Gente pez viene a verme
Todos los pares de ojos en la habitación me miraban tensos escudriñándome con sus miradas, mantuve la calma y suspiré. Con disgustó volvió la mirada a mis padres y con un gesto les dejó en claro que desaprobaba el intercambio que estábamos teniendo.
Pretendían que yo creyera en los mitos que me contaban antes de dormir, en los que el dios griego Poseidón sale del mar y se enamora perdidamente de una humana llamada Agatha. Pero ahora resulta que ambos tienen una hija, la que convenientemente eres tú pero debieron ocultarlo por tu bien; Oh, sí,buengirode trama. Llame a alguien al sanatorio y revise los boletines de búsqueda, porque probablemente se les escaparon dos internos.
Miré a mi madre nuevamente, intentaba transmitirle mi mensaje sobre lo loco de lo que me estaban diciendo. Pero ella estaba pálida como la luna y miraba el suelo fijamente. Tuve que hablarle para que me mirara.
—Mamá, ¿por qué están diciendo todo esto? —pregunté con un tono alarmado.
Mis padres siempre habían sido un par de personas normales. Con nombres normales como David y Rebecca, vivíamos en un barrio normal y papá tenía un trabajo normal como vendedor de seguros. No entendía cómo estaban participando en todo este teatro escandaloso. Me consternaba su estado mental actual.
Observé a una cuarta persona en la habitación, una mujer que se veía como salida de una mala cirugía plástica en todo su perfecto cuerpo pero con un rostro que me recordaba a los pescados congelados en el supermercado, además tanto ella como su acompañante varón vestían túnicas. . azules bastante extraños. Sentía como si mis padres hubieran perdido la cabeza.
— ¡Por los infiernos, no pueden estar hablando en serio! —exploté ante su silencio, perdiendo la poca cordura que me quedaba.
Mi madre puso su rostro severo pero no me respondió nada, lo que era bastante frustrante.
—Bien, supongamos que es cierto —me rendi por el momento—, demuéstrenlo... demuestren que son enviados de Poseidón —exigí poniéndolos a prueba.
La mujer se levantó de inmediato, sin dudar. Delante de ella tenía un vaso de agua que mi madre les había ofrecido cuando llegaron, alargó su mano y dio unos finos giros con sus dedos, el agua chispeó en el aire por medio de nada y creo ondas que verdaderamente desafiaron todo mi sentido común y totalmente las leyes de la física propuestas por quien sabe qué tipo, al que si viera esto, se le caería la boca justo como yo la tengo en el suelo y tiraría todas sus investigaciones al fuego.
Mis labios se secaron y las personas que me acompañaban en la sala se quedaron en silencio a la expectativa de cómo reaccionaría. Permanecí en silencio bastante rato hasta que mi cerebro pudo encontrar las palabras adecuadas.
—Eso lo prueba —decidí perpleja.
Siempre había fantaseado con eso de niña, después de escuchar esos mitos emocionantes de un mundo acuático. El tener de repente una cola y respirar bajo el agua son fantasías comunes en los niños, pero ahora que eso parecía, era bastante impactante.
—Mamá, ¿tú no eres mi verdadera madre? —Pregunté con escepticismo.
Ella vacilo en respuesta pero finalmente lo hizo.
—No, Valia, no soy tu madre biológica pero te quiero como si lo fuera, créeme —respondió ella acercándose a mí—. Creo que es tiempo de que mi hija y yo hablemos a solas —agregó dirigiéndose a las otras tres personas y mi padre saltó del sofá de la sala al recibir la orden.
—Claro, querida. Señor y señorita... —carraspeó— síganme, vayamos a tomar agua… con sal —dijo él y ambos seres siguieron a mi padre con caras confundidas hacia la otra habitación.
Mi madre se sentó a mí lado y pasó un brazo por mis hombros. Su cabello claro y rizado me hacía cosquillas en la mejilla. Uno siempre se pregunta a qué lado de la familia se parece más. Yo no me parecía a mi padre y su tez morena, ni a mi rubia madre con su ascendencia californiana, sin embargo nunca había dudado que fueran mi familia. Aunque yo era pálida y de cabellos negros, sabía que la genética obraba de maneras misteriosas.
Mi madre me emociona con gentileza.
—Valia, ¿alguna vez te preguntaste porque tenías que rogar por meses para que te llevaremos al océano? ¿Por qué no te permitimos ir a aquel crucero de fin de cursos?—cuestionó mientras me abrazaba y descansaba su mentón en mi cabeza.
Comenzó con una historia que es la que les describo a continuación:
Después de que Agatha y Poseidón se conocieran, se habían atraído el uno al otro al instante pero su amor no debía ser. Aun así, con el paso de los años engendraron a una niña de cabello negro azabache, ojos azules intensos y piel blanquecina como la espuma de mar. En aquel momento no sabían todo lo que se desencadenaría. La esposa de Poseidón, Anfitrite, colapsó en cólera por el agravio a su matrimonio y la traición de su esposo. Comenzó a maquinar un plan para eliminar a la hija de aquella infidelidad y así salvar su propio honor. Lo haría en aquel momento cuando el fruto de esa deslealtad era aún un bebé. Por otro lado, lo ideal sería asesinar también a esa amante sinvergüenza pero Anfitrite no se atrevería a matar a matar a Agatha porque esta última era la llamadaProtectora de los Héroes, y si ella se atrevía a tocarle un cabello sufriría la ira de Zeus.
Así que su suspicacia la llevó a ir con engaños para convencer a Zeus de que su esposo había producido una semidiosa que podría cumplir con la profecía, donde se mencionaba que podría desencadenar el fin del Olimpo como lo conocían, así que Zeus cegado por el engaño y las lágrimas de Anfitrite, le permitió actuar. Anfitrite envío muchos monstruos hacia Agatha, quienes iban con la misión de asesinar al bebé, sin embargo, quien terminó muriendo en el proceso de defender a la recién nacida fue la mismísima Agatha.
Tanto Zeus como Poseidón, al enterarse de todo esto, castigaron a Anfitrite con el exilio del Olimpo y del reino marino. Sin embargo, eso no traería a Agatha de vuelta, dejando a la hija de aquella traición sin ninguna forma de crianza. Poseidón nunca había sido una buena niñera, por lo que entregó al bebé a dos mortales que siguieron las enseñanzas griegas y le rezaban por una hija.
Es por eso que no podía permitirle a aquella vástiga el contacto con el océano, ya que Anfitrite podría darse cuenta de su localización y matarla como fue su objetivo desde un principio. Ya que, si bien estaba expulsada del reino marino, Anfitrite residía en el palacio de su padre, el antiguo Nereo.
Mi madre dejó regresar a la sala a mi padre y los otros dos seres. Aunque aquel relato me había dejado con más preguntas que respuestas.
