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Flower

Summary

Jongdae ha estado enamorado de su mejor amigo Minseok durante tres años, ocultando su amor tras ramos y sonrisas en su pequeña floristería. Cree que algún día podrá confesarse… hasta que Minseok llega de la mano de otro. Entonces, algo dentro de Jongdae comienza a florecer —literalmente—. Hanahaki Disease, una enfermedad que brota del pecho cuando el amor no correspondido se vuelve insoportable. Mientras su cuerpo se llena de flores, Jongdae escribe su última confesión entre pétalos y sangre, sin saber que su historia cambiará al mundo… y a Minseok, que también escondía más de lo que pudo decir. ChenMin Advertencia ⚠: Angust, muerte de un personaje

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1
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n/a
Age Rating
18+

Flower

Jongdae siempre creyó que el amor debía ser algo que se cultivara como una flor. Regado a diario. Cuidado con paciencia. Observado en silencio mientras crecía en dirección a la luz.


Su floristería, Silencio de Abril, era su refugio. Un espacio donde todo era vida. Colores, aromas, pétalos suaves, tallos entrelazados. Ahí podía fingir que su corazón no pesaba tanto.


Y ahí también, cada mañana, llegaba Minseok.


—¿Sigues hablando con tus rosas, Jongdae?

—Ellas me escuchan más que tú —respondía él, sonriendo, aunque le doliera.


Minseok era su mejor amigo desde hacía años. Una constante cálida en su vida, como el sol de primavera que acaricia sin quemar.

Con él, las conversaciones eran fáciles. Las risas, naturales.

Pero el amor no.


El amor era lo que se quedaba atragantado cada vez que Minseok le hablaba de alguna cita que no funcionó. Era el silencio que le crecía en la garganta cada vez que quería decir “¿y si me eligieras a mí?”


Y era también esa culpa cruel cuando sonreía fingiendo desinterés mientras su corazón latía como si quisiera arrancarse del pecho.


Jongdae lo amaba desde hacía tres años.

Un amor suave al inicio, como brotes tiernos. Luego más profundo, más carnal, más doloroso.

Pero nunca se atrevió a decirlo.


Porque perderlo sería peor que ocultarlo.


Sehun y Kyungsoo eran los únicos que sabían, aunque Jongdae nunca lo dijo en voz alta. Bastaba su mirada al verlo sonreírle a Minseok. Bastaba el modo en que se quedaba en silencio después de cada visita. Bastaba la forma en que, cada vez que Minseok se iba, él quedaba con la cabeza gacha entre margaritas que ya no sabían cómo consolarlo.


—¿Por qué no le dices la verdad? —le preguntó Sehun una tarde, ayudándolo a cortar peonías.

—Porque me da miedo que deje de venir.—La voz de Jongdae sonó como una hoja seca cayendo al suelo.

—¿Y si nunca se entera? Vas a seguir pudriéndote por dentro, hyung.


Pero él solo sonrió, como siempre. Como si pudiera convencer a su corazón de no doler tanto.


Y entonces, llegó el día que creyó que al fin podría confesarlo.


Todo estaba preparado. Un pequeño ramo de narcisos blancos —símbolo de amor silencioso— sobre el mostrador, y el corazón latiéndole en la garganta. Iba a hacerlo. Iba a decirlo.


Pero Minseok llegó acompañado.


Y no venía solo. Venía con Leo.


—Jongdae, quiero presentarte a alguien… Él es mi pareja.


El mundo se detuvo.

Las flores dejaron de oler.

El aire, de golpe, pesó como cemento.


Jongdae sonrió. Se obligó a sonreír.

—Qué gusto conocerte —dijo, aunque lo único que quería era gritar.


Esa noche, cuando cerró la floristería, vomitó la primera flor.


Una begonia carmesí.

Hermosa. Dolorosa.

Y cruel como solo puede serlo el amor que no vuelve.


Las flores no dejaban de crecer.


Al principio eran pétalos sueltos. Pequeños, casi inocentes, como si el cuerpo de Jongdae jugara a disfrazar su dolor con belleza.


Pero el amor que no se dice también florece.

Y lo hace con violencia.


