Entre Nieve y Secretos.

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Summary

En un pueblo nevado en invierno, un curioso juego permite a los habitantes dejar deseos anónimos en bolas de nieve para que otros los encuentren. Avery, escéptica de estas tradiciones, recibe una serie de mensajes de alguien que parece conocerla demasiado bien. Al comenzar a responder y seguir las pistas, se encuentra en situaciones hilarantes y románticas. La pregunta es: ¿quién está detrás de los mensajes?

Genre
Romance
Author
Vianey
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

El autobús se detuvo con un chirrido agudo que resonó en el aire helado. Avery, con la nariz enrojecida por el frío que se filtraba a través de la ventana, respiró profundamente, llenándose de la mezcla de ansiedad y resignación que siempre le provocaba el invierno. La conductora, una mujer de voz alegre que parecía brillar con la misma calidez que la bufanda de lana que llevaba, le sonrió mientras le entregaba su única maleta.

—Bienvenida a Villa Nevada, querida —dijo, su voz era como un rayo de sol en medio de la tormenta invernal—. ¡Disfruta de nuestras fiestas! —agregó, dándole una palmadita amistosa en el hombro. La palmadita, aunque cálida, hizo que Avery se sintiera aún más incómoda.

Avery forzó una sonrisa, intentando ocultar el desdén que sentía por la alegría ajena en medio de tanto frío. Sabía que la mujer solo hacía su trabajo, pero no podía evitar preguntarse cómo había personas que podían estar tan contentas en una temporada que ella detestaba. Avery ajustó la bufanda alrededor de su cuello, sintiéndose atrapada entre la amabilidad de la conductora y su propia desdicha. «¿Disfrutar? ¿De qué? ¿De congelarme los dedos y de la nieve?» pensó con un suspiro interno.

Apenas pisó el suelo cubierto de nieve, una ráfaga de aire helado la envolvió, haciendo que se estremeciera de pies a cabeza. El frío calaba en sus huesos, y su estómago se retorció en un nudo. Aquella época del año siempre había sido la menos favorita de Avery, pero estar en un lugar tan helado como aquel pueblo parecía un castigo divino. Se obligó a mirar a su alrededor, pero lo que vio solo la hizo temblar aún más.

Estaba rodeada de árboles decorados que parecían susurrar secretos navideños, con guirnaldas colgantes que brillaban con luces parpadeantes que cambiaban del rojo al verde y de vuelta al rojo. El ambiente estaba tan saturado de villancicos alegres y adornos brillantes que no podía evitar preguntarse si realmente había llegado a un pueblo o si, en cambio, estaba atrapada en un parque temático de Navidad, un lugar donde la alegría era obligatoria y el desánimo era un crimen.

«¿Qué hago aquí?» se preguntó sintiendo como su corazón latía desbocado. Mientras observaba las sonrisas de las personas que pasaban, riendo y disfrutando de su tiempo, sintió un vacío en su pecho. «¿Por qué no puedo sentir eso también?» La nostalgia la invadió, recordando momentos de su infancia que se habían vuelto recuerdos lejanos y borrosos.

Caminó unos pasos, dejando que la nieve crujiera bajo sus botas, intentando recordar la emoción de las festividades. Pero solo sentía un frío interno, una sensación de aislamiento entre la multitud vibrante. El sonido de risas y villancicos se convirtió en un eco lejano, mientras su mente se sumía en un mar de pensamientos melancólicos.

Con un suspiro resignado, Avery se obligó a avanzar hacia el corazón del pueblo, sintiendo que cada paso era un esfuerzo monumental. «Un mes», recordó, inspirando profundamente mientras su aliento formaba una nube de vapor que flotaba efímera ante su rostro. «Solo será un mes». La idea de pasar tanto tiempo en ese lugar lleno de festividades le resultaba agobiante.

