CORAZONES EN LLAMAS

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Summary

Ella es una ninfa de ojos azules, cabellera rojiza como el fuego, y cuerpo exuberante. Una mujer consumida por el odio. Una mujer que solo busca venganza. Una mujer que solo quiere ver la sangre correr, del hombre que alguna vez amó.

Genre
Fantasy/Romance
Author
Kary
Status
Ongoing
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

La reina sin corona.

La tormenta azota con furia este pedazo de tierra, gotas de lluvia golpean los enormes cristales de los ventanales de mis aposentos con tal fervor que parece que en cualquier momento estallarán. Mi corazón está a punto de detenerse; no aguanto más. Estoy al borde de un colapso nervioso.

La luz tenebrosa de un relámpago atraviesa el ventanal, seguida  el rugido de un horrible trueno se hace presente. Mis manos se aferran con fuerza a las cobijas, y me hago un ovillo como un animal herido.

Y eso es lo que soy: una persona herida y traicionada por el hombre que juró protegerme y amarme toda la vida.

La lluvia no cesa, de hecho, se ha intensificado, y mi cuerpo no deja de tener leves convulsiones que aumentan con cada segundo.

—Aitana, es solo agua, con un demonio… tranquilízate— repito mi mentira una y otra vez para engañar a mi mente.

Mi corazón parece a punto de salirse de mi pecho, estoy bañada en sudor, y aunque llevo ya mucho tiempo aquí, jamás me acostumbraré a estas tormentas infernales.

Tormentas que pueden durar horas, días o semanas.

Creo que por eso el infeliz me envió a este maldito lugar: porque odio las tormentas. Sé que quiere volverme loca para deshacerse de mí, pero no le voy a dar el gusto. Si quiere verme destrozada, lo tendrá que hacer con sus asquerosas manos.

Otro trueno retumba y grito desgarrador sale de mi garganta.

—¡Joder, joder!

Escucho que se abre la puerta y es mi doncella.

—Mi señora, ¿está bien?—, pregunta con preocupación, y trata de descobijarme, pero me aferro a las cobijas como si de ello dependiera mi vida.

Un nuevo trueno suena, y mi cuerpo tiembla con ferocidad. Todos le está tenso por el miedo. En estos momentos, lo odio más que nunca. Espero que el maldito se muera pronto, que su muerte sea lenta, dolorosa y agonizante.

—Mi señora, solo fue un trueno, todo va a estar bien—dice Belinda, acariciándome suavemente —. Solamente es lluvia.

Siempre me dice eso para tranquilizarme.

Las yemas de sus dedos recorren mi cuello y mi columna vertebral. Sus delicadas manos comienzan a hacer su magia y, por fin, empiezo a respirar con normalidad. Lentamente, comienzo a soltar las cobijas.

—Ve, mi señora, todo está bien.

—¡Oh, Belinda! Estoy harta de esto. No quiero morir aquí, no quiero…— las lágrimas brotan de mis ojos, como si fueran ríos.

—No lo hará, yo me aseguraré de que eso no suceda. Verá que tendrá la oportunidad de salir de este horrible lugar y vengarse del rey por todos los infortunios que le ha hecho pasar.

—Los dioses saben que lo que más deseo es vengarme de ese monstruo. Cobrarle cada lágrima, cada noche en vela, la humillación de saber que se enreda con cada mujer que se le atraviesa, denigrando mi nombre y el de mi familia… lo espero con ansias. Pero a veces pierdo la esperanza. Llevamos cuatro años aquí, y todavía me duele recordar lo que paso el primer año, cómo mató a Katherine para castigarme por intentar escapar—. No puedo dejar de llorar por sus humillaciones, por robarme mi vida, mi inocencia. Aún escucho sus palabras retumbando en mi cabeza:

—«Perderás todo, tu vida, tu belleza, tu dignidad, tu equilibrio mental y emocional, las personas que amas. Perderás las ganas de vivir. Y cuando hayas perdido todo, como yo, y estés hecha mierda, ese día, tendrás el permiso de tu rey para morir».