Las begonia carmesí se volvieron lirios, rosas, jacintos. A veces los vomitaba a media noche, de rodillas en el suelo del baño, sintiendo cómo sus costillas se contraían como ramas rotas.


Sus dedos temblaban. Su espalda dolía. El pecho era un jardín en guerra.


Pero en la floristería todo seguía igual. Flores frescas en los jarrones, cintas color crema, notas con dedicatorias que escribía con la caligrafía más pulcra que podía. Nadie debía notar que se marchitaba en silencio.


Minseok seguía visitándolo de vez en cuando, a veces solo, a veces con Leo. Y cada visita era una espina más clavada entre los pulmones.


—Te ves cansado, Jongdae —le dijo una tarde.

Él solo desvió la mirada y murmuró algo sobre dormir poco.

No podía decirle que cada noche soñaba con su voz, y que despertaba con flores brotando de su garganta.


Kyungsoo empezó a notar los silencios.


Era observador, siempre lo había sido. Se dio cuenta de que Jongdae hablaba menos, sonreía menos. Que su piel perdía color. Que escondía pañuelos manchados entre las macetas.


—No estás bien —le dijo una noche, al verlo tropezar mientras regaba los girasoles.

—Estoy bien —respondió Jongdae, con una sonrisa débil, como una flor marchita que se niega a caer.


Pero Kyungsoo no lo creyó.


Tampoco Sehun, que cada vez que lo visitaba lo encontraba más delgado, más apagado, más frágil.


—¿Has ido al hospital, hyung? —preguntó serio.

—No tiene sentido —dijo Jongdae, y ese día Sehun lo encontró llorando en el invernadero, rodeado de dalias negras.

No insistió. Solo lo abrazó. Le sostuvo el cuerpo mientras el otro temblaba.


Y entonces, una noche, la fiebre llegó.


Las flores ya no eran solo en la garganta.

Comenzaban a empujar desde dentro, a colapsar sus pulmones. Jongdae se arrastró hasta su cama, pero no pudo dormir.

Tosió hasta sangrar. Vomitó una magnolia entera. Y en el silencio de su habitación, por primera vez, deseó morir.


Quería que se detuviera.

Quería dejar de amar.


Pero no podía. Porque Minseok seguía sonriendo con los ojos encendidos. Porque aún recordaba cómo le temblaban las manos la primera vez que le rozó los dedos sin querer.


Y porque el amor no correspondido no muere… florece.



Kyungsoo fue el primero en atar los hilos.

No era solo cansancio. No era insomnio ni anemia. Había algo más oscuro que comenzaba a extenderse como raíces bajo la piel de Jongdae.


Lo observaba en silencio cuando pasaba por la floristería: cómo evitaba mirarse en los espejos, cómo su respiración parecía dolerle al final de cada frase, cómo al recoger una flor se le escapaban los temblores. Y, sobre todo, cómo su mirada se apagaba cada vez que Minseok entraba por la puerta.


—Está más delgado —murmuró Kyungsoo una tarde, sentado junto a Sehun en su sala, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.—¿Lo has visto últimamente? Tiene ojeras tan profundas que parecen cavadas. Y… su voz suena distinta. Como si le costara hablar.


Sehun asintió, mordiéndose el labio.

—Hoy le llevé café. Tosió hasta casi desmayarse. Me dijo que era alergia… pero había sangre en la servilleta.


Hubo un silencio denso entre los dos.


—No está diciendo la verdad —dijo Sehun con los ojos vidriosos—. Está intentando ocultarlo, como si protegernos fuera más importante que salvarse.


Kyungsoo cerró los ojos unos segundos.

—¿Y si no quiere salvarse?


Esa frase quedó suspendida en el aire como una sentencia.


—¿Y si se está dejando morir porque no puede más con todo lo que siente por Minseok?


—¿Tú también crees que está enamorado de él? —preguntó Sehun, bajando la voz.

Kyungsoo asintió, sin pensarlo.


—Lo hemos sabido desde siempre. Solo estábamos esperando a que él lo admitiera… pero ahora es demasiado tarde.


Sehun se frotó el rostro con ambas manos, angustiado.

—¿Qué hacemos, Soo? No podemos solo mirarlo marchitarse.