Mientras arrastraba su maleta por el empedrado, el sonido del bullicio festivo la rodeaba. Las personas a su alrededor se saludaban con efusivos abrazos y risas contagiosas. Niños con gorros de reno y guantes rojos corrían entre los adultos, lanzando bolas de nieve que estallaban en risas y gritos de alegría. Una pareja de ancianos, con arrugas que parecían contar historias de años pasados, se detuvo frente a ella para acomodar un bastón de caramelo gigante en medio de la plaza, riendo como si el mundo no pudiera ser más perfecto.

Avery se sintió como un extraño personaje en un festival donde todos parecían tener un papel definido, cada uno aportando su alegría y entusiasmo, excepto ella. «¿Por qué no puedo ser como ellos?”» se preguntó, sintiendo una punzada de soledad en su pecho. Observó las sonrisas brillantes, la chispa en los ojos de los niños y la complicidad de los adultos, y se sintió atrapada en una burbuja de desasosiego. El aire frío le mordía la piel, pero el verdadero frío venía de su interior.

Continuó avanzando unos pasos, tratando de sumergirse en la atmósfera navideña, cuando un vendedor ambulante se cruzó en su camino, extendiendo una taza humeante hacia ella con una amplia sonrisa.

—¿Qué tal una bebida para calentar el alma, señorita? —preguntó lleno de entusiasmo contagioso—. Es nuestra receta especial de Navidad.

—No, gracias —respondió Avery, en un tono más seco de lo que pretendía. Al ver cómo la sonrisa del hombre se desvanecía un poco, sintió una punzada de culpa apretarle el estómago. «No quería ser grosera», reflexionó, sintiendo el peso de su rechazo. Pero al mirar a su alrededor, la abrumadora parafernalia navideña la hacía sentir como si estuviera atrapada en un torbellino de luces y música, un mundo que no le pertenecía.

«Este pueblo parece vivir sólo para la Navidad», pensó, mientras seguía caminando, sus pasos resonando en el silencio que dejaba a su paso. «Ojalá pueda sobrevivir todo este mes sin volverme loca». Las decoraciones, las risas y el bullicio la rodeaban como una tormenta inminente, y en su interior, la ansiedad crecía, como un eco de la soledad que nunca la abandonaba.

Mientras avanzaba, el aire frío se mezclaba con el aroma dulce de los postres navideños, y por un instante, Avery cerró los ojos, deseando poder disfrutar de ese momento, de esas pequeñas cosas que todos parecían celebrar. Pero, al abrirlos, la realidad de su desconexión la golpeó de nuevo, y su corazón se hundió en un mar de pensamientos sombríos.

«Un mes», repitió para sí misma, aferrándose a la idea de que al final de esa travesía, podría regresar a la calidez de su hogar, lejos de las luces brillantes y la alegría desbordante.

Avery siguió caminando, intentando ignorar la felicidad que la rodeaba, una alegría inquebrantable que parecía persistir a pesar de su evidente desdicha. Tras varios minutos de caminar entre risas y luces parpadeantes, finalmente llegó a su hotel. Cuando lo miró, su corazón se hundió un poco más; estaba completamente adornado con luces brillantes y decoraciones navideñas. «Esto debe ser una tortura», pensó, resignándose a la idea de que su sufrimiento navideño continuaría incluso en aquel lugar.

Con un suspiro profundo, tomó su maleta y empujó las puertas del hotel, entrando en un ambiente que prometía calidez y confort. En el instante en que cruzó el umbral, sintió un alivio inmediato, como si el horrible frío del invierno se desvaneciera detrás de ella. El calor del vestíbulo la envolvió, y aunque la decoración festiva seguía presente, la atmósfera era más acogedora.

La recepción no estaba muy concurrida; solo un par de familias se movían por el área, riendo y compartiendo historias. Avery se acercó al mostrador, sintiéndose un poco fuera de lugar, cuando una mujer la recibió con una gran sonrisa y sus orejas de elfo destacando entre su cabello despeinado.

