La Pesadilla. by AprilSomehow at Inkitt
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La Pesadilla.

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Summary

Un relato que recorre la pesadilla de un hombre que no sabe el significado de este tormento diario, no sabe que papel está jugando en su propia pesadilla. Relato en tercera persona, con 1622 palabras.

Status
Complete
Chapters
1
Rating
5.0 1 review
Age Rating
16+

1

Una más, una más y otra más.

¿Cuántos intentos serían necesarios para rescatar a ese niño que caía sin cesar por aquel risco?

Los días se desvanecían en un torbellino de sombras y recuerdos distorsionados. No sabía cuántas noches habían pasado desde que aquella pesadilla se había convertido en su única compañera al cerrar los ojos. Probablemente eran las preocupaciones que intentaba ignorar, pero el peso de su culpa lo mantenía atrapado en un ciclo interminable de desasosiego. Tras cada jornada agotadora, anhelaba regresar a casa y encontrar el alivio del sueño, aunque fuera solo para perderse en una oscuridad inquietante durante toda la noche. Ya no soportaba la imagen recurrente del niño que caía, una y otra vez, como un eco desgarrador en su mente.

Las rutinas se tornaban cada vez más insoportables. El silencio de su hogar se volvía opresivo, y el único sonido que lo acompañaba era el rasguño de la navaja afeitándose, un ritual que ahora le resultaba grotesco. Era como si aquel sonido ahogara los gritos desesperados del niño atrapado en sus pesadillas; cada rasguño era un recordatorio de su impotencia. En medio de las risas y conversaciones de las personas que amaba, él seguía siendo prisionero de los lamentos y llantos de aquel pequeño que saltaba del risco, un grito desgarrador que resonaba en su mente como una advertencia.

Y así, mientras intentaba llevar una vida normal, la angustia se instalaba en su pecho, recordándole que había algo oscuro acechando en las sombras de su propia alma. Era una rabia incontrolable, una furia que ardía como un fuego en su interior.

Cada intento por dormir o escapar de la tortura de sus sueños se transformaba en un deseo malévolo de hacerse daño. Nadie lo sabría, nadie lo atestiguaría. Frente a los que más amaba, mantenía el mismo semblante impasible, pero por dentro solo quería desgarrarse, arrancar con un tenedor cada parte de su ser que lo mantenía prisionero.

¿Qué estaba haciendo mal? ¿Por qué era castigado de esta forma cruel? Con los ojos rojos de ira y desespero, se lanzó hacia el baño para lavarse la cara con una furia desmedida, casi rasgando su propia piel. Era de madrugada y no debía hacer ruido por la presencia de aquellos a quienes amaba; sin embargo, este era su momento. Contuvo el aire y, con una fuerza descomunal, rompió la corbata que llevaba en el cuello. Un intento desesperado por ahorcarse, quizás. Observó el trozo mal partido y su mano quemada por la fricción de aquella tela.

Al menos había comprado una corbata de buena calidad.

Cuando volvió a su habitación, miró de reojo aquellas cosas que mantenía por puro masoquismo: recuerdos que alguna vez fueron dulces y que ahora eran tan amargos que sentía su garganta oprimirse solo con recordarlos. ¿Por qué seguían allí? ¿Por qué no podía deshacerse de ellos?

Caminó hacia los papeles de la oficina; uno de ellos tenía una textura diferente, un aroma especial. Fue una coincidencia amarga que lo llevó directo a los recuerdos que había enterrado en lo más profundo de su alma. Decisiones... decisiones que parecían buenas en su momento... ¿Verdad?

Fueron tan buenas y aún así estaba solo. Solo y lleno de rabia, aunque tenía todo lo que alguna vez se esforzó por conseguir. Pero también había perdido tanto. ¿No? Tomó riesgos, puso su fe y su amor en quien después lo traicionaría...

“Siempre hay alguien mejor que tú”, eso es lo que se decía a sí mismo con un rencor creciente. Aunque sonara como algo realista y lleno de deseos de superación, en realidad era una frase llena de dolor y luto… una frase desgarradora que le recordaba constantemente que no lo eligieron.

Tierna edad, donde fue ingenuo y tonto. Tierna edad cuando dio todo por un intento torpe y fútil por defender a quienes más amó; tierna edad donde perdió lo que alguna vez fue.

Los recuerdos lo apresaron en su cama, como cadenas invisibles que lo mantenían inmóvil. Su mente, traicionera, se convirtió en su peor enemigo. La imagen se volvió borrosa, y de repente, estaba atrapado en la vorágine de una pesadilla que nunca terminaba.

Corría tras aquel niño, un eco de su propia desesperación. Quería alcanzarlo antes de que cayera por el risco, pero el pequeño huía de él, como si su propia existencia fuera un peligro. Las palabras de advertencia se ahogaban en su garganta, transformándose en gritos mudos que resonaban en su alma. Cada segundo que pasaba se convertía en un caos emocional; la esperanza se mezclaba con la desesperación, convirtiendo su amor en un tormento insoportable.

