Todo por una Venganza

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Summary

Una joven, sedienta de venganza tras el asesinato de sus padres, se ve obligada a emprender un viaje lleno de inesperados desafíos. A lo largo de ese complejo camino, Zaida establece nuevas amistades que la apoyan y la ayudan en todo su camino, pero sin saber la razón de sus actos. ¿Logrará alcanzar la ansiada venganza o encontrara otro propósito en su camino?

Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

01 | Zaida Gómez.

Me desperté de golpe sin razón aparente, sintiendo como un inexplicable dolor que no me dejaba respirar con normalidad se expandía por todo mi vientre. De manera inconsciente me acosté en posición fetal con los ojos cerrados y respirando con lentitud.

No comprendía qué estaba pasando o qué había ocurrido, pero el miedo me invadió por completo. Aunque el calor que me transmitían las sábanas me ayudó un poco, disminuyendo el dolor que sentía.

Sentía que el tiempo pasaba más lento de lo normal, y cuando el dolor ya se había calmado por completo me arrastre por la cama y estiré mi mano para tomar mi celular. Cerré los ojos con rapidez por el brillo que generaba la pantalla.

06:15

La alarma sonará dentro de 15 minutos.

Se me había olvidado que hoy regresaba a las molestas clases.

Tenía tiempo de sobra, así que me senté en la orilla de la cama con mucha calma, sintiendo como el frío chocaba con mi piel desnuda de forma agresiva, haciéndome temblar un poco. Solté un suspiro y tomé la manta que tenía a los pies de la cama, rodeé mis hombros con la manta para después caminar con los pies descalzos hacía el baño.

Solté un quejido casi inaudible al sentir la madera del pasillo tan fría. Me acerqué a la habitación que estaba frente a mi cuarto y me dirigí de inmediato al lavamanos para mojar mi cara para intentar despertar. Me quedé viendo en el espejo hasta que la alarma de mi celular sonó.

Apagué la alarma y tomé el uniforme de la escuela. Sin absolutamente nada de ganas, me quité el pijama y me puse de forma rápida el uniforme para calmar el frío. Desde ahora en adelante, las mañanas van a ser muy heladas y lluviosas…

Me puse el abrigo más peludo y tomé la mochila que había preparado el día anterior. Y mientras bajaba por las escaleras para ir a la cocina y comer algo, no podía dejar de pensar en el sufrimiento que iba a pasar cuando llegue, conocer alumnos nuevos, profesores nuevos, y peor aún, ver a Emma.

—Despertaste temprano —la voz de mamá me sacó de mis pensamientos cuando pasé frente a la cocina-comedor.

—Tuve mejores noches...

Lavarme la cara no había servido de mucho ya que todavía tenía los ojos medio cerrados. Lancé mi mochila sobre el sofá para ir a la cocina-comedor y comenzar a prepararme un café. Sabía que no me iba a servir demasiado para despertar, normalmente me da más sueño, pero necesitaba ese adictivo sabor amargo.

—Debe ser porque regresas a clases —esta vez hablo papá.

—Si, debe ser eso...

Claramente, no era eso, porque el regreso a clases nunca me causaba nervios. Lo único que siempre me causaba era tristeza, estrés y depresión. Pero tampoco quería hacer sentir mal a papá con su aporte.

Porque todos los años eran los mismos, mucha tranquilidad los primeros dos meses, y después una completa locura, especialmente los que están a punto de pasar a la universidad, o cuando tienes padres estrictos los cuales esperan que estudies una buena carrera para tener un buen sueldo en el futuro. Lo bueno es que actualmente solo tengo el segundo, todavía me faltaban tres años antes de sufrir con la universidad.

—Eso ya no importa —mamá me sacó nuevamente de mis pensamientos pesimistas—. Siéntate y come tranquila. Tú padre te irá a dejar después.

—Si, que felicidad... —me reí un poco por el tono sarcástico que había utilizado papá.

Así que intenté mantenerme tranquila y no pensar demasiado, me senté y tomé un pan tostado con mantequilla que siempre preparaba mamá.


Cuando llegamos a la entrada de la escuela, terminé de acomodar algunas cosas en mi mochila e intenté abrir la puerta del auto, pero papá me tomó de la mano y me acercó a él y me dio un beso en la frente.

—Te diré lo que te digo todos los años. Cuídate, no hagas ninguna tontería, pero pásala bien... A tú manera. No dejes que Emma haga alguna tontería, ya sabes cómo se pone Rómulo con eso, y... No quiero que te estreses demasiado por las calificaciones... —ambos nos quedamos varios segundos en silencio— A veces se me olvida que eres la mejor de tu clase...

