La Noble y Ancestral Casa de los Black
EmpieEn la familia Dumbledore, mestiza pero noble y orgullosa, la valentía y la lealtad son los valores más importantes, no importa lo que cueste, incluso si la vida se te va en ello. Sin embargo, me había resultado difícil seguir los valores familiares, ya que mi familia fue desapareciendo miembro a miembro, quedando casi extinta. Resultando así como la última descendiente del clan Dumbledore, ya que dudaba que el tío Abeforth tuviera descendencia con esa actitud agria como limón que se cargaba tras la espalda. Entonces, yo cargaba con el peso de continuar la línea familiar o extinguirla por completo, aunque era un hecho que el apellido Dumbledore había terminado conmigo al ser una mujer.
Después de la muerte de mis padres, Emelia y Cyril, y también la partida de mi abuela, sólo me quedó mi abuelo, el mago más poderoso de la comunidad mágica y el ser al que más idolatraba, Albus Dumbledore. Como personaje público tenía muchos enemigos, por eso toda la familia mantuvo el secreto de que había nacido un bebé en la familia, mis padres y mi abuela se llevaron consigo el secreto a la tumba. Sus muertes sólo hicieron que el abuelo reafirmara su idea de que yo debía estar lejos de él y dentro de lo posible de la comunidad mágica. Por lo que estuve viviendo totalmente en el mundo muggle a partir de los diez años, póstumo al fallecimiento de la abuela Rosempire, sin embargo, me encontraba viviendo con brujas muy ancianas amigas del abuelo que me seguían educando en casa, tal como la abuela solía hacerlo.
Por otro lado, había algo más detrás de la renuencia del abuelo a que yo sería presentación ante la sociedad mágica, un oscuro secreto familiar que descubrí una vez que escuchaba a hurtadillas, secreto que los abuelos jamás se hubieran atrevido a confesarme. Estoy relacionado consanguíneamente con Voldemort. Muy probablemente si éste se enterara, intentaría asesinarme como lo hizo con su familia.
Ahora explicaré cómo es posible. Sorvolo Gaunt, el abuelo de Voldemort, tuvo una hija con una mujer cuyo nombre no sé, pero cuyo apellido era Barcy. De allí salió una joven llamada Melody que a su vez tuvo a un muchacho muy sano de nombre Timothy. Voldemort los descubrió y asesinó a madre e hijo, tratando así de extinguir a cualquier parentesco tan directo. Sin saber que también existía una hermana menor de aquel muchacho llamado Emelia, mi madre, quien vendría siendo la nieta de Sorvolo Gaunt.
Más tarde, Emelia se casaría con Cyril, hijo de Albus y Rosempire Dumbledore.
Pero la felicidad no duraría mucho. Mi madre Emelia murió cuando yo tenía cuatro años. Me parecía mucho a ella, heredé su cabello negro como el carbón y los mismos ojos oscuros que parecen asfixiarte. Pese a que la amaba no fue un golpe duro, ya que ella llevaba varios años enferma sin levantarse de su cama. Y sólo un año después, también mi padre murió en un enfrentamiento, dejando solo una niña pálida y pequeña de ojos negros al cuidado de la abuela.
Sin embargo, pasó un año completo con el abuelo mientras era director en Hogwarts, pues tras la muerte de papá, la abuela se hundió en una terrible depresión que la imposibilitó para criarme. Pero al pasar ese año, ella se recuperó y pudo volver a cuidar de mí, era una mujer muy fuerte. Tuve una cálida y amorosa infancia lejos de los peligros de la guerra mágica, criada con lo mejor de ambos mundos. La abuela me educó en casa en todos los sentidos. Vivíamos juntas en la casa familiar en el Valle de Godric, un hogar bastante pequeño, pintoresco y cálido. El abuelo Dumbledore no pasaba mucho tiempo allí pues para aquel entonces él ya era director, o al menos creía que ese era el motivo.
Lamentablemente la abuela fue atacada por un hombre lobo que la buscaba, ella me escondió como pudo, realmente no sé nada al respecto, el abuelo Dumbledore nunca habla sobre ello, parece ser un tema extremadamente doloroso para él, al igual que la muerte de mis padres y el accidente de su hermana. A mí tampoco me apetece demasiado saber los detalles, al final de cuentas, eso no cambiará el resultado. Hasta donde sé, él no estuvo presente en ninguno, por lo que probablemente lo hacía sentir impotente, siendo el mago más poderoso del mundo al que temía el mismo Voldemort, pero no era capaz de defender a ninguno de los seres que más amaba en la tierra. Pero ya sabes, hay ciertas cosas que no puedo tratar con el abuelo, un hombre lleno de secretos y sombras del pasado.
Así es como pasó desde la muerte de la abuela de hogar en hogar, con diferentes brujas. Pero cuando cumplió los quince años, por alguna razón, el abuelo demostró que era el momento para que regresara a casa, es decir, a Hogwarts. Lo que me hace sentido en vista de que las fuerzas maléficas de Voldemort se alzaban sobre la comunidad mágica, tras la competición del torneo de los tres magos, tanto Harry Potter como el abuelo afirmaron que Voldemort regresó. Sin embargo, poco sabía en aquel momento el giro tan trágico que tomaría mi mundo, pero también cuán feliz sería en aquellos años. Después de todo conocería a Harry Potter, el héroe quien llevaba esperanza y amor a donde sea que se encontrará, y yo no sería la excepción.
Según la carta del abuelo Albus, todos se encontrarían en Grimmauld Place, que en aquel momento era el cuartel general de la Orden del Fénix y el más confiable escondite, por lo cual me dirigió hacia allá. Tomé mi valija, le coloqué un hechizo para encogerla, después de guardarla en mi bolsillo monté mi escoba, sería un viaje un poco tedioso hasta Londres. Nunca me había encantado viajar en escoba. Después de un poco de tiempo pude vislumbrar las luces sobrias de las calles frías de Londres y sus grandes edificaciones como biblioteca y el parque de Luxemburgo, después de unos minutos de arriba, llegué a Grimmauld Place.
En aquel momento yo me encontraba viviendo sola en el Valle de Godric, los abuelos tenían una propiedad allí desde hace varios años, era un barrio mágico, sólo llevaba algún par de meses viviendo sola, ya que generalmente vivía con alguna bruja anciana amiga del abuelo. .
Finalmente llegué a la calle de Grimmauld Place. Saqué el pergamino que el abuelo Dumbledore me había entregado para poder entrar a la casa de la familia Black, que aparentemente estaba bajo un conjuro de fidelius, y tan pronto había fijado la mirada en el lugar correspondiente al número doce, entre el once y el trece , una puerta bastante estropeada, descolorida y vieja surgió de ningún sitio, inmediatamente seguida por unas paredes sucias y unas ventanas sombrías, parecía una casa del terror estilo de la caricatura muggle que veía de niña, Scooby Doo. Entonces procedí a entrar a la casa ya quemar el papel del que me habían ordenado deshacerme para que nadie más pudiera romper el hechizo fidelius por casualidad.
Golpeé un par de veces la puerta y ésta se abrió dejándome el paso para entrar, al hacerlo percibí una débil oscuridad, entonces, en un instante me encontré rodeada de varitas apuntándome con hechizos lumus apuntándome al rostro.
—Oh, eres tú —dijo un hombre con cabello negro sobre las orejas mientras bajaba su varita con desinterés.
Los demás, al ver reconocimiento en su cara, también lo hicieron.
—Señor Snape —salud de mala gana.
Francamente había sido un recibimiento abrupto. Se hicieron a un lado permitiéndome ingresar y cerrar la puerta tras de mí. No reconocí ningún otro rostro por nombre, pero algunos me parecieron familiares por viejas fotografías del abuelo.
Me quité la gruesa capa de terciopelo negro que llevaba para abrigarme, la colgué en mi brazo a falta de un perchero o guardarropa, me quedé abrigada con solo un suéter de lana azul de cuello de tortuga, suficiente para el interior.
—Pero pasa, querida, arriba podrás dejar tus maletas, solo no hagas demasiado ruido, ¿está bien? —se dirigió a mí una señora pelirroja y regordeta mientras me tomaba cariñosamente por los hombros.
La sensación era agradable, aunque me puso nerviosa ya que no solía interactuar con muchas personas. Llevaba más bien una vida de disfrute solitario.
— ¿Por qué hay que hacer silencio? —pregunté curiosa.
No tardó en llegar la respuesta.
— ¡Mestiza! Una asquerosa sangre sucia no les es suficiente, ahora traen mestizos como granos de arena en la playa —vociferó un cuadro colgado en la pared polvorosa y lleno de telarañas.
Era un cuadro de una mujer muy anciana que se veía que había perdido su lucidez hace mucho tiempo.
—Por eso... —murmuró incómoda la mujer respondiendo a mi pregunta.
Un hombre de cabellos largos y un bigote abundante adelantó un paso regresando del pasillo por donde todos habían ido.
— ¡Cállate, madre! Si sigues así, voy a descolgarte y meterte en el ático —le amenazó a la mujer. Después pasó su mirada hacia mí con vergüenza y disculpa—. Lo siento, la casa honorable Black siempre ha sido un tema, sobre todo mi madre.
Yo me encogí de hombros restándole importancia.
—Sirius Black —me tendió una mano sonriente. Se veía que tenía una personalidad bastante relajada y simplona.
Tomé su mano de inmediato. Conocía a medias la historia de Sirius, más allá de todo ese jaleo de Askaban y el asesinato de James y Lily Potter, pero sabía que el abuelo no lo tendría ahí si no fuera inofensivo.
—May Barcy, un placer—me presenté con modales impecables.
