Capítulo I
El sol comenzaba a bañar el horizonte con sus primeros rayos, emergiendo detrás de las montañas e iluminando el paisaje poco a poco. Aquella madrugada, la brisa apenas era cálida. El rumor de la naturaleza empezaba a despertar, pero fue interrumpido por el fuerte gruñido de mi fiel compañero, Emmett, sumido en un sueño pesado. Miré sus escamas superpuestas, tan negras como la mismísima oscuridad. Tenía unos enormes cuernos y púas alrededor de la cabeza; sonreí al verlo.
Caminé hacia la salida de nuestra cueva mientras estiraba los brazos. Mis pies descalzos pisaban la tierra húmeda. Al observar a mi alrededor, vi que algunos pájaros ya volaban entre los árboles. Desde mi posición, todo se veía perfecto. Me di la vuelta para mirar una vez más a Emmett.
—Voy a buscar el desayuno —le susurré.
Solo recibí un gruñido perezoso de su parte mientras seguía durmiendo. Sí... le costaba madrugar.
Tomé una rama bien afilada y una cesta de hojas de plátano. También llevaba un bolso hecho por mí misma con ese mismo material y unas cuerdas que encontré hace mucho tiempo, tiradas en el bosque. Había sido el primer bolso que hacía desde que empecé a vivir aquí, y aún resistía. Salí de nuestro refugio y caminé hacia el lago. Mientras avanzaba, observaba cómo las flores empezaban a abrirse.
Me metí en el agua con cuidado, sujetando la rama con fuerza, esperando que pasara algún pez para cazarlo. Rogaba encontrar uno bien grande para Emmett. Al final, solté un suspiro de alivio tras atrapar el último salmón, su favorito. Con suerte, era enorme, así que seguro empezaría el día de buen humor.
De regreso, encontré unas moras; recolecté bastantes y las guardé en el bolso. Al cruzarme de nuevo con la orilla, me arrodillé y bebí agua con las manos; se sentía muy refrescante. Pensé que necesitaba algo para transportarla, pero no sabía en qué; venía tres o cuatro veces al día para no deshidratarme. Observé mi reflejo en la superficie: mis ojos eran del color de la miel, mi cabello brillaba como el fuego de Emmett, mis labios eran carnosos y mi nariz puntiaguda.
Me acomodé un mechón detrás de la oreja. Hacía calor, pero no demasiado. Vestía solo una tela suelta sobre el cuerpo, sujeta con cuerdas a la cintura, aunque en el pecho llevaba escamas que de vez en cuando se le caían a Emmett; me gustaba convertirlas en cosas útiles.
Sonreí al recordar la primera vez que vi una escama en la cueva. Al tomarla, noté lo dura que era y me la probé sobre la piel, imaginando una prenda. Cuando se lo enseñé a Emmett con entusiasmo, él solo rodó los ojos y se volvió a dormir. Me ofendí, por supuesto, pero eso no me desanimó. Durante un tiempo recolecté escamas hasta que, finalmente, armé mi primera vestimenta. Nos veíamos iguales y me sentí muy feliz al probármela. Cuando se la mostré, él me observó de pies a cabeza y exhaló una pequeña nube de humo sobre mí. Lo tomé como una aprobación. Además, combinaban perfectamente con mi cabello rojo.
Al volver a la cueva, Emmett seguía en la misma posición.
—Emmett, conseguí tu salmón favorito —canturreé.
Apoyé el pescado sobre una gran roca y me alejé mientras sacaba mis frutas. Emmett exhaló un fuego suave, lo suficiente bajo para calentar su desayuno antes de mascarlo y tragárselo.
—¿Quieres otro? —le pregunté.
Él gruñó bajito, apuntando a la roca con el hocico. Significaba que sí. Sonreí, saqué el segundo salmón y lo dejó en su lugar. Hizo lo mismo que antes y se lo comió.