— ¿Qué es lo que esperan que haga? ¿Por qué Poseidón da señales de vida después de tanto tiempo? —pregunté a la defensiva—. Tengo dieciséis años, en dieciséis años no se presentó a saludar.
El hombre fue el que respondió:
—Queremos que nos acompañes a conocer a tu padre —dijo sin rodeos—. Él espera que vayas al fondo del mar a verlo y honrarlo como el resto de sus hijos.
Quise echarme a reír. Me había abandonado al cuidado de dos desconocidos y ahora pretendía que fuera a honrarlo.
—Él fue quien me abandonó. Que él venga, si quiere verme —respondí acalorada repentinamente.
Mi madre interviene.
—Valia, comprende que para los dioses no es sencillo hacer eso. Ellos son diferentes a los mortales —dijo mi madre intercediendo por Poseidón.
Yo la miré dudosa.
— ¿Estás seguro? ¿Crees que eso es lo correcto? —pregunté indecisa.
— Segura —contestó al instante—. Sólo una vez, si no te gusta, tienes la palabra de Poseidón que no volverá a intervenir en tu vida, ¿no es así? —cuestionó hacia los dos invitados.
El hombre y la mujer pez asintieron de inmediato.
Aunque tenía resentimiento dentro de mí porque Poseidón prefirió entregarme antes que criarme él mismo, debía admitir que sentía curiosidad, esto abriría literalmente un mar de oportunidades, todo un mundo desconocido con el que los novelistas y cineastas apenas podían soñar y yo tenía el privilegio de conocerlo.
Y así, me despedí de mis padres, sin nada más que mi ropa encima, ¿qué se lleva al fondo del mar, si no?
Nos dirigimos a las costas para ver por primera vez a mi padre, el dios Poseidón, con la compañía de un hombre y mujer pez. Debo de un verme caído de pequeña. Seguro.
Poco a poco nos fuimos acercando a la playa de Asbury Park en el estado de Nueva Jersey, en las costas del Pacífico. Al bajar del auto, me di cuenta que no había absolutamente nadie en la playa, lo que resultaba raro porque la playa era hermosa. La mujer cuyo nombre desconozco empezó a guiarme rumbo a otro lado que no era la playa, decidió confiar y seguirlos.
—El barco está justo allí, vamos —me instó el hombre.
Esperaba ver un barco común, algún bote pequeño, pero me encuentro con un barco griego lleno de personas que están remando a los lados muy similares a mis acompañantes, todos me observaron con cuidado sin perder detalle y finalmente la mujer me pidió que subiera y les ordenó a los demás que se pusiera en marcha. Me llevó a un lugar apartado para que esperara hasta llegar a un lugar exacto al que íbamos. Al poco tiempo, ambos acompañantes se me unieron a la espera con refrescos en sus manos.
— Oh, ¿así que ustedes los sirenas toman gaseosas? —pregunté sin pensar realmente en lo que estaba diciendo.
Obviamente ellos se rieron.
— Nosotros no somos sirenas, en dado caso tritón, pero no, no lo soy —respondió el hombre—, las sirenas son hijas de musas. Nosotros —dijo señalando a la mujer—, somos miembros de confianza de la corte de Poseidón. Aunque eso explica por qué tu padre nos dio esos vasos de horrible agua salada.
Mi cara se calentó por la vergüenza, decidió no responder nada y empeorarlo.
—Estamos justo encima del palacio del dios Poseidón —interrumpió la mujer después de un rato—. Hora de bajar —me escuchando la mujer.
El aire se escapó de mis pulmones. Vi hacia la proa pero el mar abierto se veía normal, nada fuera de lo común, si estuviera en uno de los paseos de turistas hubiera pasado inadvertido.
— ¿Hasta allá abajo? ¿En serio es necesario? —pregunté entrando en pánico.
Nunca había estado tan dentro del mar, mis padres me lo prohibían terminantemente. La mujer tomó mi mano y me jaló al agua tras ella. De verdad, yo tenía un mal presentimiento de todo aquello.
— ¿Cómo es que voy a respirar allá abajo? —cuestioné jadeando saliendo al exterior del agua.
—Sólo respira —respondió ella con obviedad antes de volver a sumergirse y llevarme con ella.
Ella me jaló casi a la fuerza hacia el fondo del mar, era una experta nadando, por supuesto. Y yo, yo pues hacia lo posible por no morir de pánico, poco a poco el aire iba faltando y no tuve más opción que confiar en la palabra de mi acompañante.
Sorpresivamente, no me ahogué.
Pasaron varios minutos, tal vez un cuarto de hora cuando entramos en algún tipo de pasadizo que estaba escondido detrás de la maleza. Parecía como una corriente de agua, me recordaba a la que salía en la película de Nemo, cuando las tortugas tomaron la corriente australiana. Decidí confiar en la mujer que hasta ahora no me había decepcionado. Ella se lanzó a la corriente y me jaló a mí por inercia, pues seguía tomando mi mano. Después de lo que parecieron unos cuantos minutos de violento arrastré, nos lanzaron a un espacio abierto.
Era un gran lugar, tan inmenso que no alcanzaba a ver el límite, pero todo parecía estar rodeado por una capa rocosa que mantenía el lugar aislado del exterior, la única fuente de luz era un gran orificio en la caverna de donde salía luz probablemente solar que caía directamente sobre una burbuja de agua, dentro estaba un reluciente palacio que parecía más como una metrópoli. La mujer me guió hasta él, bajamos hasta el fondo del lugar, había un gran portal de acceso, en cuanto lo atravesamos caí al suelo causado por la gravedad, la burbuja de aire mantenía fuera el agua y parecía ser como un lugar en tierra. Me incorporé con mucha dificultad a causa del cambio de gravedad. El hombre que nos acompañaba me ayudó a incorporarme, en algún momento de la travesía se nos había unido y no lo había notado.
—Bienvenida al reino marino del dios Poseidón —me sonriendo el hombre felizmente.
Era un gran reino de caminos empedrados, rodeados de cuerpos de agua en todos lados, ya sea fuentes enormes, cascadas o riachuelos al costado del camino. Algunas zonas sólo podían atravesarse por medio de pequeñas lanchas. Podía alcanzar a ver pequeña vida marina como peces de colores nadando con la corriente. Había árboles y flores en cada lugar al que miraras y rostros sonrientes que charlaba entre sí. También niños correteando y jugando entre sí en el agua.
Nos dimos prisa y entramos al reluciente palacio de muros y portales blanquecinos, nos dirigimos a lo más alto de las torres por largas escalinatas, lo que era un largo camino. Nos detuvimos frente a dos grandes puertas de madera que estaban custodiadas por dos guardias azules altos y fornidos.