El hombre volvió a sonreírme con calidez soltando mi mano.
—Arriba se encuentran mis hijos y una de sus amigas, espero y se lleven bien, busca la habitación de chicas. La junta de la Orden está por comenzar. Mi nombre es Molly —continuó la señora Weasley murmurando varias ideas a la vez que me hicieron difícil seguirla.
—Gracias un gusto, señora...
—Weasley, pero llámame Molly —pidió amablemente.
—Bien, gracias —murmuré apenada por su calurosa familiaridad.
Avancé rápido por el pasillo que me indicó. Como me había pedido la señora Weasley, subí silenciosamente por las escaleras de aquella oscura casa llena de polvo, no quería que otro cuadro colgado me chillara furiosamente.
Llegué a la segunda planta de la casa, caminé por el largo pasillo lleno de puertas y cuadros de gente que observaban con desdén. Avancé indecisa sobre cuál abrir, hasta que encontré una más presentable que los demás y decidí tocar. Escuché del otro lado que me invitaban a abrir la puerta, al hacerlo encontré ojos curiosos mirándome, todos tenían un cabello pelirrojo fuego y pecas en todo el rostro.
—Hola —salud con nerviosismo.
Ellos me miraron con curiosidad como si yo fuera un lunar en el mundo.
— ¡Hola! ¿Buscas a alguien? —me respondió un pelirrojo que al parecer tenía un gemelo, sólo me quede mirándolos a ambos por su parecido—. Soy George y él... —indicó a su hermano—, es Fred.
—Es un placer, soy May Barcy. Busco la habitación de las chicas —dije más calmada.
No hay razón para estar nerviosa, ellos no me van a comer, ¿verdad?
El gemelo Fred, o eso creo, se levantó y dijo:
—Bien, te llevaremos, ¿o no, Fred? —preguntó dirigiéndose a su gemelo.
Oh, genial los confundí. Ambos poseían rostros amables y relajados.
—Claro —contestó ahora sí Fred, poniéndose en pie.
—Son muy amables, gracias —dije mirándolos atentamente conmovida por su pequeño gesto de cortesía.
Y después de que todo no eran idénticos, George era un poco más grueso que Fred.
Al fondo había otro muchacho, también pelirrojo, se veía más joven que los gemelos, tal vez de mi edad. Un gemelo lo notó.
—Oh, él es Ronald pero le decimos Ron —me explicó George.
—Hola —me saludó algo serio, más propenso a la timidez.
Vestía unas ropas algo desgastadas y un poco sueltas, pero poseía el mismo rostro amable y bonachón que el de sus hermanos.
— ¿Qué tal? —espeté tratando de sonar cortés.
Los gemelos avanzaron hacia la puerta y yo seguí detrás de ellos. Me guiaron fuera de la habitación y caminamos por el pasillo que yo había recorrido anteriormente.
—Y bien, May, ¿por qué estás aquí? —preguntó uno gemelos, George.
—Vine a ver al profesor Dumbledore, y estaré aquí hasta el final de las vacaciones —dije simplemente, no queriendo tener que memorizar tantas mentiras tan pronto.
Estos chicos me inspiraban confianza, era fácil hablar con ellos, me resultaba cómodo y natural.
Me hicieron entrar en una habitación cuya puerta era de color marrón oscuro, giraron el picaporte después de dar unos leves toques con los nudillos de manera muy educada y delicada, probablemente porque se trataba de la habitación de las chicas. Al abrir la puerta dejaron ver dentro a un par de chicas y cuatro camas individuales en el interior. También odiaba las camas individuales, aunque el espacio era amplio y estaba mucho mejor conservado que el resto de la casa.
Después de dejar mis maletas junto a una cama vacía, me presentaron los gemelos.
—Ella es May —dijo elevando las cejas Fred.
Sonreí lo más amistosa posible, al no convivir con gente de mi edad durante mi niñez yo era bastante incompetente para socializar.
—Yo soy Ginny —se presentó la chica pelirroja—, soy hermana de estos dos —dijo señalando a Fred y George.
Fred asintió.
—Así es, somos los Weasley.
Anqué por su cabello y el rostro inundado de pecas no era difícil adivinar su parentesco, pero no quise ofenderles comentándolo innecesariamente. Después fue el turno de la chica de cabello castaño y enmarañado.
—Mi nombre es Hermione Granger, mucho gusto en conocerte —dijo un poco más formal que Ginny.
A ambas les di una sonrisa y les contesté educadamente: “Un placer”. Podía ser una paria, pero tenía algo de modales.
— ¿Por qué todos están durmiendo en la misma habitación? Esta casa es enorme —pregunté sin poder cerrar la boca—. Es decir... no es que me moleste compartir habitación, han sido muy amables.
Hermione me sonrió. Nunca puedo controlar mi lengua.
—Como puedes notar la casa es un desastre, estuvo abandonada mucho tiempo —me explicó—. Entonces habilitamos algunas partes y habitaciones de la casa, casi de manera exprés para el uso de la orden.
George resopló.
—Fuimos los elfos domésticos de mamá durante todas estas vacaciones.
—Ya me sabe raro respirar sin oler polvo en el aire —se burló Fred.
Ron hizo una mueca como recordando esos días de limpieza.
—Tenía tanto polvo encima que no podrías distinguirme de esos cuadros viejos de los parientes de Sirius —lanzó un gemido cansado—. Incluso estuve a punto de empezar a gritar como la madre loca de Sirius.
— ¡Ron! Estás hablando de la madre de Sirius—lo regañó Hermione—. Él ha sido muy cortés dejándonos estar aquí.
Ron se encogió de hombros.
Se escuchó un suave murmullo proveniente del primer piso y todos nos quedamos callados para escuchar un poco más claro. Entonces, avancé hacia la puerta y giré el picaporte, saliendo por el largo pasillo, detrás de mí venían el resto de los chicos que acababa de conocer.
Había una voz baja, suave y amable pero gruesa natural de la edad, lo que delataba una voz adolescente, que murmuraba agradecimientos a la señora Weasley. Al instante lo reconocí, no tuve que mirar dos veces, era Harry Potter, el niño que vivió. Un chico de unos dieciséis años con unos ojos verdes esmeraldas, profundos, preciosos y un cabello negro como el carbón que el largo ocultaba apenas una cicatriz en la frente en forma de rayo, la famosa cicatriz del niño-que-vivió. Era alguien a quien definirías totalmente como un chico lindo, pero había más atractivo en los suaves y amables gestos que le dirigían a la señora Weasley quien le observaba con cariño maternal en sus ojos.
Cuando lo vi quise hasta sacar una fotografía, además de ser como Jesucristo súper estrella, era el niño consentido del abuelo Dumbledore. Todo él se rodeaba de una aura dorada que parecía iluminar la oscura habitación con su sola presencia.
Pero más allá de eso, había algo en su forma de actuar, una gentileza y amabilidad que se notaba en cada gesto. Incluso él me miró con ojos llenos de una inocente curiosidad combinada con amabilidad. Me miraba como nunca antes nadie me había mirado. Me miraba.
Me di cuenta de que estaba totalmente embobada y mirando fijamente, así que traté de disimular con lo último de mi dignidad, sin embargo, al mirar a la chica Weasley me di cuenta que yo no era la única impresionada por la presencia de Harry Potter, pero al menos yo tenía la excusa de estar impresionada al conocerle por primera vez, al igual que todo el mundo mágico. Hice lo que me quedaba con lo último de mi orgullo y giré en dirección de la señora Weasley que me llamaba.
—Querida, Dumbledore te está esperando. ¡Oh, pero que grosera! May, él es Harry Potter, Harry ella es May, ¿cómo dices que es tu apellido? —cuestionó mirándome.
—Barcy, May Barcy, un gusto —respondí estirando mi mano como una boba.
Barcy era el apellido de soltera de mi madre.
—Igual —estrechó mi mano mientras lo tomaba un poco por sorpresa, demorando unos segundos.
Un tono sonrojado tomó sus mejillas por un momento. Mi boca se secó y mi corazón se detuvo.
—Bien, querida, vayamos a ello —se giró a Harry—. Harry, querido, sube a dejar tu equipaje al cuarto de chicos y recuerda no hagas mucho ruido —dijo la señora Weasley arrastrándome al comedor.
Seguí a la señora Weasley sin mirar atrás ni una sola vez. Entré en la habitación, era un comedor amplio de madera finamente pulida, pese a los años podía verse lo costoso de cada parte del salón. Ahí se encontraron todos reunidos aún, me refiero a la Orden. Entre ellos se encontraba Snape y Sirius, y por supuesto, el abuelo Dumbledore.
—Disculpen la tardanza, ya llegó Harry—dijo la señora Weasley informando.
Yo solo me limité a sentarme en silencio.
—Gracias, Molly, no te preocupes —dijo el abuelo. Después su mirada se volvió hacia mí—. Pero May, ¿qué es eso de entrar sin saludar? ¿No te he enseñado modales?
Y aquí llegaba un regaño.
—Lo siento, eh... profesor. Buenas noches a todos —respondí nervioso no sabiendo qué información rebelar en la mesa.
La mayoría sólo asintió.
—Bien, pues ésta junta ha acabado —dijo el abuelo Dumbledore—. Hasta pronto —se despidió dando fin al encuentro. Después de que me hizo señas para que me acercara a su lado una vez que los magos hubieran salido de la habitación para darnos privacidad—. May, querida, ¿podríamos hablar un momento por favor?
—Claro, abuelo —asentí sentándome en el lugar de junto.
—May, ¿cómo has estado? —pregunto con interés mientras tenía ambas manos en mi rostro y me escudriñaba por encima de sus gafas.
