Asesino Freelancer

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Summary

Matar no es difícil. Lo difícil es hacerlo bien. Un disparo, dos cuerpos, un pago limpio. Así debería haber sido. Pero en este negocio, cuando las cosas salen demasiado bien, es porque alguien ya decidió lo contrario. Un alcalde y su hija. Un trabajo sencillo, bien pagado. Todo salió según el plan, cada bala donde debía estar. Pero ahora estoy en un jet que no avanza, con un teléfono sonando y una voz al otro lado que se cree más inteligente de lo que realmente es. Un "pastor" con delirios de grandeza, rodeado de cadáveres que todavía respiran. Y yo, en medio de todo, sin saber si me van a pagar o si solo soy el siguiente en la lista. No me interesa la política ni la venganza. No me importa quién merecía morir o quién salió en los titulares. Yo trabajo por dinero. Y si alguien piensa que puede usarme y luego deshacerse de mí, va a descubrir que no soy un empleado fácil de liquidar. Porque en este negocio, solo hay dos opciones: desaparecer con la cuenta llena o acabar con una bala en la cabeza. Y yo todavía no decido cuál de las dos le toca a quien me puso en este avión. Asesino Freelancer, una historia sobre dinero, traiciones y la única lealtad que realmente importa: la que se deposita en una cuenta bancaria.

Status
Ongoing
Chapters
4
Rating
n/a
Age Rating
16+

Caída libre...y sin copa de vino

CAPITULO I

“Caída libre… y sin copa de vino”

Qué mierda de día. Solo tenía que usar dos disparos. Uno para la hija y otro para el padre. Precisión quirúrgica, trabajo limpio. Pero no. Algo salió mal.

El restaurante era de esos lugares donde la gente no va a comer, sino a demostrar que puede pagar. Un palacio de vidrio y mármol en el corazón de la ciudad, con ventanales enormes en el segundo piso. Desde mi nido de tiro, un edificio abandonado con una torre parecida a una vieja capilla, tenía una vista perfecta. La mesa estaba justo frente a la ventana, el hombre disfrutaba su cena con la muchacha sentada enfrente, ajenos a lo inevitable. Apunté. Ajusté la mira. Primero ella. Luego él. Dos disparos, un trabajo impecable.

Pero entonces, algo falló. El objetivo se movió en el último segundo. La bala, destinada a su cuello, solo le rozó la clavícula. Gritó. El caos estalló en el restaurante. Guardias de seguridad sacaron armas. Me vi obligado a disparar otra vez. Y otra. Demasiadas balas. Demasiado ruido.

Ahora camino por las calles, la ciudad sigue su curso, indiferente a la sangre que dejé atrás. El reflejo de los neones en los charcos me recuerda el rojo sobre el mantel blanco. Aprieto la mandíbula. No soporto los errores, y hoy cometí uno.

Y aún así, hay algo que me molesta más. ¿Por qué no bastaba solo con él?

El trabajo era claro: eliminar al alcalde. Un tipo que se vendía como el salvador de la gente común, el político diferente, el que no se doblegaba ante nadie. Antes vendía verduras en un mercado, ahora bebía vinos que costaban lo que una familia gasta en un año. Se llenaba la boca hablando de justicia, pero en algún momento cruzó la línea equivocada. Porque nadie sube tan alto sin pisar a alguien más. Y alguien, allá arriba, decidió que había llegado el momento de devolverle el favor.

Pero la hija… ahí estaba el detalle. ¿Por qué ella? ¿Venganza? ¿Mensaje? Tal vez querían enseñarle a alguien lo que cuesta desafiar el orden. O quizás solo era un recordatorio de quién manda realmente. Una lección disfrazada de ejecución.

Camino despacio, las botas mojadas por los charcos de lluvia sucia. La ciudad es un vertedero, pero el dinero nunca apesta. Eso es lo único que me importa. No soy un lacayo. No soy un justiciero. Solo vendo balas al mejor postor.