—Voy a quedarme más tiempo en la floristería. A ayudarlo, aunque no me lo pida. Tú intenta convencerlo de ir al médico, aunque sea con engaños.


—¿Y si se niega?


—Entonces escribiremos el final con él. Pero no lo dejaremos solo.


Las visitas se volvieron más frecuentes.

Kyungsoo llevaba comida caliente. Sehun ayudaba a cargar cajas. Ambos buscaban excusas para quedarse más tiempo, aunque Jongdae intentara disimular el dolor que se le escapaba en cada paso.


—¿Qué flor es esa? —preguntó Sehun un día, señalando una extraña orquídea en un jarrón.

—No la planté yo —respondió Jongdae, sin atreverse a mirarlo a los ojos.


Kyungsoo lo observó con el corazón en un puño. Había empezado a registrar cada flor nueva que aparecía en la tienda sin explicación.

Estaban creciendo por él.

Desde él.


A veces, cuando Jongdae tosía a solas en el cuarto trasero, los escuchaba hablando en voz baja en el mostrador. Y, aunque no podía oír todas las palabras, alcanzaba a sentir el miedo en sus voces.


No era solo preocupación.

Era duelo anticipado.


Porque ellos sabían que algo dentro de él estaba muriendo. Y que ni todo el amor que le tenían podría salvarlo… si no era el amor correcto.


La noche había caído lenta, como si el mundo quisiera silenciarse para no interrumpir el dolor que habitaba entre las paredes de la floristería.


Kyungsoo apareció sin previo aviso, con una bolsa de sopa caliente y una manta doblada bajo el brazo. No preguntó si podía entrar. No necesitaba hacerlo.


Encontró a Jongdae sentado en el suelo del invernadero, con la espalda apoyada contra el vidrio empañado y las piernas estiradas entre hojas secas y pétalos esparcidos. El rostro pálido, los labios agrietados, y en sus manos una flor mustia, arrancada sin intención.


—¿Hace cuánto estás así? —preguntó Kyungsoo, dejándose caer a su lado.


Jongdae tardó un momento en responder.

—No lo sé… quizás una hora. Quizás una eternidad.


El silencio entre ellos fue largo, pero no incómodo. Era un silencio lleno de cariño, de cuidado, de esas cosas que solo se comparten con quien ha estado siempre ahí, incluso en los días más tristes.


Kyungsoo le pasó la sopa sin decir palabra. Jongdae la sostuvo con dedos temblorosos, pero no la bebió.


—¿Sabes lo que se siente…? —dijo de pronto, con la voz baja, áspera, como si le costara arrancar las palabras—. Sentir que estás… desapareciendo. No por algo concreto. No por una herida visible. Sino como si cada día te borraras un poco más.


Kyungsoo lo miró con los ojos redondos y serenos, aunque por dentro se le rompía algo.


—Sí —respondió suave—. Lo he sentido antes. Pero tú… tú estás desapareciendo más rápido que nadie que haya visto.


Jongdae bajó la mirada.


—Es como si… algo dentro de mí me estuviera devorando. Como si me estuviera ahogando con todo lo que no digo. Como si el amor me estuviera matando, Soo.


Kyungsoo sostuvo el aire un instante. Sabía que esas palabras significaban más de lo que estaban diciendo. No era una metáfora. Era una confesión velada.


—¿Minseok? —preguntó, apenas audible.


Jongdae no respondió con palabras. Solo asintió, muy lento. Y sus ojos se llenaron de lágrimas.


—¿Por qué no me lo dijiste antes? —susurró Kyungsoo, llevándose una mano al pecho.


—Porque decirlo lo hace real —dijo Jongdae con una sonrisa amarga—. Y si es real… también es real que no me ama. Que eligió a otro. Y yo… no sé cómo vivir con eso, Soo.


—No tienes que vivir con eso solo —le respondió con fuerza—. Tienes a Sehun, me tienes a mí. Podemos hacer algo, buscar ayuda, cualquier cosa. No puedes simplemente… rendirte.


Jongdae lo miró largo rato. Su rostro parecía más viejo de golpe, como si los días le hubieran caído encima de golpe.