Tenía un largo tiempo sin ver al abuelo, pero seguía vistiendo esas largas y llamativas túnicas, tenía una barba esponjosa descolorida y sus lentes de medias lunas.
—Bien, abuelo. Creo que podré pasar los TIMOS con los ojos cerrados, todos con la máxima nota—dije habladora y exagerando.
Él río sonoramente.
— ¡Excelente, pequeña May! —respondió en el mismo tono, y le sonreí—. Casi olvido que este año volverás a Hogwarts. Debes acompañar a los chicos al callejón Diagon para que puedas comprar tus utensilios de estudio. Aquí tienes tu lista de útiles y un poco de dinero más que suficiente para todo lo que necesitas. No tendrás problemas, diremos que te educaron en casa y por eso entras en quinto año.
Me entregó un papel arrugado y un saquito aterciopelado rojo lleno de monedas.
—Bien. Gracias, abuelo —contesté abrazándolo.
—Nos vemos pronto, pequeña May—dijo dándome un corto beso en la frente.
Mi cara reflejó mi desilusión.
— ¿No te quedas a cenar? —pregunté decepcionada.
Él me sonrió con comprensión pero finalmente negó.
—No esta vez, querida.
Una vez que el abuelo se marchó, la Orden volvió al comedor, aún se encontraban algunos miembros presentes que me imagino se quedaban a cenar.
—Querida, ¿podrías avisar a los chicos que la cena está lista? —preguntó la señora Weasley.
Asentí de inmediato. Subí por las escaleras rumbo a la habitación de las chicas, ahí estaban todos murmurando y conspirando en un pequeño grupo silencioso. Pues como no, mi manía de abrir sin tocar. Ellos se me quedaron mirando sorprendidos por mi entrada abrupta.
—Lo siento, siempre olvido tocar antes de entrar —dije muerta de vergüenza. Ellos me sonrieron con amabilidad—. La señora Weasley dice que la cena está lista y que bajen pronto.
—Oh, gracias —contestaron los gemelos por todo el grupo.
Todos se levantaron rápidamente y venían junto a mí en el camino al comedor.
— ¿Entonces, el profesor Dumbledore estuvo en la junta? —me preguntó con interés Harry poniéndose a mi altura.
—Sí —le contesté con un ligero nerviosismo.
—Oh, bien —parecía tener muchas emociones corriendo por su mente.
Me esforcé por seguir una conversación.
—Tú eres como su alumno estrella, ¿verdad? —dije casi afirmándolo.
Él no se vio complacido por mi comentario.
—Pues, no lo creo, más bien él está enojado por un incidente que sucedió —respondió sombrío, noté un tono agrio en su voz.
No tenía idea sobre el incidente pero estaba segura de que el abuelo quería a Harry, más aún de lo que apreciaría a cualquier alumno promedio. Por la correspondencia que intercambiaba con el abuelo podía interpretar fácilmente que tenía plena confianza en Harry, incluso que le quería.
—No, no lo creo, él siempre habla maravillas de ti —le confesé.
Harry me sonrió ligeramente pero después se puso pensativo, como preguntándose cómo es que sabía tanto y lo afirmaba con tanta seguridad o cuál era mi nexo con Albus Dumbledore. Como siempre hablando de más.
Los días transcurrieron, Harry tuvo su audiencia, al parecer por uso ilegal de magia en menores de edad, resultando todo muy bien para él y el abuelo. Así que librados del peligro de la expulsión de Harry y más relajados me puse de acuerdo con todos para ir al Callejón Diagon.
Desperté en la cama que estaba junto a la de Hermione, detestaba las frías mañanas de Londres.
Entré en el baño para ducharme y cambiarme el pijama por algo con lo que pudiera salir sin ser ridiculizado o congelado, así que opté por unos pantalones abrigadores, botas de piel, un suéter de lana ligero que complementaría antes de salir con un horrible abrigo. Mi cabello corto y negro había decidido cooperar ese día y tener un buen día de cabello. Bajé a desayunar y la señora Weasley ya tenía lista la comida, en ese momento llegó un Ron despeinado, un Harry muy soñoliento y Hermione con el periódico El Profeta, cada uno reflejando sus personalidades.
Todo el Callejón Diagon estaba abarrotado de gente, admirando escobas, comprando calderos y cientos de cosas más. Todas las tiendas llenas de alumnos y adultos buscando comprar lo mejor a los precios más bajos. Por todos lados puede observarse gente comprando. La última hora habíamos estado conversando sobre cómo sería ese año en Hogwarts y de cómo a Harry le gustaría pasar más tiempo con Sirius, su adorado padrino, a quien había visto brevemente por la casa pero no había conversado con él además de presentarnos.
— ¿Por qué entras hasta el quinto año y no desde el primer año? —me preguntó Ron con curiosidad desvergonzada.
Hermione le dio un codazo por su indiscreción.
—Había estado siendo educada en casa —le expliqué restándole importancia.
Mientras me adelantaba caminando con Harry podía escuchar los susurros furiosos de Hermione reprendiendo a Ron por su indiscreción. Busqué la tienda de mascotas, cuando la localicé entré en ella, estaba interesada en una mascota, tal vez una lechuza.
—Entonces, ¿ya sabes que vas a comprar? —preguntó Hermione echando un vistazo al rededor.
Yo la imité también, queriendo ver algo entre la multitud que estaba reunida en la tienda.
—No, no lo sé, pensé que sería bueno una lechuza para el correo, pero realmente me gustaría un gato, sin embargo, ¿quién traerá mi correo? —suspiré confusa.
—Yo puedo prestarte mi lechuza cuando la necesites —ofreció Harry con un aire tímido—. Después de todo, le gustará salir a volar.
Le sonreí agradecida por su gesto.
— ¿Cómo se llama? —le pregunté.
Él apareció una sonrisa con cariño ante el recuerdo de su lechuza. Parecía un muchacho de sonrisa fácil.
—Se llama Hedwig, es una lechuza hermosa, me la obsequió un amigo en mi primer año.
—Es un lindo nombre.
Miré las lechuzas, todas eran bastante bonitas y simpáticas. Igualmente seguí viendo otras mascotas, había muchos niños alborotados por los gatos ya que es lo que la mayoría compra, sólo había un gato que no tenía a nadie mirándolo, creo que era por su tamaño, un gran ejemplar bicolor, negro y blanco, y por qué parecía un mestizo con la oreja media cortada y la otra torcida, era más bien un gato muy feo. Levantó la vista con desinterés y se volvió a echar, como aburrido de que la gente lo mirara y nadie lo llevara consigo.
— No pensarás llevar a ese gato tan feo, ¿o sí? —pregunto Weasley con una mueca acercándose a nosotros.
—Sí, ¿por qué? —pregunté a la defensiva.
Harry le dio un codazo. Sin embargo, también tenía una mirada recelosa hacia el gato.
—No, por nada —contestó finalmente, después de sobarse el brazo donde lo golpeó Harry.
Decidí ponerle al gato Kingdom, prácticamente me palmearon la espalda en la tienda por llevarme al gato, pero a mí no me parecía nada del otro mundo, parecía un buen gato, uno bastante flojo porque no se dio por enterado de nada y se ovillo en su caja transportadora.
Nos reunimos con Hermione, quien había ido a comprar un par de libros extras y material a última hora. Regresamos a Grimmauld Place. Ahora todos estaban cenando animadamente y con algo de cansancio por el largo día que habíamos tenido. Preparé todo el equipaje que llevaría a Hogwarts y Kingdom, el gato, ya que al día siguiente muy temprano tendría que salir de Grinmauld Place e iría por primera vez a King Cross. Ya había estado demasiadas veces en Hogwarts pero nunca por el famoso Expreso a Hogwarts.
Todos íbamos a prisa corriendo entre los pasillos de King Cross, junto a mí los gemelos Weasley, también Hermione y Ginny que conversaban animadamente unos pasos adelante y Harry junto a Ron se cuchicheaban algunas palabras detrás de nosotros.
Estábamos buscando la plataforma 9 ¾, al encontrarla la señora Weasley dijo que primero irían los gemelos, así que Fred envió a su madre y corrió hacia la plataforma, pensé que chocaría o algo así pero no, él simplemente desapareció de allí. Después de él, su gemelo, George, se adelantó e igual que él desapareció como si fuera magia, es decir, sí es magia.
—Ginny, adelántate, te veré del otro lado —le llamó Molly.
La chica asintió y se adelantó igual que sus hermanos repitiendo el proceso.
—Ahora iré yo —dijo Hermione tomando la delantera.
Corrió hacia la plataforma y desapareció rápidamente. Después de que Ron también lo hiciera, la señora Weasley me miró y yo le di mi mejor mirada asustada.
—Nunca he pasado por la plataforma, qué pasa si me quedo atorada entre aquel lado y este —murmuré en un ataque de pánico.
Pero que miedosa y lamentable, pensé de mí misma. En el rostro de la señora Weasley hubo comprensión.
—No te preocupes, querida. Harry, ¿por qué no pasas con ella? Te veré del otro lado con tu equipaje —dijo segura la señora Weasley y con una sonrisa maternal.
—Claro —dijo Harry con algo de duda pero sin atreverse a negarle nada a Molly.
Se acercó a mí y puso una de sus manos alrededor de mí, colocándola en el carrito, rodeándome de un modo protector, su olor era suave como a pino y madera, me aceleraba los latidos el tenerlo tan cerca de mí. Incluso podía sentir el calor emanar de él por la cercanía.
—Corremos a la de tres, ¿estás bien? —preguntó mirándome de cerca con una sonrisa amable, probablemente me encontraba roja hasta las orejas, porque al menos yo sentía que se me incendiaba el rostro.