Recordó la tierna edad de su primera hija, tan vulnerable como aquel niño que se alejaba. La imagen de su risa infantil se desvanecía en el abismo de su memoria y no podía permitirse perderlo nuevamente. Debía salvarlo a toda costa.

Corrió con una furia desesperada, sus pies se hundieron en el lodo helado, y cuando finalmente tomó conciencia del camino que había elegido, se dio cuenta de que era un sendero oscuro y tortuoso. Los árboles puntiagudos se alzaban como centinelas malignos, sus ramas secas y largas parecían brazos esqueléticos tratando de detenerlo. Cada paso era una lucha contra la naturaleza misma.

El niño se deslizó por un tronco, escapando del bosque hacia la orilla del abismo. El hombre intentó seguirlo, saltando con la esperanza de alcanzarlo, pero como siempre, falló. Cayó al suelo con un golpe sordo, el dolor atravesando su cuerpo mientras la impotencia lo consumía. Cuando finalmente logró levantarse y salir del bosque, el firmamento lo recibió con un paisaje desolador: montañas imponentes bajo un cielo grisáceo que reflejaba la tragedia de su vida.

Con cada paso hacia el niño, sus súplicas se tornaban más intensas; le rogó con lágrimas en los ojos que no huyera, que tuviera cuidado. Pero el pequeño retrocedía cada vez más hacia el borde del precipicio. La angustia crecía en su pecho como una tormenta incontrolable; sabía que si no lograba detenerlo, sería responsable de otra pérdida desgarradora.

El viento aullaba a su alrededor mientras las sombras del pasado comenzaban a envolverlo nuevamente. El miedo lo invadió; ¿Por qué era torturado de esa forma? Nuevamente despertó, con el mismo semblante, cansado y frustrado por el resultado inalterable.

Una más, una más y otra más.

¿Cuántos intentos serían necesarios para escapar de ese monstruo y no caer por aquel risco?

En un tiempo distinto, en un quiebre oscuro de su vida, aquel hombre volvía a tener la tierna edad de su infancia. Los gritos desgarradores de su madre y su padre lo empujaron hasta una esquina sombría, donde cayó dormido tras llorar amargamente. El frío helado y el polvo del pequeño hogar se entrelazaban con el corazón inocente de aquel infante, creando una atmósfera densa y opresiva.

Cada pelea entre su amada madre y la figura masculina que decía ser su padre lo arrastraba a un abismo de pesadillas. Un monstruo grotesco, con ojos llameantes y garras afiladas como cuchillas, lo perseguía por un bosque oscuro y sin fin. Aunque el monstruo caía, siempre lograba alcanzarlo hasta la precipitación de un risco aterrador. No había otra opción: saltar hacia lo desconocido o ser devorado por esa creatura que parecía alimentarse de su miedo.

Desesperado, intentó saltar y logró volar, sintiendo por un instante la liberación. Pero el monstruo lo seguía en cada sueño, como una sombra implacable que se adhirió a sus noches. Cansado de huir, decidió enfrentarlo con una espada que brillaba en la oscuridad. Era su sueño; eran sus reglas. Cuando estuvo lo suficientemente cerca, alzó su espada y atravesó al monstruo, sintiendo una mezcla de alivio y horror al darse cuenta de que esa criatura solo quería salvarlo de la caída inevitable.

El niño lloró amargamente, aferrándose al cuerpo que antes le había inspirado terror. Ahora, ante él yacía aquel hombre cansado y desgastado, cuyas cicatrices contaban historias de sufrimiento, culpa y remordimiento por un futuro que solo era una premonición de una vida vacía.

“Una más”, susurró aquel hombre con voz entrecortada, “una más y otra más.” Cada lágrima que caía del niño era un eco de las pesadillas que lo habían perseguido, cada lamento un recordatorio de las tragedias que se entrelazaban en su vida. La oscuridad parecía cerrarse a su alrededor, envolviéndolos en un ciclo interminable de miedo y dolor.

En medio de esa tormenta emocional, ambos se observaron con resignación, conscientes de que esta pesadilla jamás terminaría. No podría concluir hasta que dejaran de huir, atacarse o lastimarse mutuamente. La verdad se hizo evidente: no habría salvación sin el reconocimiento del dolor compartido.

Hasta que eso sucediera, aquel niño y aquel hombre, distanciados por quiebres irreparables y tiempos lejanos, seguirían atrapados en esa pesadilla una vez tras otra. La vida se convertiría en un eco incesante de lamentos, donde cada encuentro era un recordatorio de su condena compartida. Y así, el ciclo continuaría, arrastrándolos a un abismo, a esta pesadilla de la que no podrían escapar.

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