Me acerqué para acariciar su cuello, que tenía la esbelta forma de una serpiente. A menudo estudiaba a los animales para compararlos con él: su cabeza se parecía a la de un caballo. Una vez vi una manada corriendo en la misma dirección; recordaba sus pisadas desesperadas, como si huyeran de algo. Sus garras, en cambio, eran como las de un águila, de esas que tantas veces había visto volar sobre nuestra cueva.
Siempre me decía a mí misma que al otro lado de las montañas vivía algo, o alguien, más peligroso. De vez en cuando veía columnas de humo, como si hicieran fogatas, pero nunca se acercaban tanto como para averiguar nuestra ubicación. Por eso casi no dejaba que Emmett volara. Por su seguridad.
Tomé una piedra afilada y empecé a dibujar sobre la pared de roca. Rápidamente, calcé el paisaje frente a mí antes de que el sol subiera más. Buscando la armonía en cada trazo, intenté que las líneas capturaran la perfección de la mañana. Sonreí ante el resultado.
Me di la vuelta, tomé mis cosas y me acerqué despacio para no espantarlo. Sonaba dramático, pero se ponía de mal humor si lo asustaba sin querer. Como aquella vez que lo desperté con un grito de emoción porque caía una lluvia suave, ideal para que creciera la comida y las flores no murieran. Emmett me fulminó con la mirada; yo le pregunté estúpidamente si lo había asustado y me disculpé, aunque lo único que recibí fue su indiferencia. Desde entonces, trataba de controlar mis emociones exageradas.
—Emmett... —Él me miró, inclinando la cabeza y fijando sus ojos rojos en mí—. Iré a trabajar, ¿sí? Intentaré volver antes de que el sol esté sobre nuestras cabezas. Ya sabes, trata de no hacer ruido —bromeé.
Emmett soltó un suave gruñido antes de apoyarse sobre el suelo y cerrar los ojos. Sonreí, negando con la cabeza. De vez en cuando trataba de molestarlo con eso de que “no hiciera ruido”, pero en el fondo lo decía muy en serio. Hubo otras cuevas que hacían demasiado eco antes de que consiguiéramos este lugar que llamábamos hogar. A veces pensaba que podríamos acercarnos al mar, pero era muy arriesgado. No conocía nada más fuera de nuestro límite; tardaría dos o tres días en retornar a mi único lugar seguro, el único refugio para mi dragón contra todo tipo de tormentas.
Al salir, me detuve un momento a observar el firmamento. El cielo era tan diferente cada día, y aún así siempre era hermoso.
La mayor parte del tiempo trabajaba con mis manos: cortaba la madera para la fogata, recogía las frutas o llevaba el agua. Sin embargo, a veces mi mente y mi cuerpo conectaban de otra forma. Vi una gran roca a punto de caer desde la cascada; me quedé quieta en mi posición y me concentré. Mirando fijo el objetivo sin parpadear, levanté una mano. Unas ondas invisibles viajaron hacia la roca, sujetándola en el aire. La sostuve como si fuera lo más liviano del mundo y la bajé con mucho cuidado en un lugar despejado.
Satisfecha, continué mi camino. En el bosque, un conejo masticaba una manzana roja moviendo el hocico de forma graciosa, y una ardilla corría subiendo a un árbol con los cachetes inflados como un par de nueces grandes. Todo lo que había a mi alrededor era precioso. Me consideraba una especie de guardiana de la naturaleza, y sobre todo, de la criatura enorme que vivía conmigo. Cada árbol y cada flor eran arte.
“Trataba de que todo estuviera en su lugar, dedicándome también a cuidar y sanar a los animales heridos. Algunas veces, me rompía el corazón no llegar a tiempo. Cuando eso pasaba, volvía a la cueva arrastrando la tristeza, y Emmett me consolaba apoyando su gran cabeza sobre mí mientras le explicaba lo ocurrido:
—Tenía el ala rota... Al principio no confiaba en mí. Traté de traerlo a casa, pero se desesperó, terminó abriéndola peor y... dejó de moverse.