«Esto debe ser una broma», pensó para sus adentros, intentando que su expresión no delatara el desdén que sentía en ese momento. La mujer, ajena a los pensamientos de Avery, la miró con una chispa de alegría en los ojos.

—¡Bienvenida a Villa Nevada! —dijo la recepcionista con entusiasmo, su voz era como un canto alegre en medio del silencio que la rodeaba—. ¿En qué puedo ayudarte hoy?

Avery tragó saliva, sintiendo que esa bienvenida era demasiado efusiva para su ánimo. «¿Por qué todos están tan felices?» se preguntó, sintiendo el peso de la incomodidad en su pecho.

—Hola —respondió, intentando mantener su tono neutral—. Tengo una reserva a nombre de Avery… Avery White.

La mujer asintió con una sonrisa aún más amplia, como si su nombre le trajera una alegría inexplicable. Mientras la recepcionista tecleaba en la computadora, Avery se permitió observar el entorno. Había una gran chimenea decorada con medias colgantes, y el aroma a pino y canela llenaba el aire, evocando memorias de navidades pasadas que le parecían tan lejanas. Sin embargo, ese aire festivo la hacía sentir aún más aislada. «¿Por qué me siento así? Este lugar debería ser bonito, ¿verdad?» se cuestionó, sintiendo la nostalgia apretar su corazón.

—¡Aquí está! —exclamó la recepcionista, rompiendo el hechizo de sus pensamientos. Le entregó una llave dorada con una sonrisa—. Tu habitación está en el segundo piso, ¡disfruta de tu estancia!

Avery tomó la llave, sintiendo el frío metal entre sus dedos, como un recordatorio de que todavía no podía escapar de la realidad. Mientras se alejaba del mostrador, el bullicio de la familia más cercana la hizo girar la cabeza. Un grupo de niños estaba haciendo un concurso de quién podía gritar “¡Feliz Navidad!” más fuerte, y ella no pudo evitar fruncir el ceño. «Esto es demasiado», pensó, luchando contra el deseo de salir corriendo.

Con la maleta en mano y una sensación de agotamiento profundo, Avery se dirigió al elevador, deseando que, al llegar a su habitación, pudiera encontrar un refugio del mundo exterior. Avery subió en total silencio, y al llegar a su piso camino rumbo a su habitación, cada paso que daba resonaba en el silencio de aquel pasillo, como un eco de su creciente ansiedad. La alfombra suave bajo sus pies era un alivio momentáneo, pero no podía escapar de la sensación de que cada rincón del hotel le recordaba que estaba en un lugar que celebraba algo que ella no podía comprender. Al llegar a la puerta de su habitación, se detuvo un momento, sintiendo el frío metal de la llave en su mano como si fuera un talismán que la protegeria del mundo exterior. Con un giro decidido, introdujo la llave en la cerradura y empujó la puerta.

Al entrar, se encontró con un pequeño refugio que, aunque decorado con adornos festivos, parecía ser un espacio personal, un pequeño santuario que podría ser suyo, si tan solo pudiera dejar atrás sus pensamientos. El aire estaba impregnado de un ligero aroma a pino, y la ventana mostraba una vista de la plaza, iluminada y bulliciosa. Pero a través de los cristales, la alegría del pueblo parecía tan lejana como la calidez de un hogar.

Caminó hacia la ventana y observó la escena afuera. Los niños seguían jugando en la nieve, y la pareja de ancianos que había visto antes estaba ahora en la plaza, sonriendo mientras decoraban un árbol gigantesco. «¿Cuántas tradiciones pueden tener en un solo lugar?», se preguntó Avery, sintiéndose un poco más sola con cada instante que pasaba.

Se giró y dejó caer su maleta en el suelo, sintiéndose exhausta. Se sentó en la cama, que crujió suavemente bajo su peso, y se cubrió con una manta suave que había encontrado en el sofá. Se sintió un poco más cómoda, aunque aún no podía sacudir la sensación de ser un extraño en un lugar que rebosaba felicidad.

