la comunidad de las putas

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Summary

"La Comunidad De Las Putas", Cinco mujeres, cinco historias, un destino, miles de motivos. Una oportunidad. GIRA EN TORNO A UN GRUPO DE MUJERES, EN SU MAYORIA INMIGRANTES, QUE DEBIDO A CIRCUNTANCIAS ATENUANTES TERMINAN EJERCIENDO EL OFICIO MAS ANTIGUO DEL MUNDO, UNAS POR DINERO, OTRAS POR PLACER, O POR PODER Y POR AMOR

Genre
Romance/Scifi
Author
Atilio
Status
Ongoing
Chapters
5
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1


PRIMER DÍA DE TRABAJO.

“La vida, a veces es irónica, y el destino es una perra hambrienta de tragedia.”

—¿Cuánto cobras? —preguntó el hombre con una mirada discurría entre el deseo y la vergüenza. se le notaba inquieto, nervioso, aunque trataba de ocultarlo tras el disimulo que le permitían los vidrios oscuros del auto; aquel era el primer cliente de la noche.

—Veinte dólares la hora —respondio tartamudeando un poco. Apenas podía ocultar el terror de estar en ese lugar—. Nada de besos. Sin depravaciones.

Él frunció el ceño, era notorio la inexperiencia de la chica que deseaba comprar.

—¿No estás muy joven para hacer esto? —ahora su mirada se había llenado de un cierto desdén. La impaciencia se tornó en cautela. Bajó un poco el vidrio oscurecido de su automóvil, le dio una mirada rápida, desde la punta de los tacones, hasta el cabello.

Ella sonrió; aunque fue una sonrisa fingida, sabia, que estaba por perder su primer cliente, incluso antes de comenzar.

Había practicado previamente los gestos, el tono de voz e incluso la sonrisa, como parte de un entrenamiento recibido el día anterior, aunque no sirvió de mucho, todo iba mal.

De un momento a otro se exaspero, ante aquella mirada, ya no era vergüenza si no algo más parecido a la indignación.

—¿Quieres criarme o tener sexo conmigo? Ya subí el precio a treinta dólares la hora.

—Estás loca —gritó el hombre—. Es mucho dinero por una niña- movía las manos y los brazos de manera descontrolada.

—¿Y tú no tienes una esposa para andar por estos lugares? —replicó ella, sintiendo cómo la indignación comenzaba a calar en su voz.

—Para que me estén insultando, me hubiera quedado con mi esposa —dijo cierta ira, aunque impregnada de una resignación evidente, aquel costo era muy alto para él.

—Entonces mejor lárgate —contestó Clara con la cara enrojecida.

El rubor en su rostro, el alto tono de voz y los, además, evidenciaban la rabia contenida. Por semanas, todo aquello eclosiono justo en ese momento, frente a su primer intento fallido de conseguir un cliente.

Conseguir un trabajo decente había sido un laberinto sin salida. Apenas unos meses atrás se había graduado de la universidad como licenciada en lenguas y literatura, un título que, en su mundo, parecía más un adorno que una herramienta. La ironía de la vida se le presentaba como un espejo distorsionado, reflejando sueños marchitos y esperanzas que se desvanecían entre las cuentas por pagar, el costo del alquiler y la cotidianidad.

“La ironía de la vida es cruel”, se decía a sí misma mientras la discusión se deslizaba entre ellos. Su mente viajaba a un pasado lejano. Recordó una noche el regreso a casa con su padre, el aire impregnado de la fragancia de la ciudad. Las mujeres en las esquinas de la calle Libertador en Caracas, vestidas con ropas que apenas cubrían su piel, se convirtieron en un recuerdo imborrable. Le había preguntado a su padre qué hacían esas mujeres y él, con una voz que parecía arrastrar el peso de los años, respondió: “Son mujeres de la vida fácil”. “Bueno, papá, esta vida de fácil no tiene absolutamente nada”, pensó, mientras una lágrima, se deslizaba suavemente por sus mejillas, ahora atiborradas de maquillaje. En ese instante, comprendió que la vida, en su complejidad, no ofrecía respuestas sencillas, solo un camino lleno de sombras y luces, donde cada elección se convierte en el reflejo de aquello que pudo haber sido o de lo que podría ser. “que injusto es todo”

Laura que estaba a los lejos, observando la escena se apresuró en acercarse.