Un dolor punzante se instalaba en mi pecho y una lágrima caía por mi mejilla. Él me escuchaba hasta que lograba calmarme. Creo que podía sentir los latidos de mi corazón.”
Él también me cuidaba a su manera. Recordé la vez que me caí y me raspé la rodilla; dolía muchísimo, y empeoró cuando intenté curarme con césped molido y agua. Volví a la cueva casi arrastrándome. Emmett se preocupó tanto que sus ojos rojos brillaron con una intensidad que parecía fuego. Gruñó bajito y, con una de sus patas, me ayudó a no esforzarme más, cargándome con delicadeza para llevarme dentro. Me acomodó cerca de él para que mi rodilla no chocara con nada. Yo lloraba con fuerza por el dolor, y cuando él acercó su rostro, vi sus ojos tan cerca como dos gotas de sangre. Entonces, una de sus lágrimas resbaló y cayó directo sobre mi herida.
“Con los ojos abiertos por la impresión, observé cómo la raspadura disminuía hasta desaparecer en un pequeño vapor. Parpadeé, tocando la piel intacta.
—Me curaste —jadeé, mirándolo—. Tus lágrimas tienen poderes curativos.
Sonreí, colocando una mano sobre sus escamas para acariciarlo con delicadeza, y apoyé mi frente contra la suya en señal de agradecimiento.”
Me encantaba la primavera, la época en que todo florecía en un vaivén de abejas y aves. Sabía que luego el otoño lo teñiría todo de rojizo y dorado, y que el invierno cubriría el bosque con un manto de nieve blanca, congelando el lago. Era un lugar hermoso donde la naturaleza aún respiraba.
Mis ojos se agrandaron cuando vi a un ciervo a unos pasos de mí. Me escondí rápidamente detrás de un árbol; sabía por mis observaciones que los ciervos huían de los humanos, así que traté de no asustarlo para admirar sus enormes astas. Sabía que las mudaban cada año, lo había visto con mis propios ojos.
Me levanté con cuidado, dispuesta a seguir disfrutando de las cosas mágicas de la vida, cuando el corazón se me detuvo de golpe.
Un ruido extraño resonó en el bosque. Al dar la vuelta bruscamente, tropecé y dejé caer mis cosas. Me maldije mentalmente por el alboroto que ocasioné. Aquel sonido no se parecía a nada de lo que había estudiado en este lugar. Agaché la cabeza rápidamente para no ser vista y arrastré los pies, evitando pisar las ramas secas.
Sabía defenderme; lo había practicado incontables días y noches usando la cola de Emmett y un palo de madera. Aquellos entrenamientos duros me habían hecho sudar, llorar y agotar mis fuerzas, pero Emmett quería asegurarse de que me convirtiera en una mujer fuerte. Sin embargo, la novedad me ponía nerviosa. Sea lo que fuera lo que andaba allí fuera, no podía verme, o me llevarían al otro lado de la montaña. Al peligro.
Me oculté detrás de un arbusto espeso, con el pulso acelerado y el corazón golpeándome el pecho. A lo lejos, vi aparecer un caballo blanco, tan puro como la nieve. Pero no estaba solo: un hombre iba sobre él.
«¿Un jinete?», pensé. La silueta se recortaba contra la luz, impidiéndome ver su rostro con claridad. Estaba solo. Me pregunté si se habría perdido, pero no podía arriesgarme a hacer el más mínimo ruido. No confiaba en ese extraño; no podía ayudarlo. El jinete tiró de las riendas, tratando de mantener quieto al caballo mientras buscaba algo con la mirada. Al no encontrar nada, dio la vuelta y se alejó al galope.
Esperé un largo rato para asegurarme de que no volviera. Solté el aire que contenía en los pulmones y recogí mis pertenencias a toda prisa, apretándolas contra mi pecho. Tenía que regresar a la cueva de inmediato.