Con un suspiro que parecía llevarse parte de su ansiedad, Avery se levantó y comenzó a desempacar su maleta. Las prendas de vestir caían sobre la cama con un suave susurro de tela, mientras que los libros se amontonaban de manera desordenada a su alrededor. Al sacar un par de fotos, se detuvo en seco. Al ver las imágenes de su vida anterior, un tirón en el pecho la hizo tambalear. Sus padres sonriendo, sus escapadas de verano bajo el sol radiante, y las cenas familiares llenas de risas y abrazos; todos esos momentos, ahora, parecían tan distantes, como ecos perdidos en el tiempo.

Un escalofrío de nostalgia recorrió su espalda. Avery apretó los labios, decidida a no dejar que esos recuerdos la consumieran. Con un gesto resolutivo, tomó su celular y marcó el número de Leila, su jefa y mejor amiga. La espera se sintió larga y pesada, como si el silencio de su habitación absorbiera su aliento. Finalmente, tras unos segundos que parecieron una eternidad, la voz familiar de Leila llenó el espacio.

—¡Avery! ¿Cómo va todo? —preguntó Leila con un entusiasmo que era casi palpable, y una sonrisa involuntaria se dibujó en el rostro de Avery al escuchar la calidez en su tono.

—Hola. Estoy bien, aunque aun tratando de adaptarme a este lugar. Villa Nevada es... diferente —respondió, mirando por la ventana. El paisaje nevado que se extendía más allá era a la vez hermoso y ajeno, con montañas cubiertas de un blanco inmaculado que contrastaba con su ansiedad.

—Diferente puede ser bueno. ¿Has explorado un poco? —La voz de Leila se tornó más suave, casi comprensiva, como si pudiera sentir la lucha interna de Avery.

Avery hizo una pausa, sintiendo que el nudo en su estómago se aflojaba un poco. El recuerdo de las palabras de Leila la animaban, pero la idea de salir a un mundo nuevo la asustaba.

—No, todavía no. Solo he desempacado algunas cosas. Siento que, de alguna manera, todavía estoy atrapada en el pasado —admitió, sintiendo cómo el peso de la tristeza comenzaba a regresar.

—Es natural, Avery. Estás en un lugar completamente nuevo, rodeada de extraños. Pero recuerda por qué estás allí. Tienes un trabajo que hacer, y este es un nuevo comienzo. Te prometo que te vas a encariñar con este lugar y harás nuevos recuerdos —Leila hablaba con una convicción que hizo que Avery sintiera un destello de esperanza. Sin embargo, el eco de su propia soledad todavía resonaba en su mente.

—Espero que tengas razón. A veces siento que estoy en una especie de burbuja, mirando a través del vidrio mientras todos los demás se divierten. Tal vez solo necesite un poco de tiempo para adaptarme —murmuró, sintiendo un leve ardor en sus ojos.

—¿Y qué tal si te anotas a algunas actividades locales? Podría ser una buena manera de conocer gente y distraerte. Escuché que la tradición de las bolas de nieve es muy popular en esta época del año. Me encantaría que fueras y me contaras cómo te va —sugirió Leila, su entusiasmo palpable incluso a través del teléfono. La emoción en su voz era contagiosa, pero Avery sintió que una pared de resistencia se levantaba en su interior.

—Prefiero enfocarme en el trabajo y solo hacer lo que vine a hacer —respondió Avery, manteniendo la mirada fija en la ventana. Fuera, la nieve caía suavemente, cubriendo el paisaje en un manto blanco y sereno. A pesar de su belleza, el frío exterior se reflejaba en el helado nudo que sentía en su pecho.

Por un instante, el silencio se hizo pesado entre ellas, como si la distancia que las separaba no sólo fuera física, sino también emocional. A través del teléfono, pudo escuchar cómo su amiga soltaba un gran suspiro, un sonido que resonó con la frustración de años pasados.

