Capítulo Uno
Olivia.
Me encontraba en mi primera fiesta de final de semestre de la universidad.
Era una sensación extraña. En la secundaria, siempre había evitado la escena de la fiesta. Sin embargo, ahí estaba yo, en la casa de algún estudiante universitario al azar, enfiestada con estos compañeros como si los conociera y ellos me conocieran a mí. Lo que claramente no hacían. Pero eso para mí estaba bien. No me estaba aquí por ellos. Me hallaba aquí solo por una persona.
Jeon Jungkook.
Como de costumbre, se veía rodeado por una pandilla de chicas y de algunos chicos. No podía escuchar lo que estaba diciendo, pero sus admiradores claramente lo encontraban ingenioso y entretenido, a juzgar por la forma en la que reaccionaron. Me preguntaba si debería ir y unirme. Justo cuando reuní el valor, alguien tocó mi hombro.
—Olivia, ¿eres tú?
Oh no. Era Peludo Andy de mi clase de música teórica. Para ser honesta, no era tan peludo, pero le decían así por su cabello despeinado y la continua barba de un día en su rostro. Unos ojos azules asomaban por debajo de unas hebras de cabello marrón oscuro rizado.
—Sí, soy yo —dije a regañadientes, evitando su mirada. En lugar de mi habitual moño despeinado, llevaba mi cabello suelto, y me había colocado más maquillaje del acostumbrado. Recé para que no hiciera un escándalo importante sobre ello. No aquí.
Silbó como el imbécil que era.
—¿En serio? ¡Vaya! Luces un poco caliente, creo. ¿Estás borracha? Tu rostro está todo rojo.
—Es rubor, Andy —dijo alguien.
Me di la vuelta, avergonzada.
Mi vergüenza se convirtió en horror cuando vi quien había hablado. Era Jungkook. ¿No se encontraba de pie allí a unos metros de mí hace solo un momento? Entonces, ¿qué estaba haciendo frente mío?
—Hola, Jungkook —saludé, una sonrisa estúpida que se extendía por mi rostro. No pude evitarlo, tenía ese efecto en mí. Cada vez que se encontraba cerca, mi corazón idiota daba un golpecito de lástima, y mi estómago hacía volteretas. Era una locura.
—Andy, deja a mi chica en paz —dijo Jungkook mientras envolvía su brazo alrededor de mi cintura. Olí alcohol en su aliento—. Creo que luce increíble.
—Esos son unos terribles anteojos cerveceros los que tienes —dijo Andy con una sonrisa—. De todos modos, tengo que irme. La naturaleza llama. —Y gracias a Dios, se fue.
Miré a Jungkook, quien se estaba balanceando un poco. Él y yo nos conocíamos hace mucho tiempo, desde que éramos niños de primer grado. En esos días, había sido él quien se había enamorado de mí. Pequeño y débil, con raspaduras sobre todas sus rodillas, me había seguido en los alrededores, demandando que fuera su novia. A lo que yo había contestado—: ¡No quiero tus piojos!
Pero ahora, los quería. Oh, muchísimo. Sin embargo era una lástima que hubiera cambiado de parecer.
Para el momento en que nos convertimos en estudiantes de segundo año, Jungkook se había disparado a un metro noventa de altura, se volvió genial y salía con el grupo popular. Tocaba la guitarra, el piano y escribía canciones maravillosas. Todas las chicas lo deseaban. Algunas de las chicas de primer año le enviaban corazones de San Valentín. Los amaba a todos. Los aceptaba a todos.
Excepto a mí.
Cuando le di mis chocolates de San Valentín en el tercer año de secundaria, más que nada como una cosa amistosa, me había mirado de forma extraña, como si me hubiera salido otra cabeza.
—¿Qué es esto?
—¿Qué parece? Son chocolates de San Valentín para ti.
Me había dado otra mirada extraña.
—No los quiero. —Y me había devuelto la caja y dejado de pie junto a su casillero, completamente humillada. Nunca le di de nuevo nada por el día de San Valentín.