Traté de no hiperventilar.
—Por supuesto —dije casi jadeando como un animal poco elegante.
—1, 2, 3... —contamos al unísono y corrimos al muro.
Del otro lado nos esperaba un gran tren echando vapor por los aires, de una forma majestuosa, creo que jamás olvidaría ese primer momento tan mágico, pero no podría prestarle menos atención al tren con las emociones que yo estaba pasando al mirar tan de cerca el amable rostro mirando de cerca.
— ¿Te gusta el expreso? —me preguntó el chico aun rodeándome con sus brazos y un rostro gentil.
—Me encanta, es una gran vista —dije mirando con atención a sus ojos verdes esmeralda que me escudriñaban con atención, aunque, ¿quién iba a mirar el tren, si tenía esos dos grandes ojos mirándome con una sonrisa tranquila y serena?
Se alejó de mí, ruborizado por la cercanía y en ese momento se nos acercó Hermione y Ron, rompiendo el hechizo que me envolvía, ¿qué tipo de magia era esa?
—Vayamos al tren, ya casi es hora de que parta y no encontraremos vagones vacíos a estas alturas —dijo Ron con prisa.
Nos despedimos de la señora Weasley, que seguía insistiendo a que la llamara Molly. Subimos al tren, yo con un poco de dificultad pues tenía que subir un alto escalón y eso era todo un reto para alguien con piernas cortas como las mías y más cargando una gigantesca maleta y un gato retraído escondido en una pequeña caja. Gracias a Godric Gryffindor los gemelos me ayudaron a llevar la gigantesca maleta hasta el compartimiento. Por fin, arriba del tren pudimos caminar por un angosto pasillo hasta encontrar un vagón que compartíamos con una extraña chica rubia patinada que parecía tener la mirada perdida y un chico con una rana muy viscosa. Les agradecí a los gemelos por su ayuda y ellos desaparecieron buscando su año. Yo saqué a Kingdom de su jaula para que pudiera retozar tranquilo en mi regazo, era un gato bastante retraído que apenas notó que yo le había movido de su caja transportadora.
—Hola, mi nombre es Luna Lovegood —me saludó la chica con amabilidad.
—Soy May Barcy —le respondí algo tomada por sorpresa por su amistosa iniciativa.
Ella solo asintió y se presentó a los demás pero ellos parecían ya haberla visto antes, aunque no lo comentaron y respondieron con cortesía.
— ¿Eres nueva este año, verdad? —preguntó hacia mí nuevamente y asentí levemente.
—Pero no soy de primer año, entraré a quinto curso —le expliqué.
Ella me sonríe con ojos adormilados para después volver a su lectura. Miré a los chicos que seguían acomodando sus cosas.
—Chicos, iré a ver el resto del tren, vuelvo en un segundo.
—Claro, sólo no te alejes demasiado, hay Slytherins poco amables por aquí —dijo Hermione de manera protectora.
Yo solo asentí en camino a la salida.
—Nosotros iremos a ver los vagones de prefectos —dijo Ron pero hizo una mueca después—. Ya me parecezco a Percy.
Todos se rieron con complicidad pero yo no tenía idea de que hablaban, es una de las desventajas de no haber sido su amiga desde el primer año, no entender bromas locales. Estuve dando unas vueltas por ahí. Vi los vagones de las demás casas y de los chicos de primer curso. Decidí no ir a ver los vagones de Slytherin, mejor regresé por el mismo camino a mi vagón donde estaba Harry y tal vez ya hubieran vuelto Hermione y Ron que irían a ver su vagón de prefectos. Pero antes de entrar pude escuchar una voz subiendo de tono que decía: “La sangre sucia se calla, Granger”. Entonces entré al instante dispuesta a defender a mi nueva amiga, tenía cierta impresión de que ella era hija de muggles desde antes, pero no quise preguntarle nada por temor a incomodarla, sin embargo ese insulto lo confirmaba.
Dentro estaba el hijo de los Malfoy con dos chicos más, uno de ellos parecía ageno a todo el lío sólo luciendo aburrido de estar ahí, mientras que el otro se mantenía alerta junto a Malfoy. Lo reconocía de la sección de sociales de el periódico El Profeta, donde solía aparecer con sus padres.
—Lárgate —le dije simplemente pero con dureza y firmeza en la voz.
En su cara apareció una mueca de burla casi de incredulidad.
— ¿O qué? —preguntó burlón.
No caí en su juego de provocación.
—Sal del vagón, este no es tu sitio —le repetí firme.
—Vámonos, Draco —le susurro su compañero—, evitemos problemas el primer día, ahora eres un prefecto.
Draco me miró de arriba a abajo, probablemente preguntándose por qué no me había visto junto a Potter los últimos cuatro años o simplemente visto en la escuela, ya que dudaba que pensara que yo era de primer año. Pero al parecer decidió escuchar al chico que lo acompañaba, pues comenzó a salir del compartimiento rosándose conmigo y provocando que perdiera un poco el equilibrio. Mi gato que estaba aparentemente en el sueño más profundo en el sillón al costado del chico platinado siseó y gruñó con fiereza hacia él y le atestó con sus garras la fina y pulcra túnica que llevaba puesta.
— ¡Maldita alimaña horrorosa! —le gritó con enojo—. Me rasgó la túnica.
Ron rió bastante alto con burla. Draco se giró a verlo con odio pero no agregó nada y salió del vagón junto con los otros dos chicos antes de que Kingdom se propusiera dejarlo sin ropa.
— ¿Estás bien, Hermione? —preguntó Ron y ella se acercó con una pequeña sonrisa, inmune a cualquier cosa.
Yo tomé a mi gato en mis brazos amorosamente.
—Por supuesto que está bien, esta pequeña fierecilla la defendió, ¿verdad? —le hable con cariño al gato mientras rasca a detrás de sus orejas—. ¿Kingdom? ¿Qué clase de estúpido nombre es ese? Deberías llamarte Elvis, porque tú eres el rey, ¿verdad que sí?
El gato volvió a su estado normal y tenía esos ojos adormilados de costumbre. Le dejé descansar pues se lo había ganado siendo un felino tan heroico.
Llegamos a la estación, y los de primero estaban haciendo filas para ir con Hagrid, el guardián de las llaves y terrenos de Hogwarts o algo así, para ir por el lago en botes, pero yo no tenía ganas de hacer eso. Aunque sabía que era una tradición que los nuevos alumnos fueran por primera vez en botes, me daba mucha vergüenza, todos eran chicos de once años y yo resaltaría como un lunar.
—May, deberías de formarte —dijo Hermione con aire mandón.
—Pero Mione... —dije a modo de súplica—, no quiero ir.
—May, si alguien se entera que rompiste la tradición... —dijo alarmada.
—Tranquila, Hermione —continuó Harry uniéndose a mí—, no se van a enterar, porque nadie les va a decir.
Hermione lo observó con ojos entrecerrados pero se dio por vencida.
Estaba muy nerviosa mientras aguardaba con los demás niños del primer año fuera de las grandes puertas del gran comedor. Había esperado tantos años para esto y por fin iba a ser asignada en una casa de Hogwarts. Yo deseaba ir a Gryffindor como mi padre y mi abuelo, me sentía con la responsabilidad de seguir su legado y una parte emocional de mí también lo quería así.
Una mujer que reconoció al instante como la profesora Mcgonagall salió del comedor con aire solemne.
—Vamos a entrar al gran salón donde podrán ser seleccionados para una de las cuatro casas de Hogwarts que serán su hogar hasta el día en que se gradúen —explicó sin prisas—. Síganme.
Yo me mantuve al final de todos los niños, me sentí un poco avergonzada y cohibida por ser tan mayor e ir en su mismo grupo. Aunque al menos no tendría que tomar clases con ellos e iría directo al quinto año con Harry y los demás chicos.
Avanzamos todos por las grandes y gruesas puertas, cruzamos el umbral del comedor y desfilamos en medio de las mesas. Obviamente las miradas estaban concentradas en la chica de quince años con los niños de once. Pero mantuve mi mirada fija hacia el frente y pretendí seguridad y buenas formas.
El sombrero comenzó a llamar a cada niño, del primero al último. Tras esto el abuelo tomó la palabra:
—Hay una nueva estudiante este año, que entrará con los alumnos de quinto curso, viene de una transferencia, por favor ayúdenla lo más posible —dijo el abuelo Dumbledore en sus anuncios de inicio de curso—. Independiente qué casa la tome, todos hagámosla sentir como en su hogar, es duro el primer día y mucho más entrar en quinto año —él me miró y me dio una sonrisa reconfortante que correspondí.
Los alumnos me miraban con curiosidad aún.
—Barcy, May Ann Olympe Rhae—me llamó la profesora Mcgonagall, después de la selección de los niños de primero.
Me puse roja hasta las orejas, los Dumbledore y su maldita costumbre de nombres rimbombantes. Incluso mi padre tenía un largo y risible nombre Cyril Perseo Enoc Dumbledore.
En los ojos de la profesora Mcgonagall pude ver reconocimiento que esfumó en un segundo.
Yo subí toda temblorosa hacia donde estaba la silla, todos me observaban, porque no todos los días llegaba una nueva alumna a quinto curso. La profesora Mcgonagall puso el sombrero en mi cabeza y luego empecé a escuchar la voz del sombrero en mi mente.
—Vaya, de nuevo tú aquí —dijo el sombrero en mi cabeza en voz baja—. Bien, bien, siempre es bueno ver caras conocidas, estuve esperando el momento de asignar una casa para ti, temí nunca tener la oportunidad. Pero ya que estás aquí... creo que no debes estar en Hufflepuff, no, no. Un buen corazón, eres bastante débil frente a las personas que amas, sí, pero demasiado orgullosa y egoísta.
