Secretos de polvo

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Summary

Un magno evento en un lujoso y antiguo hotel en el que Cristina descubre algo ensordecedor. Con la ayuda de Gerardo, un joven con un pasado oscuro, y Esther, una mujer decidida a enfrentar a su peor enemigo, Cristina se adentra en un oscuro mundo en el que cada paso hacia la verdad despierta visiones desgarradoras y la acercan a un peligro que podría costarle la vida. ¿Podrá exponer tantos secretos antes de que sea demasiado tarde, o se convertirá en otra víctima olvidada bajo el polvo del tiempo?

Genre
Thriller
Author
Máquina
Status
Ongoing
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

El sol comenzaba a esconderse detrás de las montañas, pintando el cielo norteño, a veces hostil y a veces encantador, de tonos anaranjados y morados. Cristina Cavazos ajustó su mochila sobre los hombros y caminó hacia la terminal del aeropuerto, donde su padre, Elías, la esperaba junto a su maleta. La joven llevaba el pelo largo y oscuro, aún un poco húmedo, recogido en la parte baja de la nuca, y sus ojos expresivos reflejaban una mezcla de emoción y nerviosismo. No era común que su padre la llevara a eventos de trabajo, pero esta vez era diferente. Era la reunión anual de la Cámara Mexicana Agroalimentaria en la CDMX, y Elías quería que su hija viera de cerca cómo se tomaban decisiones en el mundo que él tanto amaba.

—¿Lista? —preguntó Elías con una sonrisa, mientras le pasaba el boleto de avión.

—Al menos, preparada, o eso creo. —respondió Cristina, devolviéndole la sonrisa. Aunque no lo decía abiertamente, estaba emocionada. Era su primera vez en este tipo de eventos, y aunque sabía que el viaje era un asunto de negocios, esperaba tener algo de tiempo para explorar.

El vuelo fue tranquilo. Cristina pasó la mayor parte del tiempo mirando por la ventana, imaginando cómo encontraría la ciudad, tenía tanto de no ir. Cuando aterrizaron, un chofer los esperaba para llevarlos al Hotel Galería Real, un lugar antiguo pero lujoso, ubicado cerca del centro histórico. El edificio era imponente, con fachadas de piedra y ventanas altas que parecían contar a gritos miles de vidas pasadas.

—Este lugar tiene más de cien años —explicó Elías mientras caminaban por el lobby—. Es un símbolo de tradición y elegancia. Aquí se han tomado decisiones que han cambiado el rumbo del país, no solo de nuestro giro, pero que impactan a mucha gente; éstas paredes han atestiguado tantas pláticas y algunos gritos de gente sobria y borracha.

Cristina asintió, impresionada por la decoración clásica y los detalles cuidadosamente preservados. Pero algo en el ambiente le pareció extraño, como si el hotel guardara algo más detrás de sus paredes impecables.

Esa noche, en la cena previa a las conferencias, Cristina coincidió con personas que ya le eran familiares y conoció a otras, algunas más enigmáticas de lo que a ella le resultaba cómodo manejar.

Esther Elizondo, la tía de Gerardo, era una mujer de mirada firme y palabras directas. Cristina notó que Esther y Cástulo Morales, uno de los dirigentes de la cámara, intercambiaban miradas cargadas de tensión. Cástulo, con sus trajes caros y su sonrisa calculadora, parecía el hombre más poderoso de la sala, pero había algo en su actitud que a Cristina le resultaba inquietante.

—¿Y tú qué piensas de todo esto? —preguntó Gerardo, acercándose a Cristina con una sonrisa tímida. El joven de 22 años tenía el pelo corto y oscuro, su mirada era seria pero amable.

—No estoy segura —respondió Cristina, sonriendo—. Todo es tan... grande. Y la gente aquí parece tan segura de sí misma.

—No te dejes engañar —dijo Gerardo en voz baja—. Aquí todos tienen algo que esconder.

Cristina lo miró con curiosidad, pero antes de que pudiera preguntar más, su padre la llamó para presentarle a Emma Orozco, una cafetalera del sur, y a Valeria Aldama, una tequilera de occidente. Ambas mujeres eran fuertes y decididas, pero Cristina notó que sus sonrisas no llegaban a los ojos. Algo las preocupaba.