—Hay cosas que no se pueden detener. Y esta… esta ya empezó a crecer dentro de mí. Está en todas partes. Lo siento cada vez que respiro. Cada vez que cierro los ojos y veo su rostro en todo lo que hago.


—No estás bien, Jongdae —Kyungsoo se inclinó hacia él, tomándole el rostro con ambas manos—. Estás enfermo. No sé qué es esto aún, pero sé que está matándote. No me digas que es solo tristeza. Esto… esto es otra cosa.


Jongdae desvió la mirada para toser sin parar. En su boca, justo entonces, un pequeño pétalo rojo cayó sin querer, manchando su camisa.


Kyungsoo lo vio.

Y su mundo se quebró en silencio.


—¿Qué es eso? —preguntó con la voz apenas sostenida por el horror.


—No lo sé —susurró Jongdae—. Pero cada vez florecen más.


Y por primera vez, Kyungsoo sintió un miedo que no sabía cómo nombrar.


Minseok no había pensado en cuánto tiempo llevaba sin ver a Jongdae hasta que se dio cuenta de que su ausencia se había vuelto ruidosa.


Las flores que solía comprarle ya no tenían las mismas notas escritas a mano. El aroma de las peonías se sentía diferente. Y lo más extraño de todo… era que la floristería empezaba a parecer vacía, incluso estando llena de flores.


Leo lo notó también.


—¿Tu amigo está bien? —preguntó una tarde, mientras sostenía un ramo entre las manos—. No lo he visto en días. ¿No dijiste que vivía ahí mismo?


Minseok solo asintió, distraído. Pero algo se le removió en el pecho.


Esa noche, después de pensarlo más de lo necesario, caminó hasta la floristería por impulso. Era tarde. Las luces estaban apagadas, salvo un pequeño resplandor tenue que escapaba desde el invernadero al fondo. La puerta estaba sin cerrar. Como si hubiese sido olvidada… o como si el dueño ya no se preocupara por cerrarla.


Entró en silencio. El sonido de su pasos retumbó sobre el suelo de madera, cubierto de pétalos caídos.


Y entonces lo vio.


Jongdae estaba sentado detrás del mostrador, encorvado, con la cabeza apoyada sobre el brazo y un ramo de dalias mustias a su lado. Respiraba con dificultad, los labios secos, la piel tan pálida que parecía de cera. Una mancha roja florecía en la tela de su camisa, justo sobre su pecho.


—Jongdae… —susurró Minseok, con el corazón saltando como nunca antes—. Dios, ¿qué… qué te pasó?


Jongdae levantó lentamente la mirada.

Sus ojos estaban opacos, pero aún se iluminaron un segundo al verlo. Solo un segundo.


—Viniste…


—¿Qué estás diciendo? Claro que vine —corrió hacia él, arrodillándose a su lado—. ¿Por qué no me dijiste que estabas así? ¿Qué te pasó? ¿Estás enfermo?


Jongdae sonrió, débil, como si cada gesto le costara.


—No… nada grave.


Pero justo entonces, tosió. Tosió tan fuerte que se dobló sobre sí mismo. Y cuando retiró la mano de su boca, un puñado de pequeños pétalos húmedos cayó al suelo.


Minseok se quedó paralizado.

El color desapareció de su rostro.


—¿Qué… qué es esto…?


Jongdae no respondió. Solo cerró los ojos.


—Es… algo que no puedo curar.

—¿Cómo que no puedes? —la voz de Minseok se quebró—. ¡Tenemos que ir al hospital! ¡Llamar a alguien! Esto no es normal, Jongdae, esto…


—Minseok —lo interrumpió con suavidad—. No hay cura para esto.


El silencio que siguió fue como un abismo.


—¿Qué estás diciendo…? ¿Qué enfermedad es esa…?


Jongdae lo miró, y por un instante su voz fue apenas un suspiro.


—Es amor. Y está matándome.


Minseok no entendió de inmediato. Solo vio cómo las flores seguían brotando del cuerpo del hombre que siempre estuvo a su lado… y que ahora, sin entender cómo ni por qué, se le escapaba entre los dedos.


Minseok no pudo dormir esa noche.