Pero si esos hijos de puta no me pagan lo acordado, voy a empezar a cobrar de otra manera. Uno a uno.

El ascensor se desliza en silencio hasta el piso treinta y dos. Las puertas se abren y camino por el pasillo alfombrado hasta la puerta de mi departamento. “Gabriel Suárez”, dice la placa junto al timbre. Me río para mis adentros. Un nombre común, anodino. Gabriel porque suena angelical. Suárez porque es más aburrido que un discurso político. Un fantasma necesita un disfraz, y este era el mío.

Metí la llave en la cerradura y la giré exactamente tres veces, sintiendo el clic en cada una. Empujé la puerta con el dorso de la mano, evitando tocar el pomo directamente. No soporto las huellas, los rastros.

Cerré detrás de mí, girando la llave otras tres veces. Siempre tres.

El aire dentro estaba limpio, impecable, con un leve olor a desinfectante. Nada fuera de su sitio. La sala era elegante pero sin excesos: un sillón de cuero negro, una mesa de centro de vidrio, estanterías con libros que nunca leía. Todo ordenado al milímetro. Dejé el maletín con el rifle sobre el sillón con un movimiento preciso, sin soltarlo hasta que mis dedos sintieron que estaba alineado con el borde.

Exhalé. Trabajo hecho. Ahora, rutina.

Caminé directo a mi habitación. Me desvestí despacio, doblando cada prenda antes de dejarla en su sitio. Los zapatos alineados, los calcetines dentro de los zapatos, la chaqueta colgada en su gancho exacto. Me metí al baño y abrí la llave del agua caliente. Me lavé las manos. Una vez. Dos. Tres. Hasta que no sentí ningún rastro de polvo, de pólvora, de muerte.

Me puse ropa limpia y salí. Antes de sentarme, puse agua a calentar en la cafetera. El café primero. Solo después podía relajarme.

Me desplomé en el sillón y encendí la televisión.

“Última hora: asesinan al alcalde Carlos Montalvo y a su hija en un lujoso restaurante de la ciudad...”

El rostro del alcalde apareció en la pantalla, su sonrisa congelada en una foto de campaña.

“Fuentes policiales indican que se encontraron múltiples impactos de bala en la escena...”

Apreté la mandíbula. Múltiples. No era lo planeado. No era elegante. No era mi estilo.

Un silbido agudo interrumpió mis pensamientos. La cafetera. Solté un suspiro y apagué la televisión. Basta de ruido.

Me dirigí al balcón con la taza humeante. Afuera, la ciudad parpadeaba con miles de luces, indiferente como siempre. Me recargué en la baranda, cerré los ojos por un instante.

Y entonces sonó el teléfono.

Fruncí el ceño. ¿Tan difícil era dejarme descansar?

Lo saqué del bolsillo y contesté con un tono seco.

—¿Quién carajo se muere ahora?

Silencio. Luego, una risa grave y distorsionada por el altavoz.

—Siempre tan amable, ¿eh, Dante?

Dante. Sabía que ese no era su verdadero nombre, así como yo sabía que el mío tampoco era Gabriel Suárez. Su apodo era “El Pastor”, un chiste irónico para alguien que guiaba a sus ovejas directo al matadero. Un mafioso con aires de redentor, con su voz tranquila y su paciencia infinita. Hasta que dejabas de serle útil.

—Supongo que llamas para decirme que mi dinero ya está donde debe estar —dije, girando la taza en mi mano, sintiendo el calor en la cerámica.

—Por supuesto. La transacción se hizo a la cuenta que pediste. Limpia, sin rastros. Un trabajo bien hecho merece una paga justa.

—Ajá.

—Y un brindis —agregó él, con ese tono de falsa camaradería que me daba asco—. ¿Qué dices? Unos tragos, buena música...

Me reí. Casi me atraganto con el café.

—Pastor, con todo respeto… vete a la mierda.