—Traemos el pedido del Rey —comunicó la mujer a los guardias.
Ambos hombres me miraron de una forma pesada, analizándome. Finalmente asintieron y se apartaron del camino dejando que las puertas se abrieron de par en par. Con voz en cuello anunciaron:
—Eliano, consejero del Rey —anunció la entrada de ambos—.Lissa, la mano del Rey.
Allí, sentado en un trono dorado en medio de dos cascadas de agua, se encontró un hombre con barba ligeramente larga y ojos verdes brillantes. Él me miró con dulzura y me hizo una señal para que me acercara. Obedecí.
—Eres más grande que la última vez que te vi —dijo observándome.
—Supongo que sí, tengo dieciséis años ahora —respondí por inercia.
Poseidón avanzando con ojos adquiriendo algo de dureza.
—Tuve que estar ausente mucho tiempo, Valia —continuó—, además, tenías que aprender a vivir con los mortales, era de suma importancia que tú... ya habrá tiempo de explicar todo esto —murmuró cambiando el tema, parecía haber algo oculto detrás de eso—. Hija, quiero que vivas conmigo en el palacio algún tiempo, te hará bien y lo necesitarás.
Yo fruncí el ceño pero filtré mis palabras, después de todo estaba ante un dios milenario, por loco que sonara.
—Dios Poseidón, no puedo quedarme aquí, mi familia me espera en casa... —comencé pero él me interrumpió.
—Llámame padre, por favor —pidió solemne—. Entiendo que esto es nuevo, que no me conoces. Pero necesitas aprender de tu mundo, puede parecerte que no tiene nada que ver contigo, pero esto... —hizo un gesto rodeando toda la inmensidad de su vacío salón de trono—, también es parte de ti, eres mi hija, hija del mar e hija de Agatha, hija de la humanidad.
Seguía sin entender realmente lo que Poseidón esperaba de todo eso, pero no tenía demasiadas opciones, también mis padres parecía que era esto lo que querían. Incluso una parte de mí se preguntaba si ya había vencido el período de crianza de su parte y ahora esperaban que Poseidón asumiera también su parte de la manutención. Después de todo, estaba a cinco Empire State de la superficie, no había muchas opciones.
En el reino de Poseidón, las cosas marchaban lentas y rutinarias, ya había pasado allí cerca de cuatro meses. Mis ocupaciones principales eran entrenar con la espada y el arco, parecían las principales armas que utilizaban los ejércitos de Poseidón. No entendía por qué, Poseidón nunca daba demasiados detalles, pero parecía valorar mucho el entrenamiento físico. Pero la parte también intelectual era importante, por lo que estudiaba historia, astronomía, adivinación, matemáticas, escritura y filosofía.
Las cosas habían estado muy tensas gracias a la hija de Anfitrite, la princesa del reino llamada Bentesicime. En opinión de este humilde noble, yo no era más que la bastarda del Rey, por lo que mi posición era inferior a la suya en la corte. Yo estaba consciente de este hecho. No es nada inesperado, estábamos predispuestas al odio mutuo. Mi madre fue la amante de su padre y su madre mató a mi madre y fue desterrada por ello.
La rabia llegó a su punto máximo cuando padre empezó a preguntarme mi opinión para asuntos como la relación con sus hijos en general, la pequeña hija del océano monto en cólera y armó todo un escándalo frente a la corte. Padre se mostró muy indignado, el expulso por diez años del templo mayor, por supuesto que para una diosa inmortal eso es como un trago de agua. Agregando a Tritón, el primogénito del reino, hermano de Anfitrite, a quien apenas miraba.
Por si el drama fuera poco con los hijos del mar, me había enterado que padre tenía otro hijo, un semidiós cuatro años menor que yo, su nombre eraPercy Jackson. Vivía cerca de allí, en Long Island. Tritón, el hijo mayor de papá tampoco brincaba de alegría ante la idea de la existencia de Percy, pero se mantenía bastante al margen. Probablemente, tanto él como Bentesicime se sentían amenazados en la escala de poder, de que Percy y yo podríamos llegar a escalar en la corte.
Poseidón se encontró desayunando cuando entró en el comedor, un gran salón iluminado con una tenue luz de la mañana. Tomé asiento en el lugar acostumbrado y Poseidón comenzó con su charla matutina.
—Buenos días, hija.
Asentí ante su saludo mientras picaba distraídamente mi comida, comenzaba a aburrirme de los mariscos, tenía suerte de no haber sido alérgica.
—Necesitamos tener una conversación importante —llamó mi atención.
Volví mi mirada a él. Estaba con los codos apoyados grácilmente en la mesa y me miraba con atención. A veces olvidaba que era hija de la realidad, por los dioses, yo había nacido en New Jersey.
— ¿Recuerdas a Percy, verdad? Necesito que vayas a apoyarlo, él está en un grave peligro —explicó con preocupación—. Ya has visto a Zeus el otro día, imagina que sabes cuál es el carácter de mi hermano y si él piensa que Percy cometió el crimen del que lo acusó, Percy no durará mucho con vida.
Lo miré atenta. Sí había visto a Zeus brevemente en días anteriores. Había sido una visita rápida y sin sentimentalismos. Sólo pude observar a la distancia pero Zeus y el padre habían discutido acaloradamente en los jardines del reino. La pelea había sido originada sobre alguien que había robado el rayo maestro de Zeus. Parecía un dios temperamental y bastante molesto, pero supongo que al ser tan poderoso y magnánimo, tenía derecho.
La preocupación de padre por Percy parecía bastante genuina. Pero al ver mi rostro poco convencido, continuó.
—Mira, Valia, los dioses no pueden convivir con sus hijos mestizos —reveló—, Zeus hizo una gran excepción contigo por ciertas causales que te hacen diferente ante los dioses, pero no es el caso de Percy, no puedo ayudarte ni protegerlo directamente. Por eso es que estoy pidiendo tu ayuda.
Lo medité un momento, si bien Tritón y Bentesicime estaban unidos en su juego de poder, ¿por qué no intentaba hacer lo mismo con Percy?
—Está bien —respondí finalmente—. Sólo que no creo poder hacer demasiado por él.
Papá me sonrió con dulzura.
—Querida hija, ¿sabes que es lo que Zeus veía en tu madre? Y, ¿por qué era la única semidiosa a la que los dioses realmente respetaban? —preguntó.
—Era la Protectora de la Humanidad, ¿no? —me encogí de hombros.
Papá negó lentamente.
—Su carga era parte de ello, pero lo que realmente respetaban era su amabilidad, valentía y lealtad, tres cosas que dioses no entienden —explicó con paciencia y la mirada ablandada.