Daba vueltas en la cama, los ojos fijos en el techo, la mente invadida por imágenes que no lograba apagar: los dedos temblorosos de Jongdae, su voz deshilachada, el ramo de dalias marchitas junto a su cuerpo.

Y los pétalos.

Dios, los pétalos cayendo de su boca.


Nunca había visto algo igual.

Nunca había sentido tanto miedo.


Leo dormía a su lado, tranquilo, ajeno a todo. Minseok lo observó en silencio, con una punzada de culpa cruzándole el pecho sin nombre definido. Luego se sentó en el borde de la cama y se cubrió el rostro con las manos.


—¿Qué te está pasando, Jongdae? —susurró, aunque sabía que nadie podía oírlo.


Las palabras de su amigo volvían una y otra vez a su cabeza: "Es amor. Y está matándome."


Al principio pensó que era una metáfora dramática. Pero había algo demasiado real en esas flores. Demasiado físico. Demasiado tangible para ser solo una metáfora.


Y entonces, sin querer, una idea se coló en su mente.


Un recuerdo.


Pequeños detalles, gestos invisibles.

Las veces que Jongdae le miraba cuando pensaba que no se daba cuenta.

Las sonrisas suaves, los silencios prolongados, las despedidas con los ojos más que con palabras.

Los cumpleaños en los que le regalaba flores únicas, las canciones que ponía en la tienda cuando él entraba.


Y de golpe… Minseok sintió un nudo formarse en el pecho.


—¿Era por mí…?


Se quedó de pie en medio de la sala, sintiéndose como un ladrón frente a una verdad que siempre estuvo allí, pero que había ignorado. Tal vez por cobardía. Tal vez por costumbre. Tal vez por miedo a que fuera cierto.


Porque si Jongdae lo había amado en silencio durante años…

Si lo había ocultado con flores y sonrisas…

Y si ahora esas flores estaban devorándolo desde dentro…


Entonces él era parte de esa herida.

Él era el filo que lo estaba desangrando.


A la mañana siguiente, se levantó temprano y caminó de nuevo a la floristería. La encontró cerrada. Las luces apagadas.

El cartel decía “vuelvo pronto”, pero Minseok sabía que era mentira.


Se quedó frente a la puerta un buen rato. Luego apoyó la frente contra el vidrio. Dentro, el aroma a flores era más denso que nunca. Como si el aire estuviera cargado de algo que no quería morir todavía.


Y por primera vez en años, deseó retroceder el tiempo.


Deseó haber preguntado antes.


Deseó haber mirado a Jongdae de otra forma.


Deseó, con desesperación muda, no haber llegado tan tarde.


Esa noche, Jongdae sintió que algo dentro de él se quebraba definitivamente.


Ya no podía caminar sin marearse. El dolor en el pecho era constante, como una raíz clavada entre las costillas. La tos venía con cada respiración, y las flores… las flores no paraban de salir.


Pequeños lirios, peonías, margaritas salvajes.

Su cuerpo era un jardín que florecía con cada latido.


Y sin embargo, lo más doloroso era lo que no salía: las palabras que siempre había callado.


Se sentó frente al mostrador, con la luz tenue de una lámpara encendida a su lado. Respiró hondo, tomó una hoja de papel y empezó a escribir con dedos temblorosos. Las lágrimas caían de vez en cuando, mojando la tinta, pero él no se detuvo.




“Minseok,


No sé cómo empezar una carta que debería haberte dicho en voz alta hace años.

Pero me escondí. Me escondí detrás de flores, de excusas, de risas fáciles. Me convencí de que con solo tenerte cerca, bastaba. Me mentí tantas veces que terminé creyéndolo.


Pero no bastaba. Nunca bastó.


Te amé. Desde el primer día. Desde ese momento tonto en que te quedaste dormido en el sofá de la tienda y yo me quedé mirándote, pensando que nadie podía ser tan tranquilo y tan hermoso al mismo tiempo.


Te amé cuando llorabas por cosas pequeñas. Te amé cuando reías tan fuerte que todos volteaban a verte. Te amé cuando me hablabas de tus planes, de tus días, de tus dudas. Y me amé menos a mí mismo por no ser lo que tú buscabas.