Solté algunas risas, tomé mi mochila con fuerza y abro la puerta del auto para salir. A papá nunca le gustaban las despedidas, así que nunca le digo “adiós”, él llega a ser demasiado dramático.

—¡Sigue así! —gritó con entusiasmo.

—No sirve para esto...

Sin esperar más, me alejé del auto y me acerque a la escuela. Y por primera vez en todos estos años en la misma escuela, sentía una extraña sensación de nervios, pero no entendía la razón. Supongo que, ver tantas personas desconocidas a mi alrededor, y escuchar todos los gritos de padres despidiéndose, me ponía demasiado incómoda.

No entendía el motivo de la existencia de todos esos gritos, solo iban a estar en clases unas horas, no era una guerra para decidir quién sería el nuevo Rey de ese cuchitril. Me molestaba ver a todos los padres abrazando y motivando a sus hijos por razones tan estúpidas.

No me juzguen, soy de las personas a las que les gusta el silencio, estoy acostumbrado a él. Y no, no hay ningún trauma de por medio, simplemente me gusta y ya. Desde pequeña, mamá trabajaba mucho y papá era el único que se quedaba en casa a cuidarme, y él acostumbra a ser muy silencioso, así que yo me acostumbre, y actualmente no puedo concentrarme ni pensar con claridad si no es en un espacio de completo silencio.

Dirijo mi mirada hacía los dos trabajadores que siempre se encontraban en la entrada para recibir a todos con una sonrisa y un saludo. Los anteriores años, siempre los saludaba y me quedaba hablando con ellos unos minutos, pero ahora se encontraban muy ocupados por responder las preguntas de los nuevos estudiantes, así que me olvidé de eso. Por hoy.

Tomé las correas de mi mochila con firmeza y comencé a dirigirme hacia el interior, intentando ignorar los empujones y el desagradable aroma a perfumes mezclados.

Pero antes de que pudiera siquiera acercarme a la escalera para ir a mi salón, una presión se hizo presente en mi hombro derecho. Detuve mis pasos con lentitud, deseando que sea alguien de mi clase o un conocido.

—Disculpa... —era un desconocido.

Gire mi cabeza hacia la persona desconocida con lentitud, y no pude contener mi suspiro molesto al notar que era un estudiante nuevo. Era una persona de aspecto común, cabello negro y ojos marrones, y obviamente con el horrible uniforme. Nunca lo había visto los años anteriores, así que definitivamente era nuevo.

Parecía inseguro, tímido y menor que yo, su estatura baja lo confirmaba con mucha obviedad.

—¿Necesitas algo?

—¿Sabes dónde queda la clase 2–B? Es qué... Todos los profesores y los asistentes están ocupados, entonces... ¿Me podrías ayudar?

No quería ayudarlo, pero sabía que no tenía otra opción. Emma me había enseñado a ser amable con las personas que no conocía, aunque no me agradaran a simple vista. Porque, si fuera por mí, me iría sin decir nada.

—No eres nueva... ¿Cierto? —al parecer, me quedé demasiado tiempo en silencio.

—Segundo piso a la derecha, el último salón al izquierdo.

No quería seguir hablando con él, ni con nadie. Gire mi cabeza hacía adelante y dí un paso firme para irme lo más rápido posible. Pero el chico tuvo otras intenciones, ya que me tomó del brazo. Un agarre firme, pero no para llegar a lastimarme, sólo para detenerme.

—Si no te molesta... —poco a poco fue soltando el agarre— ¿Me puedes guiar? No conozco la escuela. Por si no te diste cuenta, soy nuevo. No me quiero perder...

<<La escuela no es grande, es imposible perderse...>> pensé sin intenciones de ocultar mi molestia al mirarlo. La escuela era de solo dos pisos, la parte de abajo era para la biblioteca, el patio y el comedor, y la parte de arriba era para todos los salones. Incluso, todo estaba escrito en pequeños carteles pegados al techo. ¿En serio era tan complicado ubicarse? Bueno, seguramente lo digo desde el privilegio de estar desde la niñez en la misma escuela.

—Yo te llevo —odiaba contradecirme, pero no tenía otra opción.

Emma me mataría de la manera más cruel y lenta posible si se llegara a enterar que trate mal a alguien.

Sin muchas ganas, comencé a subir las escaleras para dirigirme hacía el salón 2–B, sintiendo la molesta presencia del chico a un lado mío. Parecía una garrapata, no se me quería despegar. Y me vi obligada a desviar la mirada hacía el lado contrario para cubrir mi nariz con una bufanda —que me obligo a ponerme mamá antes de salir— por el fuerte perfume que se había puesto el chico. Podía distinguir, a duras penas, un olor a lavanda.