Él soltó una carcajada. Pero ambos sabíamos que, detrás de su risa, estaba la verdad: si me sentaba con él en una mesa, podía salir con un tiro en la cabeza.

El trabajo estaba hecho, y yo también. No era estúpido. El Pastor no dejaba cabos sueltos. Ahora que el alcalde estaba muerto, yo era el siguiente en la lista.

Lo sabía desde antes de apretar el gatillo.

—Nos veremos pronto, Dante —dijo él con calma.

—No lo creo.

Colgué.

Respiré hondo, sintiendo la brisa de la ciudad en el balcón. Era hora de desaparecer.

El teléfono aún estaba en mi mano cuando solté un suspiro y me puse de pie. No había sorpresa, no había enojo. Solo la confirmación de lo que ya sabía.

Me agaché junto a la cama y deslicé una maleta negra de cuero. Ya estaba lista desde antes de aceptar el trabajo. Siempre lo hacía así. Siempre había un plan de salida antes del primer disparo.

Regla número uno: no confiar en los clientes.

Solté una risa seca mientras abría la maleta y revisaba su contenido. Dante. Un nombre de mierda que el Pastor me había puesto porque, según él, “bajaba al infierno y volvía sin un rasguño”.

—A la mierda el infierno —murmuré.

Dentro de la maleta estaban tres pasaportes, cada uno con una nacionalidad diferente, varias tarjetas de crédito clonadas y un sobre con efectivo: dólares, euros, yenes. Suficiente para ir a cualquier parte y desaparecer sin dejar rastro.

Regla número dos: si el cliente puede matarte después del trabajo, lo hará.

Tomé un abrigo gris oscuro del perchero. No porque hiciera frío, sino porque tenía los bolsillos exactos para lo que necesitaba.

Y entonces, el verdadero tesoro.

Caminé hasta la sala y recogí el maletín negro del sillón. Un Desert Tech SRS A2. El amor de mi vida.

—Ven aquí, preciosa —murmuré, deslizando los dedos sobre la carcasa.

Había estado conmigo en más trabajos de los que podía recordar. Moscú, Ciudad del Cabo, Bogotá, Viena. Cuando todo fallaba, ella nunca lo hacía. Ajusté las correas del maletín con cuidado, casi con ternura.

Regla número tres: nunca encariñarse con nada… excepto con el arma correcta.

Ya tenía el plan en la cabeza desde el primer día. Salir del país en menos de doce horas. El Pastor tendría a sus hombres en mi puerta en cuestión de horas, tal vez minutos. Ya no estaba en su nómina, ahora era una variable incómoda.

Primer paso: tomar el auto que tenía estacionado en un edificio a cinco cuadras de aquí. No el de la cochera, ese ya estaba comprometido.

Segundo paso: conducir hasta el aeropuerto, pero no para tomar un vuelo comercial. Había un pequeño aeródromo privado en las afueras donde ya tenía un jet listo, pagado en efectivo.

Tercer paso: volar lejos. No importaba dónde, porque siempre había otro lugar.

Suspiré, cerrando la maleta con un chasquido.

—Hora de irnos, preciosa.

Me colgué el abrigo, me ajusté el maletín al hombro y caminé hacia la puerta. Dante moría aquí. Como todos mis nombres antes de él.

Y así tenía que ser.

El jet privado despegó sin inconvenientes.

Demasiado bien.

Me acomodé en el asiento de cuero y giré la copa de vino en mi mano. Un Cabernet Sauvignon de 1985. No era mi favorito, pero tenía estilo.

—Brindo por mí —murmuré con una sonrisa burlona—. Porque, a diferencia del alcalde, yo sí salí de la ciudad.

Bebí un sorbo, dejando que el vino se deslizara por mi garganta. Me sentía relajado, demasiado relajado.

Y eso no era buena señal.

Fruncí el ceño y miré por la ventana.

La ciudad seguía ahí.

No.

Volví a mirar. Algo no cuadraba. Llevábamos demasiado tiempo en el aire como para seguir viendo las mismas luces.