—De esa forma no vas a conseguir clientes, querida —era Laura, “la sabrosona”, como la conocían en el medio. Una mujer de nacionalidad cubana; cabello crespo y piel morena, ojos claros y labios pequeños. —Lo único que vas a lograr es espantarlos —añadió con una sonrisa y un guiño.

—Me siento estúpida vestida de esta forma, apenas y puedo moverme, como si fuera una muñeca en un aparador—mientras miraba su reflejo en el cristal empañado de la ventana.

—Problemas del oficio, querida —respondió Laura entre risas, como si hablara de algo tan trivial como el clima—. Así nos sentimos todas, ya te irás acostumbrando.

Laura, además de ser compañera de oficio, también era compañera de cuarto; compartían un departamento que pagaban entre las dos y Ana, una joven estudiante, para poder costear el alto valor de los alquileres en la ciudad.

—Tengo frío —murmuró Ana, sintiendo cómo la brisa nocturna se colaba por los pliegues de su diminuto atuendo.

—Ven, tomemos algo; yo invito —dijo Laura tomando su mano. La llevó a una cafetería cercana donde solían frecuentar junto a sus colegas de oficio durante las horas laborables.

“La vida detrás de las sombrases más fría de lo habitual.Las lágrimas suelen secar más lento.”

La noche transcurría con su habitual ritmo. Todas las chicas parecían haber encontrado clientes, incluso Laura, esa mujer experimentada en los laberintos del amor por alquiler. Sin embargo, Clara, la joven novata, seguía sentada en su rincón, esperando que el destino le sonriera. Necesitaba con urgencia algo de dinero; la larga espera acentuaba su nerviosismo. Se preguntaba: “¿Qué se sentirá tener sexo por dinero? ¿Será desagradable? ¿Qué tanta diferencia puede haber? Es solo sexo”.

—Esa chica de allá atrás —preguntó un cliente maduro, un hombre de unos cuarenta años con cabello corto, barba bien cuidada y gafas que le daban un aire intelectual.

—Es nueva —respondió Laura, con una mezcla de complicidad y protección. Conocía al hombre; era un cliente habitual.

—La quiero a ella.

—Es costosa; el doble de la cuota habitual.

—No importa, lo pagaré —dijo él. En cierta forma, Laura la protegía; a fin de cuentas, en algún momento tendría su primer cliente. ¿Qué mejor opción que uno conocido, del cual sabía de primera mano que no era peligroso y además generoso en el pago y las propinas?

—Dame un momento; iré por ella.

Se acercó a Clara, quien estaba sentada en una banca con un libro entre las manos. La imagen de la joven sumida en sus pensamientos contrastaba con el bullicio del lugar.

—Conseguí tu primer cliente.

—¿Cómo? —dijo Clara, apenas logrando articular las palabras. Dejó caer el libro; las piernas le temblaban y el corazón le empezó a latir aceleradamente.

—Aquel hombre del auto elegante es un cliente frecuente; le pedí el doble de la tarifa habitual y no tuvo problemas. Te quiere a ti.

—¿Por qué a mí?

—Eres la novedad, amiga; aprovéchalo.

Clara se incorporó torpemente; los tacones altos y el vestido corto y exageradamente ajustado le impedían caminar con naturalidad. A tropezones llegó al auto; el hombre que la observaba desde lejos sonrió. La torpeza involuntaria con la que caminaba era un síntoma claro de su novatez.