Mucha gente en el reino me había hablado de mi madre biológica como una súper heroína pero para mí era como leer sobre el personaje de una novela. Me daba dolor de estómago cada que alguien la mencionaba, estaban como esperando algo, como si tuviera que llenar las expectativas para reemplazar a mi madre.
Tenía algunas dudas pululando al rededor pero seguí dejándolas pasar. Después de la comida, Poseidón ordenó que me hicieran una especie de maleta con provisiones que no era más que un montón de cosas unidas por una cuerda dorada fuertemente atada. Me entregó una espada de grabados en oro a la que se llamabaAlke, que en español significabaCoraje. También me dio algo de dinero para que pudiera llegar a Long Island, donde estaba el llamadoCampamento Mestizo, hogar y refugio de los semidioses, allí es donde encontraría a Perseus Jackson.
La despedida con papá fue incómoda. Qué le dices a tu padre divino que en la vida habías visto pero estuviste con él un par de meses,¿te extrañaré? ¿No te volverás a perder? ¿Llama más seguida la próxima vez?
El tiempo avanzó con rapidez. La misma mujer que me llevó al palacio desde la casa de mis padres, Lissa, me había acompañado hasta las costas de la playa en Long Island, a partir de ahí estuve por mi cuenta pero no fue muy complicado alcanzar los límites del campamento. Había sido un poco difícil encontrar, nunca había sido buena orientándome en la naturaleza.
Por fin alcancé a ver el arco de bienvenida donde se leía en grabadosCampamento Mediasangre.
Crucé sin problemas y comenzó a ir más al centro del lugar, parecía no haber nadie cerca, estaba vacío, unas cuantas construcciones sin nadie alrededor. Pero a lo lejos alcancé a escuchar algunos gritos y aplausos con expresiones de diversión, así que caminé por entre el bosque hasta llegar a un arroyo donde un chico estaba conversando con un sátiro, había también un tipo de centauro, y bastantes más chicos entre niños y adolescentes.
El centauro me miró curioso, pero yo permanecí con la vista clavada en el chico que conversaba con el centauro. Había algo familiar en él, en papá y en mí, los tres teníamos el mismo cabello azabache y compartíamos rasgos faciales. Parecía un rasgo muy común pero por alguna razónla sangre llama. Pero mientras que mis ojos eran azules marinos, los del chico y padre eran del verde del color del mar. Él ya tenía la mirada en mí, lucía incómoda por mí penetrante mirada. Decidí acercarme a él para preguntarle su nombre, aunque no tenía demasiadas dudas de quién era.
—¿Percy? —cuestioné.
El chico se inclinaba dudoso. Aferraba entre sus manos algo como un bolígrafo.
—Mi nombre es Valia, Poseidón me envió a ayudarte —traté de explicar antes de arrojar la bomba—. Parece ser... que somos hermanos.
Percy frunció el ceño y miró al chico sátiro, quien se encogió de hombros sin saber qué responder. Él parecía un poco furioso por no haber sido informado sobre que tenía una media hermana, rápidamente me apresuré a explicarle el asunto.
—Percy, tal vez deberíamos hablar a solas —sugerí mirando alrededor, los chicos se comenzaban a amontonar.
—Sígueme —murmuró sombrío y pareciendo aún molesto.
No lo hizo de manera muy amable aunque lo comprendía hasta cierto punto, era sólo un chico de doce años, desgarbado y no muy alto, probablemente él debía de estar abrumado con todo aquello, como me pasó a mí cuando me entere que era hija de Poseidón y que yo era Aqua-Man.
Percy me guió por un sendero muy estrecho, parecía saber dónde estaba ya cada edificio, esto me impresionó un poco porque según tenía entendido él había llegado hace unos días. Llegamos a un muelle donde nos sentamos a hablar.
Por fin, tras largos segundos de silencio él habló primero.
— ¿Entonces eres una diosa?— preguntó directo y brusco.
Yo reí sin poder evitarlo, no me parecía en lo más mínimo a una divinidad. Aunque era más una risa histérica. Recordaba a Bentesicime, incluso ella siendo tan nefasta, la divinidad se le notaba.
—No soy ni de cerca una diosa, no creo que eso le agrade a Atenea y Afrodita —dije mirando la gran vista que tenía frente a mí.
Estábamos en tierra alta así que podía apreciar con total claridad la majestuosa vista de un lago cristalino y colinas verdes.
— Es que vistes muy extraño —admitió con el ceño fruncido.
Me di cuenta que me había habituado a las ropas del palacio, pero aquí destacaba con la túnica azul intenso del palacio, ahora entendía por qué me hacía aquella pregunta.
— ¿Entonces eres semidiosa? —cuestionó y yo negué también—. Entonces no comprendo —admitió con molestia.
—Es difícil de explicar, mi madre era una semidiosa, ella era hija de un mortal y una titanide, la diosa era Temis, titanide de la justicia —explicó—. Soy legado divino e hija de un dios.
— ¿Y tu madre? —preguntó al final de la explicación.
—Bueno, era semidiosa y podía morir, eso fue algunos años después de que yo naciera, supongo.
—Eso es terrible, lo siento —dijo mirándome fijamente.
—No, en realidad no tenía idea de todo esto hasta hace un par de meses, no tengo un lazo emocional con mi madre, aunque suena bastante malo decirlo —repliqué con una mueca.
— ¿Entonces quién te crio? —preguntó el chico curioso mientras jugueteaba sus pies en el agua.
—Fui criada por dos padres mortales, David y Rebecca —señalé recordando el suceso donde creí que me robarían y venderían al mercado negro cuando me fui con aquellas dos criaturas del palacio de Poseidón.
Posterior a eso, Percy me dirigió a una cabaña preciosa, pasó por la puerta y lo siguió por el pasillo hasta el fondo. Desde allí llegamos a una parte extraña de la cabaña, era como un pórtico que daba hacia el lago, una especie de jardín trasero. Había una pequeña mesa de jardín pero ambos optamos por estar en el suelo cerca del agua.
Estaba todo tan calmado, la laguna daba un sentimiento de reposo, calma y este lugar era perfecto para meditar. Sería un gran lugar para vivir. Percy me explicó que cada dios tenía una cabaña diferente y esa era la de los hijos de Poseidón.
—Entonces, ¿tú también vivirás aquí? —me preguntó Percy con algo de lo que sonaba esperanza en voz.
También yo tenía muchas ansias de saber cosas de él, era mi hermano después de todo y estaba siendo ahora bastante amable y genial.
—Por ahora sí, aunque no sé tiempo cuánto —respondí mirando a la laguna.
Nos quedamos en silencio bastante rato, aunque no era uno incómodo. Hasta que Percy se levantó de su lugar.
— ¿Nadas? —preguntó quitándose la espada de encima al igual que su camisa.