Puse la copa en la mesita con cuidado y revisé mi teléfono. Sin señal.

Mierda.

Respiré hondo y traté de no reaccionar. Piensa.

El plan había salido perfecto. Demasiado perfecto.

Salí del hotel sin problemas. Llegué al aeropuerto sin problemas. El jet despegó sin problemas.

¿Y ahora esto?

Recordé la llamada con el Pastor.

“Nos veremos pronto, Dante.”

Ese hijo de puta nunca decía nada sin motivo.

Miré hacia la cabina. ¿El piloto estaba con ellos? ¿Me estaban llevando a algún lugar que no estaba en el plan?

Examiné las opciones:

Abrir la puerta de la cabina, encarar al piloto. Riesgo: si está armado, podría hacer una locura.

Esperar y prepararme. Riesgo: podrían estar planeando ejecutarme.

Solté un suspiro y deslicé la Glock 19 del bolsillo interior de mi abrigo. Siempre llevaba una. Siempre esperaba que algo saliera mal.

Apoyé la cabeza en el asiento y cerré los ojos por un momento.

—A ver qué mierda están planeando. Me quedaba esperar. Pero no por mucho.

El silencio en la cabina era engañoso. Parecía un vuelo normal, pero la sensación de encierro comenzaba a pesar. Si esto era una trampa, significaba que querían algo de mí. No me habrían matado antes del despegue porque necesitaban que subiera. ¿Por qué? ¿Para sacarme información? ¿Para venderme? No, el Pastor no era del tipo que negociaba con gente viva. Si me querían muerto, lo harían en un sitio donde nadie hiciera preguntas.

Fingí acomodarme en el asiento y usé el reflejo de la ventanilla para analizar la cabina. Dos tripulantes. Piloto y copiloto. No estaba solo. Mala señal.

Pensé en opciones. Tomar el control del avión era demasiado riesgoso. Pero si lograba que aterrizara sin que pareciera que yo lo había causado, tendría una oportunidad.

Saqué mi encendedor y lo giré entre los dedos. Siempre llevaba uno, aunque no fumaba. Solo costumbre. Me incliné hacia adelante y abrí un pequeño compartimento bajo el asiento. Dentro había una toalla de tela gruesa, el tipo que suelen poner en jets privados para que los pasajeros se limpien las manos con “elegancia”. Tela densa. Inflamable. Perfecto.

Sonreí para mí mismo.

No iba a secuestrar el avión. Iba a incendiarlo. Lo suficiente para forzar un aterrizaje de emergencia. No una explosión, no algo incontrolable. Solo un problema “técnico” que hiciera imposible seguir en el aire.

Miré hacia la cabina una vez más y tomé aire. Hora de improvisar.

Pero justo cuando me preparaba para actuar, sentí un ligero cambio en la presión. Miré por la ventanilla. Las luces de la ciudad comenzaban a alejarse.

El avión había retomado el rumbo.

Fruncí el ceño y me quedé inmóvil unos segundos. ¿Qué carajo fue eso? Primero estábamos dando vueltas, ahora avanzábamos. ¿Era parte del plan? ¿O alguien cambió de opinión?

Respiré hondo y apoyé la cabeza en el asiento. Se cancelaba el incendio.

Solté la toalla con disimulo y la volví a dejar en el compartimento. Mis planes cambiaban, pero la sensación de alerta no desaparecía. Algo había pasado.

Me obligué a pensar rápido. Si realmente querían matarme, lo habrían hecho antes. Si querían atraparme, lo habrían intentado ya. Entonces, ¿qué querían?

No me gustaba la incertidumbre. La incertidumbre mata.

Cerré los ojos un momento y volví a repasar cada paso que había dado antes de aceptar el trabajo. ¿Me habían tendido una trampa desde el inicio? ¿O algo cambió después de que el alcalde cayera?

El sonido del teléfono me sacó de mis pensamientos.