—Avery, deberías aprovechar esta oportunidad para darle nuevamente una oportunidad a la Navidad —las palabras de Leila eran familiares, un eco de cada diciembre anterior. Cada año, Leila intentaba sacarla de su burbuja de aislamiento, y cada año, fracasaba. No importaba lo que hiciera su amiga, Avery siempre encontraba la manera de pasar la Navidad sola, transformando un día que para muchos era mágico en una jornada ordinaria y sombría.

—No lo sé, Leila. La Navidad siempre ha sido... complicada para mí. ¿Por qué debería cambiarlo ahora? —La tristeza se filtró en su voz, y el ardor de la nostalgia volvió a apoderarse de ella. Miró las fotos sobre la cama: sus familia riendo, abrazos cálidos, luces brillantes que iluminaban momentos felices que parecían pertenecer a otra vida.

—Porque este lugar puede ofrecerte algo diferente, hay muchas actividades hermosas en ese pueblo, puedes intentar hacer alguna —insistió Leila, su tono era firme pero compasivo. Avery podía imaginar la expresión en su rostro, llena de preocupación y cariño.

Avery sintió un tirón en su corazón, una batalla interna entre la seguridad de su aislamiento y el deseo de abrirse a nuevas experiencias. ¿Qué pasaría si la Navidad realmente pudiera ser diferente? Pero la idea de salir, de interactuar con personas que no conocía, la llenaba de ansiedad.

—No creo que solo participar en una tradición me cambie. Es solo una celebración más, y no estoy lista para fingir que todo está bien cuando no lo está —su voz tembló ligeramente, y se dio cuenta de que estaba revelando más de lo que quería.

—Avery, no tienes que fingir nada. Puedes simplemente ser tú misma. Y si decides que la Navidad no es para ti, está bien. Pero por lo menos, ¡dale una oportunidad! Tal vez encuentres algo que te sorprenda —Leila respondió, su tono ahora más suave, casi como un susurro que buscaba penetrar la muralla que Avery había construido a su alrededor.

La conversación continuó, pero la mente de Avery seguía atrapada en la encrucijada entre su deseo de permanecer protegida y su anhelo de cambiar. El exterior se veía más brillante, el suave resplandor de la nieve creando un contraste con sus pensamientos oscuros. Al final, lo que Leila decía resonaba en su mente: quizás esta vez la Navidad podría ser diferente.

—Está bien, pensaré en ello —dijo Avery, dejando escapar un ligero suspiro que pareció cargar el aire a su alrededor con una chispa de curiosidad. Había una pequeña parte de ella que anhelaba abrirse a nuevas experiencias, una parte que se preguntaba si, tal vez, solo tal vez, valía la pena intentarlo.

Mientras Leila continuaba hablando, su voz se convertía en un murmullo distante en el fondo de su mente, atrapada en la niebla de su propia introspección. De repente, algo la hizo volver a la realidad. En la plaza, un chico estaba repartiendo lo que parecía ser chocolate caliente, su risa resonaba como un eco alegre entre los habitantes del pueblo. Al principio, Avery no prestó mucha atención, pero a medida que el chico se movía entre la multitud, una extraña familiaridad empezó a abrirse paso en su mente.

«¿De dónde lo conozco?» pensó, frunciendo el ceño mientras sus ojos lo seguían, buscando pistas en su rostro. Leila seguía hablando, sus palabras estaban llenas de entusiasmo, pero Avery se encontraba atrapada en su propio laberinto de recuerdos, luchando por recordar si realmente conocía a aquel chico o si simplemente se dejaba llevar por la confusión.

—Leila, debo irme. Necesito terminar de desempacar —interrumpió Avery, la determinación en su voz contrastaba con la inquietud que sentía en el estómago.