Abrí la boca ofendida pero no replicada en absoluto, respetaba al sombrero seleccionador como una máxima autoridad en Hogwarts, incluso más que a los profesores, para mí el sombrero era una eminencia, no me atrevería a recriminarle nada.
El sombrero continuó su charla casi para él mismo:
—Gryffindor encajarías muy bien, eres bastante valiente y adoras a los que están a tu alrededor, sin embargo, parece un lugar bastante cómodo para estar, no sería nada extraordinario, más bien una peca ordinaria —continuó. Tenía que admitir que las dos casas que quedaban eran mis menos favoritas para pertenecer, no me sentía especialmente inclinada a Ravenclaw ni a Slytherin, sin embargo como ya había dicho, respetaba lo suficiente al Sombrero Seleccionador y su criterio para no objetar ni influir de ninguna. manera en su decisión final—, pero tu casa debe de hacerte resaltar, sacar lo mejor de ti y de los demás. En tus venas corre una madre Slytherin y un padre Gryffindor, pero tu madre era la del carácter fuerte así como tú, de hecho ambas tenían pensamientos muy parecidos y en vista de que a ella le fue bien en aquel entonces, así que... ¡Slytherin!
Me quedé un momento pegada a la silla, incluso cuando Mcgonagall retiró el sombrero.
¿Qué?
Giré a ver al abuelo y él asintió con aprobación, aunque siempre supuse que estaría en Gryffindor, como él y papá. Amaba a mi madre y la tenía en un pedestal, pero nunca me sentí especialmente ligada a su lado, siempre me sentí pertenecer a los Dumbledore, por lo tanto, esperaba seguir con el legado de la familia ligado a Godric Gryffindor, que ahora seguiría el legado Barcy de mi madre en la rama de Salazar Slytherin fue... sólo inesperado.
Caminé hacia los Slytherins que en su mayoría me sonreían, a excepción de un rubio platinado, que me veía con ojos fríos e indiferentes, pero me escudriñaba.
—Así que la amiga de la sangre sucia quedó en la mejor casa... —dijo Draco con algo más que burla, curiosidad.
—No la llames así —dije cortándolo ya fastidiada aunque lo acababa de volver a ver.
Volteé el rostro a otro lado. Él despegó la mirada de mí después de unos segundos y comenzó a conversar con una chica a su lado.
Al final del banquete el abuelo dio algunas palabras sobre las generales del año escolar, cosas como cambio de personal y las mismas reglas de cada año, sin embargo, una mujer de rosa chillante que resaltaba en la mesa de maestros lo interrumpió. Todo el salón se quedó estupefacto, aunque no todas las familias de alumnos eran simpatizantes del abuelo, estaba segura que ninguno de ellos se le ocurriría jamás interrumpir de esa manera al abuelo. La mujer se adelantó frente a todo el salón dejando al abuelo Dumbledore a sus espaldas. Empezó a balbucear mierda sobre ser amigos y felices.
— ¿Quién es esa estúpida dama de rosa? —solté sin poder callarme.
Draco resopló.
—Un sapo importante del ministerio —me respondió sin mirarme.
Incluso él parecía compartir mi desagrado.
La mujer comenzó a decir un discurso sobre el ministerio y mierdas en doble sentido que literalmente gritaban “Este año el ministerio va a controlarlos”. Por fin se calló y el abuelo pudo terminar su discurso.
Finalmente, Draco y la otra chica se me acercaron cuando terminó la recepción.
—Soy Pansy Parkinson, seré tu prefecta —me explicó indicándome que nos pusíamos en marcha.
—Y yo seré tu prefecto —me informó Draco con una gran sonrisa.
Genial.
—Aquí en Slytherin aprenderás buenas costumbres, y tal vez te olvides un poco de tu dependencia Gryffindor —señaló él con saña.
No dije nada, después de todo, eran mis prefectos. Antes de seguirlos, eché una mirada a Gryffindor, Harry ya me estaba mirando, tenía un rostro serio pero finalmente me sonrió con gentileza, gesto que imité.
Me guiaron hasta las mazmorras. Se me asignó una habitación para mi sola. Bueno, ser nieta del director de Hogwarts tiene sus ventajas, ¿no? Incluso Severus Snape, el jefe de casa, no se opuso a ello, sabiendo que no debía molestarme, al menos no demasiado.
Pansy se quedó un segundo en la puerta de la habitación.
—Estoy segura de que Barcy no es una familia importante, ¿cómo es que tienes una habitación propia? Ni siquiera Draco la tiene —señaló con curiosidad.
Me encogí de hombros. Ella sólo me observó con detenimiento y se fué.
Sorpresivamente, el ambiente no me disgustó, era sobrio y elegante, casi acogedor. Se sentía en su lugar.
— ¡Corre, apresúrate o llegaras tarde a pociones! —me gritaba Harry, había tenido un día agotador, no recordaba la última vez que me apresuré tanto.
Me había topado con él después de la comida y resulta que teníamos ambas pociones. Pero aunque adelantamos el paso no conseguimos llegar a tiempo con el profesor Snape.
— ¡Llegan tarde! —dijo el profesor malhumorado como de costumbre.
—Sí, lo siento mucho profesor Snape... —no pude completar la frase porque me interrumpió.
—No acepto ninguna excusa, entren —dijo enérgico.
Entramos rápidamente y Harry se acomodó al lado de Ron. Y a mí me tocó sentarme con Malfoy, que me miraba con sus ojos plata llenos de suficiencia y desprecio.
— ¿Qué tantas miras? —murmuró escupiendo cada palabra.
—Nada —respondí indignada.
—No puedo culparte de que te guste lo que ves —continuó riendo un poco alto, que Severus nos volteó a ver.
—Oh, veo que se divierten, me da mucho gusto que en su primer día ya esté haciendo amigos, lamento que mi clase la interrumpa—dijo sarcásticamente Sanpe.
De no haber estado en Slytherin seguro me bajaba puntos.
—Lo siento, profesor —hice una pausa—, fue Malfoy —dije sin ningún decoro.
— ¿Qué? Está loca —replicó el rubio.
— Eres un idiota —murmuré.
— ¡Suficiente! —gritó Snape—. Señor Malfoy, creo que usted sabe cómo hacemos las cosas es Slytherin.
Malfoy se veía algo pálido por el llamado de atención, casi avergonzado.
—Es verdad, lo siento profesor, perdí el hilo por el momento.
Snape me miró.
—Señorita Barcy, es nueva en el quinto año, por lo que no sabe los comportamientos básicos de Slytherin, ya sus compañeros se encargarán de enseñarlos —miró a Malfoy—, ¿no es así señor Malfoy?
Él asintió de inmediato.
—Vayan ahora mismo y van a barrer todas las hojas del árbol más cercano sin magia. ¿No quieren aprender magia? Pues vivan como los muggles —escupió las últimas palabras.
Me levanté queriendo gruñir pero opté por lo más adecuado que era salir en silencio, salimos hacia nuestro castigo, incapaces de contradecir a Severus Snape.
—Bien, señor Malfoy, gracias por hacer que nos sacaran de clase de pociones —dije agradeciendo con sarcasmo.
—De nada, no tienes nada que agradecer —contestó él en mi mismo tono. Sin embargo, después suspiró—. Vale, lo siento, no debí discutir contigo en público.
Bufe. Aunque me impresionó que conociera la palabra lo siento.
—Da igual, vayamos por ese árbol y acabemos de una vez, creo que lo encontraremos a las orillas del bosque prohibido –dije adelantándome
—No, no lo entiendes. Es como dijo el profesor, los Slytherin no pelean con otros Slytherin frente a otras casas, mucho menos frente a los atolondrados Gryffindors.
Hice una muñeca.
— ¿Qué fue todo eso de que me enseñarán a comportarme? —me animé a preguntar finalmente con mucha curiosidad.
Malfoy respondió después de un suspiro exasperado.
—Tenemos que enseñarte a que te comportas con dignidad y decoro, como lo haría cualquier Slytherin, o aterrorizarte para que lo hagas —dijo sin duda. Parecía bastante serio al respecto.
Fruncí el Ceño.
—Qué tontería, vamos a terminar esto.
Malfoy, para mi sorpresa, me siguió todo el camino y no dijo nada, hasta aparecieron dos escobas, una para mí y una para él. Probablemente porque le haría más fácil el trabajo. Casi al terminar, bastante agotados, ambos nos detuvimos al escuchar unos sonidos extraños provenientes del bosque. Me acerqué a Malfoy con miedo.
— ¿Qué rayos fue eso? —cuestioné en un susurro.
—No lo sé, pero no es nada bueno, vámonos —dijo él seguro, también con algo de temor.
Algo salió de entre arbustos y quedé petrificada, no creía lo que veía, hace tiempo que no se veía uno de esos, era un estirge, estos son seres voladores que chupan tu fuerza o energía para vivir, yo tomé el brazo de Draco -más precisamente su mano- y lo intenté jalar pero él no se movía, nos empezaba a afectar ese extraño animal mitológico... pero entonces recordé una cosa que mi abuelo me había contado, los estirges no se resisten a una dulce voz, al igual que todas las bestias con la música, y quedan esclavizados hasta cumplir un deseo, esa es su debilidad, así que por el bien mío y de Draco esperé que mi voz fuera lo suficientemente dulce para ganar a aunque sea tiempo, así que empecé a cantar:
—Las calles vacías, desiertas sin ti
Leo tu nombre en todas partes a mi alrededor
Vuelve a mi amor y la ciudad ya no estará vacía
Y viviré contigo todos mis días
Todos mis días, todos mis días —observé como el estirge bajaba la cabeza.