Fruncí el ceño. Nadie tenía este número. Nadie. Lo había codificado, blindado con capas de seguridad. Esto no era normal.

Miré la pantalla. Número desconocido.

Mierda.

Respondí sin apuro, llevándome la copa de vino a los labios como si nada me importara. —Si es un vendedor de seguros, te aviso que tengo una póliza excelente —dije con tono relajado.

Una risa gruesa y burlona sonó al otro lado de la línea. El Pastor.

—¡Dante, mi viejo amigo! Siempre tan ingenioso. No sabes cuánto me alegra escucharte con vida.

—Sí, bueno, yo también me alegro de seguir respirando. No sé si pueda decir lo mismo de ti en unos minutos. —Jugué con la copa entre los dedos, aunque por dentro mi mente estaba en alerta máxima.

—¡Jajaja! Ah, Dante… me encanta esa confianza tuya. Pero esta vez, déjame decirte que la balanza no está de tu lado.

Su tono me ponía de los nervios, pero mantuve la calma.

—¿Ah, sí? Ilumíname, oh gran estratega.

—Claro, con gusto. Mira, el jet en el que vas está en piloto automático. No puedes controlarlo. Y los dos caballeros en la cabina… bueno, ellos no son pilotos.

Mi mandíbula se tensó.

—¿Y entonces qué son? ¿Mozos? Porque el servicio ha sido una mierda.

El Pastor rió otra vez. Me tenía exactamente donde quería.

—No, no, Dante. Son los mejores amigos del alcalde. Ah, perdón, eran. Ahora solo son dos cadáveres que respiran por inercia. Lástima que estén tan ocupados para hablar contigo. Tienen chalecos explosivos. Y para que no te animes a hacer algo estúpido, hay un pequeño sensor de movimiento en la entrada de la cabina. Si intentas entrar… ¡boom!

Apreté la mandíbula, pero mantuve la voz ligera.

—Vaya, qué detallista. Un hombre de preparaciones meticulosas. Apostaría a que incluso has planeado dónde va a caer este jet, ¿me equivoco?

—Oh, Dante, me conoces tan bien. Claro que lo he planeado. ¡Y te va a encantar! —hizo una pausa teatral antes de continuar—. ¿Conoces el Gran Palacio Municipal?

Me quedé en silencio un segundo.

Mierda.

—Ah, ya veo que sí lo conoces —continuó el Pastor con diversión—. Qué alegría, ¿no? Es un edificio hermoso. Lleno de historia… y en estos momentos, lleno de gente importante. El Concejo Municipal en pleno, los jefes de los principales partidos políticos, todos reunidos para su acto de condolencias, revisando las nuevas elecciones… ¡Qué manera de demostrar unidad en tiempos de crisis!

—Pero lo que realmente me hace sonreír, Dante, es la cantidad de deudores que hay en ese edificio. Gente que me debe favores, dinero, poder… y que se creyó lo bastante lista como para olvidarlo. No me interesa si son corruptos o héroes, si roban o reparten limosnas. Lo único que me importa es que su deuda vence hoy.

Soltó una risa baja.

—Algunos me deben su vida, otros su carrera, otros cada centavo que han tocado. Pero Algunos no han hecho nada malo, nada personal al menos. Pero bueno, así es la vida. .

Soltó una risa baja, casi con falsa compasión.

—Supongo que debería sentirme mal por ellos… pero, en fin, mis pensamientos y oraciones para los desafortunados de hoy.

El cabrón se estaba luciendo. Y yo estaba jodido.

Solté un leve silbido.

—Vaya, vaya… Eso sí que es matar dos pájaros de un tiro. Me siento honrado de ser parte de una obra maestra.

—Oh, créeme, Dante, serás la estrella del espectáculo. Imagínate los titulares: “Asesino del alcalde estrella jet en pleno Consejo Municipal, eliminando a toda la cúpula política.” Un final digno de ti, ¿no crees?

Sonreí. Por fuera, claro.