Aún era un niño, no tendría más de doce, era natural que quisiera jugar. Se dirigió dentro y después de unos minutos de regreso en pantalones para nadar.
— ¿Vas a venir o no? —preguntó divertido antes de lanzarse al lago.
Dudé por un segundo, tenía puesto uno de esos vestidos largos que se usaban en la corte de Poseidon. Pero finalmente asentí.
—Iré a cambiarme este vestido, en el palacio visten muy al estilo antigua Grecia.
—La penúltima puerta. En el último cajón del closet tengo ropa para ti —me indicó.
Salí de la habitación, cerca de la cabaña había un grupo de jóvenes que pasaban mirando y murmurando hacia la cabaña, no le tomé demasiada importancia pero me resultó curioso. Regresé a donde estaba Percy y entré en el agua con cuidado. Rápidamente nos dispersamos uno del otro perdido entre la sensación del agua. Después de un buen rato salimos a la superficie.
— ¿Por qué había chicos murmurando y viendo hacia la cabaña? —le preguntó.
—Supongo que se ha corrido el rumor de que una nueva semidiosa o lo que sea apareció en medio del campamento —observó riendo y agregó en burla—, tal vez una diosa o nayade, quién sabe.
—Ya te dije que no me paresco, lo entenderás cuando veas a una diosa de verdad —respondí con diversión.
Percy salió del agua sentándose en el muelle.
—A mí me pareces muy linda —dijo algo avergonzado—. Lo que es inquietante, creo que te pareces un poco a mí, tenemos el mismo cabello y ciertas facciones, ¿verdad?
Eso también lo había notado cuando lo conocí. Ambos nos escudriñamos con la mirada.
—Supongo que compartimos buena parte del ADN divino —ofrecí.
Percy se encogió de hombros. Estiré una mano para que me ayude a salir del agua, Percy la tomó y pude pisar el muelle.
Mi propósito era acompañar a Percy en todas sus clases como una semidiosa más, hasta llegar a entender lo que esperaba Poseidón que hiciera. Pero antes tenía que hablar con Quirón, parece que él era quien se ocupaba de todo eso. Dionisio era el director del campamento pero poco me importaba, sólo tenía que conseguir su permiso para quedarme allí por un tiempo.
— ¿Entonces es definitivo que te quedarás? —pregunto a mí lado Percy.
Negué.
—Tengo que esperar la decisión de Dionisio, pero probablemente sí —le comuniqué—. Además que alguien te apuntó como posible ladrón del rayo de Zeus —murmuré—, pero eso lo hablaremos luego.
—Sí, Quirón me explicó algo de eso —dijo asintiendo como un niño pequeño.
Nos cambiamos las ropas. No dirigimos a algo que Percy llamaba la Casa Grande, Quirón estaba allí. Él me entusiasma con calidez.
—Mi nombre es Quirón, ¿quién es usted? —preguntó con amabilidad.
—Soy Valia, hija de Poseidón y Agatha—contesté.
Quirón me observó muy bien. Evaluaó cada centímetro de mi cara.
—Como se me antoja un buen lo-que-sea en las rocas —dijo una voz malhumorada entrando en el salón.
De un portal salió un hombre con una barba descuidada y pantalones cortos.
—Ah, la nena de Poseidón y Agatha, Poseidón dijo que vendrías —lanzó descuidado.
— ¿Qué dijo? —preguntó Percy.
—Él nunca explica mucho, algo como que una chica viene a buscar a su hermano de la Isla de Los Perdidos de Peter Pan—dijo con desinterés.
—Pues gracias por trasmitir el mensaje tan a tiempo... —repliqué.
—Pero no podrás quedarte en la cabaña de Poseidón a menos que él te envíe una señal reconociéndote como su hija, aquí no hacemos favoritismos por pedido de los Olímpicos —agregó con un aire estricto que por alguna razón no le iba bien.
Fui con Percy a la primera clase del día y mi menos favorita a partir de aquel momento: clase de combate con espada. Después de una mala noche en la cabaña de Hermes, la vida apestaba.
— ¡Son un montón de chicas! —gritó el profesor menos sexista del campamento—. ¡Hasta Medusa combatiría mejor... estando degollada!
Hice un mohín ante su comentario claramente desmotivante y nada constructivo pero sigue adelante.
— ¡Danos un descanso! —grito una voz de fondo cansada.
—Para los semidioses no hay descanso —dijo malhumorado quien daba la clase.
Estábamos haciendo diferentes series de ejercicios bastante pesados.
—Estoy cansadísima —me quejé con Percy—, no entrenábamos así en el reino de Poseidón —murmuré dejándome caer al lado de Percy.
—También estoy cansado. Esperaba que nos de por lo menos cinco minutos...
— ¡En parejas, armen pares para combatir! —anuncio el profesor.
¡Por el Hades! Percy y yo nos miramos rodando los ojos.
— ¿Conmigo? —me preguntó Percy.
Asentí.
—Yo los asignaré, si se ponen con sus amigos temo que no querrán asesinarlos dolorosamente —dijo rascándose la barbilla el instructor.
Empezó a armar los pares y poco a poco me iba quedando hasta el final. Percy quedó con una chica llamada Annabeth que se veía como para temerle.
—Kramer con La Rue —dijo emparejándome con la chica más ruda que había visto en toda mi vida.
Toda ella me grababa a Xena, la princesa guerrera de la serie de los 90s. Y aunque me encantaba su estética, parecía que me iba a despedazar a miradas.
A Percy le dieron una paliza, claramente. No esperaba un destino distinto para mí. Personalmente no tenía mucha madera para la habilidad con la espada, ni el arco, ni la estrategia, ni las matemáticas. En este momento de mi vida dudaba ser buena en algo además de respirar.
—Vamos, hija de Poseidón, tu hermano no es muy hábil, supongo que tú tampoco —comentó Clarisse burlona.
Y bueno, tenía algo de razón.
Ella blandió su espada y la tomó con fuerza. Yo apreté aAlke, mi espada, como si la vida se me fuera en ello. No era mi primera pelea con espada pero me sentí intimidada por Clarisse. Ella parecía joven y tan hábil con la espada.
—Empiecen —anunció el instructor.
Clarisse se acercó peligrosamente a mí, pero no retrocedió. También avancé unos pasos hacia ella y comenzamos a caminar en círculos, yo sólo le seguía el ritmo pero ella me escudriñaba cuidadosamente y parecía saber lo que estaba haciendo. Esta chica me iba a masacrar.
Por fin hizo un movimiento de ataque pero yo tuve la suerte de bloquearla, me estaba yendo bien... Sí, hasta que perdí el equilibrio y casi caigo al suelo. Yo era la reina de las descoordinadas. Pero Clarisse supo aprovecharlo y me hizo tirar la espada. Y ahí se fue mi buena racha.