Jalé a Draco de la mano hacia el colegio, no me molesté en mirar dos veces y arrastré a Malfoy con todas mis fuerzas hasta alcanzar las puertas de la escuela. Era como llevar un peso muerto pero no dejé de apretarlo hasta que nos sentí a salvo.
— ¿Qué fue eso? —preguntó todavía medio aterrorizado y jadeando.
— ¿Quieres regresar a averiguar? —pregunté con sarcasmo.
Él negó sin notar el tono o ignorándolo.
Cuando llegamos a los pasillos aún sostenía su mano, lo solté de inmediato.
—No menciones que te tome de la mano, me lo debes —dije yo al instante.
—Bueno —dijo el simplemente.
—Creo que aprenderemos la lección de no hablar en hora de pociones—dije esperando que empezará a gritar, pero en lugar de eso solo dijo:
—Sí, tienes razón, vámonos a casa.
Y a partir de ahí Draco y yo comenzamos a saludarnos en la sala común y por los pasillos con un asintimiento y casualmente una sonrisa burlona, como diría una buena escritora:
“Hay algunas cosas que no se pueden compartir sin terminar juntos”.
—J.K. Rowling. Harry Potter y la Piedra Filosofal.
Tomábamos la última clase del día con DCAO, había escuchado murmuraciones de que la clase era una completa basura, y con un par de minutos lo confirmamos. No era más que propaganda basura del ministerio. Me daba náusea estar cerca de Dolores Umbridge, con sus estúpidos modales ensayados y sus tonos rosas chillantes, así como esa voz fingidamente dulce característica de los políticos.
A los demás Slyterins también les desagradaba, sin embargo ellos lo ocultaban bajo una máscara encantadora.
Esta mujer era tan desagradable que incluso le gritó a Harry Potter. Ese fue mi punto de quiebre, no sólo por el hecho de que ella le había levantado la voz a un amigo, si no, porque en Hogwarts los maestros debían respetar y guiar correctamente a sus alumnos al camino del conocimiento, no estaba permitido bajo ninguna circunstancia la intimidación haciendo uso de su posición de poder.
Quise levantarme de mi lugar para hacerle saber mi disgusto pero Draco aferró su mano a mi antebrazo haciéndome permanecer en mi lugar.
—Snape no estará contento si la enfrentas —me murmuró furiosamente.
—No me importa, esa mujer no le hablará así a ningún alumno —siseé furiosamente mientras forcejeaba con Draco.
Él puso los ojos en blanco.
—No es apropieado de tu parte salir en defenza de Potter. Además, hay otras formas de venganza, no ganarás nada discutiendo con un profesor —me respondió irritado.
Me quedé en mi lugar razonando. Había una razón por la que esa mujer estaba aún en el aula, y era que él abuelo Dumbledore no tenía opción. Supuse que Draco tenía razón, seguro el abuelo ya tenía un plan para sacarla de Hogwarts.
Me encontraba en la clase de Estudios Muggles, ya habían pasado algunos días desde que Draco y yo nos empezamos a llevar moderadamente bien, nos soportábamos, tomábamos las comidas juntos y estudiábamos, me enseñaba a ser Slytherin y me amenazaba con hechizarme si no me comportaba a la altura. No parecía tal mal chico si ignorabas su prejuicio contra los nacidos muggles, supongo que ser sangre pura y pertenecer a una de las familias de los Veinticoho le debía haber dado una crianza privilegiada pero también llena de prejuicios.
—Esto es todo por hoy, pueden retirarse, muchachos —dijo la profesora Burbage.
Todos nos levantamos de los pupitres y salimos de la sala. Esa clase no la tenía con Draco, obviamente, así que me dirigí sola a la mesa de Slytherin para la hora de la comida, aparte del resto de mi casa, ninguno tomaba esa clase. En el camino, mientras transitaba el pasillo hacia el comedor, me topé con Harry, quien me saludó con entusiasmo.
—May, ¿cómo va tu vida en Slytherin? —preguntó con cortesía.
Le sonreí amablemente.
—Bastante bien en realidad, nadie se ha metido conmigo —le respondí—. Sin embargo, escuché que en Gryffindor no están tan contentos contigo.
Harry perdió la sonrisa.
—No los escuches, Harry. Sé que es difícil ser el lunar en la piel, pero con el tiempo terminan olvidando —traté de animarlo.
Él pareció obligarse a sonreírme.
—Lo sé, sólo que he tenido algunas pesadillas que me tienen agotado —me confesó.
Palmeé su espalda con animosidad.
—Draco es bueno en pociones, podría pedirle que hiciera para mí una poción de sueño sin sueños —le ofrecí.
Harry me miró con ojos como rendijas.
— ¿Draco? Como... ¿Draco Malfoy?
Asentí.
—Ya sé que es una sorpresa, pero en Slytherin es bastante raro que peleen entre sí, incluso me han soportado a mí.
Harry me miró con algo de gratitud.
—Gracias, te lo pediré si no mejoro. Ahora, iré a comer o me quedará sin nada —él giró sobre sus talones—. Nos vemos luego.
Cuando entré en el comedor escuché a las chicas de Ravenclaw murmurar cosas como: “Cabeza de cerdo”, “Hogsmeaden”, “reunión privada de Harry Potter”.
Me parecía que hablaban sobre una reunión secreta organizada por Harry en Cabeza de Cerdo, supongo que se referían al lugar mugriento que poseía el tío Abeforth, aunque no lo conocía en realidad, el abuelo Dumbledore y él estaban distanciados incluso antes del nacimiento de mi padre, Cyril. Tenía sentido, ya que en sábado es cuando los alumnos tienen permitido visitar Hogsmeaden. Sin embargo a mí no me invitaban aún, supuse que lo harían en algún momento, así que esperé pacientemente, esperé toda la semana, pero la invitación nunca sucedió.
Iría a cabeza de cerdo aún así, quería saber qué estaba pasando. Me sentí bastante traicionada, por un lado no creía que realmente les desagradara, pero no sabía qué significaba que me hubieran dejado fuera, probablemente sería el hecho de que ahora yo era una Slytherin y ya no les agradaba tanto, conocía el desdén que tenían contra mi casa.
—May —me llamó Draco—, ¿vienes con nosotros a Hogsmeaden? Iremos de compras.
—No, tengo algunas cosas que hacer, nos vemos después —dije despidiéndome de él.
Él se acercó con Zabini y Nott, el par de chicos que acomapañaban a Draco durante su altercado en el tren, sólo los conocía de vista pero Draco jamás me había presentado, aunque siempre me saludaban con un asentimiento amistoso. También iban con él Crabbe y Goyle, quienes más bien eran indiferentes a mi presencia, a veces acompañaban a Draco, los veían más como adornos.
Entré a una pequeña choza, poco alumbrada y bastante sucia, mugrienta como me había hablado de ella el abuelo alguna vez. Al fondo podía distinguir a jóvenes que no encajaban con el resto de clientes de cabeza de cerdo, al dirigirme a ellos casi caigo al piso por un resbalón, el piso estaba húmedo y resbaloso, no pude conservar el equilibrio, sólo sentí un golpe en mis cuartos traseros. Dos sujetos me levantaron, mis fieles y queridos gemelos Fred y George Weasley.
—Gracias, no soy coordinada—murmuré agradecida.
Ellos solo me asintieron con una sonrisa divertida, apunto de reírse de mí pero creo que se contenían de hacerloeír, ya que no sabían cómo reaccionaría, si me enojaría o me echaría a llorar por el golpe. Tomé mi orgullo Slytherin y me puse una máscara de indiferencia.
El trío de oro me miró bastante tenso. Las dos únicas chicas Ravenclaw se vieron sorprendidas y confundidas ante mi presencia.
— ¿Así que a ti también te invitaron? Una Slytherin —preguntó la chica de Ravenclaw específicamente, una de las amigas de Cho Chang, a quien reconocía solamente por ser el aparente interés amoroso de Harry Potter, al menos eso dijo Hermione.
Pero aparté eso de mi mente. Tenía que admitir que gran parte de aquel resentimiento era mi enamoramiento precoz y adolescente por Harry Potter, ya estaba, lo había aceptado. No era difícil de ver, yo era una copia de la chica Weasley, adulaba cada paso que daba Potter.
Tomé cuenta que desde que me asignaron a Slytherin y comencé a ser públicamente amiga de Malfoy, el trío de oro había tomado su respectiva distancia, incluso Harry que me saludaba ocasionalmente tendía a rehuir mi mirada durante clases y en el salón de banquetes.
—No, en realidad escuché murmuraciones acerca de alumnos rebeldes que están contra la nueva profesora de defensa contra las artes oscuras —miré al trío de oro—. Quise venir y verlo con mis propios ojos. La Gran Inquisidora no podría distinguir entre magia oscura y artes místicas aunque la vida se le fuera en ello.
—Oh, bueno, pasa siéntate —dijo Potter incómodo pero con su gentileza habitual.
Me tragué mi orgullo Slytherin, que era decir bastante dándole la razón al sombrero seleccionador, y me senté entre Fred y George.
—Eh... —dijo Hermione un poco nerviosa—. Bueno... eh... hola
El grupo enfocó su mirada en ella, pero algunos ojos se posaban en Harry cada par de minutos.
—Bueno... em... saben por qué estamos aquí. Eh.., bueno, Harry tuvo la idea... Quiero decir... —Harry le había lanzado una mirada asesina—. Yo tuve la idea de que sería bueno si las personas que quisieran estudiar Defensa Contra las Artes Oscuras más a fondo, quiero decir, no el desperdicio que Umbridge está haciendo con nosotros... —de pronto la voz de Hermione se volvió más fuerte y segura —, porque nadie podría llamar a eso Defensa contra las Artes Oscuras... Bueno pensé que era bueno que le diéramos importancia por nosotros mismos.