—Es un buen plan, Pastor. De verdad. Elegante, eficiente, y muy poético. Pero hay un pequeño problema.

—¿Ah sí? Ilústrame.

Me incliné hacia adelante y bajé la voz, como si le contara un secreto.

—El problema… es que aún no estoy muerto.

El Pastor soltó una carcajada.

—Por eso me caes bien, Dante. Siempre crees que puedes encontrar una salida. Pero esta vez…

—Esta vez, Pastor, te apuesto una botella de vino a que me las arreglo.

Colgó.

Y yo me puse a pensar.

Me apoyé en la pared, cerrando los ojos un segundo. No había margen para errores. El Pastor no era un imbécil; había planeado todo esto al detalle. Pero ningún plan es perfecto. Siempre hay un punto débil.

El piloto automático.

Si lograba forzarlo a salir del curso sin activar ninguna alarma, tenía una oportunidad. No podía entrar a la cabina, pero el sistema del jet no estaba solo ahí.

Fui directo a la sección de servicio. Busqué entre los compartimientos hasta encontrarlo: el panel de control auxiliar.

Los jets privados tienen redundancias. Seguridad ante todo. Si algo fallaba en la cabina, había otra manera de controlar ciertos sistemas. No podía desactivar el piloto automático desde aquí, pero sí podía interferir.

Apreté la mandíbula y saqué el cuchillo. Si lograba alterar la señal de navegación, el sistema podría entrar en un protocolo de emergencia. No lo desconectaría, pero haría que el avión dejara de seguir el curso programado.

Corté con cuidado, buscando los cables correctos. No podía ser un corte limpio; tenía que hacer que pareciera una falla del sistema.

El jet vibró levemente. Un buen síntoma.

Me enderecé, respirando hondo. Primer paso hecho.

Ahora venía lo difícil: ver cómo reaccionaba

Nada.

El avión siguió su curso como si nada hubiera pasado. No hubo alerta, no hubo cambio en la trayectoria.

Apreté los dientes. ¿Qué mierda pasó?

Revisé el panel otra vez, buscando el error. Los cables estaban bien cortados, el sistema debería haber entrado en protocolo de emergencia. Pero no.

Y entonces lo entendí.

El Pastor se había anticipado.

No estaba confiando solo en el piloto automático. Había instalado un sistema externo, un bloqueo independiente al software del avión. No importaba si saboteaba los controles; el jet seguiría su curso sin importar qué.

Bien. Si los métodos sutiles no servían, quedaba solo una opción: algo más violento.

Me pasé la mano por la cara y respiré hondo. No tenía muchas opciones.

Intentar llegar a la cabina y desactivar a los pilotos. Problema: el sensor de movimiento activaría las bombas.

Derribar la puerta sin activarlo. No tenía explosivos ni forma de desactivar el sensor sin verlo.

Forzar un aterrizaje de emergencia.

Esa era la única que tenía una posibilidad real.

Pero para eso… tenía que encontrar una manera de joder el avión lo suficiente como para que el sistema pensara que era una emergencia, sin que eso lo hiciera explotar en el aire.

Era arriesgado. Pero lo arriesgado nunca me había detenido.

Me incorporé lentamente, repasando mentalmente cada pieza del avión. ¿Qué parte podía joder sin que eso me matara primero?

Los motores eran intocables; si los saboteaba mal, me iba en caída libre. Pero el tren de aterrizaje…

Los jets privados modernos tenían sensores que detectaban fallas en los sistemas de aterrizaje. Si el avión “creía” que el tren de aterrizaje estaba comprometido, entraría en protocolo de emergencia.

Eso era lo que necesitaba.

Me moví rápido hacia el compartimiento de servicio, buscando acceso a los controles hidráulicos. Tenía que hacer que el sistema creyera que el tren de aterrizaje estaba completamente jodido.

Saqué el cuchillo y empecé a trabajar. Corté con precisión, lo suficiente para interrumpir el flujo de presión sin hacer un desastre inmediato.

Esperé.