Durante años me convencí de que algún día podrías mirarme distinto. De que quizá, si me quedaba a tu lado, si era lo suficientemente constante, si cuidaba cada flor que te gustaba, podrías amarme un poquito.


Pero nunca ocurrió. Y no te culpo por eso. No te culpo, Minseok. El amor no es una deuda. Nadie te debe querer solo porque tú sí lo haces.


Y sin embargo, este amor se volvió algo más. Algo que ahora me consume. No sé cómo explicarlo. Sé que suena absurdo. Pero es real. Está dentro de mí. En mis pulmones, en mi garganta, en cada flor que brota de mi boca. Estoy muriendo, Minseok. Y no por enfermedad. Estoy muriendo porque te amé en silencio demasiado tiempo.


Quise ser fuerte. Quise resistir. Pero ya no puedo. Me estoy marchitando, y no hay jardín que me salve.


Perdóname por no habértelo dicho antes. Perdóname por dejarte esta carta en lugar de palabras vivas. Y si algún día me recuerdas, que no sea como alguien que se fue en silencio, sino como alguien que te amó con todo lo que tenía. Incluso si no fue suficiente.


Tu Jongdae.”


Terminó de escribir con lágrimas que ya no podía detener.

Dobló la hoja con cuidado, la colocó sobre el mostrador junto a un ramo de dalias blancas —las favoritas de Minseok—, y se quedó contemplando la floristería una última vez.


Todo olía a despedida.

Todo dolía como nunca antes.


El día amaneció gris. El cielo estaba cubierto, como si el mundo supiera algo que los demás aún no.


Sehun iba de camino a la floristería por costumbre. Solía pasar por allí antes de sus clases, a veces solo para robar un café y escuchar las canciones viejas que Jongdae ponía. Pero ese día había algo diferente en el aire. Una sensación densa, como el peso de algo que no se nombra.


Cuando llegó, notó que la puerta estaba entornada. Un mal presentimiento le recorrió el cuerpo como un escalofrío.


—¿Jongdae...? —llamó con voz baja, empujando la puerta con cuidado.


El interior estaba en silencio.


No el silencio normal, el tranquilo, el de las mañanas solitarias.


Era un silencio pesado.

Un silencio que dolía.


Avanzó lentamente, sorteando los pétalos caídos que cubrían el suelo como una alfombra. El aroma era intenso, asfixiante. Flores frescas, pero también… muerte. Algo marchito, mezclado con algo recién nacido.


Y entonces lo vio.


Detrás del mostrador.


Jongdae estaba recostado entre flores, el cuerpo enredado en tallos que parecían haber brotado de su pecho. Sus labios aún tenían rastros de sangre y pétalos, y las dalias blancas lo rodeaban como si fueran un velo de despedida.


Sehun se quedó congelado.

El aire se le fue de los pulmones.


—No… no… no…


Corrió hasta él. Lo tocó, le tomó la muñeca buscando un pulso, lo sacudió levemente. Pero Jongdae ya no estaba allí. Solo quedaba su cuerpo, su jardín, su carta.


Y las flores… las malditas flores seguían brotando.


Gritó. Gritó con una furia desesperada, con un dolor que le partió el pecho. Gritó como quien no sabe cómo seguir.


Kyungsoo llegó media hora después, avisado por Sehun entre sollozos. Cuando entró, encontró a su amigo de rodillas, cubierto de pétalos, con la carta aún temblando en las manos.


—Dios… —murmuró Kyungsoo, tragándose las lágrimas mientras se acercaba lentamente.


Leyó la carta en silencio, los labios apretados, el corazón retumbando en sus costillas. Cada palabra era un golpe.


—¿Esto… esto fue por amor…?


Sehun asintió, con los ojos hinchados.


—¿Cómo es posible? ¿Cómo puede alguien… morir así?


Kyungsoo no respondió. Solo se arrodilló junto al cuerpo de su amigo, acarició una flor que nacía de su pecho, y sintió cómo una parte de sí mismo se quebraba irremediablemente.


—Estaba tan solo… —susurró—. Y nosotros… nosotros no lo vimos.


Las noticias se esparcieron como fuego.


“Joven florista hallado sin vida, cubierto de flores que brotaban de su cuerpo.”