— ¿Ya acabó? —Pregunté con alivio.
Pero el profesor negó.
—En este tipo de combate vale de todo, aún puedes utilizar cualquier recurso que tengas —respondió con una ceja elevada.
Como si tuviera muchos.
Entonces Clarisse río sonoramente en mi cara mientras me apuntaba con su espada. Eso me hizo rabiar, de repente Clarisse soltó su espada como si la hubiera quemado. Ella se veía muy confundida y su cerebro trataba de hacer las conexiones. Ambas reaccionamos para volver a tomar posiciones recuperando nuestras espadas.
—¡Vamos, Clarisse! —gritaba su cabaña en un grito de guerra a coro.
Miré a Percy solitario y cohibido, conectamos miradas y emocionando.
— ¡Valia, patéale el trasero! —coreó solitario, pues éramos los únicos hijos de Poseidón en el campamento.
Comencé a luchar con ella con el sudor deslizándose por mí frente, pero sin descanso, aunque ni siquiera podía sentir el cansancio de los músculos con tanta adrenalina corriendo por el cuerpo. La hice retroceder, deseaba que ella perdiese el equilibrio, que tropezara con una piedra o en un pozo, algo, lo que sea.
Y se me cumplió.
Ella tropezó con un pozo y cayó de espaldas.
— ¡Ahora tienes que poner la espada en su garganta! —gritó Grover, el amigo sátiro de Percy.
Así lo hice y sonó un silbato.
—Gana la cabaña de Poseidón —murmuró malhumorado el instructor.
Percy se acercó para felicitarme, y vio un poco entristecido porque él había perdido contra Annabeth Chase.
Ruidos de molestia llamaron mi atención. Los niños se cubrían los ojos cuando un pequeño tornado venía directo a nosotros pero rápidamente extendí ambas manos al frente y las separando deshaciendo el tornado. Eso era lo primero que había aprendido a hacer en el reino de Poseidón en los entrenamientos, aunque eran remolinos en el agua, que es casi lo mismo. Cuando el tornado se disipó, apareció un holograma brillantemente poderoso. El grupo enmudeció y el profesor se adelantó un paso:
—Agitadora de la tierra, traedora de tormenta, madre de los caballos, salve Valia Kramer, hija del dios del mar.
Ahora que había sido reconocido oficialmente podía cenar en la mesa de Poseidón, aunque las demás mesas susurraban mucho. Y es porque Poseidón había roto dos veces su juramento de no tener hijos con mortales, aunque bueno, tenía la excusa de que mi madre no era mortal como tal, era una semidiosa, una excusa bastante pobre a decir verdad.
— ¿No piensas comer del asado? Es delicioso —dijo Percy con la boca llena.
Le limpié un manchón rojo de la barbilla.
—No —negué divertida—, ven bien, Percy.
La mesa más grande era la de Hermes, me parecía muy interesante cómo él recibía a todos los semidioses sin falta. Eso me hacía tener un mejor concepto de los olímpicos, al menos por el señor Hermes.
Todo estaba en calma, cenábamos tranquilamente. Yo me decidí por una salsa de champiñón con pollo. Disfrutábamos plenamente, hasta que Clarisse se acercó. Me miraba con el ceño fruncido pero no había atisbo de agresividad en su rostro, más bien curiosidad.
—No sé cómo fuiste capaz de ganarle a una hija del dios de la guerra, pero te puedo asegurar que ese pozo no estaba allí —dijo con ojos entrecerrados—, así que averiguaré qué sucedió.
Lanzó esa amenaza antes de volver a su mesa con sus hermanos. Más que intimidar, parecía curioso. Grover se acercó un poco después.
—Tienes de enemiga a Clarisse, no creo que te fuera bien en tu primer día —murmuró Grover.
Yo también asentí de acuerdo.
—No importa, Clarisse es sólo una campista más —murmuré.
Esa noche descansé como se debía en la cabaña de Poseidón, pero a media noche una luz iluminadora se vio viniendo del pequeño espacio trasero de la cabaña. Me levanté a regañadientes. Estaba muy cansada por el duro día que había tenido.
—Deposita un dracma —dijo la voz femenina.
Era mensajería Iris. Corrí a buscar una moneda y lo deposité. En la imagen apareció mi padre con rostro cansado pero con una sonrisa en su rostro.
—Hola, padre —murmuré con torpeza.
—Querida hija —respondió saludando.
— ¿Qué pasa? —pregunté con una presión en el estómago, lo que sentía siempre cuando tenía nerviosismo.
—Creo que tu estancia en el campamento durará menos de lo que pensamos —contestó con rostro cansado—, al parecer a Zeus le conviene tomarte como sucesora de Agatha y como tal no puedes intervenir en este asunto directamente, ya que la protectora es servidora del Olimpo.
—Pero... pero... —tartamudeé sin comprender.
—Ya sé que aún no tienes el sello final pero a Zeus le conviene mantenerte lejos de Percy —dijo asintiendo—, tienes una alta probabilidad de ser la próxima protectora.
—Pero no me estoy metiendo en los asuntos del ladrón del rayo, simplemente estoy preparando a Percy —traté de excusarme.
—Eso lo sé bien, pero Zeus está cegado porque teme que el poder le sea arrebatado —replicó frotándose la cabeza.
Se veía muy estresado, decidió no darle problemas y bajé la cabeza.
— ¿Qué necesitas que haga? —pregunté con resignación.
—Le causarás menos problemas a Percy si vuelves a mi lado, él está en el camino correcto y confio en él —pronunció pensativo.
— ¿Cuándo quieres que regrese?
—Lo más pronto posible —dijo pero después me miró confundido—, ¿por qué susurras?
—Percy está dormido en la habitación de allí —dije señalando con una sonrisa a mis espaldas.
—Lamento que no pude conocerse más pero así son las cosas por ahora —murmuró esta vez con aire decaído—. Debo irme, tengo que vigilar los límites del reino, estaré todo listo para que alguien te recoja en la orilla de Long Island.
—Bien, gracias —asentí.
Poco a poco se fue opacando la visión y quedó todo reducido a oscuridad. Ahora la cuestión es que tenía que decirle a Percy que me iría y que él solo se enfrentaría a todos esos dioses acusándolo de ser ladrón de algo que ni siquiera sabe para qué sirve.
—Percy —le llamé con rostro serio a la hora de la comida.
— ¿Qué? —preguntó con la boca llena.
—Tenemos que hablar sobre algo...
—Mi madre decía que no es buena señal cuando una chica dice eso...
—Tu madre tenía mucha razón... —no sabía cómo decírselo—, tengo que volver al palacio de papá.
—Pero pensé que me ayudaría a resolver el problema...