Un segundo. Dos. Nada.

Apreté los dientes. ¿Qué más, qué más?

Miré alrededor, buscando otra manera de obligar al sistema a reaccionar. Los sensores de temperatura…

Sonreí. Claro.

Corrí hacia la cocina del jet. Agarré el mechero de emergencia y lo coloqué justo en el sensor cercano al suelo. Si el sistema detectaba un sobrecalentamiento en el fuselaje, lo consideraría una amenaza seria.

Ahora solo quedaba esperar. Y rezar para que el avión cayera en su propia trampa antes de que lo hiciera yo.

Nada.

El sistema no reaccionó. El avión seguía su curso como si nada hubiera pasado.

Apreté los dientes. Mierda. Algo más estaba bloqueando la alerta.

Me apoyé en la pared del compartimiento de servicio, tratando de calmarme. El Pastor no solo había pensado en el piloto automático. También había anticipado que alguien como yo intentaría forzar un aterrizaje.

Lo tenía todo cubierto.

Solté una risa seca. Maldito bastardo.

Volví a analizar la situación. Tenía que haber otra manera.

Si el sistema de emergencia estaba bloqueado, solo me quedaba una opción: crear una falla real.

Brusco. Peligroso. Pero era eso o esperar a estrellarme contra el edificio.

Respiré hondo y me dirigí a la bodega de carga. Si no podía engañar al avión, lo obligaría a reaccionar a la fuerza.

Abrí la compuerta de la bodega y bajé con cuidado. Oscura, estrecha y helada. Nada que no pudiera soportar.

Mi mente trabajaba rápido. Si quería que este maldito jet descendiera, tenía que joderlo de verdad. Algo que forzara al sistema a liberar el control manual.

Los tanques de combustible.

No podía volarlos. Pero podía despresurizarlos.

Si lograba abrir una válvula lo suficiente como para que el sistema detectara una fuga crítica, la computadora entraría en protocolo de seguridad automáticamente.

Me acerqué a los paneles de servicio. Busqué la tubería principal que conectaba los tanques con los motores. La válvula de alivio de presión estaba ahí, justo donde debía estar.

Saqué mi cuchillo. Con un movimiento preciso, giré la válvula poco a poco. Lo suficiente para que el sistema detectara una pérdida, pero no tanto como para que el avión explotara en el aire.

Esperé.

Un segundo.

Dos.

Entonces, la alarma resonó en la cabina.

El avión tembló.

Y la voz mecánica del sistema rompió el silencio:

—ALERTA: Fuga de combustible detectada. Iniciando protocolo de emergencia.

Sonreí. Eso es, carajo.

El teléfono sonó.

Lo miré por un segundo antes de contestar.

—Dante… —La voz del Pastor sonaba tranquila, casi nostálgica—. Me hubiera gustado compartir un buen vino contigo, pero bueno… ya sabes cómo es esto. Todo tiene su final.

Un escalofrío me recorrió la espalda.

¿Por qué sonaba tan seguro?

Abrí la boca para responder, pero entonces lo escuché.

Un pitido.

Pequeño. Constante.

Muy cerca.

Mi respiración se detuvo. No era el teléfono.

Era el avión.

El jet ya estaba en el objetivo.

A solo metros de estrellarse.

Otro sonido rompió el silencio.

Un bip agudo, mecánico, insistente.

Esta vez, venía de cerca. Muy cerca.

Giré la cabeza, siguiendo el ruido. El fuselaje interno, justo en la bodega.

Me apresuré, con el pulso acelerado. Entre las sombras, algo destacaba.

Un paquete asegurado con correas metálicas. Negro, compacto. Una luz roja parpadeaba en la superficie.

Un paracaídas.

¿Qué carajo…?

No había tiempo para pensar.

Lo agarré.

Corrí.

Salté.

El rugido del viento me envolvió. El avión siguió su curso.

El impacto era inminente.

Y mientras caía, sin saber si mi siguiente respiro sería el último…