Lamb to the Slaugther

Summary

Algunas presas no corren, esperan. Algunas bestias no cazan, son devoradas. Dean la vio una vez. No pensó en ella. La vio dos veces. Algo se sintió diferente. Para la tercera, no pudo sacársela de la cabeza. Pero en su mundo, nada es casualidad. Nada es seguro. Y cuando el lobo y el cordero se encuentran, la sangre nunca tarda en llegar.

Status
Ongoing
Chapters
3
Rating
n/a
Age Rating
18+

I. La Venganza de la Onryō


La lluvia caía en un hilo constante sobre el asfalto, convirtiendo la carretera en un río de luces distorsionadas. El Impala se deslizaba entre sombras, el rugido del motor tragándose el silencio de la noche. Dean apretó el volante con una mano y revisó la hora con la otra. Las cosas no estaban cuadrando.

La historia era simple: tres hombres, todos hermanos, habían muerto de paros cardíacos en el transcurso de una semana. La única conexión entre ellos, además del lazo de sangre, era lo que sus esposas habían contado después.

Dean se enteró del caso en un bar de carretera, entre un trago de whisky y el murmullo apagado de los noticieros en una vieja televisión. Una de las esposas estaba en la pantalla, con los ojos hinchados y la voz rota, contando cómo su marido había despertado la noche anterior a su muerte, susurrando una palabra en japonés. Los parroquianos hablaban en susurros, entremezclando superstición con certeza, asegurando que algo rondaba en ese pueblo, algo que no perdonaba.

No tardó en encontrar el artículo en el periódico local cuando llegó al pueblo. Tres muertes inexplicables. Paros cardíacos repentinos. Tres hermanos, tres esposas, el mismo nombre murmurado en la noche. Y un susurro en la oscuridad que parecía venir de ninguna parte: ¿Dooshite!?

Dean estacionó frente a la casa con toques orientales, una estructura antigua que el tiempo había mordisqueado sin devorar del todo. Se quedó unos segundos en el coche, observando las ventanas ennegrecidas, la pintura descascarada en la fachada, la puerta que se mantenía en su sitio más por hábito que por fuerza. Algo aquí estaba mal. Lo sentía en los huesos. La familia había abandonado el lugar convencida de que el sitio estaba maldito.

Sacó su linterna, el EMF y el arma de costumbre antes de abrir la puerta. No tenía sentido andarse con rodeos.

El interior olía a polvo y humedad, a madera vieja y secretos oxidados. Avanzó con pasos medidos, la luz de la linterna barriendo las paredes desnudas. Su instinto estaba alerta, esperando el primer escalofrío, la primera señal de que algo no pertenecía al mundo de los vivos. Pero el EMF seguía en silencio, y eso lo inquietaba más que cualquier actividad paranormal. El silencio del aparato era peor que cualquier señal de actividad.

Fue entonces cuando lo escuchó.

Un susurro. Apenas un roce de sonido en el aire, débil, arrastrado como una exhalación contenida. No un sonido normal, no el susurro de la brisa colándose entre las grietas de la madera, sino algo que tenía peso, algo que parecía quedar suspendido en la oscuridad, esperando ser escuchado.

El vello en su nuca se erizó. Dean giró en redondo, el pulso golpeando fuerte contra sus sienes. Nada. Solo la penumbra extendiéndose entre las esquinas, la madera exhalando su viejo quejido bajo sus botas. Inhaló lento, agudizando los sentidos. Silencio. Pero no un silencio vacío, sino uno que sostenía la respiración, que parecía estar conteniendo algo justo fuera de su alcance.

Un paso más y sintió la presión en el aire, esa sensación de ser observado sin tener la certeza de dónde venía la mirada. El reflejo de la ventana captó su atención. Un movimiento. Apenas un parpadeo en el cristal. Giró en seco, el latido en su garganta.

Pero la imagen ya se había esfumado.

El espejo del pasillo devolvía su propia figura, pero los ojos que le observaban desde allí no eran exactamente los suyos. Eran más oscuros, más profundos, cargados con la misma sospecha que se filtraba en su pecho. Algo le devolvía la mirada desde dentro de su reflejo, algo que no terminaba de encajar.

No le gustaba esto. No le gustaba en absoluto.

En la alcoba principal encontró los arañazos. No simples marcas en la madera, sino surcos profundos, desesperados, como si alguien hubiera luchado contra lo inevitable, dejando la evidencia de su última resistencia en el suelo. La luz de la linterna bailó sobre ellos, proyectando sombras alargadas que parecían moverse con vida propia.

Se inclinó, rozando la superficie con la yema de los dedos. La madera, áspera y gastada, aún conservaba el eco de algo antiguo, algo que alguna vez había tenido uñas clavadas en ella, algo que había dejado su historia incrustada en cada grieta.

Un escalofrío le recorrió la espalda. Dean no era ajeno a rastros de desesperación, pero estos tenían un peso distinto. No eran solo señales de agonía, eran la firma de un miedo que se había alargado demasiado, lo suficiente para quedar grabado como cicatriz en el suelo. Lo suficiente para filtrarse en el aire de la casa y convertirla en un mausoleo de memorias atrapadas.

Esto se sentía real.

Demasiado real.

Pero Dean había aprendido a desconfiar de lo que parecía real. A veces, las cosas más aterradoras eran solo sombras proyectadas por una mente que no quería enfrentar la verdad.