hay gente que llega antes a las fiestas o compromisos, ¿con qué propósito lo hace? no por llegar más temprano habrá un evento especial para todos aquellos ansiosos que no pudieron aguantar unos minutos más y adelantaron su arribo. Mi hermana solía afirmar que anticiparse a cualquier lugar era una falta de educación y muestra absoluta de  inseguridad;  lo decía ella, que acostumbraba llegar una hora tarde a todos lados. Argumentaba que las personas se sienten  vulnerables,  y con una ansiedad particular por conocer de qué se trata una reunión o una cita o cómo acabará la velada. Tal ansiedad era simplemente inseguridad ante lo desconocido: en conclusión la gente que llega antes, está muerta de miedo. Mierda.

La escuela es enorme; justificaba la jugosa colegiatura depositada más a mes. Yo no tenía queja alguna: principalmente  porque contaba con cancha de tenis. En el momento de la inscripción la había visitado, pero ya que había llegado unos minutos antes quise echar un vistazo otra vez antes de conocer a mis nuevos compañeros. 

Llegué y la puerta de acceso estaba cerrada.  Una voz detrás de mí me alertó. El encargado de la limpieza del colegio enfundado en un overol gris, me señaló el camino correcto.

— Esa puerta está fuera de servicio joven. La entrada es por el siguiente pasillo a la izquierda. 

Puede parecer estúpido pero estaba orgulloso de que me llamaran joven y no niño. Además era lo suficientemente alto, había alcanzado 1,75  metros y seguía en pleno desarrollo. 

Con cada paso dado aumentaba el volumen de la verdadera música para mis oídos: el impacto de la pelota en la raqueta me emocionaba. Estaban dos chicos practicando, ambos bastante atractivos;  uno de ellos,  afroamericano,  muy alto y de cabello explosivo. El otro,  de tez apiñonada y ojos verdes. En honor a la verdad ambos jugaban bastante bien, ninguno se mostraba titubeante, estaba claro que no eran principiantes. 

Había un par de espectadores más en las gradas. Un chico y una chica, a quienes no podía observar claramente  ya que el sol apuntaba directamente a mis ojos y con aquel reflejo me era casi imposible distinguirlos. Permanecí ahí por casi diez minutos, hasta que llegó lo inevitable. Me eché la mochila al hombro y busqué el salón 1-B. Ahí tomaría mi primera clase. 

Un pasillo similar al de un hospital, perfectamente pulcro. Amplios salones con ventanas en la parte más alta, supuse que esa característica se debía a la distracción de los alumnos. No se parecía en nada a mi antiguo y austero colegio. Presentí que aquí las cosas si funcionaban; en un trayecto de unos veinte metros, en mi recorrido hacia el salón 1-B, me topé con toda clase de chicos y chicas: algunos caminaban entre amigos, pero la mayoría lo hacían con auriculares y sin mirarse unos a otros, a pesar de lo extravagante de las prendas de algunos, todos parecían perdidos en sus propios universos. 

Ingresé al salón esbozando una pequeña sonrisa con las caras más amables y con otros simplemente me limité a pasar a su lado. La mayoría estaba adentro sin hablar demasiado, apenas dos o tres personas hablaban en voz baja. Ubiqué un pupitre casi hasta el final de la segunda fila. Detrás de mí, una chica gótica con la mirada más triste que he visto en mi corta vida escribía en un cuaderno; solo levantó la mirada al sentirse invadida en su espacio. Le sonreí, pero ella permaneció impávida y no correspondió a mi gesto. Decidí dejarla en paz, yo  conocía bien esos sentimientos. Algunas veces lo único que quieres es parecer invisible para todos. Reflexionaba en esto, cuando entró al salón la profesora Navarro.

Una mujer con  cabello largo negro, expresivos ojos verdes y demasiado joven para ser una profesora; tendría unos veintiocho años o menos. Tal vez por la razón de que en mi antiguo colegio estaba acostumbrado a ver a casi todos los maestros rondar entre los cuarenta y cincuenta años,  una chica tan joven me sorprendió. Su porte y seguridad se impusieron desde el primer momento. Avanzó con firmeza, llevaba únicamente un portafolio de piel de una reconocida marca. No saludó al entrar al salón, lo hizo hasta llegar al escritorio. Se colocó los lentes y comenzó a pasar lista. Faltaban  tres alumnos.

— La dinámica es sencilla. Nadie mejor que ustedes para hablar de sí  mismos; es lo más simple y a su vez lo más difícil. Nada es irrelevante, si lo dicen es porque es importante. Tienen diez minutos para pensar en qué decir. 

Rebeca impartiría la clase de ética. Tenía razón,  era bastante simple lo que debía escribir sobre mí, pero tan difícil compartirlo; existían tantas situaciones banales en mi vida que no sabía si debía o no contarlas. Me es fácil expresarme por escrito pero no estoy seguro si mi tema favorito es compartir mis excentricidades cotidianas ante un grupo de desconocidos.

