MERKIA

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Summary

Merkia es rápida, inteligente y siempre un paso adelante. Como Heredera de Mercurio, su existencia es un secreto, oculta entre las sombras del tiempo mientras cumple su misión: entregar mensajes entre dimensiones y evitar alteraciones en la línea temporal. Nadie en el mundo debería saber que ella existe. Nadie debería verla. Y mucho menos, nadie debería hacerla dudar. Pero entonces aparece Oria. En una metrópolis futurista controlada por la élite, Oria es solo una humana más. Vive entre el ruido de la ciudad, rodeado de hologramas y neón, trabajando en una pequeña librería olvidada por la era digital. Su vida es normal. O al menos, lo era hasta que empieza a notar algo extraño: fragmentos de tiempo que no encajan, momentos que se repiten, sombras que se mueven demasiado rápido. Y una chica de ojos afilados y actitud arrogante que aparece y desaparece como un espejismo. El problema es que Oria no es alguien que deja pasar las cosas. Y cuando empieza a seguir a Merkia, su insistencia se vuelve peligrosa. Nadie debería ver a una Heredera del Umbral. Nadie debería recordar sus pasos. Pero por alguna razón, Oria puede verla. Y cuanto más intenta Merkia alejarse, más inevitable se vuelve su encuentro.

Status
Complete
Chapters
20
Rating
n/a
Age Rating
18+

Sombras en el tiempo

El futuro es un laberinto de posibilidades. Algunos caminos son seguros, otros se desvanecen antes de pisarlos, y luego están aquellos que no deberían existir. 

Esta mañana, Sateriel se acercó a mí con un ceño fruncido y una advertencia en la voz.

—Hay una nueva línea temporal. No la vi antes. Nadie la vio.

Eso fue suficiente para captar mi atención. Un futuro que aparece de la nada no es algo común. Una metópolis futurista, gobernada por una élite. No había registros de ella, ni rastros de su creación.

—Alguien la ha alterado —concluyó Sateriel. —Descúbrelo.

Asentí.

Ese era mi trabajo. Mensajera entre dimensiones, portadora de secretos y advertencias. Y también, la única que podía viajar entre los hilos del tiempo sin perderse.

Para llegar allí, no había una máquina ni una puerta dorada. El tiempo es como un torrente, y yo soy la chispa que se desliza entre sus corrientes. Cerré los ojos y concentré mi poder, sintiendo el pulso del tiempo bajo mi piel. Lo aceleré, dejando que mi cuerpo se volviera un borrón de velocidad pura, uniendo los puntos invisibles que conectan una línea temporal con otra. No hay un camino físico, solo la certeza de que si corres lo suficientemente rápido, puedes atravesar los velos del tiempo como si fueran humo.

Entonces, en un parpadeo, llegué.

Una oleada de luces artificiales inundó mis sentidos. Hologramas titilaban sobre rascacielos de cristal, proyectando anuncios que cambiaban en un susurro de código. Coches flotantes se deslizaban por avenidas suspendidas en el aire, dejando rastros de neón en su camino. La ciudad vibraba con un pulso mecánico, una música sintética que se filtraba desde altavoces invisibles.

Mis botas tocaron el suelo con suavidad y un escalofrío recorrió mi espalda. ¿Qué clase de mundo es este?

Nadie podía verme. Nadie debía saber que estaba aquí. Levanté la capucha de mi abrigo y me sumergí en las sombras, camuflándome entre los transeúntes sin rostro que avanzaban sin pausa. Cada esquina de esta ciudad contenía secretos, y yo estaba aquí para encontrarlos.

Mis pasos me guiaron hacia un callejón oscuro, lejos de las luces cegadoras y del murmullo interminable de la multitud. A medida que me internaba en la penumbra, observé los grafitis en las paredes, códigos en un idioma que no conocía. Alguien había dejado mensajes aquí, advertencias o tal vez pistas.

Detuve mi andar. Algo no encajaba.

De pronto, algo se movió rápido entre las sombras. No lo dudé. Corrí tras ello, impulsándome con mi velocidad, deslizándome entre los callejones como una exhalación. Esquivé transeúntes, sorteé pasajes estrechos y seguí la sombra entre los reflejos del neón. Pero por más rápida que era, nunca la alcanzaba.

Era como perseguir un fantasma.

Me detuve al llegar a una gran avenida. Frente a mí, los rascacielos de cristal destellaban con luces imposibles, y en lo alto, vi cómo algunos de ellos parecían abrir portales en el cielo, ventanas de energía palpitante que mostraban fragmentos de otros mundos. ¿Un mundo mágico?

Mientras intentaba comprender lo que veía, algo más capturó mi atención.

Una chica.

De cabello negro, liso y largo, que caía en una cascada oscura sobre sus hombros. Su piel era suave, de un tono cálido que contrastaba con las luces frías de la ciudad. Estaba perdida en sus pensamientos, tanto que pasó a mi lado sin siquiera notar mi presencia.

Aspire suavemente. Su perfume flotó en el aire, un aroma dulce y especiado que me hizo cerrar los ojos por un instante. Algo en ese olor me ancló al presente de una manera desconocida, como si el tiempo se ralentizara en torno a ella.

Cuando los abrí de nuevo, ella ya caminaba lejos. Sus pasos eran tranquilos, ajenos al caos de la ciudad, como si perteneciera a otro mundo dentro de este. Y entonces, sentí algo extraño. Una vibración en mi pecho, una inquietud que nunca había sentido.