—Esa era la idea —le aseguré—, pero Zeus le ha ordenado a padre que no me inmiscuya en tus asuntos sobre el ya sabes qué.
— ¿Cuándo te tienes que ir? —preguntó con resignación.
—No me dio un límite, sólo dijo que lo más pronto posible, me temo que eso será mañana al medio día —señale—, tengo que llegar a Long Island al atardecer.
—Pero eso es demasiado pronto, aún no se nada sobre ti, ni tampoco sé qué debo hacer sobre el rayo...
—Está bien, Percy —puse una mano sobre la suya—. Papá confía en ti y cree también en que puedes salir de esto.
El ascenso pero no pudo terminar su comida con tanto empeño como al principio. Debo admitir que incluso yo estaba engañada. No podía incluso entender el peso que Percy tenía en sus hombros, lo que me hacía pensar ¿Por qué a Zeus se le facilitaba más creer que quien robo el rayo era Percy y no yo?
—Por favor, cuida de Percy, no lo dejes solo —le pidió a Grover mientras le daba un abrazo de despedida.
—Soy su guardián, no tienes ni siquiera que pedirlo, además es mi mejor amigo —admitió.
Giré a ver a Percy, esos tenía enormes ojos de cachorro.
—Recuerda lo que hablamos, Percy, todo saldrá bien —aseguré al viento mientras besaba su frente.
Percy tenía un rostro tranquilo. Me sentí culpable de abandonarlo. Era sólo un pequeño niño perdido de doce años.
—Has hecho lo suficiente al venir aquí —me aseguró.
No respondí nada. Sólo lo abracé, no había mucho qué de ir tampoco. Pronto Percy se enfrentaría a muchos peligros y lo único que podía hacer era prepararme y entrenar para estar a su lado cuando me necesitara.
Debo admitir que la espera era larga y que cada día parecían años. Percy se había escapado del campamento y todo apuntaba que había ido en busca de su madre fallecida hacia el inframundo. No podía entender cómo un niño de doce años había tenido tanta valentía para enfrentarse sólo ante aquello, esperaba que los dos chicos que iban con él, Grover y una hija de Atenea, lo protegieran.
Las cosas en el reino marchaban bien, dentro de lo que cabe. Yo seguía practicando como una enloquecida la espada y el arco. También quise conocer la historia detrás de la historia oficial, pero no es fácil conseguir ese tipo de información.
Zeus dijo que era muy probable que fuera la siguiente sellada de la Protectora de los Héroes, porque mi madre había sido la anterior y casi siempre pasaba el cargo a alguien cercano, como a un discípulo, más bien. Ser Protectora de los Héroes era básicamente abogar por ellos frente al consejo Olímpico. Zeus había instalado el cargo luego de tantas injusticias a los semidioses. Ciertamente no había argumentos sólidos que ampararan que yo era la protectora, pero a Zeus le convenía para mantenerme lejos de Percy y no cooperaríamos para derrocarlo y ayudar a Poseidón. Pero si fuera verdad, llegado el momento, si conseguía ser sellada a tiempo, podría defender a Percy de los dioses.
Hablando del sello, supuestamente se trata de una señal no muy clara, enviada desde el inframundo, ya sea el lugar del castigo eterno o en los campos Elíseos. Antes pensaba que la señal vendría del cielo o algo así pero estaba equivocada. Ya que la señal la envía la antecesora del cargo, es decir mi madre, ella desde el lugar donde esté, sin importar que esté haciendo, juzgará a su sucesora. Ella decidirá si soy digna o no del cargo, si no, esperará a mis descendientes o algún pariente lejano o cualquiera que juzgue merecedor. Pero mientras tanto, el cargo está sin ocupar y los héroes se encuentran solos frente al juzgado. En dado caso que merezca ser la nueva protectora, tengo que esperar al sello y mostrárselos al momento de presentarme.
Pero no se confundirán no será una diosa, ni nada por el estilo. Hace más de un siglo se llevó a cabo una votación para instalar un nuevo puesto. Así se eligió a una semidiosa honorable, bondadosa, justa, amorosa y otros atributos. Así se transmitió el puesto hasta que la línea se interrumpió al elegir a mi madre como la nueva protectora, quien murió sin tomar una discípula.
—Mi señora —me llamó Cylai.
— ¿Sí?—respondí a mi amiga nereida.
Ella era la única nereida en la que confiaba. Era una chica de cabellos largos azules, ojos grandes y vidriosos de colores blanquecinos.
—Mi señor el rey, la llama —dijo con ojos bien abiertos—. Él está un poco alterado, por favor, tenga cuidado.
—Gracias Cylai —respondí amable ante su gesto de preocupación—. Acompáñame, ¿quieres?
Ella avanzaba frenéticamente y seguía mis pasos. Salí por la gran puerta del salón de estar y seguí por el elegante pasillo, ya me había acostumbrado a lo amplio y distinto del palacio marino de Poseidón. Llegué a la gran puerta del salón del trono y espere a que uno de los guardias se adentrera para anunciarme. Cylai aguardó en el pasillo mientras yo entraba.
Escuché vagamente mi nombre en voz del guardia: “Valia Kramer, hija del dios de los mares”. Se abrieron las puertas de par en par y pude avanzar en el umbral. A la distancia miré a mí padre, estaba mirándome, vigilando cada paso que daba y evaluandome en todos los sentidos. Me sentí nervioso.
—Han convocado al consejo Olímpico, Percy llegó al Olimpo—informó con urgencia directo al grano.
— ¿Percy? ¿Él... —pregunté pero deja la pregunta en el aire.
—Sí, él rescató a su madre del inframundo —dijo pero una leve sonrisa asomó a sus labios.
— Son buenas noticias—continué sonriendo.
Me alegraba por él, se veía realmente triste la última vez que nos vimos. Parecía todo estar saliendo bien.
—Pero en el Olimpo se requiere de mi presencia para una audiencia sobre el rayo... y la tuya también, ahora que Zeus erróneamente te reconoció como sucesora de Agatha.
—Lo entiendo —asentí—, pero por qué debo acompañarte si de todos modos no soy...
—Porque vamos a sacar provecho de que Zeus dijo que lo eras para que le des un punto a favor a Percy.
—Por supuesto. Haré todo lo que me digas —dije con seguridad.
—Bien, has que te vistan de forma presentable, iremos al Olimpo.
Estaba guardando nervioso detrás de la puerta del salón de los dioses. El peso de la corona en mi cabeza era mayor que cuando me la colocó Cylai, los zapatos incómodos me estaban matando pero no solté ningún quejido. El largo vestido color blanco era de una tela suave y delgada, parecía seda. Era el atuendo más fino que había vestido en mi vida.
Aguardaba a que alguien me anunciara y poder entrar frente al consejo.