Las lágrimas se mezclan con mi nariz congestionada, estoy llena de  odio, ira, impotencia y rabia, al saber que él está libre y yo, soy  una prisionera, pagando por algo que no hice.

—Tranquilícese, sé que la vida le dará la oportunidad de ajustar cuentas. He rezado mucho a los dioses para que eso suceda.

Sigue acariciando mi larga cabellera hasta que caigo en los brazos de Visshu


Me despierto alterada por el jodido sueño que tuve, uno que fue real, el día en que mi vida terminó:

—«Por favor, Rhaegar, yo sería incapaz de eso, por favor no me mandes a ese lugar. Soy tu esposa, tu reina.»

—«Tú no eres nada para mí, eres una maldita, te odio y te odiaré toda mi vida.»

Puedo sentir todavía sus manos estrujándome con fiereza, empujándome al suelo, sus palabras venenosas, sus ojos llenos de odio clavándose en mí.

Debería dejar esos recuerdos, pero no logro hacerlo, mientras la rata asquerosa este feliz de la vida y yo aquí, el odio seguirá creciendo.

Me levanto y voy directo al baño. Al mirarme en el espejo, me encuentro con un rostro agotado. Mis ojos enrojecidos, están rodeados de profundas ojeras que delatan mi falta de descanso.

Quizás me puse mal porque ayer cumplí cuatro años en esta maldita isla, y por eso siento esta opresión en el pecho, este hoyo en el estómago, como si algo muy malo fuera a suceder.

—«Claro que pasa algo malo, Aitana, estás aquí.»

Tomo el cepillo y empiezo a desenredar mi larga cabellera con furia. Nuevamente, mis lágrimas caen por mis mejillas.

—¡¿Por qué?!— grito con furia, y, mostrando mi rabia, arrojo el enorme cepillo de oro contra el espejo. Inmediatamente se rompe en mil pedazos, distorsionando mi imagen. Así me siento en estos momentos: fragmentada en mil pedazos.

Dejo que todo lo que siento me invada. No quiero ser fuerte, quiero que todo se vaya al carajo. Pierdo la noción del tiempo y lloro hasta que ya no salen más lágrimas.

—Estás bien, Aitana, todo estará bien— me repito, acostada en el piso.

Con todas mis fuerzas, me levanto. Aunque odio este lugar, necesito saber que las cinco familias que viven aquí están bien. Ellos han sido mi familia todo este tiempo, y no quiero que nada les pase.

Estoy haciendo el rondín, verificando los daños. Gracias a los dioses, los daños son mínimos. Solo hay que asegurar mejor el invernadero y el techo de una de las casas. Miro a mi alrededor y la isla parece tan pequeña: solo hay cinco casas, mi cárcel, y el enorme invernadero. Alrededor, solo hay agua, y más agua. La verdad, no sé ni dónde estoy, solo sé que para llegar aquí nos llevamos varios días en llegar.

Me paro sobre una roca, cubro mi frente con la mano y miro al horizonte, deseando con todas mis fuerzas que alguien venga a rescatarme.

—¡Por el amor de los dioses, Aitana! Deja de martirizarte con cosas que jamás pasarán. Ni los dioses saben dónde estás.

Permanezco un poco más, hasta que siento como alguien tira de mi falda. Agacho la mirada y veo a la pequeña Sophie. Sus enormes ojos verdes se clavan en mí.

Inmediatamente, la bajo de la piedra y me agacho, quedando a la altura de la hermosa pequeña.

—¿Qué pasó, Sophie?— le pregunto suavemente mientras acaricio su regordeta mejilla.

—¿Podemos ir al castillo a pintar, mi reina?

—Claro, pequeña, solo déjame ver cómo están tus padres y vamos—. Tomo su mano y caminamos hasta su pequeña casa. Me gustaría que las familias que viven aquí tuvieran una mejor vida, sobre todo los niños. Mi corazón se regocija al pensar que quizás esto es lo único que conocerán. Y mi odio por el malparido crece aún más, porque no solo me arrastró a mí a este infierno, también a personas buenas, personas que merecen una mejor vida.

Caminamos hasta llegar a la casa de la pequeña, toco la puerta de madera y enseguida escucho la voz de Aranza.