¿Por qué ella había causado eso en mí?

La vi desaparecer entre la multitud y sacudí la cabeza, tratando de disipar la sensación. No tenía sentido. Era solo una extraña. Solo una mujer en una ciudad desconocida.

Y sin embargo, no pude evitar preguntarme: ¿Acaso ya era hora de vivir la maldición?

Había cumplido veintiún años. Mis hermanos y yo compartíamos el mismo destino trágico: enamorarnos y perderlo todo, una y otra vez. Hasta ahora, solo Sateriel y Terreina habían caído en ese ciclo.

¿Sería yo la primera de las seis en enamorarse de una mujer?

¿O solo estaba alucinando?

Aparté esos pensamientos de mi mente. No tenía tiempo para distracciones. Volví a caminar, pero el rostro de aquella desconocida quedó atrapado en mi memoria, como una sombra que se negaba a desvanecerse.

El eco de mis propios pasos resonaba en las calles de la metópolis. A pesar de la multitud que me rodeaba, la sensación de soledad era abrumadora. Las luces parpadeaban con intensidad en el cielo artificial, reflejadas en los cristales de los rascacielos. Caminaba sin rumbo fijo, con la vista clavada en las sombras de la ciudad, buscando respuestas a preguntas que ni siquiera había formulado aún.

Pero lo que verdaderamente me inquietaba no era la extraña tecnología que me rodeaba ni los portales en el cielo. Era el recuerdo de aquella chica.

La forma en que había pasado junto a mí sin notar mi presencia, la forma en que su aroma había quedado atrapado en mi mente. Nunca me había sucedido algo así. No podía permitirme distracciones, pero el recuerdo de su figura se negaba a disiparse.

Sacudí la cabeza y respiré hondo. No podía pensar en eso ahora. Tenía un objetivo. Alguien había alterado la línea del tiempo, y yo debía descubrir quién era y por qué lo había hecho.

Concentré mi mirada en los edificios que se alzaban frente a mí. Observé con atención los rascacielos de cristal, aquellos que parecían albergar un secreto en su interior. Los portales flotaban sobre la ciudad como espejos deformados de otras realidades. Algo en ellos no encajaba con el resto del entorno, como si fueran cicatrices en el tejido del universo.

Me acerqué a una de las estructuras y presioné mi palma contra el vidrio helado. Una leve vibración recorrió mi brazo, como si la energía de aquel lugar intentara rechazarme. Casi de inmediato, una alarma se activó en mi cabeza. No estaba sola.

Un destello cruzó mi visión periférica. Me giré rápidamente, lista para cualquier cosa, pero no vi a nadie. El bullicio de la ciudad seguía su curso habitual, ajeno a mi preocupación. Sin embargo, el instinto me gritaba que me estaban observando.

—Bien, si quieres jugar a las sombras, juguemos —murmuré para mí misma antes de desaparecer entre la multitud.

Corrí.

Mi velocidad me permitió moverme como un fantasma entre los ciudadanos sin ser detectada. Me deslicé por los callejones oscuros, sintiendo el aire cortarse a mi paso. Acelerando hasta que mis piernas se convirtieron en un borrón de movimiento, siguiendo aquel destello que apenas había visto.

El camino me llevó hasta un pasadizo estrecho entre dos edificios. La ciudad, con todo su esplendor tecnológico, parecía lejana aquí. Era un rincón olvidado, donde las luces del neón apenas llegaban y los hologramas parpadeaban con interferencia. Me detuve y observé mi entorno.

Entonces, sentí su presencia.

Había alguien allí, escondido entre las sombras. Un leve movimiento, una respiración contenida. No me atrevería a llamarlo miedo, pero era una energía extraña, algo que no podía definir con claridad.

Di un paso al frente y pronuncié con firmeza:

—Sé que estás ahí.

El silencio se prolongó unos segundos antes de que la figura finalmente emergiera. La luz de un viejo holograma titilante iluminó su rostro.

Era ella.

La chica de cabello negro.

Mis labios se entreabrieron, pero no pronuncié palabra. Estaba justo frente a mí, la misma que había pasado a mi lado sin notarme. Pero ahora sí me miraba. Y en sus ojos oscuros, como el vacío del espacio, había algo que no lograba descifrar.

—¿Quién eres? —pregunté con voz controlada.

La chica pareció debatirse entre hablar o huir. Sus labios se curvaron levemente, como si una respuesta estuviera a punto de salir, pero en el último momento, simplemente giró sobre sus talones y corrió.

—¡Oye, espera!

Sin pensarlo, la seguí.

Corrimos entre los callejones, esquivando barreras y sorteando estructuras abandonadas. Ella conocía el camino, lo sentía en la precisión de sus movimientos. Pero yo era más rápida.

Acelere, impulsándome hasta que estuve a punto de alcanzarla. Extendí mi mano, sintiendo el aire cortar entre nosotras. Y justo cuando estuve a un centímetro de atraparla, ella giró inesperadamente y se deslizó entre dos estructuras.

Me detuve en seco, sintiendo el eco de mis propios latidos en los oídos. Miré a mi alrededor, pero ya no estaba.

Respiré hondo, sintiendo el ardor en mis pulmones.

¿Quién eres?

Y de repente, tuve la sensación de que no era yo quien la estaba siguiendo.

Sino que ella había estado esperando encontrarme.