Por fin se abrió más puertas y pude dar algunos pasos temblando de nervios. Allí estaban los dioses, cada uno inmenso en su magnificencia. “Da una reverencia a cada uno”, había dicho padre. Caminé hacia el primer dios de derecha a izquierda, suponía que esta era Artemisa. Era una niña con cabellos castaños y una belleza singular.
—Mi señora Artemisa —pronuncié haciendo una leve reverencia.
Ella me sonríe complacida. Así continuó con todos ellos hasta llegar a Zeus, un hombre maduro e barba blanquecina y ojos expresivos.
—Señor Zeus —musité inclinando sólo la cabeza, me olvide de las reverencias, estaba impaciente.
Pero de todas formas Zeus también inclinó la cabeza en saludo. Continúe con el señor de los infiernos que me miraba con desinterés. Su cabello negro contrastaba con su piel palida y su mirada poderosa me hizo sentir pequeña.
—Ella es lagrancosa que va a ser capaz de defender a los héroes de nosotros —farbfulló con fastidio e ironía.
—Hades, por favor —dijo papá—, continúa querida.
Asentí con agradecimiento. Continué con el siguiente dios y tuve que abofetearme mentalmente para lograr hablar.
—Señor Apolo —tartamudee nerviosa.
Él me dedicó una mirada tranquila que me dejó un sabor de boca amargo. Tenía un cabello rubio rizado crecido que le caía un poco sobre la frente y le cubría los oídos. Su precioso cabello delineaba perfectamente las facciones de su rostro que parecían haber sido cinceladas por un artista. Su prominente y perfectamente diseñada nariz le daba un aire regio y orgulloso mientras que sus ojos azules mostraban un desinterés doloroso. Acabé patosamente con una reverencia y con los ojos clavados en el piso.
—Zeus —llamó mi padre—, ella completo el procedimiento de reverencia, ahora pude ocupar su lugar.
- ¡No! —dijo cambiando radicalmente su rostro—, ella no ha sido sellada.
—Pero tú indicaste que no podía permanecer al lado de Percy porque ella era la sellada —insistió Poseidón—, ¿quieres retractarte?
—No, pero...
— ¿Puedo hablar? —pregunté insegura.
Poseidón miró desdeñoso a Zeus pero éste avanzó mirándome.
—Adelante —me indicó.
—Estoy de acuerdo con el señor Zeus —dije para asombro de papá—, si soy sellada debería mantenerme alejada de Percy. Pero no lo soy, en mi interior no siento que lo merezca. Y extraño muchísimo a Percy, hemos aprendido a vernos como dos hermanos. Él es sólo un chico de doce años y necesita una hermana ahora que perdió a su madre —mentí, pues aparentemente logró rescatarla.
—Ella tiene razón —admitió Poseidón—, no podemos privarla de ver a su hermano, es tanto como prohibirles un verso de Artemisa y Apolo.
—Ojalá —murmuró Artemisa por lo bajo.
—Y Percy es muy joven, aún necesita protección de alguien mayor —aporté—. Si el momento llega, acataré mi responsabilidad y cumpliré con lo que se pida, pero por ahora no se me puede exigir algo como esto —dije con seguridad pues contaba con el apoyo de mi padre.
Zeus estaba por contestar pero la gran puerta de oro forjada se abrió y entraron tres personas. En el umbral Percy, la hija de Atenea y Grover entraban muy machacados y cansados.
Con andar patoso llegue hasta ellos y abracé a Percy. Sabía lo que estaba sintiendo, yo también lo sentí antes. Yo creía que los doce olímpicos me machacarían con sólo mirarme. Percy correspondió el abrazo aferrándose fuertemente a mí. Cuando nos separamos, él camino hacia el trono de Poseidón.
—Padre —dijo él inclinándose.
— ¿No deberías dirigirte al dueño de la casa? —preguntó Zeus buscando una excusa para reñir.
—Paz, hermano. Permite que capaz —defendió Poseidón a Percy.
—Claro que voy a escucharle —refunfuñó.
—Háblale a Zeus, hijo —dijo Poseidón.
Percy le explicó a detalle cada momento de su odisea y al final puso el cilindro a sus pies, dejando claro que no le interesaba el artefacto. Zeus abrió su palma y el rayo voló a su mano. De esta salen pequeñas ebritas de luz y electricidad. Por un segundo tuve miedo de que asara allí mismo a Percy así que me acerque con lentitud y cautela hasta el costado de él, pasando un brazo por su espalda y colocando una mano en su hombro de forma protectora. Nadie freiría a mi hermano menor sin pasar antes sobre mí. Probablemente mi rostro defensivo lo decía.
—Está bien, niña —dijo Zeus—. No voy a destruirlo, veo que dice la verdad.
Siguieron cuestionando a Percy sobre su versión de las cosas. Todo iba bien, hasta que Percy insinuó que todo esto había sido causado por lo que habita en el tártaro, Cronos. Fue cuando Zeus dio por cerrado el caso pero antes agradeció a Percy su ayuda y le perdonó la vida. Parecía que querían ignorar un problema. Los olímpicos salieron de la sala teatralmente. Después de que papá hablara con Percy, él se unió a nosotros, tenía un rostro cabizbajo.
— ¿Qué le pasó al héroe del Olimpo? —pregunté sonriendo mientras alborotaba su cabello.
—Héroe —farfullo en burla.
—Claro que sí, héroe. Además, te acaban de perdonar la vida, yo estaría saltando en un pie y en otro —sonreí.
—Poseidón cree que soy un error —soltó de repente haciendo referencia a una parte de la conversación con los Olímpicos.
Fruncí el ceño. Los Olímpicos no pueden tener su boca cerrada ni los pantalones puestos, al parecer.
—Percy, no puedes ser un error, eres un chico maravilloso. Eres amable, gracioso, bondadoso y bueno —apunté—. Pronto demostrarás lo que yo ya pienso de ti y lo harás sentir orgulloso.
— ¿Lo crees de verdad? —preguntó ahora más animado.
Asentí frenéticamente.
— ¿No volverás con nosotros? —preguntó con mirada triste.
—No —negué con una sonrisa sombría—, por ahora no puedo, pero pronto.
Su mirada mostraba decepción pero se recuperó.
—Solo espero que no te vuelvas una soberbia cuando seas parte del consejo —sonrió burlón.
— ¿Cómo sabes que la protectora es parte del consejo? —pregunté.
—No me creas tan inútil —dijo con una mueca divertida.
—Ah, claro, ahora que eres el héroe ya te cree el señor sabelotodo —bromeé dándole un golpe en el brazo que lo hizo reír.
Se puso serio de repente.
— ¿Te veo en el Campamento Mestizo después? —preguntó.
—Claro, te veo en la cena, hermano —dije segura con la promesa en los labios.