Cuando llegamos al segundo piso, me detuve por unos segundos y fruncí el ceño. Por alguna extraña razón había una gran cantidad de chicos y chicas de mi salón en el pasillo más cercano del salón al que estaba guiando al chico. Y en el momento en el que ellos me vieron, comenzaron a reír por lo bajo y murmurar cosas. Algunos incluso sacaron su celular.

—¿Sucede algo?

—El último salón a la izquierda —señale con una expresión sería el salón.

No quería meterme en problemas con Emma por simples rumores. Así que me volteé enseguida dispuesta a irme, pero el chico me detuvo de nuevo, tomándome de la mano.

—Dime tú nombre por lo menos, ¿en qué clase estás?

—Gómez, 3–A.

—Y... ¿En dónde queda esa clase? —a veces, las personas sociables me dan miedo.

—En el otro pasillo, casi al fondo.

—Vale... Entonces, nos vemos.

Se alejó con una gran sonrisa mientras se despedía con la mano. Yo me di la vuelta y me alejé, sin intención de despedirme de él, ni siquiera con una sonrisa fingida. Hasta el momento, a la única persona sociable que podía soportar era a Emma, y eso porque ella insiste demasiado. Y porque nos conocemos desde el jardín.

Cuando llegué a mi salón, saludé a algunas personas con las que había mantenido contacto durante las vacaciones. Pero me concentré en las caras nuevas, y una vez más noté ese fuerte olor a lavanda por toda la sala. Me senté en un puesto vacío, a un lado de la ventana, dejando mi mochila en la silla de al lado para guardarle el puesto a Emma.

Lo hago porque, años anteriores, Emma me gritó casi todo el día por no haberle guardado el puesto. Y no quería soportar eso de nuevo.

Pude notar como los nuevos ocupaban el celular, pero no hacían nada en particular, solo pasaban de aplicación en aplicación sin saber que hacer, ya que no conocían a nadie. Y los que estaban en el salón desde el año pasado o más, hablaban sobre sus vacaciones con sus amigos.

Yo en las vacaciones no había hecho nada, solo ayudaba en casa con la comida, lavar los platos, lavar la ropa y barrer, ya que mamá salía de vacaciones cuando yo estaba en clases, y a papá no le gustaba salir, aunque su trabajo de casa se lo permitiera.

Giré mi cabeza hacía la ventana, intentando no malgastar mi tiempo viendo y pensando en mis compañeros. Pero todo lo que había pensado anteriormente se me olvidó cuando bajé la mirada, a la calle. Una silueta completamente negra se encontraba parada en medio, no podía ver su rostro, pero podía sentir su mirada fija en mí, y una extraña sensación de miedo y nerviosismo me inundó por completo. ¿Quién era? ¿Y qué hacía parado en medio de la calle? ¿No tiene miedo que lo atropellen? ¿O el accidente que podría causar por su poca racionalización? Pero ningún auto pasaba por ese lado de la calle, por alguna extraña razón. Y si no fuera por el viento, juraría que sería una extraña estatua que quitarían después de varias quejas, ya que lo único que se movía, era la capucha que traía puesta.

Pero el sonido de la campana llegó a mi de forma repentina, haciéndome saltar un poco de mi asiento y despegando mi mirada de la silueta. Vi como todos los que se encontraban en el pasillo iban ingresando al salón poco a poco, pero no le dí importancia y dirijo mi mirada nuevamente hacía la ventana, intentando averiguar más sobre la silueta. Solté un suspiro pesado cuando no logré distinguir la silueta por ninguna parte de la calle, ni siquiera en la vereda.

Me vi obligada a levantarme del asiento cuando nuestro profesor hizo presencia con una gran sonrisa. Nos comentó un poco sobre las actividades que íbamos a tener este año en la escuela, también comentó algunos conflictos del año pasado y después hizo que todos los nuevos se presentarán con nombre y apellido. Pero yo no podía prestar atención a lo que decían, porque no podía dejar de pensar en esa extraña silueta negra.

Pero aunque no estuviera prestando atención, podía notar la mirada de algunos compañeros sobre mí, y al reconocerlos me di cuenta que eran los mismos que habían estado en el pasillo cerca del salón 2–B. Solo esperaba que no le hubieran dicho nada a Emma.

La campana sonó después de casi dos horas de haber comenzado la clase. La mayoría salía del salón corriendo, para desayunar en el comedor, mientras que otros se quedaban sentados y comiendo lo que habían traído de sus casas. Y yo sería una de esas. Tomé mi mochila y la puse sobre la mesa, abriéndola con lentitud para sacar el desayuno que me preparaba mamá en la mañana.