La cena transcurrió entre conversaciones sobre negocios y planes futuros, pero Cristina no podía sacarse de la cabeza la sensación de que algo no encajaba. Cuando el postre fue servido, decidió tomar un poco de aire fresco. Caminó por los pasillos del hotel, admirando los cuadros antiguos y las lámparas de cristal, hasta que llegó a una sala apartada. La puerta estaba entreabierta, y al empujarla, descubrió un pasillo estrecho y oscuro.

—Esto no puede ser parte del mismo hotel —murmuró, recargándose en la pared. Para su sorpresa, una parte del recubrimiento de madera en el muro cedió ligeramente, revelando un pasadizo escondido. Su primera reacción fue asustarse, regresó presurosamente la madera botada a su lugar, tosiendo por el polvo fino que salió al regresarla.

Su corazón latió con fuerza. ¿Qué clase de hotel tenía pasadizos secretos? Cristina sintió la curiosidad recorriendo todo su ser. ¿Qué podría haber ahí? Lo tenía decidido, entraría rápido a echar un vistazo.

—¿Qué haces aquí? —una voz fría la hizo saltar. Era Cástulo, parado en la entrada de la habitación con una mirada que heló la sangre en sus venas.

—Me... me perdí —balbuceó Cristina, tratando de esconder lo intrigada y asustada que estaba.

Cástulo esbozó una sonrisa, pero no había calidez en su expresión. —Este hotel tiene muchos rincones interesantes. Pero no todos son seguros para una jovencita como tú. Te sugiero que regreses a la cena.

Cristina asintió y salió de ahí a paso rápido, pero su mente no dejaba de dar vueltas. ¿Qué estaba pasando en ese hotel? ¿Y por qué Cástulo parecía tan interesado en que no estuviera merodeando en esa zona?

Cuando regresó a la cena, Gerardo la miró con preocupación. —¿Estás bien? Pareces haber visto un fantasma.

—No estoy segura —respondió Cristina, bajando la voz—. Pero creo que este lugar no es lo que parece.

Gerardo asintió, como si ya lo supiera. —Ten cuidado, Cristina. Aquí no todo es lo que parece.

Esa noche, mientras se preparaba para dormir, Cristina no podía sacarse de la cabeza el pasadizo que había encontrado, ni a Cástulo. Sabía que había tropezado con algo peligroso, porque ella llegó por casualidad a ese lugar, pero Cástulo sabía exactamente dónde estaba y llegó a ella sin hacer ruido; también sentía que no iba a poder olvidar lo ocurrido y seguir adelante con el viaje, solo porque sí. Algo oscuro se escondía en el Hotel Galería Real, y estaba decidida a descubrir qué era.

Mientras cerraba los ojos, una imagen fugaz cruzó su mente: una mujer, desesperada, siendo arrastrada por hombres encapuchados. Cristina abrió los ojos de golpe, el corazón latiendo con fuerza. ¿Había sido solo su imaginación? O, ¿era algo más? Seguramente, pensó, estaba atontada por el bajón de adrenalina y la cantidad de polvo que respiró. Aún sentía esa leve picazón en la parte de atrás de la garganta.

Tomó un poco de agua del vaso que tenía en la mesilla de noche al lado de su cama, se dio la vuelta e intentó quedarse dormida. Durmió de manera intermitente, más bien, solo dormitaba. No fue una noche tranquila para Cristina. Sonó su despertador y sabía que el día sería largo.

— Papá, ¿te importaría que me quedara descansando durante la mañana? Podría alcanzarte en la comida — Elías le dijo que no, que ya tenía edad para atender asuntos laborales a pesar de no haber pasado una buena noche, como todo el mundo lo hace. — Báñate y arréglate, tenemos que estar en el restaurante en una hora para el desayuno inaugural. —

Cristina entendió que su padre quería que fuera responsable, y aunque en realidad estaba cansada, pensó que, si quería saber la verdad sobre ese pasadizo, Cástulo y la razón de las miradas hostiles entre Esther y él, debía estar en cada evento en el que pudiera obtener detalles, ya fuera por observación o por conversaciones. Esto era una madeja enredada y debía jalar el hilo, debía encontrar el principio y seguir hasta dar con la verdad.

Decidió vestir formal, pero cómoda; estaría en la jornada de la cámara, pero haría un poco de investigación cuando tuviera oportunidad; necesitaba usar zapatos que no hicieran tanto ruido al caminar por los pasillos sin alfombra, pero que tampoco se atoraran en las áreas con tapetes, debía ser capaz de correr sin riesgo de caerse si es que alguien se acercaba. Estaba mentalizada a que esos días viviría una especie de doble vida y tendría que hacer maravillas con el tiempo.