Hizo una pausa, miró de reojo a Harry y siguió adelante.
—Y lo que quiero decir es que aprendamos a defendernos bien, no sólo en teoría. Sino haciendo los hechizos reales.
— ¿Quieres pasar tú defensa contra las artes oscuras, también...apuesto? —dijo Michael Corner, quién la miraba muy de cerca.
—Por supuesto que quiero —dijo Hermione—, pero más que eso..., Quiero estar debidamente entrenada en defensa porque... —tomó un gran respiro—, porque...porque Voldmort ha regresado.
La reacción fue inmediata y predecible. La amiga de Cho se tiró la cerveza encima, a Terry Boot le dio una especie de escalofrío, Padma Patil suspiro muy asustada. Absolutamente todos miraron a Harry posteriormente.
— ¿Y cuál es la prueba de que el señor oscuro regreso? —dijo el chico rubio de Hufflepuff.
Me crucé de piernas y cruce los brazos sobre mi pecho esperando lo inevitable. Un Harry enfadado.
—Si vinieron a escuchar exactamente cómo es cuando Voldemort mata a alguien, yo no puedo ayudarte —respondió Harry. Su temperamento estaba subiendo—. No quiero hablar de Cedric Diggory, ¿está bien? Así que si vinieron para eso, mejor...váyanse.
—Estás tratando de evadir la responsabilidad de mostrarnos esos hechizos —dijo Smith—. Bueno, todos hemos venido para aprender de él, y ahora nos está diciendo que realmente no puede hacer nada de eso.
—Eso no es lo que dijo —intervino Fred.
— ¿Te gustaría que limpiamos tus oídos por ti? —Continuó George tocando un instrumento largo de metal dentro de la bolsa de Zonko.
—O alguna parte de tu cuerpo... —agregó Fred amenazante.
El chico se alarmó de inmediato.
Empezaron a discutir sobre el lugar y la hora del próximo encuentro, cuando Fred se acercó a mí para decirme algo al oído.
—Apuesto que al sapo de Umbridge le daría un ataque si nos encontrara aquí conspirando contra el ministerio —murmuró sofocando una sonrisa.
Yo le devolví la sonrisa asintiendo. Cuando levanté la vista pude ver a Harry mirándome fijamente con un rostro indescifrable, en cuanto capté su mirada él desvío la suya. Giré los ojos sin poder evitarlo.
—Yo no estoy dentro —dijo Cho finalmente.
Todos se quedaron en silencio expectantes.
—Lo siento, Harry —continuó Chang—, pero no me siento segura con una serpiente aquí, no después de lo del año pasado.
Me sentí personalmente atacada. Mis mejillas se tiñeron de carmesí cuando una mirada furiosa se formó en mis ojos. Apreté los labios para contener mi lengua dentro.
—May es confiable... —intentó mediar Hermione pero la amiga de Cho la interrumpió.
—Vamos, chicos. Incluso ustedes lo saben, no la invitaron por una razón —puso sobre la mesa certeramente.
Me puse de pie. No me había dado cuenta lo patético qué debía estar luciendo allí.
—Tranquilas, Chang y... compañía —agregué al ni siquiera saber el apellido de su agregado—. Pueden continuar tranquilos en su charada, me voy —apreté el puño de rabia—. Soy una orgullosa Slytherin, no hay nada de malo en ello. Que sea una serpiente no significa que sea traidora o cualquier idea que te estés formando al decir cada diez minutos la casa donde vivo. Mi madre también fue una Slytherin y aun así fue fiel a Dumbledore hasta el último de sus días.
Abandoné la taberna con rapidez, me daba náuseas por la rabia contenida. Me había estado tratando como la peste sólo por mi casa, ¿acaso eran diferentes al Draco Malfoy que disfrutaba hacer diferencias por la condición de sangre? Incluso él me había aceptado siendo una pretenciosa y tonta «traidora de sangre», como me llamaba en ocasiones para molestar. Nadie más había querido contradecir a Chang, igualmente no esperaba que lo hicieran. Salí de Cabeza de Cerdo y decidí buscar a Draco en el pueblo para pasar el resto de la salida con él, no quería que se me amargara todo el día de descanso. Me retiré no sin antes entrar por la puerta trasera a saludar al tío Abeforth, no hacía falta, pero siempre me ilusionó volver a unir a la familia Dumbledore, sin embargo Abeforth Dumbledore compartía el mismo entusiasmo por aquello que el abuelo. Sin embargo, pese a su deseo no le tomé ningún rencor, le permitía a la familia ser desagradable si querían, después de todo, sólo dos personas podían darse cuenta de ese lujo.
Me encontré con Draco en Honeydukes, lo miré desde afuera a través del cristal, él estaba en compañía de Pansy Parkinson, Zabini y Nott, Goyle y Crabbe, pero todos ellos veían distraídos el lugar. Él me hizo una señal para que me acercara a donde estaba, sostenía una caja de dulces con una cubierta elegante que hacía parecer más que contenía alguna reliquia. Era de un color verde oscuro y de un tamaño aproximado a un ladrillo. Él parecía encantado de mostrármela.
—Hice un pedido especial de esta caja de chocolates, son los más ricos de todo el mundo mágico —me explicó.
Abrió el interior y me mostró un elegante diseño de apetitosos bombones de chocolate.
—Lucen bien —le admito.
Él me tendió la caja, yo la tomé por inercia.
—Son para ti —me dijo algo avergonzado.
Le miré con confusión.
—Por lo de aquel día en el bosque de Hogwarts, nos salvaste, ya lo sabes. Sólo tómalos, por favor —dijo ya bastante rojo.
Sonreí con ternura.
—Es un gran detalle, que espléndido, gracias.
Draco hizo un gesto restándole importancia. Nos reunimos con los demás que ya habían terminado de pagar sus compras y estaban fuera de la tienda.
Emprendimos el regreso hacia Hogwarts, se estaba haciendo tarde y el frío comenzaba a sentirse más, además que amenazaba con nevar. En el camino Pansy Parkinson me echaba algunas miradas pero no decía nada. Hasta ahora no había convivido con ella, también evitaba a Crabbe y Goyle, los únicos que estaban relativamente cerca eran Zabini y Nott.
—Escucha, May... —comenzó Draco—. Eres nueva en Slytherin, así que no sabes ciertas cosas, a diferencia de las demás casas, en Slytherin no nos damos la espalda, nos cuidamos y mantenemos un frente unido, al menos contra los demás —añadió con cuidado.
Suspiré.
—Al grano —le dije con fastidio.
—Lo que quiero decir, es que no puedes ir discutiendo con otros Slytherin por tu amistad con Potter y sus amigos, ¿entiendes? Al menos en los pasillos o las aulas —explicó—, si después quieres hechizar Slytherin en la sala común, puedes hacerlo, aunque tendría que reportarte y no te recomiendo enfrentárteles en grupo.
Hice una mueca pero sabía que tenía razón.
—Draco, voy a ser sincera, no me importa —dije seriamente—. Sé que los Gryffindor pueden llegar a ser insoportables y bobalicones para ustedes, pero no apruebo a los bullis.
Draco se vio extrañamente audido a aquello último, por lo que no continuó la conversación, incluso cuando llegamos a las mazmorras cada quien se fué a su habitación.
No quería enfrentar al trío dorado ni a ningún otro Gryffindor, por lo que los días siguientes al fin de semana la pasé escabulléndome de ellos y refugiándome con los Slytherin. Para mi sorpresa, Daphne Greengrass era una chica muy amable y accesible para conversar cuando quería escapar de Hermione en la biblioteca. Y Draco comenzó a ser mi escudo cuando Harry o los Weasley amenazaban con acercarse.
Si bien Hermione había tratado de hablar por mí, estaba segura que la idea de todo aquello había sido de ella, y no me había enviado una invitación igualmente. Aunque inevitablemente alguna vez tendría que hacer las paces con ellos, tiempos difíciles se acercaban y Harry estaría en un verdadero peligro frente a Voldemort. Podría estar enojada hasta la muerte ahora mismo, pero no dejaría que le pasara nada.
— ¿Vamos a cenar? —preguntó Draco dejando su libro de lado.
Yo cerré mi pesado tomo de Ministerio Mágico, formas de gobierno del mundo de los magos y brujas por Janis Doreen.
—Claro —respondí al instante.
Caminamos juntos al comedor, junto a Pansy, Crabbe y Goyle. Yo no les era especialmente agradables a los últimos tres pero con agradarle a Draco estaba del otro lado. No entendía completamente la forma de vivir de los Slytherin pero la respetaba, hasta ahora nadie me había molestado realmente, incluso me sentía bienvenida y en casa, pese a ser amiga abiertamente de los Gryffindor. Dentro de mí me preguntaba cómo sería todo aquello si se supiera que era una Dumbledore.
Al entrar al comedor pasé la mirada por las demás mesas, especialmente en Gryffindor, allí estaban ya todos mis amigos cenando tranquilamente. Hermione fue la primera en encontrar mi mirada, le dio un codazo a Harry que se moró unos segundos en captar el mensaje de su amiga. Él encontró mi mirada lentamente. Poseía unos ojos enormes como de cervatillo a punto de ser cazado.
— ¿Qué haces ahí parado, Barcy? —preguntó Draco desde su asiento.
Alargó una mano y me jaló suavemente a sentarse, siendo el movimiento que necesitaba para romper la conexión de miradas con Harry. Incluso después pude sentir aún la mirada de Harry sobre mí durante un largo tiempo pero me concentré en el delicioso pavo al horno con puré de patatas que tenía servido en mi plato.
