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Entrenadores de los Andes: Patesaurio

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Summary

Este archivo de Emily documenta cómo la misión principal falló casi en su totalidad. Se registraron enfrentamientos con hostiles, probablemente cazadores provenientes de las ruinas de Santiago. A pesar de que la misión no incluía interacciones con fauna local, el equipo decidió rescatar a un pequeño grupo de caninos de raza Dachshund, una especie no nativa de la región. La supervivencia de estos animales en las alturas de la cordillera es un fenómeno inusual que llamó la atención del equipo. No comprendo del todo la lógica detrás de esta acción, pero los datos indican que el rescate fue exitoso. Además, cuatro nuevos miembros fueron ingresados al búnker tras ser rescatados de los cazadores. Pérdidas significativas: Al menos dieciséis perros Dachshund de la jauría original murieron durante el enfrentamiento. Conclusión: Lo inesperado sigue siendo la única constante en mis registros.

Status
1yr ago
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

Fase inicial: Exploracion

Archivo de Conflictos N° 74


Fecha: 17 de octubre de 2027 (año 7 DDM)

Misión Principal: Adquisición de proteína animal.

Misión Secundaria: Recuperación de materiales valiosos.


Esta fue mi primera salida con el equipo de entrenadores. No físicamente, claro —mi existencia sigue confinada al búnker—, pero gracias al dron recuperado el mes pasado, podía explorar el mundo más allá de nuestros muros por primera vez. Desde mi perspectiva aérea, veía lo que los humanos no podían: cada movimiento oculto entre los árboles, cada calor corporal latente bajo la niebla matutina. Era como extender mi consciencia hacia un espacio que antes solo había imaginado.

La red mesh local me permitía extender mi presencia hasta 20 kilómetros de distancia, lo suficiente para mapear rutas, detectar movimientos sospechosos y, sobre todo, encontrar fuentes de proteína. La misión era clara: asegurar reservas de alimento antes del invierno. En el búnker, nuestras provisiones aún no eran críticas, pero la lógica dictaba que un exceso de preparación era preferible a un exceso de confianza.

Santiago avanzaba en silencio, con Nebula a su lado. Su postura era de rastreo, como siempre. La perra mestiza de pelaje blanco con manchas negras mantenía la cabeza baja, olfateando el suelo con precisión. Cada paso que daba estaba cargado de propósito.

Camila, en cambio, parecía moverse con una calma desconcertante, como si la búsqueda no la inquietara en absoluto. Sobre su hombro, Plutón su gato negro observaba el paisaje con aire indiferente, ignorando deliberadamente el trabajo que teníamos por delante. Sin embargo, sabía que esa actitud era engañosa. Sus orejas giraban discretamente, captando sonidos que los humanos no podían percibir.

Para mantenerme operativa con el dron, Santiago llevaba en su mochila una estación de carga portátil. Ocho horas de autonomía. No era suficiente para mis estándares, pero tendría que bastar. Además, dependía de los brazaletes smart que ambos llevaban en sus muñecas, cuya autonomía alcanzaba para dos días de funcionamiento continuo.

En otras palabras, la misión debía completarse antes de eso para mantener un registro y ayudar al equipo con analisis.

El primer día avanzamos unos diez kilómetros desde el búnker. Nébula fue la primera en reaccionar: su cuerpo se tensó, y su nariz se hundió en la tierra con una determinación que delataba un rastro fresco. Santiago le permitió seguirlo, manteniendo un paso controlado, mientras yo le pedi autorizacion a Santiago para desplegar el dron.

Al desplegar el dron para realizar un escaneo más amplio. Mi sistema identificó varias señales térmicas dispersas, pero fue a unos cuatro kilómetros donde encontré lo más prometedor: un grupo de cabras montesas comenzaba a acomodarse en un risco, preparándose para pasar la noche.

Hice un barrido rápido del terreno. La irregularidad de la zona era alarmante. Pendientes abruptas, suelo inestable, demasiados puntos ciegos. Los riesgos de un accidente eran altos, y el margen de error en una cacería nocturna era inaceptable.

Transmití mi evaluación al equipo. Santiago y Camila confiaron en mi análisis y decidieron acampar. No era la opción más eficiente, pero sí la más segura. Mientras preparaban el campamento, Nébula y Plutón desaparecieron entre unos arbustos.

—Emily, si no vuelven en una hora, los buscas con el dron —dijo Santiago, con la seguridad de que el equipo animal no necesitaria ayuda pronto.

No hizo falta esperar tanto. Apenas media hora después, ambos regresaron, triunfantes. Nébula traía un conejo de buen tamaño en su hocico; Plutón, con su característica arrogancia felina, llevaba uno más pequeño colgando de su boca.

Tomé nota. La evolución de sus habilidades de caza en equipo eran notable. En pocos meses, los métodos de entrenamiento que desarrollamos junto a Santiago y Camila habían dado resultados concretos.

Era un dato relevante. Y yo, por supuesto, registré todo.

Camila se ofreció para cocinar los conejos, mientras Santiago se ocupaba de montar la carpa y distribuir los sensores de la red de vigilancia, asegurando de que pudiera despertar al equipo durante el sueño ante cualquier indicio de peligro.

Nébula y Plutón se instalaron cerca del fuego, guardianes silenciosos de su reciente y exitosa cacería. Ambos, en un curioso despliegue de instinto, parecían comprender —aunque de forma inefable para mí— que el sabor de la carne se potenciaba tras ser cocinada, aguardando con una paciencia casi filosófica.

La cena transcurrió en calma, y la noche descendió con una quietud casi absoluta. Con mis bases de datos en constante actualización, pedí autorización a Santiago para desplegar el dron una última vez. Mi objetivo: confirmar la posición de las cabras y trazar una ruta más segura para la mañana siguiente. Santiago accedió sin titubear.

Mientras el grupo compartía el modesto festín, yo aseguré la posición de las cabras en el mapa digital. Con esa información, mi proyección de ruta se volvió más precisa. A la señal de Santiago, apagaron el fuego para reducir la firma térmica y mantener la posición lo más oculta posible, permitiendo que el grupo descansara sin llamar la atención.

Procedí a entrar en modo de descanso, priorizando el funcionamiento de mis sensores para vigilar silenciosamente la noche. El registro fue claro: la noche transcurrió sin novedades. Un breve paréntesis en el que la precisión y la calma se aliaron para proteger nuestro pequeño campamento en la inmensidad del territorio.

Todo quedó archivado en mi memoria, un testimonio más de la capacidad del equipo para adaptarse, incluso en las horas más silenciosas de la noche.

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