El tiempo se agotó. Comenzaron las revelaciones: hijos de padres divorciados, músicos, deportistas, cocineros, artistas frustrados; vamos, hasta grandes coleccionistas, todo con tal de generar una buena impresión. Hasta que le tocó la palabra a una chica que no solo robó mi atención, sino que atrapó mi interés y  no en el sentido romántico o sexual, sino como ser humano. 

— Mi nombre es Samantha Oki. 

Hizo una pausa que se me antojó eterna. La maestra Rebeca Navarro la alentó a que continuara con su discurso. Silencio. 

— Creo que estás un poco nerviosa. 

En total tranquilidad,  la adolescente de rasgos orientales contestó.

— No. En absoluto.

— Entonces continúa.

— Es todo. No tengo nada más que decir.

— Vamos,  seguro que hay algo que puedas compartirnos de tu vida, gustos, miedos, algún detalle que sea importante.

— No. Ninguno. Bueno, si: no me gusta hablar de temas privados ante desconocidos.

Sonrío y caminó hasta su lugar. Esa fue una verdadera faena. Toda la clase enmudeció, y la misma Rebeca tardó un par de segundos en reaccionar. Cedió la palabra al siguiente alumno y en eso estaba cuando ingresaron al aula un chico y una chica;  detrás de ellos el tenista bien parecido. Ninguno de los tres se molestó en saludar o disculparse con Rebeca Navarro por llegar tarde el primer día de clase.

— Están en su casa, pueden llegar a la hora que quieran.

Con ironía Rebeca Navarro encaraba la situación. Y el tenista contestó.

— Muchas gracias. No esperaba menos de esta escuela.

En un afán de retomar esa autoridad que estaba perdiendo la profesora de ética arremetió: 

— Estamos muy interesados en conocerlos. Ya que tienen tanto entusiasmo pasen a presentarse al frente y háblenos un poco de su vida. Comencemos con usted joven...

— Santiago Abbadelli. Tengo dieciocho años, amo el deporte, especialmente el soccer y el tenis. Odio levantarme temprano y los colores neón. Me gusta mucho el sex...

Rebeca Navarro interrumpió su exposición si dejarlo terminar. Santiago parecía relajado y bastante despreocupado de lo que pensaran los demás. 

— Adelante. Los siguientes. 

La chica se levantó. Se veía muy sofisticada, casi todo su atuendo en rosa pastel combinado con las uñas, pero las apariencias engañan. 

— Mi nombre es Sophía Duarte. Dieciséis años, me gusta el rock, Iggy Pop, AC/DC y soy lesbiana.

Su sexualidad no era la sorpresa, bueno si un poco, más bien su aspecto no tenía nada que ver con el estereotipo de alguien que gusta del rock; además de que lucía demasiado femenina para ser lesbiana… bueno eso que más da. Yo me estaba dejando llevar por  mis prejuicios.

— Mi nombre es Paolo Duarte. Dieciséis años, me gusta la natación, pintar, escuchar música, salir a pasear a mis tres perros labrador y soy gay.

No acabábamos con las sorpresas. Eran gemelos y con los cables cruzados, una lesbiana y el otro gay. Ya quería conocer a sus padres. Me encontraba disfrutando del momento memorable, cuando me sacaron de aquel trance y quedé como un estúpido.

— ¡Joven! ¿Sigue con nosotros o ya lo perdimos?

Me quedé idiotizado al tener a la profesora Navarro frente a mí.

— Adelante.

Por los nervios olvidé el cuaderno donde había anotado todo lo importante; al escuchar a los demás supuse que mi discurso sería muy sobresaliente. Siempre fui un niño muy extrovertido, pero algo me sucedía en esta ocasión, que  me sentía demasiado intimidado.

— Es para hoy. No se me distraiga. 

— Mi…  mi...

Empecé a tartamudear como pendejo y aunque las carcajadas no eran evidentes aquello comenzó a incomodarme. Respiré profundo. 

— ¿Estás bien?

Me cuestionó una compañera de la primera fila. Moví la cabeza afirmativamente.

— Mi nombre es Yerik Ivanov. Tengo dieciséis años, me gusta el tenis y la música. 

No dejaba de sonreír nerviosamente. Estúpidamente diría yo.

— ¿Es todo?

— Sí.

— Toma asiento.

Siguieron las presentaciones hasta el último de los compañeros. La primera impresión sobre mí seguramente había sido terrible; concluí que esto me marcaría por el resto del bachillerato. Todos recordarían siempre ese penoso incidente. 

La verdad es que estaba exagerando, solo lo recordarían mientras llegaba otra estupidez que robara la atención.

Es lo interesante de esta edad, que todo pasa a tal  velocidad que ni siquiera te enteras que sucedió hasta que se ha terminado.

Somos más de lo que pretendemos ser, envueltos en la confusión de la vida, dispersos en sueños ajenos, pero hambrientos de seguir aprendiendo. 

"Mi nombres es Yerik Ivanov Santoro, tengo dieciséis años. Hijo de padre ruso y madre mexicana. No hablo ruso, solo unas cuantas palabras y no conozco Rusia. Soy el último de cuatro hijos. Me encanta la música, practico tenis desde los 6 años, amo viajar. Y soy GAY".