Draco charlaba animadamente con Crabbe y Goyle mientras Pansy cotilleaba con Millicent Bulstrode. Yo seguí cenando sólo escuchándolos conversar.
—Definitivamente Krum está dándolo toda esta temporada —añadió Goyle a la conversación.
Me perdí cuando comenzaron a hablar de quiddintch, nunca me habían interesado los deportes. En su lugar concentré mi distracción en mirar a Harry cenar con un aire pasible mientras Hermione y Ron se siseaban furiosamente.
—Tengo que terminar una tarea que olvidé —le susurré a Draco a mi lado—. Nos vemos más tarde.
Draco asintió son poner mucha atención por su apasionada conversación de quiddintch. Así que salí en silencio hacia la biblioteca. Yo no era un ratón de biblioteca como lo sería Hermione pero podríamos decir que era un ratoncito. Estaba desierta la biblioteca a esa hora porque todos se encontraban en el banquete, por lo que pude mirar los estantes sin preocupaciones ni distracciones. Me perdí en la zona de romance mágico, era un gusto culposo privado.
Me senté en la mesa más alejada de toda la biblioteca y me acomodé lista para leer hasta que me echaran de la biblioteca, era una sensación distinta leer en mi habitación que hacerlo en la biblioteca. Eran pensamientos muy al estilo Hermione Granger, por lo que mejor concentré el hilo de pensamientos en lo que leía.
Era un tomo de literatura romántica clásica de Ollie McCartney sobre una mujer joven bruja que se enamora de un hombre lobo solitario del que no debe enamorarse por los prejuicios sociales. Todo muy triste, dramático, trágico y romántico con la mezcla perfecta. Sonreí cuando leí el final.
La joven bruja le sonríe al hombre.
— ¿Te gustaría quedarte a cenar? —preguntó tomando su mano para acompañarlo al interior del hogar.
El hombre le correspondió con un gesto alegre.
—Después de esto me quedaría por siempre, mujer.
Suspiré expirando toda la emoción contenida. No me había dado cuenta cuánto tiempo había estado leyendo, aunque no era realmente un libro mayor a 150 páginas. Levanté la vista cansada lista para retirarme hacia las mazmorras cuando me encontré con la curiosa mirada de Harry observándome. Encontrármelo de repente me hizo saltar levemente en mi lugar.
—No quise interrumpir cuando llegué, después ya no supe qué hacer —explicó con vergüenza.
— ¿Desde cuándo estás aquí? —pregunté con voz ahogada.
Yo era consciente de las caras aterradoras y vergonzosas qué hacía mientras leía con emoción. Harry se sonrojó con la pregunta.
—Estabas en la página 50 —admitió avergonzado.
Me mordí el labio sin saber qué decirle.
— ¿Necesitabas algo? —pregunté tras unos segundos de silencio.
Harry asintió.
—Tenemos una charla pendiente —respondió cruzando sus brazos contra su pecho haciendo saltar sus músculos qué iban apareciendo conforme a la edad.
Tragué duro. Asentí animándolo a hablar.
—May... —susspiró—. Te queremos, Hermione, Ron, los gemelos... yo también... —añadió inseguro—. Esto es sobre lo que pasó en Cabeza de Cerdo.
Asentí comprendiendo.
—Está bien, Harry —le interrumpí—. Entendiendo su posición, que estár en Slytherin cambia muchas las cosas.
Harry asintió.
—Sólo intentábamos protegerte, May —confesó dejándome en silencio—. En Slytherin pueden ser muy crueles. No queríamos que por relacionarte con nosotros te segregaran, no quería que fueras acosada en tu propia casa.
Le sonreí tímidamente.
—Harry, no tienes que preocuparte por esas cosas, no me importa lo que digan en Slytherin —le dije poniendo mi mano amistosamente sobre la suya.
Harry se vio muy acalorado de repente.
—Claro, ya sé que eres muy fuerte y todo eso, muy buena en maleficios dicen los Ravenclaw —dijo al azár—. Yo también soy bueno en defensa, pero no tanto, creo que sé sólo algunas cosas, tal vez debería aprender un poco más antes de decirlo tan a la ligera —terminó atropellándose con sus propias palabras.
Le sonreí con todo el encanto del que fui capaz.
—Creo que sí —dije en voz baja—. Vamos a dormir, casi es toque de queda —sugerí poniéndome en pie.
Salimos de la biblioteca, me giré hacia Harry para despedirme pero él ya me miraba.
—Te acompañaré a las mazmorras, después iré a mi sala común —me dijo.
Asentí encantada de tener su compañía nuevamente. Todo el camino conversamos sobre tonterías y cosas graciosas que pasaban en nuestras casas. Hablar con Harry siempre me había resultado fácil, era un chico sencillo y suave para decirle cualquier cosa.
—Entonces... —comenzó Harry—, ¿quieres seguir en el ED?
Asentí con firmeza.
—Umbridge es un peligro para Hogwarts y también es importante que entrenemos al mayor número posible de estudiantes —expliqué ensombrecida—. Vienen temporadas muy oscuras en el mundo mágico, es mejor estar preparado.
Harry me miró con detenimiento.
—Tenía algunas dudas sobre la idea de Hermione, todo esto del ED —hizo un gesto a cubrir el lugar—. Pero creo que tenía razón, hasta tú lo crees.
Extendió su palma hacia mí, por un momento me congelé hasta que reparé en el galeón de oro en el centro de su mano.
—Te avisará cuando debamos vernos para el entrenamiento —me aclaró ante mi confusión.
Lo tomé y guardé de inmediato.
—También estará Ravenclaw, ¿no? —Pregunté con una falsa diversión.
Harry a mi lado se tensó pero asintió.
—Escucha, tal vez podrías llevarte un poco...
—Detente ahí —le advertí—. Voy a tomar esos entrenamientos con Chang, pero no quiero ni siquiera mirarla a la cara.
Harry parecía intentar disuadirme cuando quería comenzar a hablar de nuevo. Por algún motivo recordar las palabras de Chang me hizo volver a rabiar.
—Escucha, Harry, detesto a Chang. Así que no me vengas con sentimentalismos y mierda Gryffindor ahora —lo condicioné—. Hasta aquí está bien, gracias por acompañarme. Buenas noches.
Dejé ahí parado a Harry y me apresuré hasta las puertas de la mazmorra. Fue incluso doloroso despedirme de él pero me encontraba muy enojada.
Por la mañana las clases iniciaron con normalidad. Un poco de aburrimiento en Historia de la Mágica, muchas risas Slytherin a costa de Neville que Draco comenzó pero yo terminé. Algo relacionado con su abuela y Snape, pero no pude entenderlo bien. Parecía algo que sucedió antes de que yo llegara.
—Debes dejar en paz a Neville —le siseé a Draco.
Conocía poco a Neville Longbottom, solo lo necesario como a los demás Gryffindor, pero podía ver en él un buen chico como lo era Harry. Draco puso los ojos en blanco.
—He dejado de hablarle a San Potter y sus amigos, ¿ahora también Longbottom? —preguntó con tono cansino.
Le miré ofendido.
—Sí.
Draco bufó.
—Te juro que no te entiendo, Barcy —dijo exasperado—. Iré a la sala común a recoger unos libros —me informó tomando otro pasillo.
Yo tomé la ruta a la biblioteca, teníamos un espacio entre clases para hacer lo que queramos, así que tomé el tiempo para ir a la biblioteca a buscar algunos títulos para leer por la noche. Me apetecía algo como enemigos a amantes. Entre los estantes observé a Hermione mirándome desde su mesa. Me había reconciliado con Harry pero no con Hermione, aunque a este punto ya no estaba molesta por nada, incluso sentí que podía llegar a deberle una disculpa. Tomé un libro al azár y lo llevé conmigo a la mesa de Hermione.
— ¿Puedo estudiar contigo? —pregunté tímidamente.
Hermione demoró unos momentos en levantar la vista de su libro y dirigirla hacia mí. Sólo asintió con un gesto y volvió a su lectura. Tomé asiento frente a ella y comenzó a hojear distraídamente mientras juntaba coraje para disculparme.
—Escucha, May —comenzó ella sorprendiéndome—. Harry, Ron, los gemelos y yo nos sentimos muy apenados de no haberte extendido una invitación a ya sabes qué —bajó la voz—. Creo que Harry ya te explicó de manera general lo que pasó y los motivos que tuvimos para no...
Eleve una mano en el aire.
—No es necesario, Hermione. Está olvidado —le dije sinceramente—. Lamento haberlos estado evitando también.
Hermione sonrió.
—Te escabullías hasta de Fred y George —añadió con una sonrisa.
Le sonreí de vuelta.
—Y fue muy difícil, sólo Draco podía ahuyentarlos —admití en una risa.
Hermione me miró con ojos cómplices.
—Así que Draco Malfoy... —dejó la insinuación en el aire.
Me reí con humor.
—No, Granger, no vayas por ese camino —le advertí en broma—. Draco es un buen compañero, aunque apenas me tolera.
Hermione me dedicó una mirada incrédula.
—Draco Malfoy ha aprovechado cada oportunidad desde el primer año para torturar a otros estudiantes, en especial nosotros —lelevó las cejas—. Y ahora me dices que ha dejado de hacerlo de repente cuando llegaste y pretendo decirme que es una coincidencia o por la bondad de su corazón.
Hermione era demasiado aguada para mi gusto.
—Tal vez le agrado como su mascota —bromeé.
Hermione sofocó una carcajada.
Bueno, todo había terminado bien. za a escribir aquí...