“El caso Jongdae: médicos estudian extraña condición fisiológica asociada a emociones extremas.”

“¿Puede el amor no correspondido matar? Nace el término Hanahaki Disease.”


Las imágenes del cuerpo rodeado de flores aparecieron en noticieros, portales digitales, revistas especializadas. Médicos, biólogos, psicólogos se reunieron en conferencias para estudiar el fenómeno. La carta fue publicada —con autorización de Kyungsoo y Sehun— como testimonio del primer caso conocido.


Hanahaki Disease.

Una condición rara, devastadora, silenciosa.

Provocada por un amor profundo y unilateral, que se acumula hasta destruir el cuerpo desde dentro, generando el crecimiento de flores en pulmones, garganta y corazón.


La enfermedad no tenía cura.

Solo dos formas de desaparecer: una confesión correspondida…

O la muerte.


Jongdae se convirtió en símbolo, en estudio de caso, en historia trágica que cruzó fronteras.


Pero para Kyungsoo y Sehun, no era un fenómeno extraño.

Era su amigo.

Su risa.

Su música.

Su ternura callada y su dolor que nadie vio a tiempo.


Minseok estaba en el café con Leo cuando recibió la noticia.


Una notificación en su celular, primero. Un titular de esos que uno no quiere creer: “Hallan sin vida a florista local; causas médicas aún bajo investigación”. El nombre “Kim Jongdae” resaltaba como un puñal.


El mundo se detuvo por un segundo.


Minseok se quedó congelado, el vaso en la mano, sin reaccionar. Leo hablaba, pero las palabras ya no llegaban. El aire se volvió más espeso. Todo lo demás se volvió ruido blanco.


Corrió a la floristería sin decir una palabra. Cuando llegó, ya había prensa, cintas de seguridad, vecinos mirando con asombro y pena. Kyungsoo estaba allí, de pie junto a la puerta, pálido, ojeroso, con los ojos vacíos.


—¿Qué pasó…? —la voz de Minseok salió como un susurro roto.


Kyungsoo lo miró por un largo instante. Luego le extendió algo: la carta, ya arrugada por tantas manos que la habían sostenido.


Minseok la tomó.

Y leyó.


Palabra por palabra.

Golpe por golpe.


Y el mundo volvió a romperse.


Cayó de rodillas en la entrada, temblando, con la carta apretada contra el pecho como si pudiera devolverle algo. Lágrimas caían sin freno, manchando el papel, las flores, el suelo.


—No… no puede ser… —repetía una y otra vez, sin sentido—. No puede ser que me amara así…

—Lo hizo —dijo Kyungsoo con amargura—. Y nadie lo vio a tiempo. Ni tú.


Minseok apretó los ojos, queriendo borrar todo, volver atrás, hacer cualquier cosa que no fuera esto.

Pero no había marcha atrás.


Solo quedaba el vacío.

Y el amor no dicho, pudriéndose entre pétalos.


Pasaron días.


Días en los que Minseok no hablaba. Apenas comía. Se encerraba en su departamento, leía la carta una y otra vez, como si al hacerlo pudiera encontrar un último respiro de Jongdae en la tinta marchita.


Leo intentaba acercarse, pero algo en Minseok ya no respondía igual. Había una distancia nueva en su mirada. Un muro que no se podía cruzar.


Y entonces, una mañana, ocurrió.


Minseok se despertó con un ardor punzante en la garganta. Pensó que era ansiedad, una gripe, cualquier cosa.

Hasta que tosió.


Y un pétalo salió, temblando, húmedo, suave… y sangriento en los bordes.


Lo miró con horror. El corazón le estalló en el pecho.


—No… no puede ser…


Pero era.


Hanahaki.


El nombre le golpeó como un eco, como una condena.

“Solo hay dos salidas: ser amado de vuelta… o morir.”


Y él ya había perdido su oportunidad.


La carta estaba aún sobre su mesa. Y en ese instante, más que nunca, Minseok supo que era demasiado tarde.


Porque Jongdae ya no podía corresponderle.


Porque Minseok había sido cobarde también.


Y ahora… el castigo florecía lentamente dentro de él...

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