Cuando estuve a diez pasos de mi hogar, solté un suspiro de alivio. Había tardado más de lo normal; el cielo ya se teñía de tonos dorados y rosados mientras el día se retiraba detrás de las montañas.
Emmett estaba despierto e inquieto. Sus orejas se movían en todas direcciones y los músculos de su cuello estaban tensos. Al verme, me examinó de pies a cabeza. Intentó acercarse, pero levanté ambas manos.
—Tranquilo, estoy bien —hablé rápidamente—. Siento mucho haber tardado.
Sus ojos rojos siguieron fijos en mí, asegurándose de que no tuviera ningún rasguño. Esperaba una explicación.
—Tuve que esconderme —tragué saliva—. En el bosque... vi a un jinete.
Emmett empezó a gruñir bajito.
—No lo vi muy bien. Me dio pánico cuando escuché las pisadas y apareció ese caballo blanco. Era hermoso, pero... —Dejé las cosas sobre mi roca, intentando ordenar mis pensamientos.
La mente me iba a mil por hora. El miedo me erizaba la piel por una sola certeza: ya no estábamos solos. Desde que tenía memoria, jamás había visto a otro humano. Emmett siempre me había advertido sobre ellos, sobre la maldad que habitaba en sus corazones y cómo dañaban la perfección de la naturaleza por creerse superiores. Eso me daba rabia.
Sentí a Emmett acercarse. Apoyó la cabeza sobre sus patas, mirándome de reojo.
—Estoy bien, Emmett. Solo fue un susto —le acaricié la cabeza, forzando una sonrisa—. Voy a hacer la cena, ¿está bien?
Intentaba calmarlo, pero el temor seguía ahí. Si los humanos estaban cada vez más cerca, significaba que estábamos en problemas serios. Tal vez no hoy, pero ¿y si mañana debíamos buscar un nuevo hogar para mantenernos a salvo?
Miré de reojo hacia el exterior. La noche ya había caído, cubriendo mi conciencia con un manto de estrellas y una luna llena que iluminaba el bosque. Emmett escupió una pequeña llama sobre los troncos que había preparado, encendiendo la fogata y llenando la cueva de una luz cálida que hacía brillar mi cabello rojo. Clavé el pescado en una rama y lo puse a asar.
Mientras observaba el fuego, mi mente seguía divagando. Recordé un libro desgastado que había encontrado semanas atrás en el bosque, lleno de mitos sobre los antiguos dioses del Olimpo: Zeus, Poseidón, Atenea... Me pregunté si alguno de esos dioses escucharía mis súplicas, o si existía un poder capaz de proteger nuestro lugar sagrado. El presentimiento de que la paz se había terminado no me abandonaba.
«¿Quién era ese extraño?».
Miré a Emmett, cuya respiración ya se había vuelto tranquila. Él me conocía bien; sabía que yo tenía un buen corazón, incapaz de dañar a un insecto, y por eso nos entendimos desde el primer momento. Recordé el día que nos conocimos: yo era mucho más pequeña, con una voz temblorosa, pero con el mismo cabello encendido. Me dio terror ver un ser tan gigantesco, pero al mirar mis ojos reflejados en los suyos, sentí una conexión pura. Había extendido la palma de mi mano, con el corazón desbocado y los ojos cerrados, esperando. Cuando sentí el tacto de sus escamas contra mi piel, el miedo se evaporó. Desde ese instante, dejé de estar sola.
Ahora tenía una nueva misión. Debía proteger este bosque, y sobre todo, debía proteger a Emmett. Él era el único de su especie; jamás habíamos visto ni sentido a otro dragón. Si algo le pasaba por defender de mí, nunca me lo perdonaría.
Me acomodé a su lado, apoyando la cabeza sobre su lomo tibio. Cerré los ojos, intentando ahuyentar las preocupaciones de la noche. Solo quería descansar y confiar en que, al menos por ahora, estaríamos a salvo.