—¡Gómez!

Un grito agudo me hizo molestar, porque había reconocido la voz de inmediato. <<¿Qué hace aquí...?>>, cuando dirijo mi mirada hacía la puerta pude ver al chico que había guiado a su salón, y en ese mismo instante me arrepentí de haberlo ayudado. Cómo también deduje la razón de sus preguntas. Un acto humano cuando te sientes en deuda con una persona; agradecimiento.

—¡Hola!

Me saludó con una sonrisa tan grande que no pude contener mi enojo. Cerré mi mochila con rapidez para acercarme a él, recibiendo algunas miradas pícaras de mis compañeros. Repito, no quería problemas, y mucho menos con Emma.

—¿Qué haces aquí? —en ese momento no quería fingir amabilidad.

—Venía a agradecer por la ayuda... —me extendió una pequeña bolsa blanca— Es un agua de limón y un pan con queso. Sé que no es mucho, pero... Es lo que había en la tiendita de abajo.

Intenté contener lo mejor que pude mi expresión de desagrado al escuchar la palabra <<queso>>. Ese era uno de los pocos alimentos que no soportaba comer, ya que, básicamente era leche podrida, ¿cómo podía gustarle a alguien la leche podrida? Y el simple hecho de recordarlo me daba arcadas.

—No —recibí una mirada confundida del chico. Debía decirlo de una manera más amable— No es necesario, no tengo hambre...

—No me dejes así... —su tono de voz animado me molestaba— Acéptalo, por favor.

—Es qué yo... —no me quedaban más excusas— Bien.

Demostrando con claridad mi poco ánimo, para que no volviera a hacer lo mismo, tomé la bolsa, procurando no rozar nuestras manos. Aun así, él chico parecía muy animado por el simple hecho de que aceptara su comida. Lo que me pareció muy extraño e incómodo.

—Gracias.

Iba a irme sin más, pero sus palmadas en mi hombro me sorprendieron. ¿En qué momento me tomó tanta confianza? Las palmas en el hombro se asocia con la amistad y el afecto, algo que claramente no tengo con él porque ni siquiera sé su nombre. Dí unos pasos hacía adelante al ver cómo se iba corriendo con una gran sonrisa, tenía que saber cómo podía confiar tanto en una persona que no conocía, ya que solo le había dicho mi apellido. Tal vez, el agradecimiento era solo una excusa para poder conversar más conmigo. Pero su sonrisa era sincera, así que deje de lado esa posibilidad al instante.

No quería pensar demasiado en eso, así que balancee un poco la bolsa en mi mano y comencé a acercarme al salón. Iba a dejar la comida guardada y después iría a esperar a Emma abajo para comer juntas, pero mi plan fue interrumpido cuando alguien me tomó del brazo y me acercó a una banca que estaba vacía. Me obligaron a sentarme y me tomaron de los hombros con firmeza.

—Cuéntamelo todo...

Esa hermoso cabello negro, brillante y liso peinado de una manera perfecta, junto a esos relucientes ojos azules combinados con un pequeño delineado y maquillaje natural, me hizo darme cuenta de inmediato de quien era.

—Emma... —estaba feliz por verla, pero no me agradaba el contexto en el que seguramente me vio— No sé a lo qué te refieres.

Intenté sonar indiferente, pero sabía que eso no iba a funcionar en lo absoluto.

—Él chico...

—¿Cómo sabes sobre él? Aparte de haber presenciado ese momento...

No quería hablar sobre eso, pero Emma no se rendiría tan fácil. Ella siempre se veía obligada a saber sobre todo lo que ocurría en la escuela.

—Ósea que sí... —concluyó con una sonrisa pícara.

—Ósea que no —corregí de inmediato—. Ni siquiera sé su nombre. Solo lo ayude a encontrar su salón.

Emma soltó un suspiro y me miró de forma desafiante. Desde hace varios años que ella intentaba encontrar alguna pareja para mí, porque según ella, no podía estar sola toda la mirada y me quedaría viviendo con mis ochocientos gatos en una casa vieja. Y yo me pregunto qué era lo malo de esa vida. Aun así, Emma insistía demasiado con eso, ya que ni siquiera había tomado a alguien de la mano de forma romántica.

—Los chicos me mandaron varios de ustedes, pensé que eran algo... ¿Segura que no lo conoces? ¿Lo quieres conocer? —me guiño el ojo sin quitar su sonrisa.

—No lo quiero conocer.

Emma volvió a soltar un suspiro, y me miró extrañada cuando le extendí la bolsa que me había dado el chico anteriormente.

—No me gusta el queso... Pero el agua de limón me la quedo yo.