Se tambaleó de nuevo y se inclinó hacia mí.
—Escribí una canción para ti —dijo, parpadeando—. ¿Quieres escucharla?
—En este momento no —dije, gruñendo bajo su peso. Jungkook era demasiado pesado para mi metro sesenta y dos de estatura. Cerró sus ojos con fuerza mientras se inclinaba hacia adelante, y me pregunté si iría a vomitar. «¡Aquí no!» Pensé desesperadamente al tiempo que lo dirigía hacia la puerta. Un chico de fraternidad le golpeó la espalda mientras salíamos, y murmuró un adiós cuando caminábamos hacia el auto. Ni siquiera le había dicho adiós al anfitrión, quien sea que fuera. Oh, bien.
Era la una de la mañana. Lo llevé a casa, una mansión de tres pisos que compartía con su hermano mayor. Su padre actualmente se encontraba en algún lugar en Asia debido a su trabajo, así que los chicos casi tenían el lugar para sí mismos.
En cuanto a su madre, por lo que me contaron estaba en algún lugar de Europa, de fiesta con sus niños bonitos. Así que los chicos Jeon hacían lo que querían y compraban lo que deseaban. Durante el día, era una mansión respetable; por la noche, era un antro del pecado y la depravación. Al menos, eso es lo que me decía a mí misma. Era un pensamiento entretenido.
Jungkook buscó a tientas sus llaves y finalmente pasamos por la puerta. Desafortunadamente, se encontraba demasiado borracho como para subir las escaleras, así que fuimos arrastrando los pies hacia una habitación en el primer piso. Entramos, y cayó pesadamente sobre la cama, arrastrándome consigo como un gran león derribando a su presa. Estaba atrapada en sus brazos. No podía moverme ni un centímetro.
Cuando traté de alejarme, Jungkook rodó sobre mí y me inmovilizó.
—¿De nuevo estás escapando?
Mi corazón dio un vuelco cuando abrió sus ojos. Ya no lucía tan perdido.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
No me respondió, pero se me quedó mirando sin decir palabra. Antes de que supiera lo que estaba sucediendo, ya había aplastado sus labios contra los míos.
Cuando no me opuse, sus manos bajaron para levantar mi camisa. Al principio me encontraba sorprendida, pero más aún cuando me di cuenta de que mis ojos estaban cerrados. Sus labios eran dulces y cálidos, y suspiré contra su boca ante su familiar olor. Su mano se detuvo en mi estómago debajo de mi camisa, tan ligera como una pluma.
Mi corazón dio un vuelco. ¿Iba a hacer esto? Abrí mis ojos para mirarlo una vez más. La habitación estaba oscura, pero había suficiente luz de la luna para ver su hermoso rostro. Sus ojos se encontraban entrecerrados, pero noté cuánto me necesitaba, cuánto me deseaba.
Me decidí a dar el primer paso.
Envolví una pierna alrededor de su cadera y lo atraje más cerca para animarlo. Tan pronto como se dio cuenta de lo que yo estaba haciendo, se volteó y se recostó sobre las almohadas. Lanzó un brazo sobre sus ojos.
—Estoy tan perdido —dijo, arrastrando las palabras. Permaneció en silencio por un momento, luego murmuró— Sabes dónde se encuentra la salida, ¿cierto? Te llamaré mañana. —Y antes de que pudiera pronunciar una sola palabra, se puso de pie rápidamente y se dirigió al cuarto de baño.
El suave clic de la puerta del baño al cerrarse se sintió como una bofetada en mi rostro. La humillación se apoderó de mí, y cerré mis ojos para contener las repentinas lágrimas que amenazaban con bajar por mis mejillas.
Cuando me sentí lo suficientemente calmada, me levanté con mis piernas débiles y me apresuré a través de la fría y poco atractiva mansión, limpiando mis ojos mientras salía a la helada noche.