—Pase, por favor.

Empujo la puerta y entro. En el momento en que Aranza me ve, hace una reverencia y pide disculpas.

—Su majestad, perdóneme, pensé que era alguien más.

—No te preocupes, solo venía a ver cómo están.

—Bien, mi reina, pasamos mala noche por la tormenta, pero todo está en orden, nada de qué preocuparse.

—Ya saben que si necesitan quedarse en el castillo, pueden hacerlo. Es demasiado grande y estarían más cómodos.

—No es necesario, mi señora. Aquí estamos bien.

Sé que me está mintiendo. ¿Quién estaría bien en este pedazo de tierra olvidado, donde la vida se hace cada vez más pesada?

—Bueno, está bien. Me llevaré a Sophie por un rato.

—Sí, mi señora.

Tomo la mano de la pequeña y salimos. Enseguida, al llegar a mi cárcel, pido algo de comer para la niña y voy por los instrumentos para pintar.

No tardo nada y comenzamos con su lección. Sus enormes ojos me miran entusiasmados.

Esa pequeña es una de las razones por las que me levanto cada día. Ver su cara de felicidad e inocencia me da algo de esperanza.

Estamos tan concentradas en la pintura que dejo que mis manos se muevan rápidamente sobre el óleo. Imagino mi casa, mi hermoso jardín, donde solía correr cuando era pequeña… De pronto, la puerta se abre abruptamente. Mis ojos se clavan inmediatamente en Belinda, que parece haber corrido bastante para llegar aquí.

—Mi señora—, levanta la mano y puedo ver una carta. Me levanto de inmediato, porque debe ser una carta de mi padre. No he tenido noticias de él en meses. Corro hacia ella, me quito la carta, con las manos temblorosas, rompo el sello de mi casa. Abro la carta, y de inmediato siento que todo se nubla a mi alrededor. Un dolor asfixiante se instala en mi pecho y las lágrimas caen a mares, siento como algo en mi interior termina de tomarse.

—Mi señora, ¿qué pasa?— Belinda pregunta, preocupada.

No puedo hablar, solo lloro. De inmediatamente mi doncella trata de reconforme con un abrazo.

—Belinda, mi padre… él ha muerto—. Mi padre era lo único que me quedaba, y ahora se ha ido—logro decir entre sollozos

—¿Por qué, Freya? ¿Qué hice para merecer tanto dolor?— grito, el dolor me quema por dentro. Siento que mis órganos van a estallar. El hijo de perra tenía razón: voy a perderlo todo.

Siento que el aire se me escapa y, de repente, mi cuerpo cede. Caigo al suelo, mientras un dolor agudo y abrumador atraviesa mi cabeza, como si estuviera a punto de romperme por dentro.


Me despierto con Belinda a mi lado.

—Oh, Belinda, mi padre… lo único que me quedaba… está muerto, y ni siquiera pude despedirme de él. Moriré aquí, en este maldito lugar.

—No diga eso, mi señora. La muerte de su padre puede ser el pase a su libertad.

—No entiendo.

—Si su padre está muerto, el rey querrá anular el matrimonio. Para eso, debe sacarla de aquí. Esta es nuestra oportunidad, mi reina.

—¿Y si no viene? No lo ha hecho todo este tiempo.

—Sin su padre, su casa está débil, y él aprovechará la oportunidad. Anda, sé que está triste, pero ya habrá tiempo para llorar. Ahora, tenemos que idear un plan para salir de este lugar.


Han pasado tres lunas y ese engendro del demonio no ha venido. Ya no tengo esperanzas. El dolor me consume. Aunque luzco hermosa por fuera, por dentro me estoy marchitando.

Es una noche fría. Estoy en el salón principal. Ni el calor del fuego de la chimenea logra calentarme. Es porque mi alma está fría.

Escucho cómo las pesadas puertas de hierro forjado se abren. Reconozco esa maldita voz que me ha perseguido durante estos cuatro años.

—Ahí está, la reina sin corona—. Su tono es frío, cargado de sarcasmo, es un presagio de ha venido a darme la estocada final.