Leila, consciente de la obstinación de su amiga, asintió con una sonrisa comprensiva. —Está bien, pero no te olvides de lo que te dije. —Su tono era ligero, pero se podía escuchar una chispa de preocupación en ella.

Avery se apresuró a desempacar, aunque su mente seguía divagando entre el chico y su proyecto de trabajo. «¿Era él un conocido de la universidad?» La idea la inquietaba, y la desazón se mezclaba con la curiosidad.

Finalmente, decidió que era hora de buscar algo para comer. Se dio cuenta de que el hotel no ofrecía servicio a la habitación, lo cual la irritó. «¿Por qué un lugar así no lo tendría?» pensó, pero la falta de opciones la obligó a conformarse. No había otro hotel más cercano a su trabajo, así que tendría que adaptarse.

Con un leve resoplido de frustración, tomó su teléfono y la llave de la habitación, y salió hacia la recepción. Allí, la recepcionista, que no había dejado de sonreír desde su llegada, la miró con una calidez casi contagiosa.

—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó y su voz melodiosa resonó en el espacio acogedor del vestíbulo.

—Hola, me preguntaba dónde queda el restaurante del hotel —respondió Avery, intentando que su voz sonara tranquila, aunque su mente aún danzaba entre recuerdos y preguntas.

La recepcionista le indicó con una sonrisa brillante iluminando su rostro. —Es fácil de encontrar. Solo sigue este pasillo y gira a la derecha. Está justo al lado del salón de eventos. ¡Espero que disfrutes de tu comida!

Avery agradeció con un asentimiento, sintiendo una extraña calidez en la amabilidad de la recepcionista. Mientras se dirigía al restaurante, su mente seguía divagando, atrapada entre la búsqueda de respuestas sobre el chico que había visto y la expectativa de lo que el pueblo podría ofrecerle.

Avery entró al restaurante, un lugar acogedor que emanaba un suave aroma a especias y repostería recién horneada. La decoración navideña adornaba cada rincón: luces parpadeantes colgaban del techo y guirnaldas de pino verde decoraban las paredes, creando un ambiente cálido y festivo que la envolvía con su magia.

Buscando un respiro de tranquilidad, rápidamente encontró una mesa vacía junto a una ventana, desde donde podía observar la plaza adornada mientras se acomodaba en la silla. Sin embargo, al mirar a su alrededor, notó que no había ningún mesero a la vista. Un ligero fruncimiento de ceño apareció en su rostro. «¿Es normal que nadie esté aquí para atender?» La impaciencia comenzó a brotar en su interior, acompañada por un ligero sabor a frustración.

Esperó un momento más, sus pensamientos viajando de nuevo hacia el chico del chocolate caliente, su mente estaba repleta de preguntas y especulaciones. «¿Por qué me resulta tan familiar?» Aquella imagen se había grabado en su memoria, como si tuviera un significado especial. Pero al ver que nadie llegaba, la impaciencia ganó, y decidió que era mejor ponerse de pie para buscar ayuda.

Al levantarse, sin embargo, no se percató de la persona que se acercaba. Un instante después, chocó de lleno con alguien, el impacto inesperado casi la hizo caer. En un rápido acto reflejo, esa persona la sostuvo con sus manos firmes y cálidas estabilizándola. Avery se recompuso, su corazón latía con fuerza en su pecho, y al voltear para disculparse por su torpeza, se encontró con el misterioso chico que había estado pensando.

¡Gracias por leer el primer capítulo de Entre Nieve y Secretos! Espero que te haya dejado con ganas de más y que quieras seguir acompañando a Avery en esta historia llena de magia navideña, secretos por descubrir y momentos inesperados. Si te ha gustado, no dudes en comentar y compartir tus pensamientos, ¡me encantaría saber qué piensas de los personajes y de lo que vendrá! ❄️⭐

No olvides seguir la historia para no perderte los próximos capítulos. ¡Nos vemos en el siguiente!